noviembre 25, 2020

¿En qué queda ahora la narrativa del fraude?


Por Carlos Echazú Cortéz-.


Después de una nueva paliza electoral que el Movimiento Al Socialismo (MAS) le ha propiciado a la derecha en el país, se hace latente la pregunta: ¿en qué queda ahora la narrativa del atribuido fraude en las elecciones de 2019? ¿Cómo se explica que un partido político haga fraude en unas elecciones y después de ser anuladas estas y de una intensa campaña por parte del gobierno transitorio para convencer a la población de que en realidad hubo un fraude, ese partido político gane las elecciones, un año después, con mayor porcentaje que en el mentado “fraude”? De estas preguntas derivan varias reflexiones.

Por mucho que se diga que las circunstancias son otras, como por ejemplo, que el candidato del MAS no es el mismo o que la gestión del gobierno transitorio (y golpista) ha deteriorado la imagen de todos los oponentes del MAS, hay algo básico, que permanece inalterable, y es que tanto en las elecciones de 2019 como en estas de 2020 la alternativa era la continuidad del Proceso de Cambio o la restauración del neoliberalismo (esta vez un neoliberalismo teñido de fascismo). En este marco, el Gobierno –transitorio y golpista– así como toda la derecha (también golpista), han hecho mucho énfasis, con su narrativa de los 14 años vilipendiados, que lo que estaba en juego en las elecciones era justamente eso, es decir, Proceso de Cambio o neoliberalismo. Por lo tanto, la elección presentaba consecuentemente las mismas alternativas que las del año pasado.

Este cuestionamiento a la narrativa del fraude, se suma y fortalece todas aquellas versiones técnicas que se han presentado, de parte de varias universidades en el extranjero, respecto al infame informe de la Organización de Estados Americanos (OEA), desvirtuándolo.

Así también, se demuestra porqué el proceso penal sobre ese fraude no podía avanzar, puesto que no había materia sustentable, vale decir, el cuerpo del supuesto delito, que son las actas electorales, cuyas copias estaban (o debían estar) en manos de Carlos Mesa, quién debía simplemente presentarlas para que ese proceso avance. Jamás lo hizo, porque estas no probaban el mentado y atribuido fraude. ¿En qué queda ahora ese proceso? O mejor dicho: ¿no debía reconducirse ese proceso y orientarse a atribuir delitos penales a quienes desconocieron el triunfo electoral del MAS, incendiando predios de los Tribunales Departamentales Electorales?

Ahora bien, el determinar en qué queda la narrativa del fraude no es simplemente un ejercicio intelectual para demostrar su veracidad o falsedad histórica. Más bien, habiendo esa narrativa de fraude quedado ridiculizada, deben revisarse las consecuencias prácticas que esta tuvo. En primer lugar, está el desconocimiento de los resultados de las elecciones de 2019, sin que medie auditoria alguna (el informe de la OEA, no es eso, ni de lejos) o fallo en alguna instancia judicial. Ese es el primer delito de los golpistas. Más aún el desconocimiento de esas elecciones prueba, por sí solo, y en sí mismo, que lo que hubo en noviembre de 2019 fue un golpe de Estado.

En segundo lugar, la autoproclamación de Áñez constituye un segundo delito, carente de la legitimidad que quisieron darle los golpistas, como el resultado de una pretendida «revolución ciudadana». Es un segundo paso en el golpe de Estado. Ya se había cuestionado esa autoproclamación por habérsela realizado en recinto parlamentario vacío, por parte de una persona que no estaba en la lista de sucesión presidencial, como determina la Constitución Política del Estado. Eso por sí solo basta para configurar el delito. Ahora se suma a ello que la legitimidad de pretendida reacción popular a un «fraude electoral» se cae aparatosamente como una gran mentira generada por la derecha y orquestada por todos los medios de comunicación del establishment.

Después de eso, vienen todos los actos llevados adelante en la toma del poder, como consecuencia de un golpe de Estado, que quiso ser presentado como una «revuelta ciudadana democrática». Sobre todo, es importante considerar que las masacres de Sacaba y Senkata son parte constitutiva de ese golpe, puesto que implican el aplastamiento sangriento de la resistencia popular a ese golpe.

La pregunta «¿en qué quedan…?», concierne también todos los actos irresponsables del gobierno golpista. No menos importante, en este aspecto, es la política exterior que debe ser dirigida por un gobierno democráticamente electo, para que tenga la legitimidad necesaria y no así por un grupo de asaltantes del poder, cuyas reversiones e iniciativas en la política exterior solamente revelan a los financiadores del golpe.

Por otro lado, la aparatosa caída de la narrativa del fraude desnuda a la derecha boliviana tal cual es, arrebatándole su careta democrática y mostrándola como golpista y masacradora.


* Militante de la izquierda boliviana

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