mayo 16, 2022

Latinoamérica frente a un falso dilema en la crisis ucraniana

Por José Galindo *-.


Latinoamérica no debe cometer el mismo error que cometió durante la Segunda Guerra Mundial, como fue el apoyo irreflexivo a los Aliados. En esta oportunidad, más que apoyar a Rusia debe procurar velar por sus propios intereses, los que distan, y la historia lo demuestra, de los enarbolados por Estados Unidos.

Aunque la guerra entre Rusia y Ucrania difícilmente puede catalogarse como sorpresiva, sus consecuencias se hacen cada vez más impredecibles a medida que avanza el tiempo. Un reconocido periodista bautizó este momento como una nueva edad geopolítica, consideración que ciertamente deberá ser tomada en cuenta no solo por los Estados que ocupan Europa y Asia, o por Estados Unidos –debido a sus siempre ambiciosas pretensiones imperiales–, sino también por Latinoamérica, acostumbrada a perder oportunidades cuando se lo ofrecen las cartas.

No se trata, por lo tanto, de juzgar si de lo que se trata efectivamente es o no una invasión o una operación militar defensiva, o de favorecer un imperialismo sobre otro, sino de identificar el momento geopolítico que atraviesa el mundo para adoptar una posición favorable a los intereses de los pueblos de nuestra Región. Tal postura no debe detenernos, sin embargo, de analizar la situación sino en términos imparciales, al menos objetivos.

Consideraciones objetivas

El 21 de febrero de este año el gobierno ruso, presidido por Vladímir Putin, reconoció la independencia de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, convirtiéndose con ello en el segundo y tercer territorio que se independizaba de Ucrania, tras haber perdido estos Crimea en 2014. Tres días después, grandes contingentes rusos se encontraban ingresando por al menos tres puntos en dirección a la capital ucraniana de Kiev, levantando la sospecha de más de un observador de la política internacional.

Admitamos tres cuestiones al respecto.

En primer lugar, aunque ciertamente no puede negarse un grado considerable de intencionalidad por parte de Moscú respecto a la reducción del territorio ucraniano, sería un error calificar las acciones de los últimos días como simples manifestaciones de una política de defensa expansionista e invasiva, puesto que el territorio ruso es ya de por sí inmenso como para anexar otros adyacentes, así estos comprendan considerables capas demográficas autoidentificadas como rusas. En otras palabras, no es una conquista territorial lo que impulsa el Kremlin.

En segundo lugar, debe tenerse en cuenta las ventajas y desventajas que trae consigo una hipotética asimilación de dos territorios. Entre las primeras, se indica entre los especialistas, estaría un mayor y mejor control sobre el Mar Negro, punto estratégico para el comercio de energía y proyección geopolítica. Entre las segundas, se pone en riesgo un paso estratégico para el gas ruso hacia Europa, además de una gran posibilidad de avivar las llamas de conflictos interétnicos y nacionalistas en la zona. Tampoco puede decirse que es una guerra guiada por motivos económicos.

Y, en tercer lugar, recordemos que el territorio oriental del cual se desprenden las dos nacientes repúblicas se encuentra en un área de alta conflictividad, que hasta ahora ha costado más de 14 mil vidas, entre grupos étnicamente autoidentificados como rusos y nacionalistas ucranianos crecientemente radicalizados hasta el punto de adoptar consignas abiertamente fascistas que incluso se reclaman como una continuación del nacional socialismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial. Nazis, para no dar vueltas al asunto. Es decir, no se trata de un conflicto repentino o impredecible, sino de una guerra civil que ya había explotado desde que Crimea se anexó a Rusia y comenzaron los conflictos en la región del Donbass.

Por lo tanto, al no ser ni una guerra de conquista, ni una guiada por móviles económicos ni tampoco una contingencia impredecible, queda por preguntarse si es que se trata o no de una guerra defensiva, a juzgar por los insistentes llamados del gobierno de Putin directamente a Estados Unidos para que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se abstenga de aceptar a Ucrania como miembro de la alianza, creada con un propósito caduco como el de enfrentarse a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el Pacto de Varsovia, y ahora inequívocamente orientada a perseguir un cambio de régimen en Rusia, más afín a los intereses de Washington en su búsqueda de restablecimiento de un mundo unipolar.

Tal como lo señaló la popular periodista del programa de Russia Today “¡Ahí les va!”, Inna Afinogenova, el problema con la expansión de la OTAN hacia el este no consiste tanto en el riesgo de una inminente invasión como en la neutralización de uno de los principios de la geopolítica moderna, conocido como MAD, acrónimo de Destrucción Mutua Asegurada, en castellano, pero que igual se traduce literalmente como: “loco” o “desquiciado”.

La doctrina MAD postula que las posibilidades de que dos naciones poseedoras de armamento nuclear difícilmente entrarán en conflicto debido a que tienen las mismas posibilidades de aniquilarse mutuamente mediante el uso de sus respectivas bombas atómicas. No obstante, este principio deja de ser efectivo si uno de los lados se dispone a atacar antes que el otro pueda responder, lo que implica la existencia de ciertas líneas rojas, como aclara Inna, que no pueden sobrepasarse. En el caso de Rusia la línea es Ucrania, cuya anexión a la OTAN significaría que la potencia oriental quedaría expuesta a un ataque nuclear por parte de Washington y sus aliados, prácticamente sin capacidad de respuesta.

La guerra entre Rusia y Ucrania es una guerra defensiva, provocada indirectamente por Estados Unidos.

Hasta el momento, la guerra en curso se ha cobrado cerca de dos mil vidas por el lado ucraniano, de acuerdo a datos ofrecidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la mayor parte civiles, y 500 soldados muertos por parte de Rusia, cifra que va en aumento a medida que las tropas comandadas desde Moscú se acercan a Kiev.

La OTAN y el resto del mundo

La provocación, no obstante, no tuvo los resultados más predecibles, en vista de la negativa de Estados Unidos y de la OTAN para intervenir en el conflicto del lado de Ucrania, bajo el argumento de que no se trataría de uno de sus miembros, a pesar de las múltiples ocasiones en las que la organización occidental insinuó la posibilidad de incorporar a Kiev en sus filas, lo cual fue presentado por el presidente de aquel país, Volódimir Selensky, como un primer paso hacia el ingreso a la Unión Europea (UE). A primera vista, se trataría de un caso de deserción por parte de la alianza encabezada por Estados Unidos. Con todo, las apariencias engañan.

Aunque ni Estados Unidos ni la OTAN han intervenido militarmente en contra de Rusia y en defensa de su aliado y pretendiente miembro, tanto Washington como la UE han implementado un conjunto de sanciones económicas orientadas a asfixiar comercialmente a Rusia, siguiendo la misma estrategia que llevó al colapso de la URSS: una crisis de insostenibilidad económica, situación que ya se preveía desde finales del año pasado, cuando las tensiones en el Donbass se revelaban como inminentes.

El conflicto, por lo tanto, ha colocado a Rusia no solo contra Estados Unidos, la UE y la OTAN, sino que la ha aislado prácticamente del resto del mundo, comenzado por los más de 150 miembros de la ONU que han condenado lo que aprecian como una invasión o guerra de agresión en contra de un país víctima. A esto se han sumado no solo los países europeos, sino también varios Estados latinoamericanos, presionados por la Organización de los Estados Americanos (OEA) y sus respectivas diplomacias, actualmente confundidas bajo un manto de corrección política que hace perder de vista que Ucrania contribuyó al escalamiento bélico al buscar su adhesión a la OTAN y amenazar con ello el régimen político de Rusia.

La posición de países como Irán y Corea del Norte era previsible en tanto se trata de enemigos incondicionales de Estados Unidos, pero lo que sorprendió fue la reacción de China, que afirmó que apoyaría militarmente a Rusia en caso de que Estados Unidos ingresara al conflicto mediante las armas. Lo que refuerza la concepción de la OTAN como un instrumento que solo puede ser utilizado en contra de naciones y Estados débiles y pequeños, pero difícilmente en contra de países con capacidades defensivas por encima del promedio, como ciertamente lo son Rusia y China.

Una oportunidad para Latinoamérica

La reacción por parte de Latinoamérica ha sido dividida, siguiendo el patrón de conducta de cada uno de estos países respecto a la Casa Blanca, aunque con cierta ambivalencia de lo que podría llamarse el bloque progresista. Así, tal como podría esperarse, los gobiernos de Ecuador, Colombia, Uruguay, Paraguay y Chile han condenado abiertamente a Rusia, siguiendo previsiblemente una posición favorable a la administración Biden.

Empero, sorprende la posición de Brasil al respecto, cuyo presidente Jair Bolsonaro si bien se expresó de forma halagadora respecto a Putin, ha sido abiertamente proestadounidense desde un punto de vista geopolítico, al punto que redujo la relevancia internacional de su propio país en favor de una conducta sumisa a Estados Unidos. Y sorprende, porque Bolsonaro evitó condenar a Rusia sustentando que su país se mantendría neutral.

Igual de asombrosa fue la reacción de Argentina, que, aunque condenó la intervención rusa como un acto de invasión, rechazó la imposición de sanciones sobre este país como medidas que no contribuirían a solucionar la situación. De forma similar, la cancillería mexicana aunque condenó la ofensiva rusa, tampoco se mostró a favor de emprender sanciones en contra de Rusia. No obstante, se trató de una condena más decidida aún que la de Argentina.

Por otra parte, los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua se posicionaron claramente en favor de Rusia al votar en contra de una resolución de condena contra este país en la ONU, con lo que más que mostrar una alianza con Putin lo que hicieron fue seguir con su línea discursiva antiimperialista. Sin embargo, Bolivia fue mucho más ambigua que los otros países al momento de adoptar su posición respecto a Rusia, entrando en contradicción en diferentes momentos, pero resolviéndose en contra de la condena finalmente.

Los casos de Perú y Boric en Chile son igual llamativos, con ambos condenando a Rusia a pesar de las credenciales progresistas de cada uno de estos países. Lo que se explicaría por la propia complejidad del caso, al tratarse de una guerra de un país indudablemente poderoso en contra de otro claramente débil, y donde la mayor parte de las bajas pertenecen al país intervenido.

Y de esto último pueden extraerse dos lecturas.

La primera, que el nuevo escenario geopolítico es sumamente complejo y no puede suscribirse a un discurso antiimperialista de forma simplificadora, lo que inevitablemente producirá divisiones dentro de la izquierda, particularmente al interior de la que no es decididamente antiestadounidense.

Y la segunda, asimismo llamativa, que la hegemonía yanqui sobre la Región está en cuestión, en vista de las reacciones de Brasil, México y Argentina, tres de los países más poderosos, quienes de variadas formas han optado por no seguir el libreto de Washington al pie de la letra, aunque sin alejarse de los parámetros de lo políticamente correcto, en este caso la condena del lado “ofensivo” de toda guerra.

En esto los latinoamericanos deben recordar que, durante la Segunda Guerra Mundial, su alineamiento con los Aliados se dio de manera irreflexiva, abaratando el precio de sus materias primas para el beneficio de Estados Unidos y Gran Bretaña, pero sin beneficiarse al final y contribuyendo con ello al ascenso de una potencia mundial, Estados Unidos, que a la larga les resultaría dañino. Por lo que no se trata de ponerse del lado ni de Rusia ni de Estados Unidos, sino de pensar en los intereses de la Región.


  • Cientista político.

 

Sea el primero en opinar

Deja un comentario