octubre 21, 2021

Estrenan obra teatral Wajtacha, un viaje a los demonios y ángeles de los mineros

Por Javier Larraín *-.


Es media mañana del sábado 4 de septiembre, las puertas de la sala de El Bunker se cierran a mis espaldas e irrumpo raudamente en una atmósfera que me traslada a esa especie de inframundo que los clásicos griegos llamaron Hades. Miro alrededor y, por supuesto, no me topo con mayores elementos helénicos, al contrario, me rodean rieles y carros mineros, cascos y lámparas de carburo, sacos con piedras, palas, picotas, martillos, sogas, una pulpería y una gruta donde él mira imperturbablemente de frente… El Tío.

De inmediato la voz suplicante de Sonia: “Dicen que lo metieron a un auto llorando… En la mina lo han sacrificado y allí mismo lo han enterrado. Vos eres del sindicato. Dame a mi hijo… El Tío lo tiene”. Ha comenzado Wajtacha.

Durante casi dos horas quienes asistimos al preestreno de esta obra coproducida por la compañía Teatro del Astillero y El Bunker no pudimos más que fascinarnos con una historia que nos sumerge en un difuso hoy –cargado de pasado– de la vida de los mineros en Bolivia. Un viaje a sus demonios y ángeles, a sus certezas y supersticiones, a sus labores y ocios, a sus sueños, anhelos, ambiciones y debilidades… a los hombres de carne y hueso. Todo bajo un omnipresente e inaprehensible acto de wajtacha.

Para hablar acerca del nacimiento de esta obra teatral, de su desarrollo en el tiempo, de su argumento y personajes, de su próximo estreno al público general, conversamos con su autor, Luis Miguel González, dramaturgo español miembro de Teatro del Astillero.

Javier Larraín (JL).- Antes que todo quisiera preguntarte por el significado de la palabra que da título a la obra: wajtacha.

Luis Miguel González (LG).- Es un término aymara que trata sobre los sacrificios humanos que tradicionalmente los mineros ofrecen a El Tío de la mina, a esa deidad medio diablo y medio bienhechora o protectora de la mina.

JL.- ¿Cuál es el origen de la obra Wajtacha?

LG.- Esto partió con un recorte de periódico que leí hace tres años, con una noticia que mostraba a una señora que pedía a las autoridades que le devolvieran el cuerpo de su hijo, que había sido secuestrado, matado y ofrecido a El Tío de la mina. Pudo ser verdad, pudo ser mentira, pudo ser la actuación de una mujer desesperada, no lo sé ni me importa saberlo, pero ese fue el acicate para escribir la obra.

JL.- Y, ¿cuál es el argumento?

LG.- Wajtacha trata de esta mujer, Sonia, que ha perdido el cuerpo de su hijo y que lo reclama a quien cree que es la autoridad del lugar, al jefe sindical de la mina, Franklin.

A partir de ahí empieza una búsqueda. Primero el jefe sindical no cree que se haya hecho wajtacha, y se niega, hasta que poco a poco va viendo indicios de que pudo hacerse tal sacrificio y lo que hace es entregarse a la causa no solamente de rescatar el cuerpo del niño y dárselo a la mujer, sino intentar entender y prohibir que se hagan ese tipo de ritos en la mina.

Aquello acabará en una locura total, donde todos estos entes sobrenaturales o gente loca que cree que habla con los muertos, incluso el personaje del niño –que aparece en escena diciendo dónde hay una veta de oro rica y demás–, harán que un universo tan racional, en que propietarios y sindicalistas luchan por los derechos laborales, se vuelva diabólico y loco.

JL.- Has definido indistintamente la obra como “un viaje al interior de la Tierra”, “un viaje de la luz a la sombra” y hasta como “un combate…”, ¿puedes hablarnos de eso?

LG.- Wajtacha sería como un viaje al interior de la Tierra, al reino del Diablo, o, para parafrasear a Eugene O’Neill, un “largo viaje del día hacia la noche”, es decir, a la oscuridad.

Aunque la obra no lo trate como argumentalmente central, hay en ella una línea teológica o de filosofía de la Teología que se enfrenta al marxismo o al materialismo dialéctico de Franklin. De hecho, este tiene un amigo, que es el cura de la mina, al que le pide ayuda en esta especie de combate teológico, el que digamos que pudiera ser el combate teológico de un perfecto ateo.

JL.- Por cierto, ¿qué te atrajo de la noticia de la eventual wajtacha y por qué desde España decides abordar un tema tan local boliviano?

LG.- Yo conocía a El Tío de las minas como algo tradicional y folklórico, pero lo que jamás pensé es que se hicieran sacrificios humanos o de cualquier tipo.

Lo que me llamó la atención fue ver en el recorte de prensa la cara de esa mujer, que era presa de la desesperación y tenía muy claro dónde estaba el cuerpo de su hijo. Podría estar loca o estar acusando a alguien falsamente, pero era algo tan verosímil lo que decía que me resultó interesante verlo no como algo antiguo y folklórico, sino como actual. Por ejemplo, qué pasaría en Bolivia, donde una mujer en 2018 dice que su hijo lo han ofrecido a El Tío de la mina mediante un rito pre Occidental, pre Católico… pero, además, que eso ocurra en una mina que a lo mejor está nacionalizada, donde los líderes sindicales son medio que los dueños de la mina y donde los antiguos propietarios han desaparecido o simplemente son accionistas de la mina, donde el Ministerio con la nacionalización tiene ideas de llevar a cabo un proyecto socialista, o sea, donde yo me puedo imaginar que nadie de los que está allí es religioso. En fin…

La idea fue abordar la wajtacha en la actualidad, trasplantar esa tradición tan antigua al hoy tan moderno que puede existir, ideológicamente hablando, en Bolivia… A todo esto me llevó la fotografía con la cara de la mujer reclamando el cuerpo del hijo. Me recordó a Antígona.

JL.- Es bien alucinante que constatar en su creencia sea perfectamente factible su reclamo en cuanto a que su hijo hubiera sido sacrificado por los mineros en ofrenda a El Tío.

LG.- Exacto, es una cuestión lógica. Y como le tocó a su hijo, se enfadó; como le tocó a su hijo, se desesperó. No quito que no sea una locura transitoria de esta mujer que perdió a su hijo de otra manera, pero para ella lo más verosímil era decir eso.

En las primeras versiones trabajé en el IATI de Nueva York, un teatro latino, para desarrollar el texto. Y se dio una cosa, como yo soy español, por el lenguaje con que había escrito los compañeros me preguntaban: ¿y esto cuándo ocurrió?, ¿en la Colonia? Y tenía que explicar que no, que lo interesante era que ocurra ahora y sobre todo el ver al líder sindical cómo asume que su gente haga eso.

JL.- ¿La obra final cuándo la escribiste?

LG.- A partir de las primeras noticias, que datan de 2018, escribí una obra corta que se publicó en España, que se llama igual pero es como las dos primeras escenas, narra el momento en el que Sonia demanda el cuerpo de su hijo y demás.

Ahora, la versión final me he puesto a escribirla entre 2019 y 2020, que fue como entré en el proyecto de cimientos de IATI en Nueva York. Allí, junto con otros 10 autores, la he desarrollado entre finales de 2020 y principios de 2021. De hecho, se hizo la lectura en Nueva York en junio de 2021.

JL.- Sonia, Franklin, el niño, el cura, El Tío… ¿cómo fueron creados y trabajados los personajes?

LG.- Quitando el personaje de Sonia, que es la desencadenante de todo, la esposa de un minero, el reparto lo hice casi por cargos en la mina: el propietario, el líder sindical, los mineros, el cura, entre otros. A todos, en un principio, yo los llamé como “profesionales”, como gente que detenta un cargo; luego les he tenido que dar su aspecto sicológico. Y es que a la mina entra todo el mundo según su labor.

JL.- Wajtacha ha tenido su preestreno mundial en el Teatro El Bunker de La Paz, ¿cuándo será el estreno abierto al público?

LG.- El jueves 28 de octubre.

JL.- ¿Cuál es el valor de esta propuesta teatral y por qué la gente debiera acudir a verla?

LG.- Porque por fin se enterarán de lo que significa la wajtacha. Es curioso, porque yo no lo sabía, pero según se lo cuento a los bolivianos ellos tampoco lo saben.

Ahora, de la misma manera en que yo entro en Wajtacha para profundizar en mi persona, lo que intento cuando escribo una obra de teatro es que el público también entre conmigo en ese viaje: el viaje mío y el de ellos va a ser diferente. Por eso el atractivo está en que bajen a su propia mina y descubran sus propios demonios y sus propios ángeles.

JL.- Para terminar, ¿cómo ha sido trabajar con el equipo de El Bunker?

LG.- Ya trabajé con El Bunker en la obra El Innovador, sobre el compositor del Himno de Bolivia. Conocía a Marcelo Sosa de El Bunker, quien era alumno de la Escuela de Teatro de Santa Cruz, y el primer espectáculo que hicimos fue esa obra, en 2018.

A diferencia de lo que suele ocurrir en Bolivia, que está todo el mundo a salto de mata en una producción o en cinco producciones a la vez, que tienen dos horas para ensayar, El Bunker es un proyecto estable y eso se nota. Estamos aquí trabajando de lunes a viernes en horarios de ensayos, que a mí no me importa que sean por la mañana o por la tarde, y lo curioso es que son por la mañana. Esto muestra que El Bunker es un proyecto estable y casi único en el país, además que si necesitamos un músico o un iluminador tienen la capacidad y la posibilidad de encontrarlo y de ofrecérmelo.

FICHA TÉCNICA

     Dramaturgia y dirección

  • Luis Miguel González Cruz

     Elenco

  • Claudia Ossio
  • Raúl Pitín Gómez
  • Fernando Romero Patón
  • Marcelo Sosa
  • Antonio Peredo

     Regiduría

  • Marcelo Sosa

     Iluminación

  • Diego Ayala

     Diseño sonoro y música

  • Javier Tapia (Capi)

     Modelado

  • Jorge Altamirano

     Video

  • Antonio Peredo

     Asistencia técnica

  • Arlen

     Producción Ejecutiva

  • Vinka Mendieta

     Producción

  • Teatro del Astillero
  • El Bunker casa de creación

*     Profesor de Historia y Geografía.


*       Cortesía de revista Correo del Alba https://correodelalba.org/

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