octubre 20, 2021

A 40 años de la masacre de la calle Harrington

Por  Javier Bejarano Vega-.


No entraron para detenerlos, sino para matarlos.

El jueves 15 de enero de 1981, en horas de la tarde, los mercenarios de la dictadura encabezada por el general Luis García Meza y el coronel Luis Arce Gómez irrumpieron a tiros a una casa de la calle Harrington, [1] en la zona de Sopocachi de la ciudad de La Paz, en la que se celebraba una reunión de la Dirección Nacional Clandestina (DNC) del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), y ametrallaron a todos los asistentes. Solo sobrevivió Gloria Ardaya. Artemio Camargo Crespo, José Reyes Carvajal, Ricardo Navarro Mogro, Ramiro Velasco Arce, Arcil Menacho Loayza, Jorge Baldivieso Menacho, José Luis Suárez Guzmán y Gonzalo Barrón Rendón fueron exterminados.

—ollo—

El 21 agosto de 1971, el entonces coronel Hugo Banzer Suárez se levantó en armas en contra del gobierno progresista del general Juan José Torres y tras días de cruentos enfrentamientos con el movimiento popular se hizo del poder. Contaba con el pleno apoyo de las clases dominantes y puso en marcha un proyecto desarrollista que buscaba la consolidación del capitalismo dependiente y el fortalecimiento y proyección de sus actores sociales: la oligarquía terrateniente y a la burguesía dependiente.

El proyecto banzerista se sustentaba en la superexplotación de la mano de obra, la indiscriminada explotación y exportación de nuestros recursos naturales, [2] el endeudamiento externo para propiciar el flujo de capitales y una coyuntura internacional de precios de las materias primas que se fue haciendo cada vez más favorable.

Para ello puso fuera de la ley a los sindicatos y a los partidos políticos, desató una sistemática persecución, cárcel, tortura y exilio para los opositores y fueron canceladas las instituciones y libertades democráticas.

A pesar de la inclaudicable resistencia de la clase obrera y el movimiento popular, hacia 1977 la dictadura mostraba una indudable fortaleza. Sin embargo, en el horizonte se empezaban a formar nubarrones. El endeudamiento externo ya no era sostenible, la coyuntura de auge de los precios de las materias primas estaba pasando y la represión ya no parecía ser la mejor opción para la superexplotación de la mano de obra. Por otra parte, Estados Unidos estaba cambiando su apoyo irrestricto a las dictaduras latinoamericanas por una política de “defensa de los Derechos Humanos”, que si bien tenía como blanco principal a los países del campo socialista ponía en aprietos al autoritarismo dictatorial sudamericano.

En este contexto, la dictadura comenzó a hablar de sus planes de constitucionalización del país por la vía electoral. Se trataba de capitalizar el auge económico de los años anteriores en apoyo electoral, de construir un instrumento político que expresara los intereses del bloque dominante, sustituyendo el control represivo de la sociedad por la sujeción ideológica-política y de aprovechar su coyuntural fortaleza. Es así que la dictadura, el 7 de noviembre de 1977, convocó a elecciones generales para el 9 de julio de 1978, sin levantar ninguna de las restricciones impuestas a las libertades democráticas, al funcionamiento de los sindicatos, de los partidos políticos y negándose rotundamente a aceptar el retorno de miles de exiliados políticos y sindicales. Estaba claro que la democracia que ofrecían era una “democracia controlada”.

Pero sus planes se fueron al tacho. En medio de los correteos navideños, el 23 de diciembre, cuatro esposas de dirigentes mineros exiliados se declararon en huelga de hambre en el Arzobispado de La Paz, exigiendo amnistía general e irrestricta, libertad para todos los presos políticos y sindicales, libertades sindicales y políticas, reincorporación de los trabajadores despedidos y retiro de las tropas militares de las minas. Hasta Año Nuevo, los piquetes huelguistas se incrementaron con la presencia de importantes personalidades y sacerdotes católicos, entre ellos Luis Espinal y Xavier Albó, ubicándose uno de ellos en las oficinas del periódico católico Presencia, el más leído de Bolivia, con lo que se consiguió amplificar la huelga de hambre a todo el país.

La medida tomó por sorpresa a la izquierda y a la dictadura y ni los unos ni los otros le dieron mucha bola. Sin embargo, con el correr de los días la huelga de hambre se fue masificando y extendiendo por todo el territorio nacional. La dictadura, al principio, pretendió descalificarla señalando que los huelguistas comían y bebían a su gusto; luego pasó al amedrentamiento desplegando fuerzas policiales, militares y paramilitares en las cercanías de los templos y lugares donde se encontraban los huelguistas; finalmente, tras 18 días de huelga de hambre, más de mil 500 huelguistas y el militante apoyo de la opinión pública, la dictadura intervino violentamente la sede del Arzobispado, las oficinas de Presencia y otros centros de ayuno en La Paz y el resto del territorio nacional.

No le valió de nada. La dictadura estaba totalmente aislada y tuvo que capitular. Fue la primera victoria popular-nacional clara y contundente en casi siete años de derrotas. Además, fue una victoria pensada y ejecutada casi espontáneamente por las bases y desde las bases que, con lucidez extraordinaria, calibraron el momento político y encontraron el resquicio para derrotar a la dictadura. Sí, habría elecciones, pero con libertades democráticas, con sindicatos, con partidos políticos de izquierda, sin presos y sin exiliados.

—ollo—

Conocida la convocatoria a elecciones, el MIR fue el primero en reaccionar. En pleno centro paceño, en el segundo piso de la Galería Luz, su Dirección Nacional salió de la clandestinidad y brindó una conferencia de prensa afirmando que si no tenía miedo a la resistencia tampoco tenía miedo a las elecciones. Y una vez que la huelga de hambre rompió los diques de contención dictatoriales, se embarcó en la construcción de un instrumento político capaz de derrotar en las urnas a la dictadura. Para ello firmó un acuerdo con Hernán Siles Zuazo, líder histórico del nacionalismo revolucionario y del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNR-I), y dinamizó los esfuerzos unitarios que finalmente cuajaron cuando el 13 de abril de 1978 se conformó el frente de Unidad Democrática y Popular (UDP), que agrupó, además del MNR-I y el MIR, al Partido Comunista de Bolivia (PCB), al Partido Socialista (PS) y al Movimiento de la Izquierda Nacional (MIN). Abandonó las tratativas unitarias Marcelo Quiroga Santa Cruz argumentando que el esfuerzo frentista dejaba las puertas abiertas al pazestensorismo y fundó el Partido Socialista-1 (PS-1); otros partidos de izquierda, de menor significación, a la cabeza del Partido Comunista Marxista Leninista (PC- ML), convocaron a un “encuentro nacional de las izquierdas” en el que se constituyó el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI).

La dictadura no tuvo más remedio que continuar con su plan de “institucionalización” y nombró como su delfín al general Juan Pereda Asbún, agrupando a la mayoría de la derecha dictatorial en la Unión Nacionalista del Pueblo (UNP); el MNR liderizado por Víctor Paz Estensoro, denominado Histórico (MNR-H), desprestigiado por su participación en el golpe de Estado banzerista y su posterior zigzagueo oportunista, se ocultó en la sigla Alianza Democrática de la Revolución Nacional (ADRN).

El 9 de julio se realizaron las elecciones y el fraude a favor del candidato de la dictadura fue de tal magnitud y descaro y la indignación popular-nacional tan vehemente que el propio Juan Pereda pidió la anulación de las elecciones. Estas fueron anuladas y días después el delfín de Banzer derrocó a su progenitor (21/07). La resistencia al continuismo dictatorial comenzó de inmediato exigiendo convocatoria a nuevas elecciones y más pronto que tarde las Fuerzas Armadas se dieron cuenta que estaban al punto de perder la soga y el cabrito. El 24 de noviembre de 1978 los militares echaron a Pereda y una Junta Militar a la cabeza del general David Padilla se hizo cargo del gobierno convocando a elecciones generales para el 1 de julio de 1979.

Esta vez la derecha se agrupó en torno al MNR-H [3] y enfrentó a la UDP, y si bien esta última ganó las elecciones no obtuvo la mayoría absoluta de votos y la elección del binomio presidencial recayó en el Congreso Nacional, tal como estipulaba la Constitución en vigencia. Y en el Congreso no se alcanzó la mayoría necesaria para elegir a los nuevos mandatarios después de varias rondas de votación. Ante el “empantanamiento” y el inminente vacío de poder el Congreso eligió el 9 de agosto de 1979 a Walter Guevara, presidente del Senado, como Presidente Interino por un año, encomendándole convocar a elecciones en ese lapso. Su gestión no duró tres meses. El 1 de noviembre el general Alberto Natusch Busch sacó tanques, aviones y tropas a la calle, depuso al Presidente Interino, el movimiento popular resistió las balas con piedras y barricadas produciéndose la “Masacre de Todos Santos”, y al cabo de 18 días tuvo que dejar el gobierno mientras el Congreso Nacional elegía como Presidenta Interina a la presidenta de la Cámara de Diputados, doña Lidia Gueiler Tejada.

Se convocó a elecciones para el 29 de junio de 1980 y esta vez la victoria del binomio de la UDP, conformado por don Hernán Siles Zuazo (MNR-I) y Jaime Paz Zamora (MIR) fue contundente. La UDP se aprestaba a ser gobierno, pero el 17 de julio nuevamente se interrumpió el proceso democrático y el general García Meza y el coronel Arce Gómez se hicieron del poder iniciando una cruel y sangrienta dictadura.

—ollo—

De inmediato el movimiento popular-nacional inició la resistencia a la cabeza de la UDP, mientras Arce Gómez sentenciaba que los izquierdistas debían andar “con su testamento bajo el brazo”. El MIR dinamizaba la resistencia y su DNC fue convocada para el 15 de enero de 1981 para analizar las últimas medidas económicas de la dictadura, claramente antipopulares, y definir los pasos a seguir en la resistencia.

No entraron para detenerlos, sino para matarlos.

Pero su sangre no fue derramada en vano y nadie pudo impedir que el 10 de octubre de 1982 se abriera la gran avenida de la democracia que aún transitamos y que estamos prestos a defender como lo hicieron los Mártires de la Harrington.


  • Exdirigente nacional del MIR.

 

Be the first to comment

Deja un comentario