julio 17, 2024

Armas biológicas al servicio del imperialismo: ¿y la neutralidad de la ciencia?

Por  Rafaela M. Molina Vargas *-.


Sobre la ya alarmante situación que se vive en el mundo, causada, primero, por la peligrosa expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Estados Unidos, y segundo, por la reacción militar de Rusia sobre Ucrania, se suma la posible existencia de armas biológicas desarrolladas por Estados Unidos en territorio ucraniano. Esta última denuncia la presentó el Ministerio de Defensa ruso, revelando que existían más de 30 laboratorios financiados por Washington en Ucrania. Ante la petición de la representación de Rusia el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se reunirá de emergencia el viernes para tratar el tema.

A pesar de los intentos de los medios de comunicación y de algunos representantes de Estados Unidos de culpar a Rusia, la subsecretaria de Estado Victoria Nuland reconoció ante el Senado que Ucrania tenía instalaciones de investigación biológica, sin señalar el papel de su propio país, pero afirmando que el Departamento de Estado está invirtiendo mucho esfuerzo en evitar que estos “materiales de investigación caigan en manos de las fuerzas rusas” [2].

Se denomina arma biológica a todo ser vivo, virus o sus productos tóxicos capaz de lesionar, afectar la salud y/o matar a humanos, animales o plantas. No se trata de algo simple. Las armas biológicas necesitan ser estimadas en toda su magnitud, alcance y gravedad. La liberación de patógenos capaces de afectar la salud humana o matar, no son armas sobre las que se tiene control preciso, no es posible dirigirlas exclusivamente hacía un blanco. Todo lo contrario, las armas biológicas están diseñadas para difundirse entre personas, expandirse a gran escala para causar el mayor daño posible. El mayor daño no solo a ejércitos, sino a civiles, a poblaciones vulnerables, a niñas/os, a ancianos. El uso de armas biológicas implica un gran poder de destrucción, significa no tener ni la más mínima consideración sobre miles de vidas humanas inocentes.

Sin embargo, las armas biológicas no son una cuestión reciente. Se remontan a las guerras de la Edad Antigua, en las que se contaminaban pozos de agua con cadáveres. Además, desde el inicio del siglo XX se trata de un desarrollo científico y sistemático de armas biológicas, es decir, con un potencial mucho más letal y a mayor escala, pero también al servicio de los intereses del imperialismo.

Existen evidencias del uso de armas biológicas en las dos guerras mundiales. La Alemania Nazi tenía laboratorios que producían bacterias y llegaron a enviar documentos en valija diplomática contaminadas con ántrax (Bacillus anthracis). Igualmente Japón desarrollaba y experimentaba con patógenos en la llamada Unidad 731 [3]. En Estados Unidos el Programa de Armas Biológicas surge en 1943, pero es a partir de la postguerra que su capacidad para desarrollar armas biológicas se fortaleció con la contratación de científicos japoneses de la Unidad 732 para la guerra contra Corea [1]. El microbiólogo William C. Patrick, que dirigió durante décadas el programa, afirmó que habían logrado obtener armas con siete agentes [3]. Desde entonces, y a pesar de la Convención de Armas Biológicas (CAB) firmada en 1972 que prohíbe su desarrollo, producción y uso, se han lanzado múltiples acusaciones sobre su impulso.

Dado que se trata de un tema no solo militar y político, sino además vinculado al desarrollo de la ciencia y la investigación, permite hacer un análisis crítico sobre el rol de la misma y su aparente neutralidad.

Los avances acelerados en la genética y en sus herramientas y técnicas implican la potencialidad y esperanza de lograr combatir y curar más enfermedades. Por ejemplo, el descubrimiento del mecanismo llamado CRISPR en baterías ha permitido aplicarlo como herramienta para la edición genética más eficaz y se considera una técnica potencial para optimizar las terapias contra el cáncer o contra enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson [4].

Pero esa misma herramienta puede ser usada con fines eugenésicos, de “mejoramiento de la especie”, y justamente para el desarrollo de armas biológicas. Se trataban de investigaciones científicas rigurosas y serias, las que desarrollaban patógenos que pudieran ser empleados como armas letales masivas. Eran avances científicos y descubrimientos los que permitían maximizar el potencial destructivo. Era ciencia, pero no era, no es, neutral. Es necesario tener muy claro que la investigación científica no está aislada de un contexto socioeconómico, político y de grandes intereses, y esto es, en parte, porque son personas con toda su subjetividad, posiciones y sesgos quienes hacen esta ciencia y/o quienes la impulsan.

Así, por ejemplo, el británico Francis Galton, precursor de ideas eugenésicas, no pudo desligar su visión colonial y racista al proponer fomentar la descendencia de “razas superiores”. Por otro lado, ser parte de investigaciones sobre armas biológicas implica una decisión mucho más consciente y una enorme responsabilidad. Las/los investigadores que trabajan en el desarrollo de estas armas, como el microbiólogo William C. Patrick (por décadas director del programa de Armas Biológicas de Estados Unidos), además de ser científic@s, tienen un rol político. Y aún más que eso: trabajan para maximizar las posibilidades de matar personas inocentes, despliegan investigaciones científicas para optimizar la capacidad destructiva masiva. El desarrollo de esta ciencia está lejos de ser neutral, lejos de ser siquiera ética. Pero sí, es ciencia.

Si realmente pretendemos construir, o si siquiera alcanzamos a vislumbrar un mundo multipolar, plural, sin guerras, más equitativo, más sustentable, menos depredador e injusto, necesitamos antes que todo reconocer la enorme importancia de la ciencia, pero a la vez tener claro que las investigaciones científicas no están aisladas de contextos y de intereses. Necesitamos reconocer que el simple hecho de decidir qué investigar o quiénes lo hacen es una cuestión política [5] y por tanto urge ser críticas/os con la ciencia que queremos y que no queremos desarrollar, respaldar y aplicar. Es fundamental reconocer que la ciencia no solo es política, sino que debe responder y deberse a los pueblos.


  • Bióloga, con una maestría en Ecología, Biodiversidad y Evolución de la Universidad La Sorbona, ecosocialista, feminista, miembro de la Brigada Madre Tierra y de Niñas Malcriadas.

1       Prado, E. A. S., & Amores, A. P. (2010). “Historia de las armas biológicas y el bioterrorismo”. REDVET. Revista Electrónica de Veterinaria, 11 (3B): 1-10.

2       RT (8 de marzo de 2022). “Nuland: ‘Ucrania tiene instalaciones de estudios biológicos y EE.UU. trabaja para prevenir que las fuerzas rusas obtengan ese material’”. Russia Today:

         https://actualidad.rt.com/actualidad/423092-nuland-

         ucrania-instalaciones-estudios-biologicos

3       Marquina Díaz, D., Santos de la Sen, A. & Vicente Sánchez, J. (6 de mayo de 2020). “¿Qué son las armas biológicas? Un recorrido por su utilización a lo largo de la historia bélica”. The Conversation: https://theconversation.com/que-son-las-armas-biologicas-un-recorrido-por-su-utilizacion-a-lo-largo-de-la-historia-belica-136852

4       Martinez-Oliva, B. G. (2020). “Crispr, una herramienta para editar genomas”. Gaceta Médica Boliviana, 43 (2), 179-183. Recuperado en 15 de marzo de 2022, de:

         http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&

         pid=S1012-29662020000200010&lng=es&tlng=es.

5       Ver: Ugalde Soria G, Camila. “Desarrollo integral: ciencia soberana como parte de la respuesta”. Edición Impresa 916 de La Época, del domingo 20 al sábado 26 de junio de 2021.

 

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