abril 20, 2021

La Calle, diario socialista de la mañana

Por Luis Oporto Ordóñez-.


Al finalizar la guerra del Chaco, emerge en la historia nacional un nuevo actor social: el excombatiente. Miles de soldados retornaron al solar familiar para reintegrarse a la sociedad. Pronto se organizaron en la Legión de Excombatientes del Chaco y se tornaron en un sector organizado de la sociedad, con fuerte influencia en el desarrollo del país. En el ámbito castrense, un grupo de oficiales jóvenes fue seducido por las ideas socialistas. Ante el poder hegemónico del Superestado minero, optaron por tomar el poder. Entre la oficialidad joven destacó Germán Busch, un temerario capitán que fue el terror del Ejército paraguayo. Sin embargo, su juventud refrenó su deseo íntimo de dirigir el país, lo que explica que el golpe de Estado que gestara entregara el poder en bandeja de plata a su antiguo mentor, el coronel David Toro Ruilova. La anodina gestión que impulsó, forzó al impetuoso Busch a deponer a Toro y asumir el mando de la Nación, por “mandato del Ejército”. Con sus aliados socialistas deciden convocar a la Convención Nacional con doble objetivo: redactar una nueva Constitución y legitimar el mandato del joven militar.

Ante esa situación, la juventud intelectual decidió apoyar al régimen. De esa manera, los cuadros políticos del Partido Socialista, [1] a través de su Comité Revolucionario, acordaron brindar sustento ideológico al gobierno militar que derrocó a José Luis Tejada Sorzano. El 23 de junio de 1936, Armando Arce [2] fundó La Calle, dirigido por Nazario Pardo Valle: [3]

“La revolución socialista tiene que dar frutos esperados. La obra de la revolución debe dirigirse a beneficiar a los trabajadores manuales e intelectuales; a los excombatientes y mutilados de la guerra; y a los indígenas marginados de la humanidad y de la civilización, bestias de carga en la paz y carne de cañón en la guerra.”

En editorial de La Calle, el Comité Revolucionario afirma:

“Consideramos indispensable dejar al ejército socialista, todo el campo de maniobra que requiera para hacerse digno de la expectativa que la revolución del 17 de mayo de 1936, concitó en todos los pueblos del Continente, al hacerse abanderado de la doctrina social.”

A través de su columna “Callejón Oscuro”, ironiza con “un burgués saludo a [sus] poderosos colegas El Diario y La Razón”, a tiempo de advertir que “se edita dentro del mayor desorden posible. Es el desorden propio de ‘La Calle’” y se solaza de manera provocativa: “El coronel Toro ha manifestado que gobernará con los más capaces. Los rosqueros oyeron mal y se alegraron creyendo que gobernará con los más RAPACES”.

La Convención reunió en su seno a la crema y nata del conservadurismo en representación de la gran minería pero tuvo la virtud de elegir al joven liderazgo emergente del Chaco, entre ellos los célebres diputados obreros. Los constituyentes cumplieron una excelente labor planteando un país muy distinto, prestando atención a los recursos naturales, a los que declararon “propiedad del pueblo boliviano”, y por lo tanto, imprescriptibles e inalienables. El temprano espíritu patrimonialista se extiende a la creación cultural, a los monumentos arquitectónicos y a los documentos a los que declara tesoro documental de la Nación. La educación fue motivo de especial interés y para garantizar que llegue a todos los confines del vasto territorio nacional declaran que “la educación es la máxima función del Estado” y como un noble gesto de reivindicación incorporan en la Constitución el Régimen social, por el cual reconocen jurídicamente la existencia de las comunidades indígenas, dando así el primer paso para la liberación de ese sector social del oprobioso régimen del vasallaje moderno: el pongueaje. La oligarquía se sobresaltó y utilizó toda su artillería para desmontar el socialismo militar. Fue un esfuerzo inútil pues la Convención fue controlada hegemónicamente por la nueva dirigencia con fuerte esencia nacionalista. La Convención eligió presidente constitucional al joven militar, Germán Busch.

Al término de su mandato, los convencionales decidieron prorrogar su mandato constituyéndose en Congreso con facultad legislativa, aspecto que no estaba en los planes de Busch y los socialistas.

La Calle protagonizó sus primeras escaramuzas con un corpus informativo que desplegó noticias internacionales (cubrirá de manera magistral las incidencias de la Guerra civil española, desde el 17 de julio de 1936 hasta el 1 de abril de 1939; el ascenso del fascismo: “Italia y Alemania frente unido contra el comunismo”; y la emergente figura de Adolf Hitler), matizadas con notas políticas nacionales (“Breve y verídica reseña de la Revolución Socialista”), problemática social (“Primera Convención de Excombatientes”), cultural (“[Maks Portugal] Nuevo director para Museo de Tiahuanaco”, “Actividades del Centro Femenino Ferroviario”), crónica roja y deportes. Aplaude la creación del Banco Minero, advierte que el Gobierno “exigirá cumplir el programa socialista a toda persona que coopere en el Gobierno”, difunde la posesión del primer gabinete integrado por tenientes coroneles y dos civiles: Hacienda, Fernando Campero, y Trabajo, Waldo Álvarez (los sindicatos obreros consideran la presencia de Álvarez como una “conquista de las masas proletarias”); “el Plan caminero del Ejército”, inicia una cruzada anticorrupción: “Deben un cuarto de millón los exsubprefectos liberales: convirtieron en festín de buitres la pasada administración rosco-liberal”, “Criminal derroche de dinero a la sombra de autoridades rosquistas”.

La Calle cultivó la cultura en sus magníficas ediciones de homenaje al 16 de julio de 1936, con un canto del “Paceño de Postguerra” (“El poncho polícromo de La Paz: Churubamba, el barrio de la bolichería”; “Chijini y Chocata, donde la ciudad se hace indígena”; “Plaza Murillo, plaza política”; “San Pedro, donde corre una brisita romántica de tardes criollas”; “Sopocachi, plena de mansiones de rosqueros nacionales y extranjeros” y “El Prado, avenida del sol y aposento de la primavera perpetua”), aportes de Angélica Ascui (“El arte escénico nacional”), Teddy Hartmann (“Evolución urbana de La Paz”), Augusto Céspedes (“Restauración del paceñismo”), René Ballivián (“La Paz, pueblo de insurgentes”), Julio C. Valdés (“Valores paceños”), Luis Iturralde Chinel (“Breve historia de la ciudad de La Paz”), poemas de Yolanda Bedregal (“Revolución”) y Carlos Montenegro (“Está encendida, nadie la apagará”). En el aniversario patrio de ese año, escriben Walter Montenegro (“Warisata, un milagro a orillas del Lago Sagrado”), Lizandro Alcoreza (“El libertador a través de sus rasgos caligráficos”), René Ballivián (“La ascendencia de Bolívar”), Alfredo Herrera (“La gran fuerza del pueblo: su alma nacional”) y Roberto Prudencio (“Tangenciando el arte”). Su suplemento “Cultura Popular”, divulgaba adelantos de ciencia y tecnología.

La Calle libra batallas desiguales con la Gran Minería, en duelo sin cuartel con la prensa liberal. La Calle denuncia a la Corte Suprema como “cueva de escribas patiñistas”, instando disolverla, y calificó a la Universidad como “refugio de emboscados y anticuarios”. Propugnó que “los derechos civiles de las mujeres serán reconocidos legalmente”, difundió el Proyecto de Estatuto de Educación de la Asociación de Estudios Pedagógicos, fomentó los planes de reforma educativa, los logros de la Escuela Utama de Caquiaviri, el premio anual municipal de literatura, ciencias y artes; llamó la atención sobre la “Necesidad nacional de la defensa del indígena”, y lanzó la campaña contra la defraudación de impuestos de la Fabulosa Mines Consolidated con nota de cargo por 8.501 libras. Puso en primer lugar las necesidades del pueblo y pidió “fundar almacenes fiscales de víveres para el pueblo”, en su lucha contra la especulación.

El 1° de mayo de 1946, denuncia que “La podredumbre rosco-pirista debía haber reventado ayer”, hace ver que “el Pirismo rosquero, solo intrigas puede entregar a los obreros”, en tanto que el Gobierno “adquiere un gran edificio de siete pisos para uso de los obreros bolivianos”. El 2 de mayo, el ministro Germán Monroy inaugura la Biblioteca del Ministerio de Trabajo, destinada a intelectuales y obreros. La Calle devela la naturaleza de la Gran Minería: “La Rosca explotadora ha dicho siempre con orgullo: el pueblo es la chusma indocta que no sabe lo que quiere. El pueblo era encantador. Era la bestia ensillada con todas las formalidades legales, hambreada, debilitada, aturdida, y a la que se le sacudía golpes, sistemáticamente, para hacerle entender lo que debía aceptar: –Esto es la democracia! Cincha ajustada, rienda corta, rebenque, espuela y paso rápido”–.

El Gobierno apuesta a elecciones y la oposición proclama la abstención. El 5 de mayo, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), “un solo partido popular contra todos los reaccionarios de la oligarquía”, obtiene “rotundo triunfo electoral en toda la República”, pero nunca llegaría a posesionar gobierno. La oligarquía cuestionó “la validez de las inscripciones de ciudadanos entre el 5 y el 20 de abril”, denunció al Gobierno de “formar un eje nazi en Sudamérica” y envió “Turbas del FDA [que] acabaron con la vida de Carlos Mur”, Secretario Ejecutivo de la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia. “Augusto Céspedes destruye la patraña del Putsch Nazi”, pero la conspiración se consolida. El 13 de junio, ante un conato de golpe, “los mineros de Llallagua maldicen a los subversivos de la Rosca. El 15, los obreros en gran mitin pidieron armas al Gobierno para limpiar a los pulpos de la reacción”. El 18 de julio, publica: “No hay ni habrá el pretendido paro general de trabajadores”, “quedan prohibidas todas las reuniones políticas y manifestaciones públicas” y declara ilegal la “huelga de la Asociación Nacional de Maestros”. El Cine Ebro anuncia la exhibición de la película argentina “Pacha Mama”, ambientada en los incásicos. El 26 de julio, el presidente Gualberto Villarroel es derrocado y su ultrajado cuerpo es colgado del farol de la Plaza Murillo, dando fin al gobierno del “amigo de los pobres”.

La Calle tuvo vida orgánica militante durante una década, en la que registró y documentó la vida política nacional, como contexto del desarrollo cultural, social y económico del país. Actuó como prensa oficialista durante el socialismo militar (Busch-Toro-Busch, 1936-1939); y opositor tenaz con los gobiernos liberal-patiñistas de Quintanilla (1939-1940) y Peñaranda (1940-1943); para volver a apoyar al gobierno popular y pro-obrero de Villarroel (1943-1946).


  • Bibliógrafo, presidente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.

1       Fundado en 1935. Su líder fue Enrique Baldivieso.

2       Nació en 1900. Falleció en 1976. Periodista, político, diplomático, dirigente deportivo. Fundó el semanario deportivo Marathon (1928) y El Universal, clausurado cuatro veces por el Gobierno (1932-1935). Redactor de La Razón, La República y El Diario. Director de La Calle (4 de abril de 1938-12 de julio de 1946). Militó en el MNR. Salió al exilio a la Argentina (1946-1952). Cumplió funciones diplomáticas en Lima, Bogotá y México. Autor de Los fusilamientos del 20 de noviembre de 1944 y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (1952). (Lora, II, 45, 113; Costa de la Torre, I, 282).

3       Nació en 1901. Falleció en 1978. Escritor y periodista; director de La Tarde (1961), redactor en Última Hora, El Universal, El Diario y Crónica. Activista político en el MNR, diputado y prefecto de La Paz. Autor de El sufragio femenino en Bolivia (1933); Trópico del Norte (La novela de un siringal paceño) (1949); Calendario de la Revolución Nacional (1957); Cien años atrás. Novela histórica (1958); Lora, II. 85-86; 796).

 

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