septiembre 18, 2021

La obsesión con la «sedición» los delató como golpistas


Por Carlos Echazú Cortéz-.


Una de las cosas que tienen en común los golpistas de nuevo tipo, que encumbraron a la autoproclamada Áñez, con los golpistas militares de viejo cuño, es su obsesión con la sedición. Esto es natural, puesto que todo golpe provocará, en mayor o menor grado, una resistencia. El tema es vital para ellos, puesto que el triunfo de su subversión depende de si pueden o no aplastar esa resistencia. Por eso proceden, en primer lugar, a execrarla caracterizándola como sedición. Una vez calificada de este modo, se sienten con el derecho y el deber de aniquilarla. Así, por ejemplo, el tenebroso Luis Arce Gómez, ministro del Interior del dictador Luís García Meza, en una declaración que pasaría a la triste historia de los golpes en Bolivia, amenazaría a todos «los terroristas y sediciosos» que atentaran contra su gobierno de «andar con el testamento bajo el brazo». De este modo, se sembraba el terror en la población, puesto que se había experimentado que el militarote no estaba bromeando, pues ya se habían cometido masacres para consolidar el golpe fascista y narcoterrorista de García Meza.

Resulta inevitable comparar las declaraciones del Ministro fascista de García Meza con las de algunos de los ministros de la autoproclamada Áñez en el marco de su golpe. Así pues, recién posesionada como ministra de Comunicaciones, Roxana Lizárraga, en el mismo hall de Palacio Quemado, al concluir la ceremonia de posesión del gabinete, declaraba ante un cúmulo de periodistas que la rodearon con sus micrófonos para grabar sus primeras declaraciones: «Y aquellos periodistas o pseudoperiodistas que estén haciendo sedición, se va a actuar conforme la ley». Esta amenaza se constituye en otra de las piezas de antología de los gobiernos golpistas, solo comparable a la de Arce Gómez. La diferencia, sin embargo, está en que las declaraciones de este provenían de un militar, mientras que las de aquella eran emanadas por una periodista que supuestamente estaba conformando un «gobierno democrático», después de una «atroz dictadura populista».

Otra de las aberraciones es que esa declaración no ha sido señalada, observada, menos cuestionada, por sus colegas periodistas, quienes supuestamente son los principales defensores de la libertad de expresión. Además, la amenaza, si bien entre líneas iba dirigida a todos los que resistieran el golpe, era explícita contra su propio gremio. Eso demuestra que los periodistas y comunicadores de los grandes medios de comunicación del sistema no están en absoluto interesados en la defensa principista de la libertad de expresión. Por otro lado, el hecho de que esa fuera la primera declaración de la recién nombrada Ministra de Comunicación revela que la primera prioridad del régimen era aplastar la resistencia al golpe.

Sin embargo, Lizárraga no fue la única que dejara piezas de antología para la repugnable historia del golpismo aquella noche. En el mismo momento, después de la toma de posesión del gabinete, unos metros más allá, otro recientemente designado ministro advertía a los periodistas que lo rodeaban, refiriéndose a Juan Ramón Quintana, el que fuera titular de la Presidencia de Evo: «que comience a correr». De este modo se presentaba Arturo Murillo investido de su nuevo cargo, como capo del Ministerio de Gobierno. A partir de ese instante, cumpliría su promesa de realizar una cacería contra los «sediciosos». De esta manera, fueron perseguidos, encarcelados y torturados, con el cargo de sediciosos, no solamente opositores declarados al régimen, sino también todo aquel que, en la enferma mente del nuevo mandamás, tuviera alguna relación con el gobierno de Evo. Entonces, se detuvo como sediciosa a la jefa de gabinete de Evo cuando llevaba los documentos del expresidente para su habilitación como candidato a una senaduría, así también a la empleada de Juan Ramón Quintana, inclusive a un enfermero que se detuvo a auxiliar a los heridos en Senkata, y así a otras mil quinientas personas, acusadas de sedición, muchas de las cuales todavía permanecen detenidas, lo que ya se constituye en desidia del nuevo gobierno, que debió liberarlos inmediatamente asumido el poder, con un decreto de amnistía.

La «sedición» es una obsesión para todo golpista. Así califican a la resistencia que se genera contra su golpe. Por eso, la «sedición» los persigue como su conciencia.


* Militante de la izquierda boliviana

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