abril 23, 2021

La democracia directa en la reconstrucción de las confianzas

Por Marcelo Caruso Azcárate-.


Recuperar el originario proceso social político pleno de energías sociales y políticas revolucionarias que marcó el primer gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), es la prioridad. Su primera etapa estuvo marcada por las grandes movilizaciones sociales contra los intentos separatistas y la respuesta gubernamental políticamente justa y combativa. Esto se articuló con los esfuerzos conjuntos del Gobierno y la sociedad civil obrera, indígena, campesina y popular por avanzar participativamente en definir los contenidos de la nueva y transformadora Constitución del Estado Plurinacional (CPE). Fue uno de los momentos más señeros de la confluencia de los programas de las luchas étnicas y sociales, con las acciones de un Gobierno que consideraban propio, su gobierno.

El “espíritu de la época” del que hablaba Erich Fromm, se expresó en el segundo párrafo del hermoso Prólogo aprobado, que define claramente que la soberanía está en los pueblos, quienes la construyen cotidianamente y la sostienen con los poderes acumulados producto de sus luchas antisistémicas allí reseñadas. Y si bien el proceso constituyente no permitió alcanzar todas las transformaciones esperadas, lo que se logró estuvo relacionado con la correlación de fuerzas existentes. Se basó en los dobles poderes acumulados pero, al mismo tiempo, los afirmó y los impulsó hacia nuevos desafíos; se esperanzaba que en el desarrollo del Gobierno se pudieran aumentar las fuerzas comprometidas con el cambio social y, con ellas, ampliar favorablemente las relaciones de poder que permitieran abrir nuevos espacios para las transformaciones sociales y culturales. El dicho popular de que “eso es lo que dio la tierrita”, heredado del crudo realismo campesino, no implicaba que hasta ahí se llegó, sino que explica que eso era lo posible por la vía electoral, en las condiciones existentes.

El problema para los gobiernos progresistas y de izquierda, es que luego de los importantes triunfos que en distintas formas y contenidos se han logrado, siempre surge un sector en los gobernantes que se declara satisfecho con los avances conquistados y considera que las relaciones de poder que los sustentan serán estables, permanentes e irreversibles. Asumen que se deben concentrar en administrar el Estado para garantizar la efectividad de los derechos conquistados por la vía constitucional. Se aplican a entender y domar esa bestia autoritaria y destructiva que es el Estado capitalista y el mercado seductor que lo sustenta, y se olvidan que su función no es solo gestionarla y gobernarla, sino avanzar en destruir y/o transformar sus estrategias de dominación político-cultural y de explotación del trabajo al servicio del lucro privado. Es un fenómeno parecido a lo que en la burocratizada Unión Soviética se llamó la revolución por etapas, donde un paso sustenta al otro, lo cual puede ser válido a la hora de una metodología de investigación, pero que se convierte en una lenta y conservadora forma de pensar y actuar en un proceso transformador social; pues olvida que ese primer paso hay que alimentarlo, llenarlo de innovaciones sociales basadas en su creciente formación y poder acumulado, pues no son un simple paso, sino los cimientos del edificio en construcción que serán atacados por el contradictor de clase con todos los medios a su alcance; y de no hacerlo, sucederá que así como se pueden dar saltos de varios pasos hacia adelante cuando se crece el poder popular, también se puede retroceder hacia situaciones socioeconómicas y ambientales más regresivas de las que encontraron al llegar al gobierno, como consecuencia del desgaste de esa relación gobierno-pueblos organizados.

Fidel Castro decía que “la política es el arte de volver posible lo imposible”, entendiendo la política como la promoción de la acción transformadora colectiva por parte de sujetos étnicos y sociales populares, que acuden a los espacios, mecanismos e instrumentos democráticos participativos a su alcance, para conquistar ese imposible. Cuando lo imposible se reduce a lo posible, comienza un proceso con dos vías en paralelo que se retroalimentan entre sí: en primer lugar, los gobernantes presionados por toda la estructura sistémica nacional e internacional aún vigente y por las fuerzas del mercado que le exigen mantenga y amplíe sus niveles de acumulación, tienden a enredarse en estrategias tácticas de ganar tiempo, a tratar de neutralizar a unos y cooptar a otros, cuando en realidad los que están ganando tiempos son sus enemigos, dedicados a desgastarlos imponiendo presiones y trabas “legales” cotidianas que les que les dificultan el cumplir las metas anunciadas.

Por otro lado, en ese enorme esfuerzo que implica responder y contrarrestar esa maquinaria de poder de Estado y mercado asociados, creada para enredar y desubicar a quienes pretenden llevarla en sentido contrario al que tiene asignado por su naturaleza de clase, tienden a olvidar que, al igual que sucede con el capital –que no puede parar de acumular para no desaparecer–, quien deja de acumular fuerzas sociales lo que hace es retroceder y debilitarse en la relación de poder frente a su enemigo histórico.

Estas miradas, derivadas de desplazar el análisis político y reemplazarlo por lo técnico y administrativo, ha llevado –en esas etapas de declinación– a la mayoría de los gobiernos progresistas y de izquierda a alejarse de los intereses y luchas de quienes los llevaron a gobernar. Llegan a creer que administrando bien el aparato del Estado, están ganando votos para el futuro, cuando en la realidad están perdiendo la capacidad de escuchar a sus pueblos, a su gente, y creen que no les entienden todo el esfuerzo que realizan para garantizarles los nuevos derechos conquistados.

Olvidan, como decíamos en otra columna, que “todo lo que da el Estado siempre es poco, si no se ha luchado para conquistarlo” y que, mejorando desde el gobierno algunas garantías importantes en salud o educación, no se está ampliando el poder popular. El síndrome posibilista acompañado de un paternalismo estatal, desmoviliza a la gente pues sienten que no los incluyen en las decisiones, que se niegan los contenidos de la democracia participativa directa definidos en el espíritu de la Constitución. Está bien escuchar a los empresarios, pero está mucho mejor el escuchar a sus partidos y las organizaciones sociales y populares que los llevaron a gobernar. Cuando esto no sucede, en los imaginarios populares el Gobierno se aleja de ser “mi gobierno”, crecen las desconfianzas que paralizan la movilización y eso es lo que aprovechan los regresivos –con el apoyo de su embajada preferida– para imponer retrocesos por vías que rompen los acuerdos concertados en el inestable Estado de derecho constitucional.

La democracia participativa directa no es solo un medio consultivo, como la utilizan muchos gobiernos neoliberales, sino un fin deliberativo que persigue la construcción de sujetos sociales con visión transformadora y, en un gobierno de izquierda amplia, es la base de la construcción de confianzas cuando se logra que sea la que determina sobre la democracia electoral y delegataria. De allí se desprende que, así como se reconoce y escucha a la bancada parlamentaria, se debe promover un punto de encuentro permanente entre gobiernos y los sindicatos, organizaciones sociales, culturales, pueblos indígenas, a los que se reconozca y respete como una bancada social, como aquella que se inventó colectivamente durante el gobierno de J. J. Torres, para que le ponga un cable a tierra al posibilismo y proyecte nuevas estrategias para aumentar el poder popular constituyente.


  • Filósofo

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