octubre 25, 2021

Lo liberal en Bolivia: aproximación a mano alzada

Por Boris Ríos Brito *-.


Recordé las risas que me producía hace más de una década atrás un pequeño grupo pseudointelectual que agitaban las banderas del liberalismo. Pensé ese entonces que la ciencia de la Historia había demostrado que el Estado, sus leyes, la ciencia, la tecnología, el conocimiento, la sociedad y, en definitiva, el devenir humano eran el resultado de la lucha de clases. Desde entonces, no pocas veces me topé con creencias una más sorprendente que la otra, pese al Internet y el acceso a conocimientos y “cultura”. Así, tan neófito en tantas cosas –como todos–, tuve que dar crédito a que esas banderas trasnochadas y metafísicas de los liberales terminaron seduciendo en la práctica al sentido común, dando cada vez más lugar a la imposibilidad real de una transformación que termine venciendo al capitalismo, es decir, una transformación socialista. Me permito delinear algunas reflexiones a modo de incentivos para el debate.

Las leyes no son divinas

Una ola liberal a la que se adscriben ciertos “constitucionalistas” profesa que las leyes hacen la realidad, sin comprender las diversidades o la historia para abogar por el cumplimiento a rajatabla de la letra muerta, aunque valga aclarar que las lecturas de estas letras varía, según el ojo, y en nuestra realidad incluye una doble interpretación con la Biblia de por medio (y que fueron esos mismo leguleyos, con Biblia en mano, los que criticaron esas posturas que pedían el uso de la lectura de las hojas de coca para verter sentencia y criterio).

No es pues extraño que en nuestro país el Poder Judicial siempre se encuentre en tela de juicio frente a una realidad más compleja y en donde algunas premisas conservadoras se han ido desatando por fuerza de la realidad, tales como la discriminación y el racismo heredados, el machismo perenne y la continua vulnerabilidad institucional a la corrupción de todas las instancias judiciales.

Es necesaria una reforma judicial, pero con sustento de transformación y no de consagración del orden establecido, pilar no declarado de lo liberal.

Emancipación de la mujer solo en revolución

Pero las aristas liberales, capaz de lo más avanzado, pero no por ello progresistas ni mucho menos, han echado mano del discurso de género y en Bolivia han constituido frentes bastante importantes, con raíces fortalecidas en el gonismo de los 90, reclamando el 30% de participación de mujeres en las planchas de candidaturas al Congreso Nacional, igualdad de derechos para las mujeres y varias cuestiones ciertamente claves, pero siempre vestidas de mujeres blancas, burguesas (o de clase media, como les gusta llamarse) y urbanas (por usar la categoría odiosa y discriminadora que quiere decir “no indias”).

No ha sido casual que de estas redes haya salido un contundente apoyo a la lucha antipopular que hizo posible el golpe de Estado en noviembre 2019, dejando de lado sus reivindicaciones para unirse alegremente a las hordas conservadoras más retrógradas y machistas.

Es así, el liberalismo de supuesta igualdad femenina jamás entenderá las contradicciones de clase y nación que sufre una mujer campesina u obrera y negará la lucha necesaria para derrumbar al patriarcado, que es la lucha contra el Estado capitalista.

El Estado que necesitamos no es burgués

Y, en todo esto, no podía quedar de lado uno de los temas centrales, pero menos enfrentados del período y en donde lo liberal también ha ganado terreno: el Estado, que no puede entenderse sin eso que señalaba Lenin, de que el Estado es la expresión de lo irreconciliable de la lucha de clases, que no es otra cosa que decir que el Estado expresa las contradicciones sociales y su historia del territorio al que representa.

Desmontar al Estado burgués boliviano, con sus contradicciones de clase y nación, ha sido una tarea en que durante los años del Proceso de Cambio no ha sido posible avanzar, ya que se recuperó al Estado del desfalco neoliberal, pero sin transitar hacia la construcción de un Estado esencialmente diferente, excepto en el reconocimiento de lo plurinacional que no ha caminado aún sobre su epicentro que es la autodeterminación de las naciones y los pueblos indígena originario campesinos y de la clase proletaria.

La controversia de la utilización del discurso del Banco Mundial (BM) sobre la supuesta clase media en Bolivia y su efecto ideológico parece no haber teñido el debate popular, como tampoco el del discurso del fin de las ideologías, la complementariedad como superación de la lucha de contrarios y el equilibrio maniqueo no parecen haber entendido del todo abajo, ni siquiera a la izquierda, resultando en otro importante sentido liberal.

Al capitalismo no le importan el color de la piel, ni el género, ni que los oprimidos rompan sus cadenas, es pues una forma de relación social que habiendo generado su fuerza en la apropiación del cuerpo de las mujeres, en la explotación y el racismo, en la enajenación y el embrutecimiento de las mayorías, se adapta y evoluciona, excepto en su esencia misma que es la negación del trabajo humano. Por ello, una transformación del Estado capitalista debería estar presente permanentemente y no disuelta en la importancia evidente de resolver lo urgente.

El peligro liberal

No hay vuelta, es cardinal asumir de la forma más crítica una confrontación de lo liberal en todas sus aristas, muchas más de las punteadas aquí, porque desde su noción metafísica y ahistórica, no son sus banderas formales las que carcomen la posibilidad de la construcción de una sociedad más justa y libre, sino la aprehensión de la sociedad de sus valores individualistas y fanáticos, en la negación de lo colectivo y la fe en el libre mercado que conlleva el designio divino de la fortuna o la pobreza o incluso el sueño del enriquecimiento, el consumo y el poder como finalidad de vida.

Pero como el viejo Moro (Carlos Marx) parafraseó a Shakespeare: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.


  • Sociólogo.

 

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