noviembre 29, 2021

Recordar a los que se fueron a la eternidad


Por Esteban Ticona Alejo * -.


En el tiempo del Covid-19 muchos seres queridos nos dejaron. Varios con la pandemia, otros no, y en distintos períodos. Pareciera que estamos en el jiwaña pacha o el tiempo de la muerte. ¿Cuántos más se irán o cuántos sobreviviremos? Hoy también es el tiempo de la búsqueda. Hay personas entrañables que no sabemos cómo están, a pesar de la comunicación rápida vía redes sociales. Tanta información y uno se topa con muchos homónimas/os que en vez de ayudarnos en la ubicación rápida se convierten en trabas. Estas son las profundas contradicciones de la sociedad red y de la información.

Todo este dolor, sea por la enfermedad y/o por las usencias de las personas adoradas, nos lleva a varias preguntas sobre nosotros y sobre nuestras acciones. Pero no dejamos de preguntarnos “¿por qué se fue?… hubiese vivido más tiempo”. Hoy más que nunca transitamos entre la vida y la muerte. Uno quiere vivir un poco más para estar con la familia, con los hermanos/as, con los amigos… En horas previas para recibir el ajayu de nuestros seres queridos en nuestras casas, se piensa nuevamente en qué es la vida y qué es la muerte. Sabemos que en las colectividades occidentales le tienen pavor a la muerte, en cambio en las sociedades andinas la muerte es parte de la vida y debemos aprender a convivir con ella.

En esta ocasión quiero nombrar a algunas personas entrañables que se fueron y que aún cuesta creer que hayan partido al wiñaymarka o al pueblo de la eternidad. A Juana Vásquez, la primera mujer aymara y lingüista, que partió sola. A Cristina Quisbert, otra lingüista investigadora que se fue al lado de Roberto. A Juan de Dios Yapita, el gran artífice para la concreción de la gramática aymara.

A Roberto Santos, Roberto Choque, Germán Choque (Kara Chukiwanka) y Felipe Quispe “El Mallku”, historiadores de distintas generaciones que nos brindaron información profunda y reflexión sobre nuestros pueblos aymara y quechua. A Ramón Conde y Ruth Flores, sociólogos críticos y cofundadores del Taller de Historia Oral Andina (Thoa), que nos dejaron lucha y valor en la reivindicación sobre nuestros pueblos ancestrales. Cómo no recordar a Donato Ayma, aquel radicalista que hacía que el aymara y el quechua suenen como poemas desde su locución. A Inocencio Cáceres, otro comunicador, quien teatralizando desde los medios nos conectó con el pasado de las luchas de nuestros pueblos. A Demetrio Marca, el músico, cantor y creador en aymara, que junto con su charango soñó por un porvenir mejor. A Félix Layme, otro lingüista que promocionó el idioma aymara masivamente. A Daniel Sirpa, con quien empezamos nuestro activismo y militancia anti-colonial.

A Siku Mamani, quien desde la senda de la música ancestral nos dejó huellas imborrables. Acabo de enterarme, pues lo busqué y los busqué, que otro jilata, Julián Ticona, con quien planeábamos hacer un encuentro de los Ticona, bajo el nombre de Jawilla Laqatu, se fue…

Finalmente, nombro a dos desatacados hermanos kichuas del Ecuador. A Luis de la Torre, que desde la lingüista andina batalló por la educación intercultural y bilingüe. Lucho fue más que amigo, fue un hermano que nos brindó apoyo y cobijo en su tierra. A Antonio Males, aquel recopilador de la oralidad de los pueblos de la sierra, que en una dedicatoria de su libro me expresó: “Para el hermano y compañero…, con mi afectuoso saludo, con la esperanza y la fe en que un día tendrá plena vigencia la tradición histórica de nuestros pueblos de los Andes. Esta historia de los hombres sencillos y grandeza de Imbabura, ñuca shunquhuan…”. Kunapachatixa amtastan, munat jilat kullakanaktxa llakisiñjamawa. Wiñay markaparuwa sarawayxaxpi. Lurawinakapa, amtawinakapaxa k’ajaskakiwa.


*       Sociólogo y antropólogo.

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