diciembre 2, 2022

Unidad de lo popular en Bolivia

Por Boris Ríos Brito *-.


En los momentos de crisis, de sobrevivencia contra el fascismo, por ejemplo, las consignas de unidad del pueblo contra el enemigo común son indispensables para pensar en la posibilidad de una lucha revolucionaria posterior; sin embargo, un proyecto político revolucionario de largo aliento, con horizonte histórico, requiere de acicates más poderosos que hagan carne en las masas populares de indígenas, campesinos, obreros e intelectuales progresistas. En ese escenario, las máximas de El Príncipe de Maquiavelo, sobre todo las paridas en las lenguas liberales, no alcanzan para explicar “la toma del poder” para destruirlo, porque los proyectos de largo aliento nunca son individuales ni irrumpen del pragmatismo de mantenerse en el poder a como dé lugar.

Por eso la unidad popular en la historia reciente del país ha sobrepasado a los liberales de la política y tirado al piso sus cálculos maquiavélicos. Algo que volvió a pasar tras el golpe de Estado de 2019 y la victoria popular de octubre 2020; los efectos de una crisis política solo se han pospuesto y se han transformado en un complejo momento de contradicción. A continuación algunos contra-apuntes.

I

Tras el silencio impuesto por la victoria política, ideológica y material del neoliberalismo desde 1985 hasta el año 2000, una reacción insumisa y popular en Cochabamba fue liderada por la coalición de trabajadores fabriles y campesinos regantes, consiguiendo tras suyo articular sectores populares periurbanos y al grueso de sectores urbanos de ingresos medios, consiguiendo la primera victoria contra el neoliberalismo y abriendo la posibilidad del cambio bajo el método de la forma movimiento. Ahí, contra el fin de la historia y lo liberal, se constituyó una unidad que fácilmente fue dando relevancia a la lucha contra el colonialismo, cuyas voces de lucha marcaron pautas desde la conmemoración de los 500 años de resistencia al colonialismo en 1992.

Esa fuerza creadora, de diálogo de luchas, constituyó un horizonte común que se oponía al capitalismo y al colonialismo. Existe en este proceso una historia de la izquierda que ya en los 90 fue dejando intentos por encontrarse, no en vano un innovador Movimiento Campesino de Bases (MCB) surgía como expresión guevarista, y no como refieren algunos comentarios de un anarco-curioso en uno de sus últimos artículos, donde afirma que la izquierda “nunca estuvo ahí”.

Que el sector indígena y campesino se autodefina como sujeto histórico de la Revolución boliviana haría trastabillar a toda o casi toda la izquierda tradicional que no encontraba al obrero, sobre todo al minero, con el que décadas habría laburado, hecho tendencia y ocupado dirección en sus organizaciones sindicales; y así también desmentimos a nuestro anarco-curioso.

II

Entre los años 2000 y 2005 Bolivia vivió un resurgimiento de la lucha popular, de la idea de revolución, de la fe en la victoria, pero en una gran y compleja diversidad, mientras iba tomando cuerpo una propuesta más clara con el Movimiento al Socialismo (MAS) y el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) que se habían constituido bajo los pilares de la cosmovisión andino-amazónica, la Teología de la Liberación y el marxismo-leninismo-guevarismo y proponían, con el sujeto histórico revolucionario indígena, campesino, obrero y popular, construir el socialismo comunitario. Evo y el MAS, como reflexionaba Adolfo Gilly, en un momento de conflicto y confrontación supieron electoralizar la protesta social y convertir la indignación y la esperanza en votos. Fue efectivamente otro momento, en que la crisis del sistema de partidos políticos, la representación del bloque neoliberal y la propia apuesta neoliberal habían sido derrotadas por la movilización popular. La reivindicación inmediata se tradujo en nacionalización de los hidrocarburos y una Asamblea Constituyente.

Se abría un periodo ciertamente de contradicciones, pero esta vez se tenía una unidad popular legítima y construida en la lucha concreta, que luego no supo enfrentarse contra la lógica y la racionalidad estatales, pero que incluso hoy es latente, porque es el sustento de un poder no estatal y que entonces tenía autonomía o capacidad de poder-hacer.

III

Como lo estatal en 14 años de gobierno fue carcomiendo las capacidades creativas y de poder-hacer de las organizaciones y movimientos sociales, no fue sorpresa que en 2019 no se tuviera la reacción para frenar de forma inmediata al golpismo [1], dando lugar, a causa de muchos factores, a la imposición de un gobierno de facto criminal y corrupto, alimentado por un sentido conservador que añoraba retornar al neoliberalismo.

Como la represión golpista fue tan bestial, como no podía esperarse otra cosa de Murillo y sus asesores y consejeros, surgió de las bases la resistencia popular que, huérfana de sus direcciones habituales, se autoconvocó a movilizarse, efectivamente de forma caótica y a veces con consignas poco claras, pero que tenían la exigencia de la liberación de presos políticos, la no criminalización de la movilización popular, la no restricción de las libertades políticas y la realización inmediata de elecciones.

Tal compleja situación fue aprovechada por ciertos dirigentes sindicales y autoridades que negociaron con el golpismo, pero las cartas ya se habían jugado, y, pese a que el golpismo estaba dispuesto a usar a la Policía, al Ejército y a sus grupos paraestatales para matar otra vez, las condiciones les eran desfavorables internacionalmente en tanto había una atención sobre la sistemática violación de Derechos Humanos en Bolivia.

Las elecciones se llevaron a cabo y repercutió en una victoria popular que, pese a la alucinación de algunos comedidos asesores y analistas políticos, no fue por el binomio, sino por la premisa de recuperación de la democracia, dando la confianza a un proyecto popular que debía recoger el MAS.

IV

La resistencia popular, las penurias de la persecución política, la cárcel y las vidas de quienes fueron masacrados o ajusticiados extrajudicialmente gritan por justicia, pero la que viene de la verdad histórica y paren memoria de un pueblo. No se trata de no seguir adelante, sino de no perderse en lo banal y falso, porque hubo mujeres y hombres que resistieron y arriesgaron todo, incluida la vida, y merecen saber de que el sacrificio no fue en vano. Es hiriente una historia tergiversada o ver que quienes no arriesgaron todo se apropien de una lucha que rehuyeron y no es suya.

En esta Bolivia herida la unidad popular es necesaria más que nunca, pero solo posible en su carácter ideológico. Y me atrevo a presagiar que en el país la unidad popular no se dará en una apuesta liberal, como la que se deriva de la propuesta de la “clase media” como principal actor político o la que se deja seducir por una burguesía indígena.

Queda la posibilidad de que la profunda crisis popular pueda convertirse en la oportunidad de reflexionar, enmendar y reconvertir la energía en disputa en unidad popular bajo un horizonte revolucionario o, en su defecto, que el cálculo político busque nuevas alianzas como con la Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (Cainco), que ya ha advertido que a cambio de sus abrazos y negocios les deben dar más libre mercado y menos Estado.


  • Sociólogo.

1           Un ensayo al respecto y a cuatro manos puede encontrarse en Larraín y Ríos, Reflexiones en torno al golpe de Estado en Bolivia en: https://editorialinti.wixsite.com/libros

 

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