octubre 26, 2020

“Coincidir con la derecha”: reflexiones luego de un golpe de Estado en Bolivia


Por Boris Ríos Brito-.


Hace tiempo atrás (junio 2017), en un evento “libertario” en la ciudad de Cochabamba, el profesor Luis Tapia explicaba algo exaltado la necesidad de que el conjunto de críticos al gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) deba perder el miedo a “coincidir con la derecha”. Desde visiones anti-estatales, cuyo contenido criticable revisaremos otro momento, las conclusiones de ese evento llamaban abiertamente a oponerse al “gobierno de derecha” (el del MAS) para recuperar la autonomía política expropiada (?).

Varias de las críticas, pese a todo, fueron acertadas, sin embargo, no se situaron en el momento histórico, ni en la realidad política que fue articulando a los sectores más conservadores (racistas y machistas) de la derecha en torno a aplastar definitivamente a cualquier vestigio de lo popular y su lucha anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal.

Prueba de lo afirmado es que esta “reflexión autónoma en tiempos de fragmentación” en la práctica no tuvo sino que simplemente “coincidir con la derecha” en su avanzada reaccionaria, sin ningún oportunidad de plantear o abrir un discurso propio y mucho menos un accionar “autónomo”. Nunca olvidaré el desfile cómico de una columna de pseudoanarquistas en Cochabamba, activados para sumarse a lo que fueron los 21 días de bloqueo luego de las elecciones nacionales de octubre 2019, respondiendo al llamado derechista en varios tonos de Carlos Mesa, Camacho y el Comité Cívico de Cochabamba.

Pero ¿puede la autonomía política del sentido popular haberse perdido durante el gobierno del MAS? ¿Dónde se encuentra la derecha? ¿Es posible tejer un nuevo horizonte de emancipación?

I

El Estado no es un ente sobrenatural y ahistórico, sino todo lo contrario, expresa las contradicciones sociales y lo irreconciliable de la lucha de clases, eso de lo que hablaba Lenin sobre todo cuando veía, al final de sus días, la importancia suprema de que las fuerzas revolucionarias logren vencer cualquier vestigio del Estado antirrevolucionario, que resultó en una tarea ardua y compleja.

Efectivamente, una revolución reside, en parte, en cambiar a la sociedad y sus instituciones; es decir, en transformar las formas en las que se relaciona una sociedad y el clivaje que en ello juegan sus instituciones articuladas a través del Estado. Allí, las revoluciones se encontraron en la contradicción de, por un lado, la necesidad de expandir el Estado y por otro, de transformarlo radicalmente, todo al mismo tiempo. Incluso, en los espacios “autónomos” la esencia es la misma, aunque los impulsos sean mayoritariamente anticapitalistas y anticoloniales, como brillan a lo lejos los Caracoles de Buen Gobierno Zapatistas.

Empero, en un mundo en donde lo que Marx llamó como la mundialización del capitalismo ha puesto en un papel secundario a los Estado-nación, o la noción clásica de ellos, la transformación radical se encuentra limitada por el mercado mundial, los designios imperialistas y la correlación de fuerzas regionales.

En Bolivia, el proyecto de horizonte común tejido con la propia fundación del Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos en 1994 y la articulación de sectores del campo y la ciudad para la construcción del socialismo comunitario comenzó a rodar y tuvo en 2005 una contundente victoria electoral generando un avance significativo con el llamado Proceso de Cambio, pero encontrando sus propios límites –algunos autoimpuestos–, que no pudieron correr los márgenes de lo posible, como demostró Fidel en su propia experiencia. Esto no significó la desaparición de esa fuerza social, pero sí que sus objetivos comunes se diluyeran, se volvieran borrosos y cada vez menos comunes.

II

En una evolución crítica de los 14 años de Proceso de Cambio podríamos señalar que la irrupción de las organizaciones y movimientos sociales al Estado capitalista no logró propinarle una fractura suficiente, o por lo menos desarmar los andamios neoliberales y de las enraizadas contradicciones coloniales y neocoloniales. En cambio, la fuerza creadora de lo popular se fue apagando frente a la subsunción de las organizaciones y movimientos sociales a la dinámica y racionalidad estatales.

La contradicción entre Estado (capitalista) y sociedad, sin embargo, no se aplacó, aunque fue utilizada por la reacción para emprender una marcha conservadora; tal es el caso del conflicto del Tipnis (desde el 2011) en donde los sectores tradicionales, conservadores y violentos buscaron potenciar a un grupo de indígenas que no estaban de acuerdo con la construcción de una carretera que pasara por su territorio, aunque hubieran otros caminos por donde transitaban numerosos camiones que se llevaban pieles de lagarto, grandes cantidades de maderas explotadas en la zona e incluso se denuncia que sirvieron para el narcotráfico. Empero, ¿qué hacían los terratenientes orientales, que siempre despreciaron a los collas y a los indígenas aliados de éstos últimos? Simple: potenciaban un quiebre del tejido común revolucionario, aunque formalmente no imprescindible, simbólicamente de peso.

Las intuiciones del derechista bloque conservador tuvieron cabida en la flexible estrategia imperialista yanqui en su objetivo de hacer prevalecer su interés en su “área de influencia natural”, por lo que promovieron un sinfín de acciones que tuvieron como acicate los propios errores del gobierno del MAS, pero que finalmente articularon un potente movimiento que quisieron pintar de urbano y liberal, pero que se alimentó de la reminiscencia de exclusión, del racismo puro en el cual se asentó la oligarquía criolla y los criollos sobre la explotación de la “indiada” y de los “recursos naturales” para generar su riqueza y privilegio, así como en la ignorancia más vil alimentada por el desconocimiento y la propaganda sempiterna del capitalismo y su consumo como parte ineludible para la construcción de una identidad, sobre todo la de la defensa de la “libertad y la democracia”, que debería traducirse en la defensa del reino del libre mercado y el consumismo.

La derecha quedó fortalecida, aunque no clara debido a que sus figuras dirigentes no representan sus intereses comunes; unos son parte de una naciente burguesía, sobre todo agroindustrial; otros son terratenientes con poder; y otros “empresarios privados” semidependientes del Estado, por lo que su horizonte es dependiente de la política imperialista en la región y su único proyecto es la subordinación absoluta a ella.
Pero, ¿es posible destruir al Estado capitalista?

III

El capitalismo no es designio divino ni fin de la historia, sino una etapa crítica de la humanidad en donde se juega la emancipación humana y la propia sobrevivencia de todo el planeta, por tanto no mecánica y linealmente superable sino una necesidad histórica y de sobrevivencia humana y de las formas de vida en la Tierra. Que el trabajo y la fuerza creadora no se nieguen ni se expropien, que la posibilidad de planificar la vida para vivir bien y expandir al máximo las potencialidades humanas, el desarrollar una sociedad de paz y colaboración para el individuo y para el colectivo se hace un imperativo cada vez más urgente que debe construirse desde una revolución radical.

Pero no se trata de buenas intenciones, sino de procesos sociales complejos en donde el capitalismo ha demostrado ser un sistema perverso que tiene la capacidad de adaptarse, desarrollarse allí donde tenga un solo resquicio y convivir en contradicción hasta imponerse. Por ello, la reserva moral y ética de las naciones originarias en sus características anticapitalistas, por ejemplo, están en permanente amenaza frente a que el capitalismo puede subsumirlas.

¿Dónde puede residir la resistencia y la ofensiva contra el capitalismo en Bolivia si no es en la capacidad del “poder hacer” de quienes son conscientes de sus contradicciones de clase y nación? Esa capacidad no es necesariamente “autónoma” en el sentido anarco-liberal, sino fundamentalmente organizada, es decir, que permite una acción propia que requiere entretejerse con otras para conformar un horizonte común, llegando incluso a requerir un nivel superior de organización, como un partido de nuevo tipo.

Esto último no es un descubrimiento nuestro, sino una de las características de la lucha popular boliviana en los últimos tiempos. Empero, es el punto de partida imprescindible en donde se deben dilucidar de forma clara las premisas para una revolución y con ello una ética de acción y articulación y de posicionamiento no solamente frente a la persistencia del colonialismo y el neocolonialismo, el capitalismo y el patriarcado, sino frente al Estado, buscando generar el suficiente espacio para que la tarea de construcción de un nuevo Estado y el desmantelamiento del neoliberalismo y la desarticulación del Estado capitalista sean plena y absolutamente claras. Asimismo, el cuidado y alimentación de la fuerza creadora popular, que no se trata de “escuelas de formación política”, sino de la reflexión y la acción desde las bases hasta las direcciones y que como producto tengan la práctica de una democracia interna plena, así como la cohesión y madurez suficientes para asumir el centralismo democrático al momento de la acción y el alimentar su capacidad creadora en propuesta y organización.


* Sociólogo

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