enero 7, 2022

Bolivia y la Cumbre por la Democracia en Estados Unidos


Por La Época-.


Una Cumbre por la Democracia se acaba de realizar en los Estados Unidos, entre el 9 y 10 de diciembre, a convocatoria del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden. A juzgar por los resultados del encuentro, que no tuvo el eco político y mediático que se esperaba, la principal preocupación de la actual administración estadounidense no es la calidad de la democracia, sino la creciente dificultad de evitar que Rusia y China sigan desportillando el orden unipolar mundial.

El encuentro internacional fue pensado por sus organizadores para abordar tres temas centrales: 1) La defensa de la democracia contra el autoritarismo; 2) Ña lucha contra la corrupción; y 3) El respeto de los Derechos Humanos. Salvo el segundo tema, dos de ellos son los mismos con que Estados Unidos impulsó en América Latina la apertura de democracias, de hecho bastante restringidas, a fines de la década del 70, como la forma política menos explosiva y costosa para garantizar el repliegue de los militares a sus cuarteles luego de cerca de dos décadas de dictaduras de la seguridad nacional.

La democracia se ha convertido en el campo de disputa. La izquierda ha demostrado en dos décadas lo mucho que ha avanzado en conquistar posiciones en ese campo, principalmente en la ampliación de derechos y en la disminución de desigualdades como materialización democrática, y eso es algo que los estrategas estadounidenses no pueden tolerar. Biden ha convocado a gobiernos, políticos y académicos claramente alineados a Washington, que reducen la democracia al voto. De hecho, haber invitado a Brasil y Colombia, países donde el ejercicio de los derechos políticos están limitados, es muestra de aquello.

En realidad, tal como se han desarrollado las presentaciones de los invitados, en una gran parte mensajes pregrabados, lo que ya anulaba cualquier posibilidad de intercambio de ideas, el punto de separación entre países “democráticos” y “autoritarios” con el que partió el evento es el nivel de relación de los países invitados con China y Rusia, quienes desde hace varios años están poniendo en entredicho la hegemonía imperial.

Desde una perspectiva más latinoamericana y caribeña, la cumbre de Biden ratificó que Cuba, Venezuela y Nicaragua siguen figurando en la primera línea de países que concentran la atención de la política exterior de la casa Blanca, cuyo rasgo central es la subordinación del Departamento de Estado al Departamento de Defensa. Para eso, como es la única medida concreta aprobada, se van a destinar 424 millones de dólares para apoyar la lucha por la democracia, que en términos de experiencia histórica es poner en marcha diversas formas de injerencia.

Bolivia no está en esa primera línea de ataque, pero no hay que ser peritos en el conocimiento de Estados Unidos como para pensar que la continuidad democrática y el gobierno de Luis Arce no están expuestos a la amenaza imperial. El respaldo del “gobierno permanente” de Estados Unidos al golpe de Estado contra Evo Morales en 2019 no ha sido ni circunstancial ni improvisado.

Sería una ingenuidad pensar que la derecha boliviana –política, mediática y cívica– no vaya a pugnar por tener una parte, aunque sea pequeña, de esos 424 millones de dólares. Su estrategia girará alrededor de las matrices de opinión que buscan instalar en el imaginario colectivo: tendencia autoritaria del Gobierno, persecución política y padrón electoral irregular con el que Arce fue elegido. La Cumbre por la Democracia espera concretar otros resultados en 2022, pero su señal es inequívoca: destruir las democracias que la superpotencia del Norte no pueden controlar.

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