septiembre 18, 2020

Escenarios diversos, un mismo objetivo


Por Julio A. Muriente Pérez-.


La contraofensiva de las clases conservadoras contra los procesos democráticos y progresistas de Nuestra América presenta rostros diversos con objetivos similares. Hacen uso de la legalidad burguesa que nunca ha desaparecido, manipulándola o imponiéndola. Ejecutan golpes de Estado amparados en esa misma legalidad. Expulsan y criminalizan presidentes electos por sus pueblos. Ejercen una meticulosa represión con propósito quirúrgico, dirigida a erradicar lo avanzado, a retornar a la “normalidad” del pasado, a imponer como verdad irrefutable la teoría del “fin de la historia”.

Mantienen un alto grado de impunidad, lo que revela hasta que punto, no obstante lo alcanzado por las luchas populares en las pasadas dos décadas, las burguesías y oligarquías de esta región conservan un enorme poder político y económico y, sobre todo, tienen la intención de impedir que se perjudiquen sus intereses.

Entre 1998, cuando se dio la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela, y 2020, cuando han sido virtualmente criminalizados y expulsados de sus respectivos países Rafael Correa y Evo Morales por las fuerzas retrogradas que controlan esos gobiernos, en América Latina y el Caribe se ha producido una reedición de los años 1970-73 en Chile.

Esta reflexión viene al caso, al conmemorarse 50 años de la victoria electoral de Salvador Allende y la Unidad Popular (UP) y 47 años  del golpe de Estado en ese país austral.

En Chile se esgrimió como gran propósito del gobierno de Allende y la UP la “vía chilena al socialismo”. No era una expresión ingenua que desconocía o subestimaba la exacerbación de la lucha de clases que habría de generarse, si bien es evidente que se dio una mortal sobre confianza en el respeto que de la institucionalidad tendrían la burguesía y los militares chilenos. Sobre todo luego de algo tan insólito e inadmisible como el hecho de que un marxista llegara a la presidencia por la vía electoral, que estaba concebida para la perpetuación del orden burgués y oligarca.

La izquierda chilena había alcanzado la fuerza necesaria para dirigir el gobierno, que no tomar el poder. La UP obtuvo una mayoría relativa en las elecciones de 1970. La derecha –los partidos Demócrata Cristiano y Nacional– obtuvieron importantes tajadas electorales, suficientes para que unieran fuerzas, controlaran la legislatura y boicotearan gran parte de las iniciativas del gobierno allendista. Cuando el boicot legal no bastó, cuando el sabotaje ilegal no fue suficiente, se unieron a los militares y con el padrinaje de Washington dieron el golpe de Estado, cuyas consecuencias duran hasta nuestros días.

Es altamente simbólico que en medio de ese drama de violencia y traición los militares rompieran en pedazos la copia original de la Constitución. Era mucho más que un documento de papel lo que estaban destruyendo.

Hasta ahí llegó  la “vía chilena al socialismo”.

El 6 de diciembre de 1998 –seis años, 11 meses y 19 días después del colapso de la Unión Soviética– Chávez y el Movimiento V Republica (MVR) triunfaron en las elecciones de Venezuela. Luego se sumaron Nicaragua, Bolivia, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, El Salvador, Paraguay, Honduras y varias islas-naciones de las Antillas menores.

Todas ellas victorias electorales.

Parecía que había sido trascendida la experiencia chilena. Que ahora sí sería  posible la toma del poder por la vía electoral. El triunfalismo se apoderó de todos, una vez más. El afán de ganar superó  la circunspección indispensable.

De nuevo se ha subestimado la naturaleza del enemigo de clase, que ahora evitará –en lo posible– los exabruptos de dictaduras como las de Chile, Argentina, Uruguay y otras, pero igual ejercerá la violencia y, absurdamente, la legalidad –su legalidad– para recobrar lo perdido.

En esas estamos.

 

 


* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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