agosto 12, 2022

Dos días en el país de las mujeres

Por Anahi Alurralde Molina *-.


Gracias a Gioconda Belli ando soñando con el país de las mujeres, donde todas militaríamos en el Partido de Izquierda Erótica.

Ese sueño me visita noche a noche y me deja ansiosa por las mañanas, porque no logro recordar bien los rostros y los diálogos. Por eso lo decidí, no esperaré a que anochezca, hoy voy a soñar despierta.

¡Soñemos con el país de las mujeres!

Imagino calles iluminadas y libres de fétidos olores.

Imagino las calles transitadas por las noches libres de riesgos y miedo.

Hago una pausa y dejo de pensar en las calles.

Empiezo a preguntarme, ¿qué mujeres ya tendrían residencia oficial en ese país? ¿Y yo cómo la obtendría? No, no quiero racionalizar nada, solo quiero soñar.

Primer día…

Empiezo a recorrer las calles de la primera ciudad que visito.

Encuentro a Mary Wollstonecraft en una plaza con mujeres más jóvenes contándoles sobre sus escritos y sus críticas al matrimonio.

Avanzó un poco más y veo a Olimpia Gouges relatando la pesadilla que tuvo con un tal Robespierre, decía: “En el sueño yo le enviaba un carta y él me mandaba a la guillotina”.

Voy a buscar algo de comer y en el restaurante encuentro a Flora Tristán junto a mujeres obreras, logro escuchar que les cuenta sobre su padre peruano y su madre francesa y lo que se siente ser una paria.

Salgo de ahí en busca de un periódico, me dicen que el único existente se llama La Rosa Roja, compro uno, lo leo y encuentro a Rosa Luxemburgo como la editora y columnista principal. Su pluma es clarísima, vierte serias críticas a los países vecinos sobre la acumulación del capital.

En el periódico me entero que habrá una asamblea en la plaza principal, me dirijo a ella. Ahí está Clara Zetkin, anunciando la Internacional Socialista de mujeres rumbo al 8 de Marzo.

Veo a muchas universitarias que finalizada la asamblea se retiran a la universidad, decido acompañarlas, me cuentan que van de prisa porque tienen clase de filosofía existencialista con la docente más rigurosa.

Llegamos al aula y ahí está Simone de Beavouir, con el cabello recogido formado en un moño delicado, la mirada dura y la voz contundente. Me quedo en la clase y me deleito escuchando su exposición sobre el segundo capítulo de El segundo sexo. En medio de la clase hace una pausa para hablar de literatura, se sienta en el escritorio y nos dice: “Escriban su propia historia, por dos razones, primero para entenderse y trascender, segundo para que no venga nadie a contarla por ustedes”.

Termina la clase y cae la tarde, las estudiantes me invitan a la cafetería de la universidad, ahí encuentro a Virginia Woolf hablando sobre cómo habita su cuarto propio y sus alucinaciones con la hermana de Shakespeare.

Por la noche paseo tranquila por el bulevar La Libertad, veo a jóvenes y niñas jugando por las calles, otras mujeres pasan con cerveza o café caliente para apaciguar el viento.

Después de preguntar por varias opciones, elijo buscar el hotel que la mayoría me aconsejó. Las dueñas son una pareja que más que hotel fundaron un refugio para las mujeres que llegan de otros países. Llego al hotel y me encuentro con Kate Millet y Shopie Keir, ellas son las dueñas.

Me reciben con chocolate caliente y mientras me registro me cuentan sobre su relación, me informan que su forma de entender las relaciones entre mujeres se refleja en las políticas del hotel/refugio. Kate se retira primero, me dice que está escribiendo Viajes al manicomio y que en las noches es cuando encuentra más inspiración.

Segundo día…

En mi segundo día en el país de las mujeres, durante el desayuno Kate me recomienda visitar otra ciudad, me dice que está a unas pocas horas, que es casi un deber ir porque es una tierra guerrera; y yo me emociono.

Embarco en el tren, me arropo más porque el frío empieza a penetrar: horas más tarde diviso unas montañas dando la bienvenida.

Arribo en una terminal llamada Alto de Rodillas, voy caminando y me encuentro con un gran construcción que tiene un cartel “Comité popular”, decido entrar y veo de lejos a Bartolina Sisa impartiendo formación política y sindical a varias otras mujeres.

En medio del curso ella les cuenta: “Otra vez recibí carta internacional de ese tal TUPAC, no entiende que no me interesa”, todas se sonríen y dicen en coro: “Claro, muy feo es para vos”… se escuchan muchas risas y la clase continúa.

Sigo recorriendo el Comité y en la parte de atrás hay un salón ancho y frío, están Gregoria Apaza y Juana Azurduy discutiendo acaloradamente por el nombre que le pondrán a ese nuevo ambiente.

Gregoria pedía que se llame “Ayo, Ayo”, Juana abogaba por “Chuquisaca”. Las interrumpo para preguntar: “Disculpen, ¿y cuál sería el uso del salón?”, me responden que será un salón para dar clases de historia.

Caigo en cuenta de la disyuntiva y decido despedirme. Ambas al mismo tiempo me dicen: “Adiós, Waway”.

Salgo del Comité popular y tomo un taxi en busca de un hotel para dejar mis cosas, la conductora me recomienda la Casa Azul, porque es un lugar para comer, leer, beber y además hospedarse. Con esa descripción no me resisto y nos dirigimos ahí.

Llego y me recibe Frida Khalo, la dueña y anfitriona de la Casa Azul, lo hace con un abrazo y un tequila.

Su mirada me intimida y me enternece a la vez, está vestida con una larga falda negra con rosas rojas bordadas, con un huipil rojo sangre que brilla y combina con las rosas blancas y rojas que lleva en la cabeza.

El recorrido hasta la habitación resulta una aventura, porque tengo de acompañantes a muchos perros y monos; no alcanzo a acariciar a todos, los monos se enojan y se van.

A la hora de la comida veo una larga mesa con muchas mujeres, está Manuela Sáenz, Tina Modotti, Adela Zamudio, Yolanda Bedregal, Violeta Parra; y en la cabecera de la mesa Frida.

Hace un brindis por las que llegaron expresando: “En esta casa si llegan con penas en el corazón, las ahogamos con tequila, ¡salud!”.

Mientras comemos, Manuelita Sáenz cuenta sobre un tal Bolívar que vendrá a verla, Adela Zamudio les habla sobre el epílogo de su novela Íntimas.

Violeta Parra intenta relatar un desamor, no puede, no le salen las palabras, le pedimos que cante para mitigar su dolor, empieza cantar Maldigo del alto cielo, fue ahí donde comprendimos cuánto estaba sufriendo.

Para bajar la tensión, Tina Modotti nos toma fotos a todas, retrata la comida y la bebida.

Durante el postre Yolanda Bedregal le pide consejos a Frida sobre el Comité de Literatura Infantil que quiere formar; como a Frida le gustan las niñas, le da algunas sugerencias.

Termina la comida y todas nos retiramos con el compromiso de vernos a las siete de la noche, porque habrá una velada especial.

Por la tarde aprovecho para pasear por el centro, pregunto por el periódico de la ciudad y me dicen que circulan dos: Soledad y desolación y Las letras de los deseos.

Compro los dos, Soledad y desolación lo dirige Marcela Lagarde, el contenido está enfocado al amor, como columnista encuentro a Coral Herrera, quien escribe sobre las mujeres que ya no sufren por amor. En la parte final anuncian que hoy Marcela Lagarde estará en el Círculo de Mujeres en la Plaza Universitaria. Según el reloj, tengo 20 minutos para llegar.

Emprendo el camino mientras hojeo Las letras de los deseos, en él la directora es María Galindo y las columnistas principales son Rita Segato y Silvia Federici. El contenido es muy creativo, es diverso y construido por diferentes mujeres, encuentras arte no canónico, fotografía, política, comida, artesanía, etcétera. En la parte final hay una sección curiosa de sátira y parodia de personajes públicos.

Llego a la Plaza Universitaria y ahí están Marcela Lagarde y Domitila Barrios, ambas van a dirigir el taller de hoy. Hay muchas mujeres, adolescentes, jóvenes, adultas y también ancianas. Me dicen que todas son escuchadas, esa es la razón por la que asisten al Círculo de Mujeres que se lleva a cabo cada dos semanas.

Empieza Domitila hablando sobre el miedo como principal enemigo, surgen muchas preguntas, ella responde con calma a cada una de las compañeras, sobre todo a las ancianas que con arrugas en las manos y canas en los cabellos narran que ellas sintieron miedo toda su vida y que antes de morir quieren soltarlo.

Después de todas las intervenciones, Marcela liga el tema del miedo con la soledad, les pregunta: “¿Cuántas de ustedes le tienen miedo a la soledad?”. Y casi todas levantan la mano.

Y así va transcurriendo una sesión de conversa y escucha muy poderosa.

Veo mi reloj, son las seis de la tarde, debo volver a la Casa Azul. Me acerco a Marcela y Domitila y les digo: “¡Que buen equipo forman, la sabiduría de ambas es un arma poderosa!”.

Llego a la Caza Azul y en la sala principal recién llegada está María Monjas, una poeta que viene con el firme objetivo de hablar de las mujeres de la Casa Azul, porque piensa que nadie hablará de ellas.

Le aviso de la velada que anunciaron, quedamos en vernos a las siete en punto en el patio, nuestra empatía es inmediata.

Finalmente, estamos todas en el patio y Frida presenta a las nuevas anfitrionas que desde hoy dirigirán con ella la Casa Azul.

Ángeles Mastretta y Marcela Serrano, así se llaman las nuevas compañeras, Frida cuenta que las eligió porque ambas gozan de una intuición prolija para entender y sentir las emociones de las mujeres.

Mastretta nos saluda a todas con una sonrisa, exclamando con fuerza: “Que la Casa Azul sea nuestro refugio físico y emocional, para eso he venido, para crear momentos e historias”.

Serrano con un semblante empático nos mira a todas y nos dice contundentemente: “Solo las mujeres salvan a las mujeres”. “¡Salvemos entre todas y de nosotras mismas! ¡Qué viva la Casa Azul!”.

Se escucha el grito unísono: “¡Que viva!”.

Frida, emocionada, aplaude haciendo sonar sus anillos y anuncia: “Ahora que comience la fiesta”.

En eso llega Chavela Vargas, empieza con Macorina, pasa por Sandunga, le pedimos La Llorona y termina con Paloma negra, y es ahí, en ese momento, donde me desbordo de alegría y lloro, lloro mucho, porque sé que es mi última noche en este país.

Para mi despedida todas hacen un ritual de acuerpamiento, cada una prende una vela y me la entregan con un deseo; estoy rodeada del fuego de las velas, que es el fuego de ellas y sus ancestras.

El despertar…

Así imaginé y soñé mi visita por el país de las mujeres, fue corta porque solo visité dos ciudades.

Amé imaginarlas y quiero seguir soñando despierta, con más ciudades de ese país, con otras mujeres maravillosas. Cuando lo vuelva a hacer, prometo volver a contar el sueño.


  • Escritora, feminista y politóloga.

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