septiembre 19, 2021

Medios de comunicación contra la libertad de expresión

Por José Galindo *-.


Si a pesar de toda la evidencia los medios de comunicación insisten en una supuesta neutralidad que cada una de sus portadas desmiente, a la sociedad boliviana no le quedará de otra que vivir acostumbrada a la sospecha, dando por sentado que, le hable quien le hable, le están mintiendo. El problema no es tanto que los medios asuman una posición política como que escondan datos de la realidad intencionalmente, cometiendo con ello un verdadero atentado contra la libertad de expresión, como cuando se silenciaron las voces de los masacrados de Sacaba y Senkata. No denunciar este delito equivale a prestar complicidad a sus perpetradores.

Numerosos análisis retrospectivos acerca del derrocamiento de Morales en 2019 coinciden en el rol que jugaron los medios para apresurar su caída, demostrando con ello ser más actores políticos que proveedores de información. El dramatismo de este último hecho ha llevado a varios opinadores a sobredimensionar la capacidad de estos para transformar la realidad, que, sin ser subestimada, está lejos de ser definitiva. No obstante, ello no implica que los medios sean cachorros sin dientes, y queda claro, por el tratamiento que les han dado a hechos tan terribles como las masacres de Senkata y Sacaba, que si bien no pueden manufacturar una realidad paralela sí pueden ocultar la verdad, colocando literalmente una mordaza sobre la boca de víctimas que justamente necesitaban un espacio de denuncia. Además de cometer un acto criminal al prestar apoyo al gobierno de facto en la violación de los Derechos Humanos de los bolivianos, medios como Página Siete, El Deber y Los Tiempos terminan haciendo aquello que dicen repudiar, cometiendo auténticos atentados contra la libertad de expresión.

El alcance de la mentira

Pero antes, ¿cuál es el verdadero alcance de su influencia? Existen numerosas teorías respecto a qué tanto pueden influir los medios sobre las personas.

Una posición extrema es la Teoría de la Aguja Hipodérmica, que sostiene que las audiencias son tan vulnerables que se puede “inyectar” en ellas opiniones y puntos de vista sin mucha resistencia.

Una segunda teoría, llamada de los Efectos Limitados, afirma que los medios difícilmente pueden cambiar el parecer de la gente, pero sí reforzar o matizar opiniones previamente existentes.

Partiendo de ese margen de posibilidades, una tercera teoría, la Agenda Setting, parte de la premisa de que los medios no pueden decirles a las personas cómo pensar, pero sí colocar frente a ellos las opciones sobre las cuales concentrará su atención el público, dónde la atención debe ser puesta, en qué deciden mostrar y qué descartan como información irrelevante o incluso peligrosa de revelar.

Finalmente, la Teoría del Cultivo, que advierte que los mensajes compartidos en sociedad tienen efectos cuando la gente está expuesta a ellos durante un periodo prolongado de tiempo.

Si el resultado final de la política estuviera determinado por lo que dictan los medios de comunicación, no harían falta ejércitos ni policías para cometer golpes de Estado, por lo cual es necesario apreciar a los medios en su justa dimensión. Las cuatro teorías expuestas pueden darnos una idea acerca del alcance de los medios para afectar la realidad. Así, si bien no pueden “inyectar” una ideología específica en su audiencia, sí pueden:

  1. Reforzar ideas y prejuicios ya presentes en la conciencia de las personas, como concepciones discriminatorias y racistas que hagan permisible, e incluso necesaria, la ejecución de masacres como las que se dieron en Senkata y Sacaba. O también, como lo hicieron, posicionar la idea de que un partido ganó el derecho a la segunda vuelta antes de que inicie una elección, como sucedió en octubre de 2019. Como explican Molina y Bejarano, a la mañana siguiente de las elecciones Página Siete publica la nota: “Evo saca su peor resultado en 14 años, va al balotaje y pierde los dos tercios”, asume que Morales no había ganado en primera vuelta partiendo de datos extraoficiales.
  2. Pueden dar cobertura selectiva a unos hechos sobre otros, como abordar la masacre de Senkata y Sacaba solamente desde la perspectiva del gobierno de facto, sin tomar en cuenta ni buscar una sola declaración proveniente de las víctimas, lo que equivale a silenciarlas y, peor aún, vulnerar su derecho a la libertad de expresión. Esto sucedió con casi cada uno de los medios después de acontecidos los hechos.
  3. Pueden insistir con un conjunto de mensajes por un tiempo suficiente hasta que se conviertan en una suerte de sentido común, como adelantar que una elección puede ser fraudulenta, como se hizo meses antes de las elecciones de 2019, o que un gobierno es innegablemente autoritario o anti-democrático, sea a través de sus titulares o de sus notas de opinión. Nuevamente el caso de casi todos los medios entre 2016 y 2019.
  4. Si todo lo demás falla, pueden mentir. Como cuando se asegura que hubo un bebé muerto en una represión de manifestantes sin que ello hubiera sucedido.

Pero veamos más…

Lobos disfrazados de ovejas

Una investigación de Erick Torrico, Los medios de comunicación masiva en conflicto: reflexiones sobre el papel del periodismo en la situación boliviana, publicada en 2008, parte de una constatación evidente incluso entonces: los medios participan en la política no solo como narradores, sino como verdaderos protagonistas que tienen la capacidad de formar imágenes de la realidad con intereses propios, lo que ha mermado considerablemente su credibilidad. Nota que los medios privados asumieron una posición indisimuladamente conflictiva con el gobierno de Morales, sobre todo en determinadas coyunturas.

Así, en momentos signados por el conflicto, se ven las siguientes tendencias: presentar los hechos de forma unilateral; relatar y exhibir los momentos más llamativos y dramáticos del conflicto y cubrir superficialmente los mismos, sin profundizar en antecedentes o desarrollo.

Al mismo tiempo, señala como patrones de cobertura mediática de los conflictos: a) La visilibilización/invisibilización de los conflictos; su legitimación/deslegitimización; y finalmente su azuzamiento o instigación. Cita varios ejemplos, como, respecto al segundo, el cuestionamiento deslegitimador de muchos medios privados a los mecanismos de votación de la Asamblea Constituyente, mientras se aceptaba acríticamente la legalidad de los referendos autonómicos, sin autorización del Tribunal Supremo Electoral (TSE).

En la misma línea de Torrico, otras investigaciones demuestran el antagonismo mediático hacia el actual Gobierno, disfrazado bajo una apariencia de neutralidad, objetividad, imparcialidad y pluralismo. A pesar del título de su trabajo, No tan polarizados. Los gobiernos de Evo Morales y los medios de comunicación en Bolivia, Iván Schuliaquer advierte que los medios adoptaron una posición cada vez más partidaria en contra del Movimiento Al Socialismo (MAS) después de octubre de 2019, al punto que llegaron a coludir con una masacre:

“Los sucesos de octubre y noviembre de 2019, mostraron que el colectivo de periodistas sostuvo la capacidad de autorregularse y de trazar fronteras para definir cómo debe proceder su oficio. La paradoja es que eso no los hizo ni más plurales ni más balanceados en la cobertura. Por el contrario, parte de sus prácticas coartaron la libertad de expresión de otros. Un episodio paradigmático fue el asesinato de 10 personas en Senkata, El Alto, a manos de fuerzas policiales y del Ejército el 19 de noviembre. La versión del gobierno provisional fue reproducida sin cuestionamientos por los medios informativos y se dio por hecho que los manifestantes, que apoyaban a Morales, eran terroristas que habían volado una planta de acopio de gas, algo que se probó falso”.

No obstante, los medios se esfuerzan en mostrarse a sí mismos como abanderados de principios periodísticos que en realidad ignoran, con el objetivo de confundir sus verdaderas intenciones partidarias: lobos vestidos de ovejas, puede ser una analogía apropiada para describirlos. A estas alturas, no puede haber duda acerca de la parcialidad que guía su agenda.

¿Medios paraestatales/parapartidarios?

En pocos momentos como en las últimas semanas los medios se han esforzado tanto por mostrarse como independientes de todo interés partidario. A inicios de esta última semana, tras las declaraciones de cuatro autoridades respecto al posicionamiento anti-gubernamental de varios medios de prensa, el ejecutivo de la Asociación de Periodistas de Cochabamba, David Ovando, reclamó que “la libertad de expresión no se negocia un solo milímetro. No hay periodismo de izquierda o de derecha, no hay periodismo del pueblo o del imperio. Aquí hay periodismo independiente basado en la libertad de expresión”.

Pero el periodismo independiente que defiende Ovando se echa de menos cuando uno revisa los titulares recientes y no tan recientes de medios como Página Siete, que ha cubierto poco o nada los hallazgos del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) respecto a las masacres de Senkata y Sacaba o las numerosas violaciones contra los Derechos Humanos cometidas durante el régimen de Áñez, al cual prestó apoyo casi incondicional en sus primeros meses, al punto de justificar la ejecución extrajudicial de ciudadanos en las dos masacres referidas y no objetar ninguna de las detenciones selectivas y arbitrarias que dictó en el entonces gobierno de facto.

De hecho, el periódico publicitó entusiastamente, tal como señalan Molina y Bejarano. El campo mediático boliviano se transformó profundamente después de los eventos de finales de 2019, libros como 21 días de resistencia, del periodista Robert Brockmann, que difícilmente pueden ser tomados como otra cosa que no sean odas a un movimiento político que un supuesto periodismo independiente abordaría con cierta distancia.

Ahora que el Gobierno que fue impulsado por clases medias y altas ha sido expulsado por el propio voto ciudadano, medios como el señalado han iniciado una intensa campaña en contra del actual gobierno masista, en nombre de una reconciliación que busca pasar por alto las violaciones registradas por numerosos informes nacionales e internacionales, y con titulares que dejan poco espacio a la interpretación: “Libreto contra la auditoría de la OEA mutó al menos cinco veces” o “Todo lo que debe saber sobre atropellos de la Fiscalía en 2019” o “Todo lo que debe conocer sobre la admisión en la CIDH del caso La Calancha”.

¿“Libreto” contra la auditoría de la Organización de Estados Americanos (OEA)? El medio asume que existe una línea discursiva intencional y premeditadamente manipuladora para cuestionar el informe del organismo interamericano y no de una serie de cuestionamientos con su fundamentación propia. Deslegitima de partida la posición del Gobierno y el partido oficialista. ¿Los atropellos de la Fiscalía en 2019? ¿Y qué hay de los de 2020? ¿Caso La Calancha? Hablar sobre la Fiscalía o el caso La Calancha no es en sí un acto de comunicación negativo, pero sí lo es si se lo hace sin mencionar los principales resultados del informe del GIEI, centrados en los más de 36 muertos que se dieron en el último trimestre de ese año.

Queda claro, entonces, que se ha puesto en marcha una agenda mediática centrada en cuatro pautas narrativas que se pretende reforzar:

  • Destacar supuestas violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante los gobiernos de Morales;
  • Matizar las masacres de Sacaba y Senkata o atenuar la severidad de estos hechos;
  • Presentar a Jeanine Áñez como una víctima de la represión estatal promovida por el MAS y no como una sospechosa de haber ordenado masacres y vulneraciones a Derechos Humanos;
  • Sugerir que el partido de gobierno no tiene interés en reformar la Justicia o que le es más conveniente no hacerlo.

Los móviles de la discordia

¿A qué responde tanta animosidad contra el gobierno del MAS? Después de todo, por mucho que se exponga su verdadera naturaleza, su comportamiento se muestra persistente. Tres explicaciones comunes son: a) Intereses económicos; b) Principios ideológicos; y c) Proyecto de poder.

La primera hipótesis se encuentra apoyada en que la mayor parte de los medios que se han opuesto al gobierno del MAS han formado parte de conglomerados empresariales como el Grupo Líder (PAT, El Deber de Santa Cruz, La Prensa de La Paz, El Alteño de El Alto, Los Tiempos de Cochabamba, El Nuevo Sur de Tarija, El Correo de Sucre y El Norte de Montero y El Potosí de Potosí) o patrimonios particulares como los pertenecientes a la familia Garafulic, antes propietaria del periódico La Razón y ahora dueña del opositor Página Siete, y sospechosa de haber formado parte de bandas paramilitares en el gobierno fascista de Hugo Banzer Suárez. Todos medios vinculados a capitales extranjeros que, al mismo tiempo, podrían verse enfrentados a las políticas de nacionalización y redistribución de la riqueza adelantadas por los distintos gobiernos del MAS que se dieron desde 2006 hasta el día de hoy.

La segunda hipótesis es más difícil de comprobar, dado que, a pesar de un discurso en defensa de la libertad de expresión y la democracia, la mayor parte de los medios tradicionales demostraron tendencias abiertamente conservadoras y anti-liberales al apoyar al gobierno de Áñez, que conculcó derechos y libertades hasta provocar dos masacres, arrestar y torturar a cientos de bolivianos y censuró a miles de periodistas y medios de prensa favorables al gobierno del MAS. El simple hecho de que medios como Página Siete hayan prestado un apoyo cómplice a masacres y asesinatos guiados por móviles partidarios y racistas debería ser razón suficiente como para desestimar todo reclamo de credenciales liberales. Con todo, este medio y otros similares, como Unitel, suelen dedicar sendos artículos y espacios de reflexión a la crítica de las supuestas tendencias autoritarias de gobiernos “populistas” como el del MAS o similares.

La tercera hipótesis coloca a los medios de comunicación como parte de un escenario más complejo de actores políticos e intereses multinacionales, pues, a pesar de su influencia, no se trata de un poder último y autónomo, sino de la expresión de grandes capitales e intereses geopolíticos. Nos referimos a las Guerras de IV Generación, cuyo objetivo final es derrocar por medios no tradicionales a gobiernos contrarios a los intereses de los Estados Unidos y sus grandes corporaciones, donde los medios de comunicación juegan un rol importante en preparar el terreno de posibles movimientos de desobediencia civil en contra de gobiernos “populistas” y “autoritarios”.

Un artículo del periodista Julio Peñaloza Bretel, publicado en el periódico La Razón, acerca de las redes sociales en las que se encontraba inmerso su colega Raúl Peñaranda, exdirector de Página Siete, antes de darse el golpe de Estado de 2019, revela la participación no solo de capitales privados sino también de agencias de cooperación y fundaciones estadounidenses conocidas por sus acciones de injerencia en contra de varios gobiernos latinoamericanos que no sintonizaban con Washington.

En todo caso, puede que las razones para que un determinado medio o periodista se oponga militantemente al gobierno del MAS residan más en una combinación de estas tres hipótesis que solo una de ellas, lo que no quiere decir que no haya sujetos convencidos de que en realidad el gobierno del MAS representa una amenaza a la democracia.


  • Cientista político.

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