julio 3, 2022

Puedes ganar una partida, pero no cambiar el juego

Por Jhonny Peralta Espinoza *-.


Mucho se repite que en una década se creó más de dos millones de nuevos clase medieros en términos de relaciones laborales, o tres millones en términos de capacidad de consumo.

La pregunta pertinente es si ese logro fue suficiente para contar con una militancia dispuesta a defender con su vida el Proceso de Cambio o si, por el contrario, a pesar de tantos clase medieros, el Proceso de Cambio ya estaba solo y no tenía ningún compromiso con la historia.

La historia nos enseña que los movimientos sociales no quisieron ofrendar ni su vida ni su sangre, que la Revolución Democrática y Cultural fue derrotada porque asumió que la democracia era plena y acabada, y que el conflicto social, el pensamiento crítico, el debate político, la politización de las preguntas radicales eran los “enemigos” a quien combatir, cuando precisamente solo esos “enemigos” permiten desafiar y cuestionar esos límites de esa democracia neoliberal. En otras palabras, solo el conflicto social, el pensamiento crítico, el debate político, la politización de las preguntas radicales permiten la expansión democrática, ensanchar los márgenes de vida y libertad de los trabajadores, de las mujeres, de los indígenas, de los negros, de los jóvenes.

Después de más de dos años del golpe cívico militar policial no hay un balance de esa derrota que nos ayude a aprender a partir de la experiencia, y que incluya preguntas sencillas pero radicales, ¿qué ocurrió? ¿Qué se vio y que se vivió? ¿Qué se aprendió? ¿Desde este presente podemos leer ese pasado para abrirnos un futuro?

Si no hacemos el balance no seremos capaces de prevenir nuevas equivocaciones, que de seguro vendrán. Este es el objeto de este artículo, analizar si el Movimiento Al Socialismo (MAS), gracias al voto popular, puede ganar una partida, y si esa victoria le permite cambiar el juego.

Cada revolución que fracasa, ¿qué determinismo niega?

Atravesamos una coyuntura demasiado gris, pero esto no significa que el enemigo duerme, cada día que pasa la conspiración, con olor yanqui y súbditos derechistas, está al orden día; sin embargo, el Proceso de Cambio sigue sin contar con una militancia politizada, todos los intentos de formación política siguen repitiendo el adoctrinamiento, que carece de pensamiento crítico y que demuestra su orfandad de ideas de cambio; ya nadie se acuerda de la Revolución Democrática y Cultural, la democracia intercultural, la lucha contra el racismo y el colonialismo interno, ni del Vivir Bien.

Ese adoctrinamiento que sigue presente no intensifica las prácticas, porque para saber la eficiencia de cualquier formación política se la debe buscar afuera de la formación, en las experiencias colectivas, donde las luchas políticas le ponen nombre a las reivindicaciones y demandas de los pueblos: ¿Las antiguas y actuales formaciones políticas qué demandas han producido en la militancia? ¿Nuestros militantes son críticos, activistas y constructores?

Por los resultados que tenemos en formación política, estos cursos se caracterizan porque se imponen y hechizan, donde los capacitadores hablan claro y son contundentes, pero lo que consiguen es acallarlos, dejarlos sin palabras y sin respuestas a los capacitados. Las formaciones políticas deben servir para comunicar y para interpelar, para elaborar algo al respecto, para aprender a luchar y para crear realidades.

Sabemos que el poder tiene unos efectos en el cuerpo, la formación política también tiene que tener efectos; es como la transformación de uno mismo, así como ocurrió con la contracultura, que consistió en deshacerse de ese cuerpo impuesto y darse otro, capaz de sentir, pensar y hacer distinto. El neoliberalismo igual es un poder que produce y reproduce un tipo de cuerpo: es un sujeto en constante superación de sí mismo y en competencia con los demás, obsesionado por más rendimiento, más productividad, más consumo, más acumulación de capital. Entonces la formación política no se desconecta del mundo, sino que lo habita de otro modo; de lo que hablamos es que con la formación política damos el primer paso de la batalla cultural: habitamos y pensamos el mundo, el país, el Proceso de Cambio de otra manera, miramos y nos relacionamos con las mujeres y los compañeros de trabajo, los amigos, de forma distinta.

Es imprescindible contar con una militancia crítica, compuesta por jóvenes orgánicos del MAS, que cuenten con nuevas herramientas para elaborar una nueva narrativa del Proceso de Cambio que pueda, resignificándolo, proyectarse al futuro. Que tengan la capacidad de narrar lo que está pasando en el país y proponer un programa positivo de cambio social que revitalice el compromiso con el proyecto emancipador gestado en 2006, todo esto desde la acción política, desde donde se pueda construir el sujeto colectivo identificado y comprometido con dicho proyecto. Solo así nuestra militancia tendrá la capacidad de imaginarse procesos transformadores, donde pueda hablar de la injusticia, la falta de equidad, la desigualdad y la inmoralidad, mediante las luchas políticas.

Esta tarea es uno de los eslabones de la cadena para comenzar a ganar la partida, porque hasta ahora la derecha se muestra más eficaz para capitalizar la indignación social y cuestionar el sistema, caso contrario el juego del sistema no se perturbará.

No se trata de pensar cómo hablamos, sino de hablar como pensamos

Los jerarcas del MAS repiten sin cesar que el Proceso de Cambio es antiimperialista, anticapitalista, anticolonialista, pero habría que preguntarse, por ejemplo, si ese antiimperialismo es militar, político o ideológico, y si da sentido a nuestras vidas cotidianas; y aquí es útil referirnos al vínculo entre creencia y práctica, por ejemplo, cuando alguien se reivindica como anticapitalista como creencia, el vínculo con la práctica nos señala que la lucha contra el capitalismo tiene nombre y apellido y en nuestro país se llama Branko Marinkovic, Doria Medina, Orlando Careaga, etcétera, y son contra ellos que deben luchar los que se reclaman como anticapitalistas.

Como estamos viendo, hacer política con verdades abstractas quizás no sea lo recomendable, sino partir desde las creencias justificadas de nuestras comunidades, de nuestro país, y esas creencias justificadas que palpitan en nuestras comunidades tienen que ver con que sus vidas mejoren, que tengan un mayor goce colectivo de derechos sociales, donde la dignidad de nuestros indígenas de tierras altas y bajas, de nuestros jóvenes y niños/as, de nuestros obreros, de nuestras mujeres… gocen de educación y salud de calidad, de un proyecto de vida, de una legislación laboral progresista, de una vida sin violencia machista, etcétera.

En este punto los que se reivindican como antimperialistas o anticapitalistas pueden confrontarme y decir que ser antiimperialista es un deber histórico más justificado que la vida de los pueblos mejore; mi respuesta tiene que ver con varias preguntas: ¿En qué medida ese antiimperialismo multiplica o resta? ¿Ese anticapitalismo ayuda o no a que la vida de la gente mejore? Porque en política lo importante de una consigna o propuesta políticas es que debe responder para qué se la plantea. Entonces, nuestra identidad política, nuestra responsabilidad social será con nuestra gente y con nuestras comunidades, y, por lo tanto, no concebiremos una moralidad como el interés común de la humanidad, sino como el interés de una comunidad condicionada históricamente: nuestro país. En estas condiciones, ser antiimperialista o anticapitalista en nuestro contexto parece que no tiene sentido, a no ser que alguien dé un concepto claro y concreto “qué es ser antiimperialista o anticapitalista”.

Eso sí, todos los hombres y mujeres comprometidos con nuestro Proceso de Cambio debemos estar modelados por la voluntad de sacrificio, por el apoyo mutuo (ayni, minka) y por sentirnos en cualquier lugar como comunidad (ayllu). Esta nueva identidad política nacida de nuestro contexto cultural no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual; el camino del progreso moral de la construcción de esa identidad política en comunidad implica la mayor inclusión de voces, de experiencias, de creencias, que en otras palabras significa escucharnos entre todos y todas en un plano de reconocimiento y respeto.

Una batalla importante de confrontación contra el imperialismo puede ser contar con un país con más salud y educación de calidad, que le permita poseer una moral que responde históricamente a nuestro país; porque si seguimos siendo antiimperialistas de la forma como lo plantean esos jerarcas, con seguridad ganaremos una partida, pero el imperialismo y su juego estarán incólumes.

Tenemos un problema: superar el qué hacer

“¿Qué hacer?” es la pregunta por excelencia del esquema revolucionario clásico, es la pregunta de ese modelo de revolución dominante en el siglo XX, que fue triunfante con la toma del poder, pero fracasada como experiencia de emancipación; entonces, ese esquema instruía lo que tocaba hacer, lo que había que pensar, cómo organizarse, etcétera. Ese modelo de revolución dominante tuvo en Lenin y Mao a sus referentes por antonomasia, porque mediante un renovado imaginario materializado en “la tierra y la paz” de los rusos y “la liberación nacional y la unidad contra la corrupción” de los chinos, contagiaron nuevas costumbres en la vida cotidiana.

Aunque es la tarea más difícil de una revolución, hoy el Proceso de Cambio carece de consignas, refranes, que le den sentido a la vida diaria. Desde hace 16 años el MAS detenta el gobierno, cuenta con un instrumento político, la pregunta del “¿qué hacer?” parcialmente fue cumplida; pero hay la percepción de que no sabemos por qué vamos a luchar, a veces protestamos o nos indignamos, pero con esto no cambiamos nada, seguimos en la posición de espectadores, víctimas de lo que deciden los jerarcas, reducidos a las generalidades, “son de esta línea o de esta otra línea”, pero somos incapaces de poner solución al problema, porque esperamos que alguien lo solucione.

Esto nos sucede porque nos hemos estancado en la pregunta del “¿qué hacer?”, cuando lo imprescindible es preguntarnos “¿cómo hacer?”, que es la pregunta interminable, inagotable. Porque el “¿cómo hacer?” es una pregunta que apuesta por la gente, porque la gente sabe y puede; es contraria al “¿qué hacer?”, que delega en los líderes, que tienen tiempo para pensar y actuar, y que las bases solo pueden delegar a los listos para hablar en nombre del pueblo, reduciendo su rol sobre quienes son mejores para que los represente.

La pregunta del “¿cómo hacer?” abre espacios donde se plantean los problemas propios de la gente, se tejen alianzas inesperadas y se producen nuevos saberes, obteniendo un producto fundamental: aprender a pensar y aprender a luchar; porque, en realidad, no se crea una situación de lucha porque tenemos conciencia o hemos abierto los ojos, sino que luchamos para pensar y abrir los ojos en comunidad, entonces se aprende a luchar para transformarnos y transformar la realidad.

Seguir el “¿qué hacer?” se vio en la historia, ganó algunas batallas, pero al final no pudo cambiar el juego: todo depende de nosotros si queremos patear el tablero.

Quien tiene relaciones de mierda no puede llevar a cabo sino una política de mierda (comité invisible)

Los analistas del MAS, en su estado omnisciente, repiten que la derecha está dividida, que no tiene programa, que su clase media moralmente está colonizada, etcétera. Si la derecha está en esas condiciones, por decir “en la cochina calle”, ¿por qué no basta con que los analistas pisoteen a la derecha para derrotarlos? Pero las cosas no son tan fáciles, ¿por qué la Embajada yanqui regala hospitales y funciones de cine gratuitas? ¿Ofrece visas en El Alto y capacitaciones a líderes jóvenes? ¿Financia la vida cómoda de Conade, Conainde y demás plataformas derechistas? La Embajada no hace filantropía, conspira.

La derecha no tiene más programa que el dinero, y con eso basta para hacer política; cuenta con una masa crítica que le permite aplastarnos en política comunicacional, ¿acaso ese aparato mediático de la derecha no cuenta todo –distorsiona los hechos, imponiéndonos marcos de comprensión e interpretación y, por último, determina una agenda de temas para que solo veamos, leamos y escuchemos lo que la derecha mediática quiere–? ¿Que la derecha está dividida? Todo lo contrario, en 181 años la clase dominante tuvo el dominio del Estado y nosotros solo la dirección del gobierno en 16 años.

Para vencer a la derecha no basta con derrotarla en las urnas, insultarlos, destituir el poder de la derecha es privarlo de su fundamento, de aquello que le convence a aplastarnos, explotarnos, reprimirnos, y es su angurria por más dinero. En otras palabras, el capitalismo triunfa porque es deseable, ¿acaso no hay izquierdistas que han bajado los brazos después de acumular un capital monetario en el Proceso de Cambio?

Si esto no tomamos en cuenta a la hora de reconducir el Proceso de Cambio posiblemente ganaremos algunas partidas, pero el juego seguirá ahogándonos; debemos tomar la decisión de que la economía es política, y si el futuro será cada vez más crítico ha llegado la hora de disputar la querella del excedente contra la clase dominante: tierra, recursos naturales, materias primas. Convencernos de que nunca debemos separar rabia y política, la política sin rabia se pierde en el discurso, y la rabia sin política es puro griterío. Y dejar de echar la culpa de nuestros fracasos a la derecha: dieron un golpe de Estado porque cometimos muchos errores políticos, porque los puntos de apoyo en los que se aprovechó el enemigo estaban en nosotros.

Con franqueza debemos interrogarnos qué queda de izquierda entre nosotros, si somos capaces de reconstruir nuestro instrumento, porque organizarse es actuar según una percepción común, un ideal común, y lo que nos hace falta ahora es una percepción compartida de la situación; sabiendo cómo está la derecha y cómo estamos nosotros encontraremos cómo construir de manera colectiva ese proyecto compartido.

Están totalmente equivocados quienes piensan que la derecha está casi muerta, existen maneras de destruir al enemigo, pero que inevitablemente provocan el retorno de lo que se ha destruido. Quien se encone con el supuesto cadáver de la derecha solo asegura despertar la vocación de venganza de la derecha.


  • Exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka.

Sea el primero en opinar

Deja un comentario