octubre 19, 2021

Música a la guidoñeza

Por Sergio Salazar Aliaga *-.


Fue muy particular como conocí a Guido Arze Mantilla. Para ser preciso, fue un sábado 25 de enero de 2020, cuando presentó una obra de Gabriel García Márquez dirigida por él, titulada: Alguien desordena estas rosas, interpretada por Omar Fuertes.

Unos meses antes habíamos sufrido un golpe de Estado en Bolivia y yo no quería salir a ninguna parte, mi compañera de luchas y de amores me convenció de ir al “Pequeño teatro”, ubicado ese momento en la populosa calle Aspiazu de Sopocachi.

Fuimos y al terminar la obra nos quedamos charlando; tiempo después tuvimos contacto y comenzamos a frecuentar su domicilio. Me llamaron la atención sus historias, su memoria de lo vivido, su instinto zurdo, su convicción, hasta su estalinismo.

Él es teatrero de profesión, pero tiene su lado musical, el cual abordaremos en estas líneas.

¿Cómo llegas a la música?

Mi madre me ha enseñado a escuchar música y a cantar, ella, mientras cocinaba cantaba, por eso también sé cocinar… La música, el mercado y la cocina van juntos y eso eleva espiritualmente, expresa todos los sentimientos del hombre. La música es un festival social, es el vehículo de comunicación más grande que hay, mediante el cual se trasmiten todos los sentimientos.

Por accidente entré en la música, me acuerdo que íbamos a las Alasitas cuando eran en la Plaza de San Pedro, ahí había una sección de música boliviana, de instrumentos de vientos, yo quería tocar una quena, había escuchado tocarla en un espectáculo que se llamaba “Fantasía boliviana”, de ahí me vino la afición a la música. Mi padre me decía que no podría tocar la quena, y, efectivamente, yo hacía la prueba y no podía hacerla sonar, entonces me compró el “pinquillo” (similar a una flauta dulce); así fui aprendiendo.

Tiempo después nació mi primer grupo en el Colegio Militar, el Conjunto Vernáculo. Hacíamos todas las veladas musicales, nos reuníamos, creamos un grupo de amigos, entre ellos Jhonny Gonzales, Óscar Mayorga, Luis Silvetti –el pintor–, y nos reuníamos en la casa de Alberto Romano a escuchar jazz.

Es por eso que el año 1968 con Jhonny Gonzales inauguramos la primera cueva del jazz, era en la calle Indaburo en una casa que nos dio de manera gratuita Raúl Salmón, ahí yo daba conciertos de jazz en quena, Johnny en piano; al mismo tiempo la música boliviana estaba tomando fuerza, comenzaron a aparecer grupos como Los Choclos y Las hermanas Tejada.

La música boliviana crece muy fuerte desde los años 40, se crea con un espíritu, un ajayu. En los 60 va haber un renombre, se crean diferentes componentes, estos son los grupos, para dar un salto radical como es la internacionalización, ahí están Los Caminantes, pioneros del folklore, con Pepe Murillo, Tito Peñarrieta, Percy Bellido y Carlos Palenque; Los Payas, que fueron los que hicieron conocer el tinku con su canción “Señora chichera”; Comunidad Kanata; Los Jairas; Wara; Ana Cristina Céspedes; Martha León; Rupay, que hasta ahora mantiene esa línea de creación; después vienen Los Kjarkas, que en su primera etapa su contribución fue agarrar la música autóctona y fusionarla; Savia Andina, entre muchos.

Con Víctor Ordoñez decidimos crear un dúo musical, ahí lo incluimos a William Centellas, conocido como el arquitecto del charango, uno de los más importantes cultores nacionales del instrumento; lo metimos y fue su primer grupo de música, arrasamos en el Segundo Festival Nacional Folklórico Universitario.

En el mismo festival apareció César Alberto Espada, compositor del famoso taquirari en 1969 “Niña camba”. Aparecieron Los Pastores, un grupo que tocaba seis y más instrumentos en un solo concierto; el Quinteto San Andrés, con unas voces espectaculares; Sarita De Béjar, que hace dos años ha festejado sus 50 años de música en el Teatro Municipal; algo se estaba modificando en la música popular.

Cuando ya vivía en Francia fui el primer boliviano en presentarse en la Olympia de París, junto a Carlos Arguedas, con el grupo Los Incas, en el año 1974. Ahí fundé y formé el primer grupo de música boliviana en Europa, llamado Yatiri; no significa que fuimos los primeros en estar en Europa, sino los primeros en fundar un grupo allá. Porque ya estaba tocando Rupay, grupo Altiplano, Los Jairas, importantísimos en la historia de la música boliviana, ahí participaban Ernesto Cavour, Gilbert Favre “el Gringo”, que tiene una historia con Violeta Parra y la canción “Gracias a la vida” escrita en La Paz, Julio Godoy, Edgar Jofré “Yayo”, Alfredo Domínguez, Los Chacos, Los Payas, entre otros. Además, Yatiri fue una escuela que ha enseñado música y cultura boliviana en distintas regiones de Francia.

Luthier

Había un grupo llamado Los Pastores, con Juan Calle, Jesús Iturri. Yo estaba en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) estudiando Arquitectura, en realidad estaba haciendo teatro, pero tenía una inquietud, quería fabricar mis propios instrumentos y me fui a la calle Granier en la Max Paredes, paralela a la Tumusla, ahí estaban ubicados los “luriris”. El “luriri” es el fabricante de instrumentos musicales bolivianos (tarcas, sikus, quenas, zampoñas).

Ahí nació el toyo (t’uyu), con afinación dos octavas inferior a las zampoñas maltas. Tuvimos una discusión bastante grande con el Tata Limachi, porque él no quería, y el grupo hacía la danza de liquin, y se requería el instrumento.

Me acerqué al Tata Limachi solicitándole que me enseñara a fabricar, “¿para qué?”, me dijo. Y yo respondí: “quiero fabricar mis instrumentos”. Aceptó, señalándome con la cabeza; me senté y él seguía trabajando, después de cinco horas se paró y se fue. Al día siguiente volví, pensando que se olvidó o que estaba muy ocupado, pasé otro día sentado sin que el Tata me enseñara. Pero yo, terco como soy, volví al tercer día… recién ahí entendí y me puse a observar cómo se fabricaba.

Es una lección el silencio, era un discurso, a partir de ese día fui a aprender, hasta que me dio una caña, un cubre dedo y una daga, era como un examen, armé mi quena, tardé cuatro horas lo que él hacía en cinco minutos; le entregué al Tata y se la guardó, la puso en su atado y se fue.

Al día siguiente volví ahí, no me dijo nada sobre mi quena, trataba de comprender muchas cosas, recién a la semana sacó la quena, la tocó y me la entregó. Esa quena hoy está en mi muro, en mi sala, la tengo desde 1967, hace 54 años, y sigue sonado como la primera vez. La lección es cómo transmitir a otro no es enseñar, es hacer, comprender.


  • Cientista político.

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