diciembre 2, 2021

Ídolos con pies de barro


Por Óscar Silva Flores * -.


 

En el Antiguo Testamento, más concretamente en el Libro de Daniel (pasaje 2:26-45), este profeta explica el episodio en el que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tuvo un sueño en el que aparecía una gigantesca estatua hecha por diversos elementos: la cabeza era de oro, el torso de plata, las caderas de bronce, las piernas de hierro y los pies de barro cocido. Una piedra cayó rodando hacia la escultura, chocando contra los pies y haciéndola desmoronarse, debido a la fragilidad del elemento con la que se había hecho la base, por muy fuertes y sólidas que fueran las del resto del cuerpo.

En los albores de la recuperación de la democracia, con la asunción de la Unidad Democrática y Popular (UDP) al gobierno, tras la sangrienta década dictatorial, los medios de comunicación empezaron a cobrar una particular importancia, especialmente la televisión –restringida hasta entonces al ámbito estatal o universitario– comenzó a despertar el interés en inversionistas privados dando paso a la irrupción masiva de la televisión comercial en todo el territorio nacional.

Junto a ese fenómeno se dio también la aparición de los primeros ídolos de la pantalla chica, periodistas que provenían de la radio o de la prensa, en algunos casos, o simplemente rostros bonitos que deslumbraban ante un público ávido de nuevas sensaciones en la caja de imágenes. Entre ellos aparecieron los que además de presentar las noticias las comentaban, introduciendo un elemento novedoso que marcaría el nacimiento de una generación de “líderes de opinión” que fueron imprimiendo no solo una forma de dar las noticias en una televisión rápidamente masificada, sino a generar sentido común, opinión pública sobre temas estratégicos que se encontraban previamente identificados por los dueños del poder. Con excepciones, los nuevos medios de comunicación eran de propiedad de políticos empresarios o empresarios políticos, con capitales de origen dudoso y desconocido.

Uno de ellos fue Carlos, destacó rápidamente en el medio por su facilidad de palabra, una imagen progre, en apariencia de izquierda, muy de moda por entonces, un amplio conocimiento enciclopédico y un aire nostálgico del hipismo sesentero. De buena cuna, con padres muy conocidos en el ambiente cultural, académico e intelectual, en fin, cumplía todos los requisitos exigidos en aquella época para encaramarse en los lugares más altos de popularidad urbana.

Su ascenso fue vertiginoso, ni duda cabe, la pantalla le fue quedando chica como comentador de noticias o entrevistador de personalidades y, desde luego, esto conllevó una serie de transformaciones en su vida y en su forma de ver la vida. No solo dejó la chompa de alpaca y la barba descuidada por un look impecable de gentleman o ejecutivo moderno, fue cercado por el poder hasta llegar a ser parte de él. Su figura, su nombre y su discurso liberal democrático, en el que había caído su inicial posición progresista, eran importantes para el modelo neoliberal que gobernaba el país y para los intereses que se encontraban detrás de él.

La televisión había producido un ídolo para los bolivianos. En la pantalla inigualable.

Pero otra cosa es con guitarra. Cuando llegó a la cúspide del poder fue un fracaso total, sin tomar en cuanta siquiera cómo llegó allá o de la mano de quién llegó. No tenía la menor idea de gobernar este país, del que creía saber todo en sus comentarios periodísticos. Y tuvo que irse por la puerta de atrás, con la vergüenza de no haber podido dar la cara para enjuiciar a los responsables de la masacre de octubre de 2003 ni firmar la Ley de Hidrocarburos, con el cinismo de decir que para pagar los sueldos de los bolivianos tenía que acudir a la limosna extranjera.

Años después a alguien se le ocurrió revivirlo para aprovechar su experiencia comunicacional en la demanda marítima. Le fue bien, no se puede negar, hasta se podía pensar que había logrado enterrar sus fracasos políticos de la década anterior; pero alguien le calentó la oreja y nuevamente lo retornaron a la política, donde una vez más demostró una incapacidad extrema, pero ya no solo eso, sino también una incoherencia ideológica y una falta de consecuencia con su discurso de poco tiempo atrás, quedando simplemente como un tonto útil, el mal menor de los intereses de los grupos de poder que ansían volver a gobernar.

Tenía, aparentemente, todo: carisma, cultura general, sabía empatizar con el televidente, convencía al hablar, era de buena familia, descendía de españoles, es decir, todo lo que la oligarquía racista y discriminadora deseaba para sus líderes. Encandiló a la clase media, lo idolatraron, le creyeron, pero no se habían dado cuenta que tenía los pies de barro y se desmoronó más pronto de lo que habrían imaginado.


*       Periodista y abogado.

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