agosto 1, 2021

El devenir histórico de las Fuerzas Armadas en Bolivia

Por José Galindo *-.


No se puede pensar la historia de Bolivia sin pensar en las Fuerzas Armadas. Para bien o para mal, ellas han estado presentes en cada cambio radical de nuestro largo devenir, y no se puede especular en la resolución de ningún conflicto interno de relevancia que no reclame su participación. Por ello, este artículo será el primero de muchos dedicados a analizar todo en cuanto sea posible de este sector de la sociedad, enigmático y fatal.

Siete de 10 nombres que menciona el portal Behind Back Doors como principales agentes de la CIA en Bolivia son militares, en retiro o activos. Esto debería ser razón suficiente para dirigir nuestra atención, nuevamente, hacia las Fuerzas Armadas que, como el periodismo, jamás serán imparciales. Debemos partir, pues, de la siguiente proposición: aunque ciertamente sería ideal que los militares se mantuvieran lejos de cualquier tipo de actividad que pueda considerarse como política, esto es, en los hechos, casi imposible, debido a que, por su capacidad de ejercer la fuerza como último recurso de resolución de disputas, son y serán por un largo tiempo el árbitro definitivo de toda lucha política que involucre a varias clases de la sociedad, cuando no el último obstáculo a ser vencido.

Una personalidad múltiple

No puede hablarse de un solo Ejército, nos advierte James Dunkerley en su libro Orígenes del poder militar: Bolivia 1879-1935; los faccionalismos que lo atravesaron a lo largo de casi todo el siglo XIX, así como la intensa competencia entre caudillos por hacerse con el poder, demuestran que dentro de la institución convivían varias corrientes, no siempre portadoras de un proyecto nacional, pero sí dispuestas a conquistar el poder. Esta multiplicidad o ambivalencia se arrastra hasta hoy en día, a pesar de lo mucho que han cambiado las circunstancias desde los días en que la forma más rápida de ser presidente era a través de las filas de soldados.

A su interior concurren varias clases sociales, y una, la clase media, es siempre susceptible a los desdoblamientos ideológicos, pudiendo ser tan reaccionaria y conservadora como revolucionaria o progresista. Un artículo de Fernando Molina, en la revista Nueva Sociedad, inicia con las palabras de un general que ya se presumía como parte de la camada de oficiales partidarios de las ideas nacionalistas que luego ejecutaría el Movimiento Al Socialismo (MAS) una vez en el poder, abogando por la justicia social, la inclusión y la igualdad como principales retos de las Fuerzas Armadas.

Dicho artículo, titulado “‘Patria o muerte, venceremos’. El orden castrense de Evo Morales”, concluye advirtiendo que las relaciones entre el expresidente y los uniformados eran tan estrechas que “cuando los comandantes de las unidades militares del Ejército recibieron un instructivo en el que se decía que ‘por disposición del escalafón superior’ se ‘agradecerá’ que ‘a la finalización de todo acto cívico militar, en la desconcentración, antes de rendir honores al estandarte y de la restitución [de este] a su sitial de honor, se deberá entonar la ‘Marcha Evo Morales’’”.

Debió haber sido, entonces, un verdadero balde de agua fría para Morales escuchar de la boca de uno de sus más obsecuentes generales la sugerencia de renunciar ante la masificación de las protestas en su contra durante la crisis postelectoral de noviembre de 2019, que luego derivó en un descarnado golpe de Estado. Pero, con todo, el ejemplo de Kaliman, y del general presentado por Molina en su artículo, están ahí para ilustrar la indeterminación política de este sector de la sociedad, que no pocas veces ha pasado de verdugo a redentor y viceversa.

No se equivocan, algunos generales, cuando invocan la historia del Ejército como una de gloria y sacrificio, pues en sus páginas efectivamente podemos constatar a próceres como Andrés de Santa Cruz, José Ballivián e Isidoro Belzú; o también a los héroes del socialismo militar, Toro, Villarroel y Germán Busch; así como a nacionalistas como Ovando o Juan José Torres. No obstante, cada una de estas figuras contaba con su contraparte o alter ego, en personajes caricaturescos y miserables como Barrientos, Hugo Banzer o, el peor de todos, Luis García Meza.

Punteo para una trayectoria de las Fuerzas Armadas en el tiempo

Así, es posible encontrar episodios de nuestra historia en la que dos o más ejércitos se enfrentaron mutuamente a nombre de diferentes proyectos, pero dentro de su mismo país: en la guerra entre liberales y conservadores, entre federalistas y constitucionalistas, entre nacionalistas y tropas de la rosca minera, entre otros. Lo que señala que no ha habido episodio de nuestra historia en el cual su concurrencia haya sido determinante. Se puede hablar, de hecho, de una historia paralela a la de nuestra sociedad, o de una historia dentro de nuestra historia, protagonizada por el soldado boliviano.

Una vez conquistada la independencia, es sabido que el país entero fue sumido en caos. El fracaso de la Gran Colombia dejó a varios Estados recién formados sin una dirección política concreta, controlados por élites portadoras de todo menos de un proyecto político nacional, y con sus respectivos aparatos productivos en las ruinas. No es de sorprender que, en ese contexto, a veces mucho peor que el de la Colonia para millones de habitantes de Hispanoamérica, fuera el Ejército el único oasis de cierta estabilidad o germen de estatalidad. Formar parte de él era formar parte de la patria, y adquirir con ello ciertos derechos, empezando por un plato de comida diario.

En este periodo, de desorden generalizado, el Ejército no contaba con las prerrogativas que le son propias hoy en día. Hasta finales del siglo XIX, buena parte de sus tropas carecían de un salario fijo, y también de algún tipo de beneficio social; los excombatientes, sea cual haya sido su alianza política, no contaban con pensiones por invalidez ni de retiro, y no eran pocas las ocasiones en que la tropa recurría al vandalismo y el saqueo para asegurarse la vida, habitualmente en desmedro de comunidades indígenas. Opresión que se hizo más aguda una vez concluyeron los mandatos de los últimos próceres guerrilleros, momento a partir del cual la principal función del Ejército fue la represión de las comunidades indígenas de tierras altas, sobre cuyas espaldas recaía todo el peso de la República, bajo la forma del Tributo Indigenal.

Concluido el periodo del caudillismo militar y reestructurada, aunque sea germinalmente, la industria minera, Bolivia pasó a depender de grupos de élites dominantes: terratenientes latifundistas y oligarcas de la minería de la plata. Los sucesivos intentos de exvinculación de los indígenas de sus tierras hicieron del Ejército un instrumento de opresión necesario, pero subvalorado, que todavía se disputaba el poder con los intereses civiles y que en la práctica los supeditaba a los propios en gran medida, hasta el gran fracaso de la Guerra del Pacífico, entre 1879 y 1884, que se saldó con la derrota y enclaustramiento boliviano. El poder pasa a los civiles.

Un Ejército profesionalizado… en reprimir

La represión de los indígenas continúa siendo su principal función, pero el Ejército ha perdido toda legitimidad frente al resto de la sociedad. Es utilizado por los liberales en un par de ocasiones, en revueltas contra los conservadores, entonces representados por Aniceto Arce, sin adquirir mayor relevancia, hasta que dos hechos significativos lo devuelven al centro del escenario: la Guerra Federal y la Guerra del Acre. Un militar, José Manuel Pando, se convierte en el principal adalid de los federalistas liberales, germen de la oligarquía del estaño, contra los conservadores constitucionalistas del sur, exponentes finales de una caduca oligarquía argentífera. Es bien sabido que ambos bandos se reconcilian una vez definido el proyecto político del país, y se alían contra el Ejército indígena comandado por Zarate Willka, aniquilado poco después. El Ejército actúa acá como un verdadero poder recolonizador de la República.

Su relevancia vuelve a ser disminuida después de la derrota de la Guerra del Acre, perdida no en el campo de batalla, sino en las mesas de negociación diplomáticas de la oligarquía, hasta que la aparición de un nuevo actor político de relevancia en Bolivia reclama el oficio represor de los uniformados: la revoltosidad del proletariado minero, primero, y del proletariado fabril, después. Los militares se vuelcan hacia las minas en masacres como las del Campo María Barzola, Tolata o Jesús de Machaca. Es un Ejército pierde-guerras, pero sumamente efectivo para aplacar al enemigo interno, como diría Zavaleta. Hasta que llega el desafío de El Chaco, cuando es puesto a prueba el país entero, y fracasa.

Acá podemos hablar de un momento de sobriedad o lucidez en la historia militar. Regresan del campo de batalla convencidos del nefasto papel de la oligarquía terrateniente y la rosca minera, y se disponen a cambiar las cosas. El Ejército se desdobla en dos corrientes: una nacionalista y popular, y la otra oligárquica y alienada. Los años del socialismo militar pavimentan el camino para un proyecto político más pragmático y efectivo, pero menos resuelto y popular, de las manos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la Revolución Nacional de abril de 1952. La historia concluye con su disolución, pues el impulso transformador del Ejército muere con Busch. Al mismo tiempo, los Estados Unidos emergen como potencia mundial y primer poder en el mundo occidental, imponiendo su voluntad sobre la joven Revolución boliviana.

La Guerra Fría le impone nuevas condiciones a Latinoamérica que, bajo la dirección del Plan Triangular de Kennedy, financia gobiernos a cambio de la represión comunista y obrera. En Bolivia este chantaje, como luego explica Thomas Field en Minas, balas y gringos, da nacimiento a un verdadero monstruo de Frankenstein: las dictaduras militares de los 60, 70 y 80. Ovando y Torres son las únicas expresiones de una tendencia todavía convencida de los ideales nacionalistas, pero minoritaria, en todo caso. Las Fuerzas Armadas que reorganizan los Estados Unidos, a diferencia de las precedentes, de instrucción prusiana, francesa o alemana, no están ocupadas en la formación de marcha o el paso de ganso, sino en la sofocación de la disidencia, para lo cual son muy efectivas. A diferencia del Ejército de Hans Kundt o Baldivieso, este no solo es bien remunerado y equipado, sino adoctrinado bajo lineamientos actualizados y coherentes, la Doctrina de Seguridad Nacional y lucha contra el enemigo interno.

Un momento de quiebre

Sería muy sencillo resumir toda esta historia a este último hito, de donde provienen las Fuerzas Armadas modernas en cuanto a formación y contenido de clase, pero eso implicaría omitir un rol muy importante que tuvieron a partir de los años 80 y la reinstauración de un tipo particular de régimen político: las democracias tuteladas de los años 80 y 90. Queda mucho por investigar de este periodo, pero es bien sabido que la Doctrina de la Seguridad Nacional es reemplazada por la Lucha contra el Narcotráfico y, luego, con la Doctrina de la Guerra contra el Terrorismo. En todo este periodo, las Fuerzas Armadas no dejan de lado su rol político, pero la disminuyen a sus mínimas consecuencias. Ya no influyen sobre el cambio de un gobierno, pero pueden evitar que esto suceda, así como pueden permitirlo. Al menos eso es lo que sugieren George Phillips y Francisco Panizza en su trabajo El triunfo de la política: el retorno de la izquierda en Venezuela, Bolivia y Ecuador.

En estos tres países, nos dicen los autores, las Fuerzas Armadas fueron fundamentales en determinar la caída de un régimen mediante la abstención de defender a los presidentes constitucionalmente elegidos que estaban siendo (legítimamente) derrocados. Los militares no se habían ido nunca, simplemente habían asumido un nuevo rol dirimidor: el de tutelaje o arbitraje político. No obstante, los hechos de noviembre de 2019 demuestran que, además de aquello, las Fuerzas Armadas todavía son susceptibles a actuar en contra del interés nacional bajo el impulso de la embajada de los Estados Unidos.

Una obra en particular debe ser revisada a partir de entonces, el inicio de la Ola Rosada, los populismos de izquierda o, como nosotros preferimos llamarlos, los gobiernos Nuestro Americanos. Me refiero al libro El Pensamiento Militar Latinoamericano del Nuevo Siglo, coordinado por Heinz Dieterich, donde se puede apreciar el nuevo rol que las Fuerzas Armadas deberán cumplir en toda Latinoamérica, sobre todo en Bolivia: el eterno casus belli, los recursos naturales y la necesidad de garantizar su defensa y soberanía. Una doctrina subconsciente en ocasiones, una pedagogía nacional en otras, que las Fuerzas Armadas deben adoptar en este nuevo siglo y que todavía deben estar presentes en muchos militares patriotas.


  • Cientista político.

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