octubre 3, 2022

La Cumbre de las Américas y los Estados Unidos en problemas

Por José Galindo *-.


La Cumbre de las Américas que se avecina es una oportunidad para que el progresismo latinoamericano raye la cancha frente a la potencia más grande de la historia mundial, desde la Alianza del Pacífico hasta la “guerra contra las drogas”, pasando por otros temas como Rusia o la promoción de la democracia, los gobiernos latinoamericanos que emergieron del apoyo popular deben anunciar un nuevo tiempo. No sería la primera vez que se hace un desaire a Estados Unidos en su propio evento.

La Cumbre de las Américas nació impulsada por Estados Unidos, con el paraguas de la Organización de Estados Americanos (OEA), en plena época de hegemonía neoliberal y tras el derrumbe de la URSS y el campo socialista en la Europa del Este. Salvo Cuba, siempre resistiendo al criminal bloqueo yanqui, su primera versión en 1994 se desarrolló en Miami con el concurso de un mar de gobiernos sometidos a la política de Washington. Ese dato es suficiente para comprobar la naturaleza geopolítica de sus encuentros, donde siempre se han impuestos los criterios de la principal potencia militar, diplomática y económica del mundo, por encima de las preocupaciones y problemas propios del resto de los 35 países asistentes.

La IX Cumbre, prevista para junio, camina sobre territorio deleznable. La convocatoria estadounidense que no contempla a Cuba, Venezuela y Nicaragua, ya ha producido consecuencias. Los países del Caribe han anunciado que no irán a la cita y países como México y Bolivia han señalado que en una cumbre de ese tipo no puede haber exclusiones.

Orden en las filas

Su principal patrocinador es la OEA, conocida informalmente como el “Ministerio de Colonias de Estados Unidos”, debido a que el espacio ha sido utilizado por este país usualmente para reafirmar su dominio sobre el resto de Estados ubicados al sur de sus fronteras.

Formalmente, sin embargo, se sostiene que su realización responde al objetivo de acercar a los países de América del Norte con los de América del Sur, bajo la guía de dos principios: democracia y libre comercio; consignas que fueron, durante la década del 90, la máxima expresión de la unipolaridad gozada por Estados Unidos tras la caída de la URSS, con particular rigidez en una región que siempre fue considerada como su patio trasero: América Latina y el Caribe.

La existencia de relaciones de poder desiguales y asimétricas entre Estados Unidos y el resto de los países que usualmente asisten es, por lo tanto, tan inobjetable como indisimulada. Las intervenciones de los presidentes asistentes suelen diferenciarse, sin mucha dificultad, entre aquellas obsecuentes, acríticas y sumisas ante las “recomendaciones” del mandatario estadounidense de turno; frente a la de los díscolos, rebeldes y problemáticos líderes de países no alineados a los dictámenes de Washington. Desde principios del siglo XXI esta última categoría ha sido encabezada por Venezuela, Ecuador, Bolivia y, ocasionalmente, Brasil y Argentina.

Traspié a traspié

Hasta el momento se han celebrado solamente ocho cumbres oficiales y una extraordinaria. La que está a punto de celebrarse en la ciudad de Los Ángeles y que tendrá por anfitrión nada menos que a Joe Biden, quien se enfrenta al desafío de encarrilar nuevamente las relaciones exteriores de Estados Unidos en la región latinoamericana y caribeña, después de la errática administración de su predecesor, Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos carga años pero también muchos problemas. Biden tiene ante sí un contexto aún más problemático del que tuvo que manejar el hombre de la cabellera sospechosa. Desde finales de 2019, la Región ha visto ascender, en algunos casos retornar, gobiernos de carácter progresista y de izquierda, entre los que destacan Argentina, México, Bolivia, Perú y Chile, al mismo tiempo que las dirigencias proderechistas apadrinadas por Washington se debilitan: Colombia y Brasil.

Con todo, se podría decir que si algo ha caracterizado a esta plataforma de coordinación imperial han sido los traspiés y los tropezones. Solamente la primera Cumbre, celebrada en 1994, en pleno apogeo de las rayas y las estrellas, se salva de esta regla. Lo que siguió fue una seguidilla de imprevistos, muchas veces vergonzantes.

  • 2da Cumbre, Santiago de Chile. 1998: comienzan las protestas en contra de la Alianza para el Libre Comercio de las Américas (ALCA), justo cuando el gobierno de los Estados Unidos empezaba a promoverla en la Región.
  • 3ra Cumbre, Quebec. 2001: continúan las protestas contra el ALCA y la globalización neoliberal, al tiempo que comienzan a emerger gobiernos de izquierda en Latinoamérica, tras los perversos efectos de 10 años de neoliberalismo.
  • Cumbre especial, Monterrey. 2004: el modelo neoliberal en la Región entra en crisis, mientras varios gobiernos títeres son derrocados por movilizaciones sociales, tal como sucede en Bolivia, Argentina y Ecuador.
  • 4ta Cumbre, Mar del Plata. 2005: las movilizaciones antiALCA rinden fruto, y el Brasil de Lula da Silva termina por abortar el proyecto de libre comercio, mientras siguen emergiendo gobiernos de izquierda en la Región. Evo Morales ya es figura política a nivel continental.
  • 5ta Cumbre, Puerto España. 2009: diferentes gobiernos de izquierda no solo emergen, sino que se consolidan en la Región. El clima de insubordinación es inocultable. El presidente Hugo Chávez le regala un libro al presidente estadounidense Barack Obama: Las venas abiertas de América Latina.
  • 6ta Cumbre, Cartagena. 2012: Distintos gobiernos latinoamericanos cuestionan algo que debería haberse censurado desde el principio, y demandan la inclusión de Cuba dentro de la OEA. Cuba, en digna respuesta, rechaza todo posible ingreso al “Ministerio de Colonias”.
  • 7ma Cumbre, Panamá. 2015: La marea rosada, como se llamó a los gobiernos de izquierda en la Región, va en retroceso, tras la muerte de Hugo Chávez en 2012. Obama llama a nuestros pueblos a olvidarse del pasado. Aparentemente leyó el libro.
  • 8va Cumbre, Lima. 2018: Trump es presidente de los Estados Unidos, mientras golpes de Estado devuelven a Paraguay y Brasil al eje proestadounidense.

Posibles elementos de discusión de los Estados Unidos con la Región

Es difícil saber cuál será la forma en la que se expresará la relación Estados Unidos y el resto de la Región. El primero quiere restituir a las malas su liderazgo sobre el sur americano. Estos apuestan a mayores niveles de autonomía frente a la potencia en declinación hegemónica.

Estados Unidos no parece tener respuestas concretas para América Latina y el Caribe, y tampoco encuentra la fórmula para resolver su declinación hegemónica ni propuestas para solucionar otros asuntos urgentes dentro de su propio territorio, desde el desempleo hasta la salud. Dados los últimos acontecimientos, es factible suponer que los temas de discusión girarán en torno a los siguientes tópicos:

  1. La posición de los gobiernos latinoamericanos en relación al conflicto militar en el Este de Europa.

Seguramente el asunto más urgente, debido al involucramiento cada vez más decidido de los Estados Unidos y la Organización de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN) en el frente de batalla abierto por Putin.

Algunos gobiernos de la Región se han negado a calificar la movida rusa como una invasión y han asumido una posición de neutralidad, sin dejar de insistir en una salida diplomática, algo que no es de agrado de la Casa Blanca. Postura que no es, sin embargo, unánime entre los progresismos latinoamericanos (como tampoco lo es en la izquierda en general). Chile, Argentina y Perú, en ese sentido, aunque condenen el ataque ruso, no deben olvidar el acoso de la OTAN hacia Rusia que precedió la incursión sobre el Donbás.

  1. La posición de los gobiernos latinoamericanos y su “compromiso” con la democracia.

Se trata del motivo de discusión más recurrente de Estados Unidos en la Región. Los ciclos de conflictividad social que se atravesaron desde finales de 2019 hasta mediados de 2020 fueron la coartada perfecta por mucho tiempo para justificar la injerencia gringa, siempre acompañada de su agente predilecto, la OEA de Almagro. No olvidemos que, durante la realización del Foro Mundial por la Democracia (donde no fue invitada Bolivia), la administración Biden ya dejó claro que seguirán actuando como los regentes de la buena conducta democrática en la Región, a través de diferentes mecanismos de presión que van desde lo diplomático hasta las sanciones económicas.

El discurso estadounidense se cae de maduro al momento de que se le recuerda su participación en los golpes de Estado contra Zelaya en Honduras, Lugo en Paraguay, Dilma Rousseff en Brasil y Evo Morales en Bolivia.

  1. La posición de los gobiernos latinoamericanos frente a la Alianza del Pacífico.

Si de temas prioritarios se trata, este se encuentra seguramente encabezando la lista de preocupaciones de quien sea que ocupe la Casa Blanca.

La guerra comercial desatada contra China ha sobrepasado los límites de la retórica desde hace ya bastante tiempo, llegando a sancionarse a varias empresas chinas que operan en el continente e impulsando un proyecto alternativo a la Ruta de la Seda, por la que correrán los capitales chinos. Ese proyecto es la Alianza por el Pacífico, cuyos cimientos se aseguró de dejar el distante Obama, pero que quedaron truncos por la miopía y las limitaciones evidentes de Trump.

Biden sabe que no hay manera de garantizar el liderazgo de Estados Unidos si no se neutraliza el crecimiento chino (es discutible, sin embargo, si ello es siquiera posible, dado el carácter estructural de la emergencia china), para lo cual debe asegurarse, antes que nada, la lealtad de la Región. Chile, Argentina y Brasil serán posiblemente los gobiernos más interpelados en ese sentido.

  1. La posición de los gobiernos latinoamericanos contra el narcotráfico.

Finalmente, están las drogas, los sospechosos de siempre, que han sido utilizados por los variados gobiernos estadounidenses para justificar sus actos de injerencia en la Región.

A pesar de que se trata del principal consumidor de drogas en todo el planeta y de haber financiado a diversos grupos paramilitares a partir de las ganancias provenientes justamente de la venta de drogas, Estados Unidos todavía creen ser lo suficientemente dignos como para encabezar esta cruzada mundial contra el vicio. El problema está en que el método que emplean para enfrentarse al narcotráfico pasa por el uso indiscriminado de la violencia, que afecta sobre todo a grupos sociales que de hecho no están relacionados al narcotráfico. El ofrecimiento de cooperación militar y asesoramiento tecnológico suelen ser sus anzuelos más comunes. Ya es hora que los gobiernos latinoamericanos cuestionen esta estrategia de lucha que la ha convertido en la Región más violenta del mundo.


  • Cientista político.

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