septiembre 16, 2021

La obscenidad de ser multibillonario

Por Julio a. Muriente Pérez *-.


Y yo pregunto
a los economistas políticos, a los moralistas,
si han calculado el número de individuos
que es necesario condenar a la miseria,
al trabajo desproporcionado, a la desmoralización,
a la infancia, a la ignorancia crapulosa,
a la desgracia invencible, a la penuria absoluta,
para producir un rico. (Almeida Garret En Levantado del suelo, de José Saramago)

Recientemente la “prestigiosa” revista estadounidense Forbes nos ha hecho saber quiénes son las 10 personas más ricas del planeta. Los medios de comunicación de masas han divulgado la noticia con inocultable fascinación. O quizá porque para cierta gente resulta normal que un puñado de personas amase mucha más riqueza que la que poseen países enteros.

Para ese exclusivísimo grupo y sus aduladores, quienes estamos mal somos el resto de los miles de millones de seres humanos, que debido a nuestras irremediables incapacidades no figuramos en la lista. Solo tenemos de millonarios lo muchos que somos.

Estos son los 10 ultraprivilegiados (ver cuadro):

El orden puede variar, según como les vaya en sus negocios. La suma de estas 10 modestas sumas asciende a mil 153 mil millones de dólares…

La prensa española, por mencionar un caso, ha dado cuenta de cómo muchos de los multibillonarios de ese país –que no están en la lista de los primeros 10 pero sí en otra igualmente selecta– han aprovechado la pandemia para engordar sus arcas. Mientras multitudes se empobrecen, sufren y mueren, ellos rellenan sus bolsillos. Eso no lo reseña Forbes.

Nos enteramos hace algún tiempo que por primera vez en la historia de la humanidad el 1% de la población del planeta –80 mil de ocho mil millones– es dueña de más del 50% de la riqueza. Gran parte de la otra casi mitad de la fortuna se la reparten otros afortunados. Y para el resto, que es la mayoría, lo que sobre. Eso también es “normal”.

Muchos de esos superricachones figuran como filántropos, amigos de las artes y la ciencia y proveedores de algunas entidades. Ocasionalmente expiden un cheque para ayudar a los damnificados de algún lugar, a los hambrientos de otro lugar, y así. Últimamente se han dedicado a realizar expediciones espaciales, en una muestra escandalosa de vanidad y derroche.

De manera que, además, la humanidad debe estarle agradecida por disponer de una pequeña fracción de sus inmensos bienes para propósitos tan loables.

En el contexto nuestroamericano, el caso de México es ilustrativo de cómo se reparte el bacalao. Se trata de un país con aproximadamente 130 millones de habitantes. Al menos 44% vive en condiciones de pobreza, en muchos casos extrema. Es el número uno de la Región en dependencia de remesas –decenas de miles de millones de dólares anuales–, es decir, del dinero que envían los millones de mexicanos y mexicanas que tuvieron que emigrar para sostener a sus familias que se han quedado en México. El narcotráfico mueve en el país al menos $100 mil millones al año, sobre todo en la frontera norte con Estados Unidos, el gran consumidor de estupefacientes.

En ese México empobrecido, tan golpeado por la violencia, la droga, la emigración masiva y el caos urbano, 36 multibillonarios poseen –siempre según Forbes– 171 mil 490 millones de dólares. Los primeros 10 son dueños de apenas 133 mil millones. La lista la encabeza Carlos Slim, el dueño de Claro y otras tantas empresas, quien ocupa el número 11 de los más ricos del mundo.

No faltará quien alegue que no hay nada malo en ser rico o superrico, que han acumulado esos multimillones con el sudor de su frente, que así lo ha querido Dios, que como quiera en el cielo disfrutaremos de igualdad y felicidad verdaderas, que esa es la democracia y la libre empresa, que primero pasa un camello por el ojo de una aguja…

A ver si algún cristiano nos puede proveer copia de la declaración jurada celestial en la que Dios ha establecido que a unos pocos de esos que fueron creados a su imagen y semejanza, él, en su grandeza y omnipotencia, les ha concedido el privilegio de ser los dueños exclusivos de su creación. O si en cambio nadie debe ser dueño de nada y todos debemos ser dueños y dueñas de todo, tan distinto a la obscena situación que se detalla en estas líneas.

La riqueza no existe naturalmente; es una categoría social. Los seres humanos le adjudicamos a la Naturaleza un determinado valor. Con la fuerza de trabajo y la acumulación de conocimiento la transformamos en bienes de uso y consumo y le adjudicamos un valor material. Desde hace siglos, sectores minoritarios de la población se han ido apoderando de la Naturaleza/riqueza en perjuicio de las mayorías.

Entonces, en el planeta no existe gente pobre y gente rica, sino gente empobrecida y gente enriquecida. El enriquecimiento de la minoría es consecuencia directa del empobrecimiento de la mayoría.

Esa contradicción irreconciliable es más cierta hoy, en tiempo de neoliberalismo galopante e impunidad general, superada la Guerra Fría y desaparecido el campo socialista del este de Europa, cuando algunos proclamaron el fin de la historia.

Esos mismos ultrabillonarios y sus cómplices son los cabecillas principales de la progresiva destrucción física de la Tierra. Por un lado, acumulan billones; y por el otro, lanzan a la atmósfera toneladas de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso.

Pareciera ser un acto suicida concertado por esos privilegiados. El problema es que tanto su enriquecimiento desaforado como su vocación destructiva ambiental amenaza la vida y la felicidad de toda la humanidad. Además de explotación es ecocidio; es genocidio.

Esta descarnada situación debe ser razón urgente para reafirmar nuestro compromiso militante, por la salud humana y planetaria y por un mundo de equidad y justicia social.


  • Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

 

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