diciembre 2, 2022

Venezuela, el agente calibrador en el fin de la unipolaridad


Por Sara Valentina Enriquez Moldez *-.


En medio de una guerra recién mediatizada, que sin duda alguna afecta a los intereses de las distintas potencias, no está demás hablar sobre sus efectos en países de América Latina, tales como Venezuela, y analizar cómo el orden global puede verse alterado.

¿Será que las potencias occidentales continúan teniendo un poder global dominante?

En términos de poder real, y no tanto mediático, podemos decir que no. Encabezando las potencias occidentales está Estados Unidos, país que funciona como empresa, el cual se ganó bastantes enemigos este último tiempo. País que ha resucitado mediáticamente el conflicto ruso-ucraniano para tratar de desmoronar a Rusia. Este último evento, que está adquiriendo tanta polémica en los medios de comunicación, inevitablemente, como todo asunto político, y cuyo accionar mediático- bélico tiene sus correspondientes repercusiones.

Estados Unidos, al tratar de desplomar a Rusia, fortalece al mismo tiempo a otros de sus enemigos. Por ejemplo, al decretar las sanciones que hoy ejerce contra Rusia, se consolidan más aún las relaciones ruso-chinas y se impulsa la creación de nuevos sistemas financieros que se presentan como alternativa ante el sistema Swift, que hasta hoy es el que contiene la mayor parte de transacciones financieras a nivel global, es por eso que este sistema resulta ser uno de los pilares más importantes de la supremacía de las clases dominantes occidentales.

Es clave tomar en cuenta que las sanciones ejercidas sobre distintos países en la actualidad generarán que se hagan menos transacciones en dólares y que, por consecuencia obvia, el dólar se debilite y presione a los demás países sancionados a buscar alternativas. Es cierto que el dólar aún es la moneda más usada en las transacciones internacionales, pero también lo es que hace años viene perdiendo tal lugar.

El caso venezolano

Ya inmiscuidos en el contexto, podemos hablar de lo que sucede en el hermano país de Venezuela, donde hace unos días varios funcionarios estadounidenses de alto mando fueron a reunirse con Nicolás Maduro para intentar separar a Rusia de sus aliados de América Latina. El hecho de que Estados Unidos ceda un milímetro ante Venezuela y reconozca la legitimidad del presidente chavista al establecer reuniones bilaterales pone en jaque a absolutamente toda la violenta narrativa impuesta durante estos años frente a la Revolución bolivariana de Venezuela, acontecimiento que incomoda a la política exterior estadounidense con toda su línea discursiva adjunta.

Tenemos que entender que Estados Unidos ya no está en una posición de poder único actualmente, sus sanciones y bloqueos se han impuesto a numerosos países y, por lo tanto, las respuestas ya no son las mismas. Dado que en el campo internacional las sanciones y bloqueos por parte de la superpotencia del Norte se convirtieron en una cotidianidad, se han creado alianzas muy fuertes entre los “bloqueados”, así como rutas económicas alternativas.

Recientemente Estados Unidos consideró la posibilidad de imponer sanciones a las exportaciones rusas de petróleo y gas por su accionar militar en Ucrania, e importantes políticos del G7 señalaron a Venezuela como posible suplente del petróleo ruso.

El petróleo es fundamental en nuestras sociedades, y por el momento es imposible dejarlo de consumir. Rusia y Venezuela son países con gigantescas reservas de hidrocarburos, ambos sancionados por la Casa Blanca. Pero, por más discrepancias ideológico-políticas que existan, el mundo no va a dejar de necesitar petróleo, venga de donde venga, porque es necesario para el desarrollo de la humanidad. Si Estados Unidos ataca con sanciones a Rusia, de alguna forma, esto fortalece a Venezuela, que es otro enemigo claro de Washington. Ahí es donde la administración Biden se encontrará con un debate interno, en el cual deberá decidir qué opciones tomará para no perder tan significativamente su hegemonía.

Por su parte, Venezuela deberá conservar su independencia sin traicionar al bloque no occidental y preservar la memoria histórica, mantener presente las arremetidas y violaciones a los Derechos Humanos orquestadas por Estados Unidos estos últimos años.

Eso fue lo que Nicolás Maduro hizo en la primera ronda de negociación. Si bien dijo estar dispuesto a vender petróleo a Estados Unidos, ya no será en los términos que exige el Norte, sino que los términos los pondrá Venezuela, y es por eso que la patria bolivariana está exigiendo la devolución de Citgo, la mega refinería que tiene Venezuela en Estados Unidos, junto a más de 10 mil estaciones de servicio. Todo eso está valorado en más de 11 mil millones de dólares. Todavía los funcionarios norteamericanos no han aceptado esta condición para la negociación, aunque es digno de valorar cómo se van dando vuelta las fichas en el tablero, y cómo el constante amedrentamiento a la Revolución chavista jamás se trató de Derechos Humanos.

Hasta hace pocos años, los grandes medios que responden al Gobierno estadounidense vendían una imagen de Maduro como si fuera débil e incapaz de preservar el poder con un embargo internacional. Hoy la producción petrolera venezolana asciende a 755 mil barriles de petróleo al día, con sanciones y bloqueo incluidos, por tanto Caracas exige condiciones para una negociación, en lugar de aceptar la imposición, como siempre hacen las pseudocolonias norteamericanas o alineadas con el G7.

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