octubre 27, 2021

¿Ambientalismo ingenuo o ecología real? El camino soberano hacia la sustentabilidad

Por  Rafaela M. Molina Vargas *-.


Guillaume Suing es profesor de biología, miembro del Círculo Henri Barbusse de Cultura Obrera y Popular y del movimiento político Asamblea Comunista (Rassemblement Communiste – RC). Autor de Evolución: La Prueba de Marx. Superando la leyenda negra de Lyssenko (2016); La Ecología Real: Una historia soviética y cubana (2018) y El Origen de la Vida: Un Siglo Después de Oparin (2020). También es autor de numerosos artículos sobre las políticas agrarias y energéticas antiimperialistas y los límites del “ecologismo” occidental, en el blog Germinal Le Journal.

El “sentido común” actual opone el progreso a la protección de la naturaleza. ¿Cómo se explica esto en relación a las contradicciones del capital en el sistema-mundo?

Guillaume Suing (GS).- En efecto, existe una contradicción entre la historia del hombre y la de la biosfera. En cierto modo, el ser humano se ha convertido en el “jardinero” del mundo, lo que dificulta la búsqueda de una relativa armonía, un reequilibrio entre la necesaria satisfacción de las necesidades humanas y la indispensable regeneración de los recursos de la Tierra.

Sin embargo, hablando de “contradicciones” y de “dialéctica”, debemos mirar más de cerca y comprender cómo la famosa contradicción que aparentemente nos opone a una “naturaleza” idealizada y supuestamente “en equilibrio”, que esconde cuestiones ideológicas. En realidad, estamos ante dos contradicciones muy distintas, cada una con su propia temporalidad.

La primera es una profunda contradicción de la historia humana, la del Homo sapiens que explota los recursos naturales buscando en lo posible no “arreglar” la naturaleza, sino permitir una reconstitución racional de los recursos gastados. Esta contradicción se remonta al Neolítico (inicio de las grandes domesticaciones), y no al capitalismo reciente; es consustancial a nuestra especie. Es, por decirlo en términos marxistas, una contradicción no antagónica. Es decir, una contradicción que puede resolverse sin la destrucción de uno de los polos. Algunos quieren negar la necesidad de reponer los recursos naturales considerados inagotables (destrucción del polo “naturaleza”), otros quieren volver a la Edad de Piedra y al malthusianismo para limitar la satisfacción de nuestras necesidades humanas en nombre de una “naturaleza” antropomorfizada, incluso divinizada (destrucción del polo “especie humana”). Estas dos posiciones son igualmente reaccionarias, en el sentido primario de la palabra, y de tendencia potencialmente fascista (una huida hacia adelante “futurista” y nihilista, o un malthusianismo nostálgico de un pasado feudal idealizado).

La segunda es, por otra parte, una contradicción completamente antagónica: está claro que la contradicción “capital/naturaleza” es un aspecto particular de una contradicción mayor, capital/trabajo (el trabajo humano, incluyendo, por supuesto, el trabajo de gestión del medio ambiente a largo plazo), y solo puede resolverse mediante la destrucción de uno de los polos. No es creíble que el polo “trabajo humano” se “suicide” a largo plazo. Por ello, un verdadero “ecologismo” solo puede ser anticapitalista, teniendo en cuenta las posibles derivas ideológicas de un enfoque únicamente “natural”.

Esto último es un hecho: el imperialismo utiliza, entre otras cosas, la ideología “ecológica” para luchar contra las múltiples experiencias revolucionarias y de independencia nacional de los países del Sur.

Así, es el polo del capital el que debe ser destruido para superar esta contradicción. En otras palabras, no se trata de limitarse al romanticismo o, por el contrario, a la “ciencia pura” para lograr esta superación, sino de hacer política ¡y eso es mucho más difícil!

En la misma línea, ecologistas detractores de la izquierda latinoamericana, como Eduardo Gudynas, se oponen al supuesto extractivismo (o neoextractivismo) de los gobiernos de Evo Morales, Rafael Correa, entre otros. ¿Cómo entendemos esta crítica?

GS.- La mayoría de los pueblos que pretenden liberarse del dominio imperialista de Estados Unidos o Europa han heredado un modelo económico colonial, centrado en el monocultivo o la especialización energética para la exportación. Si la izquierda antiliberal busca una salida del yugo imperialista en estos países preservando el medio ambiente, debe armarse con una línea política adaptada: en la época de la Revolución rusa, la joven Unión Soviética había heredado un modelo feudal del que era extremadamente complejo lograr una colectivización de la tierra y una nacionalización inmediata de los principales medios de producción. La Nueva Política Económica (NEP) exigida por Lenin a principios de la década de 1920 consistía en permitir una forma controlada de capitalismo agrario, durante unos años, para desarrollar las fuerzas productivas necesarias para una transición al socialismo real (que, por el contrario, no era necesaria para los países ricos industrializados de Occidente).

Es decir, una política verdaderamente revolucionaria, no retórica sino de hechos, es necesariamente sinuosa, aunque manteniendo claramente un rumbo.

El hecho de que Evo Morales, por ejemplo, haya sido capaz de preservar la agroecología del Altiplano, a salvo del agronegocio, mientras permitía que este se afianzara a corto plazo en otras regiones, fue una forma de resistir a largo plazo (protegiendo la riqueza nacional en términos de biodiversidad y agroecología), al tiempo que evitaba una declaración de guerra inmediata por parte de un enemigo todavía demasiado poderoso.

Lo mismo ocurre con la extracción de litio: para desarrollar una agroecología sustentable, base de la soberanía alimentaria, y una política energética independiente e igual sustentable, se necesitan medios, a menudo poco “visibles” pero muy reales. En particular, se requiere investigación en agrobiología (para superar el impase histórico de la “agroquímica” y la agricultura intensiva inspirada en ella), y por tanto universidades y centros de investigación costosos. También es necesario que los trabajadores de la tierra tengan un nivel de formación suficiente para aplicar, como “agrónomos de su propio suelo”, prácticas agroecológicas más complejas desde el punto de vista científico que las del monocultivo intensivo de finales del siglo XX. Es necesario entonces un sistema educativo potente y democrático. Todo esto requiere, al igual que el desarrollo de técnicas complejas de extracción de energías renovables locales, un gasto estatal considerable, que el sector privado nunca aceptará pagar, ya que se trata de una inversión a muy largo plazo. Esto no puede lograrse de la noche a la mañana, y es obviamente la acumulación de fuerzas productivas la que debe preceder (y acompañar) el logro de una reforma agraria sustentable y agroecológica a largo plazo, y no al revés.

Si la extracción de litio beneficia exclusivamente a los depredadores imperialistas, es una política reaccionaria que hay que combatir, por supuesto. Pero si la extracción de litio permite, a largo plazo, financiar otro modelo energético y agrícola para el país, y es lo que podríamos llamar una “NEP ecológica”, debemos apoyarla, aunque los ecologistas “ingenuos” se coloquen al otro lado de la “barricada”, junto con todos los que se niegan a permitir que el pueblo sea sustentablemente soberano.

En tu libro Ecología Real, afirmas que las luchas por la conservación de la naturaleza derivan y se prolongan de las luchas anticapitalistas. ¿En qué sentido Cuba, y antes la Unión Soviética, son ejemplos históricos de esto?

GS.– Hoy tenemos hechos históricos, y propaganda que pretende ocultarlos. El primero de estos hechos es que la Cuba socialista es ahora líder en el desarrollo de la agroecología. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha indicado claramente que es el único país que ha alcanzado la “fase de desarrollo sostenible”. Esto no fue sin esfuerzo, por supuesto. Pero todos los movimientos ecologistas occidentales tratan de ocultarlo, para seguir incriminando a los “extractivistas” de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP).

La realidad es compleja de reconstruir, porque se han difundido muchas mentiras, calumnias y confusiones deliberadas sobre Cuba. Está claro que su conversión a la agroecología data del periodo especial de los años 90. Sin posibilidad técnica de continuar con la agricultura intensiva que se había aplicado eficazmente en sus suelos bajo décadas de bloqueo, Cuba logró poner en práctica un modelo que en otros países era solo teórico, mediante una serie de políticas proactivas. Esto se alcanza por las posibilidades que ofrece el propio sistema socialista: el Estado, que es el propietario de la tierra, puede decretar, sin ningún tipo de coacción por parte de los terratenientes vendidos al imperialismo, la reorganización de los campos en pequeñas unidades cedidas en usufructo gratuito (sin alquiler) a colectivos de trabajo. Además, puede prohibir legalmente el uso de plaguicidas en todo el territorio nacional (algo impensable en un país capitalista). Asimismo, el Estado ha podido financiar un sistema educativo de alto nivel y desarrollar investigación en agrobiología. Por último, es gracias a que el Estado está en contacto directo con los sindicatos campesinos (la ANAP, parte del movimiento campesino internacional Vía Campesina), que ha podido movilizar a un número masivo de campesinos, que son los actores de esta transición agrícola, a través de un movimiento muy eficaz llamado “Campesino a Campesino” (transmisión de conocimientos tradicionales entre trabajadores de la tierra). Se trata de un verdadero logro que ha permitido a Cuba producir más, y de forma más diversificada que antes de los años 90, para satisfacer gran parte de las necesidades alimentarias de la población.

La cooperación de Cuba con el ALBA-TCP y con otros países como China, no ha puesto en cuestión este modelo, que no es transitorio, como podrían pensar los críticos anticastristas. Por el contrario, paralelamente a las grandes misiones internacionales de médicos cubanos, ahora también se envían agrónomos cubanos en misiones para ayudar a los agricultores de otros países preocupados por el desarrollo de ese modelo agroecológico.

El modelo agrícola de tipo soviético vigente en la isla antes de 1990 fue introducido por una URSS postKhrushchev, cuya política agraria había sido modelada, desde mi punto de vista, con un clarísimo “retraso” respecto a los Estados Unidos y Europa tras la Segunda Guerra Mundial. En efecto, para la URSS no fue una política consustancial al sistema socialista sino, por el contrario, una flexibilización con respecto al cerco capitalista, que desde este enfoque marcó paradójicamente el inicio de su debilitamiento y su dependencia de las exportaciones. La revolución de 1959 en Cuba, aunque marcó distancia en cierta medida del “gran hermano” soviético al preservar las tradiciones agrícolas locales y una determinada protección voluntarista de su entorno, no escapó a la influencia de un modelo agrícola que, en realidad, no era específicamente socialista.

Por el contrario, la Unión Soviética anterior a la caída del muro de Berlín había desarrollado un modelo, desde los años 20 hasta los 50, basado en una ciencia del suelo que era radicalmente diferente de su contraparte occidental, altamente reduccionista. Los edafólogos rusos, como Dokuchaev, habían desarrollado una teoría dinámica de la fertilidad del suelo, de la aclimatación de las plantas, del policultivo a gran escala y de la agroforestería, que culminó en el “gran plan de transformación de la naturaleza” a partir de 1948. Este “gran plan” es, en muchos aspectos, una conquista histórica de la agroecología (obviamente no se llamaba así en su momento), en el sentido de que se trataba de desarrollar la “vida del suelo” para que esta desarrollara la vida de las plantas cultivadas, contrariamente a la doctrina occidental de los agroquímicos, sustituyendo las propiedades de los suelos cultivados. En cierto modo, la resiliencia y la productividad de dicho modelo, que buscaba fertilizar nuevas áreas infértiles en lugar de “dopar” químicamente suelos agotados, situaba a la URSS en la vanguardia del pensamiento sobre la agroecología extensiva.

No era una teoría romántica sobre la belleza de la naturaleza lo que sustentaba esa política, sino la conciencia de que el medio ambiente, la biodiversidad local y la calidad de los suelos cultivados eran una parte crucial y fundamental de la riqueza nacional, y la condición vital, a largo plazo, para la soberanía y la autosuficiencia alimentaria. La mutación khrushcheviana, entonces, fue una “huida hacia adelante” aventurera y cortoplacista, visiblemente fatal.

En cierto modo, el hecho de que hoy encontremos en la vanguardia de la experimentación agroecológica a países como Cuba, la Kerala comunista en India, o incluso Vietnam (actualmente perseguida por la Organización Mundial de la Salud a petición de Estados Unidos por haber prohibido los productos de Monsanto en sus campos) es muy significativo para entender el entrelazamiento entre las contradicciones entre el capital/trabajo y capital/naturaleza.

—ollo—

Con este análisis, Guillaume Suing pone en evidencia que el camino a la sustentabilidad es indisoluble de la soberanía y de las luchas anticapitalistas, antiimperialistas y anticoloniales. Asimismo, resalta que es fundamental considerar los ejemplos latinoamericanos como Cuba y los horizontes que trazan para nuestros pueblos. En las palabras atribuidas a Chico Mendes: “La ecología sin lucha social es solo jardinería”.


  • Bióloga, Master en la Universidad La Sorbona, ecosocialista, feminista, miembro del Comando Madre Tierra de Bolivia.

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