diciembre 3, 2021

A dos años del golpe


Por  Óscar Silva Flores * -.


Noviembre de 2019 quedará marcado en la historia de nuestro país como el mes en el que las fuerzas más reaccionarias interrumpieron el proceso democrático más trascedente de la historia nacional, no solo porque fue el que finalmente tras más de 180 años de existencia republicana tomó la plurinacionalidad como base del nuevo Estado, sino porque, además, logró la inclusión real de la totalidad de los bolivianos en la vida misma del Estado Plurinacional.

La oligarquía criolla, el conservadurismo y ciertas clases medias desplazadas del manejo estatal a lo largo de más de siglo y medio no podían resignarse a vivir detrás de los verdaderos dueños de este país, quienes finalmente habían tomado conciencia y acción de cómo llevar adelante las riendas del mismo. Las importantes transformaciones de los casi tres lustros de gobierno a la cabeza de Evo Morales, en economía, en la estructura jurídica, en inclusión social, en cultura, constituyeron una afrenta para esos sectores nostálgicos con la nación semifeudal de la cual disfrutaron durante largo tiempo.

Pero no solo fue hacia adentro el problema y la preocupación, también lo fue hacia afuera. El Imperio y sus colonizados aliados latinoamericanos no podían estar en paz observando que un modelo propio, diseñado desde adentro, sin atender las recomendaciones del Banco Mundial (BM) o del Fondo Monetario Internacional (FMI), y menos las imposiciones imperiales, estaba resultando exitoso. Se había logrado estabilizar la economía y lanzarla al despegue con sus propios recursos, con acciones que pudieran ser consideradas como un mal ejemplo para los países vecinos, como la nacionalización no solo de los hidrocarburos, sino de otros recursos estratégicos, y la recuperación de las empresas públicas enajenadas por el neoliberalismo a favor de las transnacionales y el capital financiero internacional.

Bolivia empezó a alzar la voz en foros internacionales, no era más la cenicienta que solo podía estirar la mano pidiendo limosna, sino que podía expulsar a la Administración de Control de Drogas (DEA) y a los diplomáticos del Imperio sin que le temblase la mano. Eso era mostrarse digno y soberano, pero los enemigos de la patria nunca lo entendieron y nunca dejaron de conspirar.

Cuando en 2006 el Movimiento Al Socialismo (MAS) inicia su primer periodo de gobierno, los más pesimistas analistas conservadores y republicanos no esperaban que Evo concluyera los cinco años de su mandato. El Imperio y la derecha criolla tampoco. Mucho menos cuando, a pocos meses de instalarse en el viejo Palacio Quemado, un 1 de mayo decretó la nacionalización de los hidrocarburos. Un expresidente, convertido hoy en supuesto líder opositor había dicho que si aquello sucedía le lloverían al país decenas de demandas internacionales y que se le cerraría la cooperación e incluso las relaciones con las principales potencias. Nada de eso sucedió. No solo se consolidó esa nacionalización, siguieron otras más, se constitucionalizó la propiedad de los recursos naturales, se promovió y aprobó la Constitución más avanzada de esta parte del planeta y se puso en evidencia la incapacidad de aquella élite que gobernó Bolivia desde su fundación.

Esas fueron las verdaderas razones del golpe. Todo lo demás solo sirvió como justificativo para llevar adelante algo injustificable, pero real y políticamente necesario para la derecha lacaya, anti-patria y entreguista.

Sin embargo, me reservo algunas dudas y algunas preguntas sobre el papel de determinadas autoridades y dirigentes políticos y de movimientos sociales durante los meses de octubre y noviembre de 2019, y quizás incluso unos meses antes; preguntas que nadie aún las ha formulado y que posiblemente no tengan respuesta.


*       Periodista y abogado.

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