mayo 21, 2022

Tiempo de contradicciones


Por Boris Ríos Brito * -.


No puedo si no traer a mi memoria la gran algarabía, la realización que sentía cuando en uno de los salones de prensa habilitados en inmediaciones de la Plaza Murillo ese 2006, Evo, el primer presidente indígena de Bolivia, pedía un minuto de silencio por nuestros mártires de la liberación. Fue emotivo y la culminación de un proceso de lucha dura, de enfrentamientos de ideas y de cuerpos contra lo neoliberal, lo colonial, el imperialismo y el capitalismo, donde hubo muertos, heridos, encarcelados, en fin, una guerra cruenta que la movilización popular ganó y que, parafraseando al brillante y luchador Adolfo Gilly, logró electoralizar dando un triunfo popular claro e irrefutable del Movimiento Al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) y todo lo que representaba.

De ese momento de triunfo y esperanza hasta al golpe de Estado de 2019 ya dista mucho, sobre todo cuando algunos sectores del MAS-IPSP, encabezados por el exvicepresidente García Linera, comenzaron a plantear que la inclusión de la “clase media” era imprescindible para ganar elecciones, algo así como darle un estatus privilegiado a este grupo social que había incrementado sus ingresos. Claramente, al son del Banco Mundial (BM), se le daba carácter de sujeto político a un sector social que no necesariamente había mejorado significativamente su nivel de vida (ya que el 85% de la población económicamente activa se encuentra en la informalidad y este dato forma parte de la población “ocupada”, es decir, con empleo, dejando un universo vasto y complejo, en todo caso no homogéneo), que de pronto podría encontrarse más bien en los márgenes del concepto de proletariado y que, finalmente, se le daba un impulso discursivo de nivel ideológico que le generaba “identidad”.

Si el otrora sujeto histórico revolucionario indígena originario campesino, obrero y popular, era desplazado por la “clase media”, también lo era el horizonte que este componía, o sea, lo anticolonial, lo antiimperialista, lo anticapitalista que, cabe preguntarse, ¿se debía suplantar por el capitalismo andino-amazónico? Esta discursividad –quiero creer que no como objetivo propio premeditado– terminó de corroer la capacidad del poder-hacer popular que había resistido el debilitamiento de sus formas de organización y de la forma movimiento en su relación prebendal con el Estado, desmovilizando, desorganizando, deseducando y despolitizando a sus bases.

No fue –hoy es claro– tan extraño el desconcierto del año 2019, cuando grupos paramilitares y parapoliciales se adueñaron de las principales urbes bolivianas, resguardados y apoyados por policías y militares amotinados, así como que una política conservadora y retrógrada como Áñez se autoproclamara presidenta y posesionara a un séquito de fantasía como el pésimo Aníbal Cruz, aplazado en su papel de ministro de Salud, o que se tenga a la caricatura fascista y corrupta de Murillo en el Ministerio de Gobierno, rebalsando la boca como perro rabioso. Pero el desconcierto significó incapacidad de reacción inmediata, descoordinación y abandono, ya que fueron las bases movilizadas las que se enfrentaron a los golpistas y a sus policías y militares.

Desgraciadamente, hasta la fecha (marzo 2022) no se ha podido llevar a cabo una reflexión popular común sobre lo acontecido, no se ha sabido identificar con honestidad quiénes se movilizaron, pelearon y murieron sin encontrar justicia hasta hoy, así como tampoco quiénes no estuvieron, huyeron, traicionaron, etcétera. Es gracioso que hoy haya muchos heroicos que claramente no estuvieron, así como algunos desconocidos que se autoexiliaron y hoy se creen portavoces. Hay cosas inconclusas y poco claras, por ejemplo, como que gracias a que en una entrevista a Sebastián Michel, el 25 de mayo 2020, por María Galindo –quien hizo denuncia permanente contra el régimen de Áñez y Murillo y no huyó–, pudimos saber que hubo una reunión entre la derecha golpista y algunas autoridades y otras del MAS en la Universidad Católica, cuando el pueblo se encontraba movilizado y sin ser hasta ahí masacrado.

El golpe de Estado fue un examen para la izquierda, para las y los revolucionarios, para el Proceso de Cambio, y una crítica y autocrítica sería lo ideal para avanzar, para buscar no caer en las contradicciones hoy presentes. Así, este tiempo, en el que caben bien las frases de Santiago Carrillo de que “contra Franco vivíamos mejor” y de Jean Paul Sartre de que “nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana”, se definirá –ojalá por la senda izquierda– y nos mostrará lo que tocará enfrentar en el próximo lustro.


*       Sociólogo.

 

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