octubre 15, 2021

Conservación de la biodiversidad: ¿puede ser “apolítica”?

Por Camila Ugalde Soria G. -.


Vaya paradoja la que nos toca vivir como países de la periferia del sistema-mundo, constituidos como proveedores de materias primas y guardianes de la diversidad biológica de nuestros territorios.

La conservación de la biodiversidad ha sido trabajada de distintas maneras, con herramientas que nacieron bajo contextos históricos y territorios con características propias. Estos instrumentos, al ser replicados a través del planeta entero, han mantenido su esencia y en algunos casos han ido hilando fino para adecuarse a las realidades locales. Por ejemplo, hablamos de las áreas protegidas y las formas de gestión de la biodiversidad al interior de estas que –en base a procesos de resistencias, también en nuestro país– han venido empapándose de las prácticas y conocimientos propios a nivel local.

Esto a la par de múltiples “soluciones sostenibles” que llegan de la mano de las ONG y las agendas del financiamiento internacional que estas cumplen. Cabe mencionar, por ejemplo, las donaciones de gallinas que hace la fundación de Bill Gates “para empoderar económicamente” a las mujeres que viven en pobreza o pobreza extrema en los países en desarrollo, algo que según unas instituciones podría representar soluciones locales para evitar la degradación ambiental y hasta ser parte de esas medidas “fáciles” para romper con el “extractivismo” que denuncian.

Esto que se describe podría explicarse como parte de la aplicación práctica de lo que impulsó, por ejemplo, la Convención en Diversidad Biológica de las Naciones Unidas a través de las metas Aichi, cuyo objetivo estratégico indica que hasta 2020 los países que son parte coadyuvarían a “abordar las causas subyacentes de la pérdida de diversidad biológica mediante la incorporación de esta en todos los ámbitos gubernamentales y de la sociedad”. En términos generales, bajo este objetivo se plantean metas que incluyen concientizar a la sociedad, asignar valor a la biodiversidad para integrarla en la planificación del desarrollo local, reducir subsidios a elementos que generen degradación ambiental e incentivar el uso sostenible de la biodiversidad, y fomentar la sostenibilidad en la producción para limitar impacto.

Sin embargo, como se puede leer, el cumplimiento de estas metas está centrado en lo que se puede hacer en cada país, determinaciones para las partes y no para la relación entre las partes, y más aún en relación a los modelos de desarrollo que impulsan las partes. Esto como si todo el uso de los recursos de un país fuese para y dependiese únicamente de las dinámicas socio-económicas de ese territorio.

En el artículo “Global patterns of ecologically unequal exchange: Implications for sustainability in the 21st century”, los autores investigan sobre la teoría del intercambio ecológicamente desigual y calculan que anualmente 10 billones de toneladas de materias primas, 800 millones de hectáreas de tierra, 23 exajulios de energía, 200 millones de años de trabajo [1] son despojados de la periferia del sistema-mundo para satisfacer el consumo masivo y crecimiento económico del núcleo, es decir, de los países de altos ingresos.

Desde la economía, la justificación capitalista frente a estos datos podría exponer que aquellas dinámicas desiguales son un resultado predecible de las estructuras del mercado y la división internacional del trabajo. Lo cual sugiere fuertemente que la estructura explotadora del mercado globalizado es tan “naturalmente” intrínseca a su lógica que no merece ser considerada. Asimismo, revela hasta qué punto la comprensión hegemónica de la economía capitalista directamente deja de lado la dimensión material en su estudio.

En contraste a estas justificaciones y desde otras aristas contra-hegemónicas es prudente preguntarnos ¿cómo desde la conservación biológica en la periferia del sistema-mundo abordamos estos datos?, ¿qué significa para las economías locales y nacionales todo el proceso de extracción de trabajo y materias primas y cuál es su relación con la conservación de la biodiversidad en cada territorio?, ¿cómo los objetivos de conservación a nivel global consideran los flujos periferia-centro de recursos naturales, energía y trabajo?, ¿este intercambio podría considerarse sostenible, equitativo o justo bajo las lógicas del libre mercado y sus deformaciones? Y finalmente, ¿esta capacidad productiva no podría ser usada para satisfacer las necesidades locales en lugar de ser apropiada para la acumulación en los países más ricos?

El hecho de que los países ricos cuenten con la capacidad de dar un mayor valor agregado, en contraste a los países en desarrollo, ha permitido perpetuar esta relación desigual entre naciones. El denominado “extractivismo” y la degradación ambiental que se registra en el sur global es parte de esta herencia perpetuada. Y seguramente unos cuantos miles de gallinas entregados a las mujeres más vulnerables de nuestros países ni resolverá los problemas de pobreza ni los de degradación de la base natural.


* Bióloga ecosocialista, militante del Proceso de Cambio.

1 Dorninger, Christian, et al. “Global patterns of ecologically unequal exchange: Implications for sustainability in the 21st century”. Ecological economics 179 (2021): 106824.

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