octubre 23, 2021

El debate sobre el fraude y el golpe en perspectiva


Por Carlos Echazú Cortéz-.


La victoria electoral del Movimiento Al Socialismo (MAS), el pasado 18 de octubre, ha reavivado el debate sobre la narrativa del fraude supuestamente perpetrado el año pasado. En este debate, desde los sectores populares hemos manifestado que ese fraude fue inventado por la derecha con el propósito de generar una pretendida legitimidad a sus acciones subversivas, disfrazadas de protesta ciudadana. Su narrativa del fraude fue expresada antes de que siquiera se realizara la votación, por lo que es evidente que fue inventada.

Desde la derecha han sustentado su teoría del fraude en un documento espurio emanado de la misión observación de la Organización de Estados Americanos (OEA). La supuesta prueba del fraude es realmente muy débil dado que concierne, en un su mayor parte, al TREP, es decir, un material no oficial del cómputo de votos. En lo que se refiere a las mismas actas electorales, o sea, lo que sería el cuerpo del delito del supuesto fraude, el informe de la OEA es sumamente escueto y genérico. No alcanza ni de lejos a ser calificado como auditoría y, cuando más, podría señalar algunas irregularidades que acontecen en todas las elecciones del mundo y cuya solución es anularlas, sin que eso modifique sustancialmente el resultado electoral.

Ahora bien, ¿qué es lo que el triunfo electoral del 18 de octubre ha aportado a ese debate? Pues, sin lugar a dudas, resulta en un tremendo despropósito el pretender que un movimiento político realizara un «monumental fraude» en un determinado momento y al año siguiente triunfara con un porcentaje aún superior al obtenido con su supuesto fraude. Lo que era de suponer, para convalidar la teoría del fraude, es que ese movimiento experimentara una abrupta caída en su preferencia electoral, pues al haberse liberado el proceso electoral de los procedimientos fraudulentos, el movimiento aparecería en su verdadera dimensión. Además, la ciudadanía obviamente estaría frustrada con ese movimiento político y consiguientemente le restaría aún más su apoyo.

Desde la derecha han tratado de explicar el triunfo del MAS este año, y por ende, el incremento del MAS en la preferencia del electorado, con dos argumentos. Por un lado, afirman que el candidato no es el mismo y entonces no tendría por qué relacionarse un resultado electoral con el otro. Por otro lado, atribuyen la amplia victoria del MAS este año a la desacertada gestión del gobierno transitorio que, entre otras cosas, se tiñó de graves hechos de corrupción. Estos argume-ntos son, sin embargo, muy endebles. Ciertamente, el candidato presidencial del MAS es otro. Pero la candidatura de Luis Arce fue coordinada y promovida por Evo Morales, por lo que, representando la misma opción política, su votación no tendría porqué haber variado significativamente. Así también, el desprestigio del gobierno transitorio tampoco tendría que haber afectado de modo significativo a la candidatura de Mesa, la supuesta víctima de «monumental fraude» el año pasado, puesto que se trataba de una opción electoral diferente.

Por todo esto, el triunfo electoral del MAS el 18 de octubre demuestra que no hubo fraude el año pasado.
Por otro lado, el debate del fraude tiene una segunda cara; es el debate sobre el golpe. No se trata de otro debate, es la otra cara del asunto. Desde la derecha afirman que no hubo golpe, fue más bien una «protesta ciudadana generada por el fraude». Desde el campo popular, afirmamos que la narrativa del fraude fue inventada para enmascarar un movimiento subversivo que concluyó en un golpe. Los argumentos que sustentan la interpretación del golpe se basan en la combinación del despliegue de bandas paramilitares (Unión Juvenil Cruceñista, Resistencia k’ochala, entre otras) con el acuerdo con las Fuerzas Armadas y la Policía, para que estas no contengan la arremetida de los paramilitares y, más bien, terminen amotinándose y «sugiriendo» la renuncia de Evo. También se enmarca en esta trama el terror de los paramilitares sobre la población y la presión violenta sobre las autoridades que se encontraban en la línea de sucesión constitucional para que renuncien, una presión que llevó hasta el secuestro del hermano del presidente de la Cámara de Diputados, Víctor Borda, y el incendio de su casa. Finalmente, la toma del palacio de gobierno por los paramilitares, escoltados por la Policía, y la autoproclamación de Áñez, en recinto parlamentario vacío, sin estar en la lista de sucesión. En este marco, es imprescindible mencionar las masacres de Sacaba y Senkata, que constituyen el aplastamiento de la resistencia al golpe, parte esencial de ese proceso subversivo.

Desde la derecha, el argumento más importante que se ha utilizado para pretender desvirtuar la «tesis del golpe», es que no puede tratarse de un golpe, siendo que, en el curso de los acontecimientos fue evidente que no se tenía claro a quien posesionar como sucesor del presidente renunciante, puesto que por casi dos días el puesto quedó vacante. Este argumento es frágil, dado que la explicación de las dubitaciones en cuanto a quién posesionar está en que en ese momento se buscaba darle el barniz de sucesión constitucional o, como lo expresara uno de los golpistas, Waldo Albarracín, en una famosa entrevista, buscaban cuál era la opción «más cercana a la Constitución». Entonces, el golpe fue para derrocar a Evo, luego buscaron una opción para enmascarar su golpe con una supuesta sucesión constitucional.

Una vez esbozado y argumentado de esa manera el golpe de 2019, conviene preguntarse si es que ahora, a la luz de los últimos acontecimientos, así como se ha refutado la idea del fraude en 2019, también ¿se puede confirmar la versión del golpe?

Claro que sí, pues la imagen de pititas arrodillados frente a guarniciones militares, pidiendo el desconocimiento de los resultados electorales y que los militares tomen el poder no revela otra cosa que no sea la vocación golpista de los pititas. Al respecto, se podría señalar que fueron grupos minoritarios los que hicieron ese absurdo y que no revela las convicciones de todas las facciones opositoras al MAS. Sin embargo, sería un grave error aceptar, sin más, esa versión, pues ha quedado demostrado que muchos pititas que, supuestamente no compartían la posición de los arrodillados frente a los cuarteles, en realidad y detrás de bastidores, sí lo hacían. No de otra forma puede interpretarse la presencia de la esposa del ministro de Defensa, Luis Fernando López, en esas manifestaciones de la vergüenza. Eso demuestra que, por lo menos una parte del Gobierno, ha estado detrás de esos movimientos. Asimismo, el comentarista más fulguroso de los pititas, Carlos Valverde, ha sido descubierto en su hipocresía cuando después de haber ridiculizado a esos manifestantes, en un audiovisual más privado, les recomendaba que realicen sus movilizaciones, tres días antes de la posesión.

Así pues, amplias facciones de los pititas –los más representativos de la subversión del 2019–l han sido descubiertos en su vocación golpista, lo que implica una prueba más de su golpe el año pasado.


* Militante de la izquierda boliviana

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