octubre 16, 2021

Crisis capitalista mundial en tiempos de pandemia

Por Gabriela Roffinelli-.


Desde comienzos de 2020 una pandemia azota el mundo y las sociedades capitalistas no han estado a la altura del desafío humanitario. De hecho, forman parte del problema, por las políticas impuestas desde hace décadas: privatización y desmantelamiento de los servicios públicos, especialmente sanitarios; precarización laboral; orientación de las investigaciones médicas en pos del lucro de las farmacéuticas y, fundamentalmente, por las propias relaciones sociales de producción capitalista que encierran dinámicas destructivas que ponen en peligro los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta.

A la crisis sanitaria le sobreviene la peor recesión de la economía mundial desde la gran depresión de la década del 30 del siglo pasado. Aunque, en rigor, la crisis económica mundial estaba latente cuando irrumpió la pandemia; dato que soslayan los confiados anuncios acerca de una pronta salida de la crisis una vez finalizada la pandemia o incluso la posibilidad de un nuevo “reinicio” o “reseteo” capitalista (Klauss Schwab, 2021, Foro Económico Mundial).

La gran crisis de la economía capitalista global abierta en 2007/08, que se vincula con la crisis de los 70 del siglo XX, no había terminado y estaba cerca de un nuevo estallido antes de la llegada de la Covid-19. Esto se advertía en el pobre crecimiento de la economía mundial, que solo se sostenía con la expansión económica de China y otros países “emergentes”, en la abierta guerra comercial (Estados Unidos – China y también Europa), y en el sobreendeudamiento de los Estados, las empresas y las familias.

Todo indicaba que se estaba acercando la emergencia de la crisis y se suponía que sobrevendría por el estallido de la burbuja financiera vinculada con el sobreendeudamiento. Al persistente endeudamiento de los Estados de los países dependientes (ligado al déficit comercial, la fuga de capitales, entre otros, y, en definitiva, a su lugar subordinado en la economía mundial) se sumó el endeudamiento de los Estados de los países centrales. Estos últimos utilizaron grandes recursos públicos para el rescate de las instituciones financieras (too big to fail o demasiado grande para quebrar, que bien podría ser too big to be private o demasiado grande para ser privada) que presentaron problemas de liquidez o solvencia (ligados a la sobreacumulación) en la crisis del 2007-08. Financiamiento público que operó mediante la reducción del presupuesto orientado a políticas sociales (jubilaciones, educación, salud, vivienda, entre otras) y con la emisión de títulos públicos que ofrecen garantías adicionales de rentabilidad para los compradores.

El propio Fondo Monetario Internacional (FMI), en diciembre de 2019, reconocía que:

“Las economías avanzadas ya han empezado a reducir parte de la deuda acumulada tras la crisis financiera mundial. Pero, aun así, los coeficientes de endeudamiento público son mayores que los observados antes de 2008 en casi el 90% de las economías avanzadas. En los mercados emergentes, el coeficiente medio de endeudamiento público ha subido a niveles similares a los registrados durante las crisis de mediados de los años ochenta y la década de 1990.”.

De modo que el gran beneficiado resultó ser el capital financiero, la fracción dominante del capital mundial que, con la ayuda del entramado institucional a su disposición (FMI, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, Organización del Tratado del Atlántico Norte, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, entre otras), se impone en los distintos países. Es decir, la fracción del capital mundial que emerge plenamente como dominante de la crisis estructural de los 70 del siglo pasado (aunque ya lo era previamente); que se relaciona con las dificultades de valorización que Marx formuló como el descenso tendencial de la tasa de ganancia (que se expresan en particular en la tendencia a la sobreacumulación del capital y la consecuente destrucción de sus fracciones menos rentables). La salida de esta crisis disparó la magnitud del capital financiero de forma acorde a la ley general de la acumulación capitalista, que concentra la riqueza en un polo, mientras que en el otro provoca padecimientos cada vez superiores para la mayoría de la población, la que vive de su trabajo.

Por tanto, la actividad financiera, particularmente la especulativa, ocupa un lugar muy importante debido a las dificultades de valorización del capital en la esfera productiva. Pero no son las finanzas las causantes de los problemas, de la crisis, sino que es la crisis la que provoca la expansión de las finanzas (crisis que ciertamente se expresa en las finanzas). De modo que no se trata de una mera crisis coyuntural más o una crisis de las finanzas, sino de una crisis estructural de las relaciones sociales capitalistas, que no logran superar el largo período recesivo y retomar un nuevo periodo expansivo con altas tasas de rentabilidad.

A la vez, la pandemia disparó, aún más, el gasto público y la emisión monetaria para hacer frente a la crisis sanitaria y para socorrer a los capitales, especialmente al capital financiero. El FMI estima que la deuda pública mundial alcanza su máximo histórico, cercano al 100% del Producto Interno Bruto (PIB) internacional. Esta nueva acumulación de deuda desplaza temporalmente una mayor profundización de la crisis. Pero resulta previsible que, antes que tarde, se haga imposible la devolución de los créditos por parte de los pequeños y medianos capitales y se generalice una situación de impagos que haga estallar la situación financiera global.

Por otro lado, si bien China ha comenzado una tímida recuperación, es muy inferior a las tasas de los años precedentes, dada la retracción de la demanda mundial. Se desbaratan, entonces, las perspectivas de que la economía china arrastre al crecimiento de la economía capitalista mundial.

Frente a las crisis, las clases dominantes globales han ensayado variados repertorios –el New Deal o el nazismo–, entre otros muchos, según las relaciones de fuerzas de cada momento histórico. En este sentido, algunos intelectuales neokeynesianos proponen salidas de tipo reformistas. Incluso, un referente del capital financiero, el economista Stiglitz, señala que “el mundo necesita un nuevo contrato social que busque un equilibrio entre el mercado, el Estado y la sociedad para acabar con la desigualdad y las protestas, bajo la advertencia de que la extrema derecha no funciona”.

No obstante, las clases financieras dominantes globales implementan “salidas a la crisis” que distan mucho de los postulados reformistas. Apuestan a sortear la crisis acentuando la explotación de las clases laboriosas, la expoliación de los bienes comunes y profundizando los mecanismos que refuerzan la dependencia y subordinación de las economías de los países periféricos en pos de la acumulación a escala mundial.

En nuestra América las políticas públicas para atender las crecientes demandas económico-sociales derivadas de la situación crítica que atraviesan las grandes mayorías resultan insuficientes. Y crece el malestar social, como se ha expresado en las masivas movilizaciones populares de Chile, Colombia, Haití, Perú, Ecuador, Guatemala, Paraguay, entre muchas otras.

Urge, entonces, un proyecto regional articulador de todas las formas de lucha con perspectivas de emancipación social y política, es decir, que implique estrategias para “salir del capitalismo en crisis” (parafraseando al marxista egipcio Samir Amin), porque la civilización moldeada por el capitalismo no ofrece alternativa humanista posible; solo en una civilización construida sobre las bases del socialismo es posible un futuro para la humanidad.


  • Coordinadora del Grupo de Trabajo de Crisis y Economía Mundial, Clacso.

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