abril 22, 2021

El Mallku


Por Carla Espósito Guevara -.


 

Tenía 17 años cuando lo vi por primera vez. Fue el año de su apresamiento como miembro del Ejército Guerrillero Tupaj Katari (EGTK), cuando pacientemente, con una bolsa de coca sobre las piernas, le explicaba a Amalia Pando que emprendió la lucha armada para que su hija no fuera su sirvienta. Quizás esta sea la frase más importante de este siglo. Resume con absoluta contundencia las contradicciones profundas e irresueltas de la historia larga del país. Su muerte nos sacudió a todos y constituye una de las bajas irreparables del movimiento indígena y campesino.

Nació en una comunidad del Altiplano, aunque por razones políticas vivió en Santa Cruz, pero también en México, El Salvador y Cuba, donde recibió entrenamiento militar. Además de un ideólogo y estratega fue un historiador, sistematizó tanto los aportes de Zárate Willka como los de Tupaj Katari y desde ahí propuso la tesis del sujeto indio, que cobró sentido después de las medidas neoliberales que desarticularon al movimiento obrero.

Sin embargo, la suya no fue una propuesta nacionalista aymara, pues si hay un elemento revolucionario en su pensamiento es que desde una matriz indianista, heredada de Fausto Reinaga, propuso el entronque de elementos étnicos con la lucha de clases y formuló una interpretación clasista de los conflictos sociales. Hizo un esfuerzo por articular la cosmovisión aymara con elementos de la tradición de la izquierda marxista adquiridos, según Fabiola Escárzaga, en su experiencia en el mundo q’ara como asalariado en el oriente boliviano y como exiliado en otros países latinoamericanos, sin dejar su crítica al colonialismo de la izquierda señorial.

A partir de su militancia comunitarista planteó al ayllu como horizonte utópico, como el germen de una sociedad distinta a la capitalista, como estructura basada en la solidaridad, el colectivismo en el que cada uno produce de acuerdo a sus necesidades familiares y su capacidad productiva, pero, a diferencia de lo que Silvia Rivera planteaba, Quispe propuso el diálogo entre ayllu y sindicalismo.

Si bien planteó aprender de la estrategia militar y política de Katari, que suponía una guerra revolucionaria de los ayllus que partía del conocimiento, apropiación y control del territorio por las comunidades, nunca dejó de lado la lucha sindical, propia de los obreros, pues consideraba que el trabajo de masas implicaba participar en las organizaciones sindicales y obreras para construir un socialismo colectivista de ayllus y volver al Qollasuyo original. Es fundamental su reconocimiento de los trabajadores del campo y de su ser social como clase y como nación.

Contrariamente a lo que muchos creen, el Mallku no propuso un nacionalismo aymara, ni un proyecto racista para acabar con blancos y mestizos, ni menos una disputa de razas. Su propuesta es mucho más compleja, recoge las tradiciones de lucha más importantes de la historia de Bolivia, la comunitaria y la sindical obrera, y esto lo coloca más allá del nacionalismo indio chauvinista de varios que hoy reivindican su herencia ideológica.

Quizás no comprendió a cabalidad la dinámica imparable del capitalismo que ha penetrado en los ayllus, socavando el comunitarismo. Pero más allá de toda crítica, el Mallku adquirió la talla de Katari y Willka, por lo que resulta imposible entender Bolivia sin conocer sus ideas.


*       Socióloga.

 

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