septiembre 16, 2021

Apuntes sobre la intervención imperial yanqui en Bolivia

Por José Galindo * -.


Negar la existencia del imperialismo estadounidense como fenómeno geopolítico, diplomático, económico, social y político no puede ser considerado como otra cosa que un acto de cinismo por parte de los intelectuales ligados a las clases dominantes de nuestro tiempo. Se hace urgente, entonces, recordar en qué ha consistido el intervencionismo norteamericano en nuestro país desde mediados del siglo pasado y cómo debe enfrentárselo.

La historia de la injerencia estadounidense en Bolivia es de larga data y existen cientos de publicaciones al respecto. No obstante, nunca está de más aportar con un granito de arena a este campo de estudio, invisibilizado de forma malintencionada desde la pretendidamente neutral academia criolla, que hace patente aquello que dicen de las personas que son persistentes en sus vicios y equivocaciones: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Los ejemplos de las desastrosas consecuencias de la intervención gringa están a la vista de todos.

Primera etapa: diplomática y financiera

Aunque el historial de intervenciones de los Estados Unidos en Latinoamérica es profuso e imposible de abarcar en solo unas páginas, sus antecedentes aquí son relativamente recientes. No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que la entonces República de Bolivia pudo percibir la influencia de este actor internacional de forma inequívoca, en los albores de la Guerra Fría, poco después del clímax de la Revolución Nacional. En Estados Unidos de América y Bolivia: la domesticación de una revolución 1952-1957, Stephen Zunes dice que tal vez el momento más importante que tuvo que atravesar la joven revolución boliviana fue la visita del hermano del presidente Eisenhower en 1953, quien se encargó de reforzar la idea de que el nuevo Gobierno boliviano no podía darse el lujo de llevarse mal como el recién vencedor de la última gran conflagración mundial. Poco tiempo después, el Código del Petróleo, la Misión Eder y la Alianza para el Progreso serían las expresiones más cabales de una nueva forma de dominación ensayada por los Estados Unidos en la Región, la que se caracterizaría por el uso indirecto y reducido de la fuerza militar, y la inclinación de recurrir más a instrumentos de dominación diplomáticos, financieros y económicos.

Hasta entonces, los Estados Unidos habían intervenido el continente latinoamericano generalmente mediante invasiones encabezadas por sus famosos marines, en ocupaciones territoriales o invasiones, llanamente hablando. Destacan las campañas de Panamá, Granada, República Dominicana, Nicaragua, México, Honduras, entre otras. No debemos olvidar que las dimensiones iniciales del Imperio estadounidense eran muy diferentes a las actuales, y que la mayor parte de su territorio fue conquistado o comprado después de su independencia a finales del siglo XVIII. En medio proceso de expansión territorial, más o menos después de que comprara Florida y antes de que se anexara Oregón, en 1823 John Quincey Adams expondría los fundamentos de la política estadounidense hacia Latinoamérica bajo la consigna de “América para los americanos”, también conocida como Doctrina Monroe.

Otro testimonio de la época que ayuda a entender porqué debemos tomarnos en serio al Imperio norteamericano es el Destino Manifiesto, enunciado en 1839. Las pretensiones imperialistas de la todavía joven y pujante nación, llevarían a Simón Bolívar a decir que los Estados Unidos parecen “destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

Mientras nuestro continente todavía luchaba por su independencia, el país del norte ya proyectaba su futuro como potencia dominante desde un principio.

Segunda etapa: asistencia logística y militar

Decir que Bolivia fue el primer ensayo de intervención no militar no quiere decir de ninguna manera que su injerencia estaría desprovista de violencia. Como se puede advertir en la obra de Thomas Field, Minas Balas y Gringos: la Alianza para el Progreso en la Era de Kennedy, las constantes presiones diplomáticas y financieras para obligar al Gobierno boliviano a “disciplinar” a la clase obrera, más el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas y su adoctrinamiento según los lineamientos de la lucha contra el comunismo, dan como resultado el potenciamiento de los militares hasta darles autonomía política, lo que se expresa en casi dos década de gobiernos militares en el país y el resto de Latinoamérica. Son los tiempos de botas, uniformes y también de paramilitares, hombres fuertes y generalatos que costaron décadas de atraso e innumerables violaciones a los Derechos Humanos en nuestro país. Los días de la Doctrina de Seguridad Nacional.

Esta etapa estaba justificada, en cierto modo, por la amenaza que había impuesto no tanto la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sino la pequeña pero combativa isla de Cuba, que, a solo unos kilómetros de los Estados Unidos, se había convertido en un ejemplo de rebeldía totalmente inesperado para Washington. La Revolución cubana, de hecho, no fue inmediatamente rechazada por el Imperio, hasta que reformas tímidas como nacionalizaciones y cierre de casinos inquietaron a Washington, que inmediatamente procedió a hacer lo que había hecho hasta entonces en Centroamérica: invadir territorio. Pero la Invasión de Playa Girón terminó siendo un fracaso, y, realmente, obligó al gobierno castrista a radicalizar su posición hacia el socialismo. Es a partir de ese momento que el Pentágono entra en alerta roja y empieza a desarrollar planes para neutralizar el ejemplo cubano y asfixiar dicha Revolución. Ciertamente no se trataba de una reacción exagerada por parte del Imperio, tomando en cuenta las campañas guerrilleras que ya había iniciado Ernesto Che Guevara en África y, luego, en Bolivia, además de la derrota de Vietnam. Los ejércitos de liberación nacional y otras formas de guerrilla comenzaron a eclosionar en distintas partes del continente, donde los intereses americanos habían provocado más pobreza y marginalidad.

Las transnacionales estadounidenses tuvieron un rol muchas veces ignorado durante este proceso, y fueron pocos lo que pudieron divisar a tiempo la emergencia de un nuevo momento del fenómeno imperialista: la formación de un poderoso Complejo Militar Industrial que afianzó la cooperación entre tres actores clave de aquellos tiempos: la banca, las transnacionales y el Ejército. En su libro El Pentagonismo, el expresidente de Santo Domingo, derrocado por los estadounidenses, Juan Bosch, se convierte en una de las primeras personas que advierten que la belicosidad y el guerrerismo pasan a ser parte estructural del imperialismo yanqui, y no solo una faceta a la que recurren ocasionalmente. A partir de este momento, la guerra pasa a ser el principal negocio del gobierno estadounidense. Durante este tiempo, los Estados Unidos son el principal soporte de las dictaduras bolivianas, desde Barrientos hasta Banzer, siendo García Meza el primer peón que sacrifican una vez que su discurso de intervención pasa a ser la expansión de la democracia y el estilo de vida americano.

Tercera etapa: el esquema de Santa Fe, el apogeo neoliberal y la compra de intelectuales

Aunque la asistencia financiera y el pago de la deuda nunca dejaron de ser el principal instrumento de manipulación diplomática de los Estados Unidos en la Región, es recién en la década del 80 que estos se convierten en verdaderas armas de chantaje, a partir de las instituciones que dieron origen los Acuerdos de Breton Woods: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). A ambas organizaciones debe añadirse la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como principal alianza militar para contener a la URSS, y la Organización de Estados Americanos (OEA), como ministerio de colonias para gestionar la dominación del continente. Todas instituciones que emergieron gracias a la victoria estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. El hecho es que durante la década del 80 los Estados Unidos pasan a promover el nuevo modelo de acumulación capitalista por excelencia: el neoliberalismo, que parte de la reducción de todas las funciones sociales del Estado y la privatización de toda forma de vida económica.

Es en este contexto que la CIA propone una serie de planes y guías de acción, al parecer redactados y rubricados en Nuevo México, conocidos como los Documentos de Santa Fe, producidos entre 1980 y 1986, donde se busca la instalación de gobiernos próximos a los Estados Unidos dentro de los márgenes establecidos por la democracia liberal, la promoción de reformas económicas neoliberales, el arrinconamiento y desplazamiento de pensadores e intelectuales no acordes al “liderazgo” americano o con tendencias izquierdistas, el debilitamiento de organizaciones populares en Latinoamérica y un mayor aislamiento de la Revolución cubana. El éxito de este conjunto de acciones es discutible, pero en Bolivia logra migrar a la mayor parte de los políticos de izquierda hacia la vereda neoliberal. Dicho movimiento no es casual, sino el resultado de un deliberado plan para capturar intelectuales a favor del proyecto para un Nuevo Siglo Americano en el continente, o como lo señala Edgar “Huracán” Ramírez en La Estrategia Imperialista para América Latina, al referirse a una de las etapas de la Guerra de Baja Intensidad en contra de procesos revolucionarios:

“En este período, una de las tareas principales es el servicio de inteligencia. El personal dedicado a esta tarea (que actúa vía Embajada estadounidense), monta todo un aparato de información y espionaje. Se recoge y procesa información sobre la policía, el ejército, el sistema judicial, la prensa, el gobierno, la universidad, los sindicatos, los partidos políticos, los dirigentes locales, el funcionamiento económico, la iglesia, las costumbres y tradiciones, etc., etc. Con toda la información procesada, preparan profesionales para las diferentes actividades que desarrollan utilizando técnicas adecuadas para cumplir diferentes funciones, como la acción cívica, la propaganda, el control de la población, el relacionamiento con los sindicatos, los políticos, etc.”

Adicionalmente, el discurso la “lucha contra el comunismo” es reemplazado por la “guerra contra las drogas” y, posteriormente, con la “guerra contra el terrorismo” o la Guerra Infinita. Se perpetran masacres en contra de organizaciones campesinas bolivianas, particularmente en la región del Chapare, que son utilizadas al mismo tiempo para justificar la presencia de agentes de la Drug Enforcement Agency (DEA) y la CIA dentro del país. Lo que indica que es en este periodo, entre 1985 y 2005, que la dominación estadounidense aquí se da tanto a través de mecanismos financieros, diplomáticos, militares y, acá está lo nuevo, culturales.

Una nueva etapa de intervención: a la conquista de las mentes y corazones

A finales del siglo pasado e inicios del presente una miríada de gobiernos progresistas comienzan a emerger en la Región, principalmente como resultado de la terrible situación socioeconómica creada por la aplicación del recetario neoliberal y las contradicciones propias de cada país. Destacan los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Dada la expulsión de las correspondientes embajadas de los Estados Unidos en cada uno de estos países, y el boom económico por el incremento de los precios de las materias primas gracias al empuje de China, los mecanismos financieros y diplomáticos quedan neutralizados momentáneamente. Ello no implica que no se adelanten acciones de tipo económico como las que tuvieron cierto éxito en Venezuela, pero la mayor parte de la estrategia de intervención estadounidense en la Región se reduce a la guerra mediática como parte de las Guerras de IV Generación, y la asistencia a grupos de oposición a los gobiernos progresistas, sin descartar por ello la infiltración de elementos de las Fuerzas Armas y las policías nacionales en vistas de futuros golpes de Estado.

No obstante, el elemento novedoso en este nuevo momento de nuestra historia es la súbita importancia que adquieren los dispositivos discursivos y de producción del sentido común. Nuevas herramientas y campos de batalla emergen, desde las redes sociales. Es el momento en el que de verdad se disputan las mentes y los corazones de las personas. En este punto, adquiere mucha importancia la capacidad de las fuerzas políticas para generar discursos creíbles, ofrecer proyectos que conquisten el subconsciente de las personas y sean capaces de dibujar escenario políticos en los cuales se muevan los ciudadanos. La derrota electoral del kirchnerismo en la Argentina de 2015 y los golpes de Estado suave en Brasil y duro en Bolivia tuvieron como precondición la instalación de discursos deslegitimadores de los gobiernos progresistas y la infiltración en el aparato institucional de cada uno de estos países por parte de políticos-agentes que hicieron posible en los hechos lo que no parecía factible electoralmente. El golpe de Estado, sea de forma clásica o creativamente original, ha vuelto al centro de la escena.


  • Cientista político.

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