agosto 12, 2022

CHE Guevara: A 94 años de seguir naciendo

Por José Galindo *-.


Pensar en el legado del legendario guerrillero no es inoportuno en momentos en los que Latinoamérica todavía lucha por sacudirse de la espalda al incómodo amigo yanqui que la lleva oprimiendo desde hace más de un siglo. Como teórico de la liberación de los pueblos oprimidos, como revolucionario de tiempo completo o como simple joven con ganas de conocer el mundo, Ernesto Che Guevara sigue siendo una de las figuras más influyentes de nuestro tiempo.

El pasado 14 de junio se celebró el 94º aniversario del natalicio de Ernesto Che Guevara, quien es todavía una figura de gran relevancia para la izquierda global, y particularmente para la latinoamericana y caribeña. Debe ser recordado no solo como un valiente guerrillero, sino también como un teórico de la liberación de los pueblos subdesarrollados, cuyas reflexiones no han perdido vigencia, tiempo en el que el imperialismo estadounidense no se ha hecho ni más sutil ni menos dañino para el desarrollo y bienestar de nuestra gente. Se trata de una ocasión propicia para hablar acerca de su obra y pensamiento.

Una corta pero intensa vida

Ernesto Guevara de la Serna nació en Argentina un 14 de junio de 1928, en el seno de una acomodada familia cordobesa. De salud frágil y espíritu inquieto, pasó la mayor parte de su niñez y adolescencia rodeado de libros de literatura y filosofía. Sufría de asma, y aunque eso no le impidió disfrutar de actividades deportivas, lo llevó a que el Ejército de su país lo declare, irónicamente, “inhábil para la vida militar”. Eso le ahorró tener que atarle los zapatos a un general, como él mismo alguna vez diría tiempo después, sin sospechar en su juventud que terminaría siendo recordado como uno de los más legendarios guerrilleros de la historia universal.

Era, por otra parte, inclinado a la exploración y la aventura, por lo que antes de concluir sus estudios universitarios en la carrera de Medicina decidió emprender su primer viaje por Latinoamérica en 1952 en compañía de su amigo Alberto Granado, que lo llevaría por Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Su siguiente gira por el continente sería en 1953, esta vez acompañado por Carlos Ferrer, y lo llevaría directamente hacia Bolivia, entonces sacudida por la Revolución Nacional, y luego otra vez hacia Perú, para terminar en Ecuador, pasando a la región caribeña, donde estuvo en Panamá, Honduras y El Salvador, para aterrizar, finalmente, en Guatemala, hacia donde fue atraído por otro proceso revolucionario encabezado por Jacobo Árbenz.

Ambos viajes lo cambiaron profundamente, al presenciar las condiciones de miseria y explotación en las cuales estaban sumidas la mayor parte de los latinoamericanos. Los Estados Unidos habían consolidado su influencia sobre esta Región tras emerger de la Segunda Guerra Mundial como la principal potencia económica y militar del planeta, y compañías como la United Fruit Company tenían tanto o más poder que los gobiernos locales, que de hecho controlaban a través de dictaduras militares apoyadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), embarcada en la guerra contra el comunismo y la expansión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Esa era la Latinoamérica por la que se movía Guevara.

Árbenz fue previsiblemente derrocado por un golpe de Estado apoyado por los gringos en 1954, y Ernesto estuvo ahí cuando sucedió. No fue un testigo pasivo del acontecimiento, sino que lo resistió militantemente, por lo que fue expulsado y exiliado a México, donde conoció a Fidel Castro por medio de un amigo mutuo. La simpatía fue casi instantánea y tras compartir una cena el joven doctor acordó acompañar al dirigente cubano en una lucha guerrillera por la liberación de Cuba, presa también de una dictadura militar apoyada por los Estados Unidos. Comenzaron su entrenamiento inmediatamente, y en noviembre de 1956 zarparon hacia la perla de las Antillas a bordo de un yate de precarias condiciones llamado Granma, acompañados de un grupo de 80 guerrilleros.

Su desembarco fue un desastre. Después de siete días de travesía en alta mar llegaron a una pequeña playa para ser sorprendidos por el Ejército de Fulgencio Batista, que acabó con casi el 60% de los expedicionarios. Era el inició, sin embargo, de una gesta de liberación que duraría hasta los primeros días de 1959, y de la cual Guevara emergería como “el Che”, la mítica figura guerrillera. Para que sucediera esto fueron necesarios los viajes previos, las lecturas acumuladas y la experiencia vivida, que llevaron al joven médico argentino a escoger un paquete de municiones sobre un kit de primeros auxilios en su primera batalla.

Guevara asumió los cargos de ministro de Industrias y presidente del Banco Central de aquel país en los primeros años de la triunfante Revolución, pero la vida sedentaria no era adecuada para alguien que había pasado los últimos casi 10 años en los polvorientos caminos del continente. Por ello, en 1964 decidió liderar y formar a un grupo de combatientes para pelear en lo que luego sería la República Democrática del Congo, asediada por las garras de los halcones de la CIA. Ahí trató de instalar una guerrilla que se irradiaría en todo el continente africano, estableciendo las primeras bases teóricas del foquismo. La experiencia fue un fracaso, y tuvo que retirarse en noviembre de 1965.

Su regreso a Cuba fue clandestino, y no permaneció mucho tiempo en la isla. Una vez reinstalado pasó directamente a entrenarse él y un grupo de compañeros para iniciar su última gesta de liberación frente al imperialismo estadounidense en la República de Bolivia, donde llegó en noviembre de 1966. Su estadía acá no pasaría desapercibida por largo tiempo, y una vez que se comprobó su presencia en el país los estadounidenses prestaron todo su apoyo para que el gobierno de René Barrientos –en el poder desde 1964 tras un golpe de Estado– pudiera derrotar a las fuerzas comandadas el guerrillero ahora cubano-argentino. Tras varios meses de combate el Che fue atrapado por el Ejército boliviano, asesorado por militares estadounidenses, el 8 de octubre de 1967, siendo asesinado al día siguiente.

Con su muerte no fueron aniquiladas sus ideas ni menos su figura. Hasta cierto punto se puede decir que ejecutarlo fue una de las peores decisiones que tomó el gobierno estadounidense, pues contribuyó con ello a la consolidación de su leyenda, al colocarle una insignia de heroísmo. Su legado para Latinoamérica es inconmensurable y se puede decir que todavía no hemos visto la totalidad de sus alcances. El Che era más que un guerrillero, se podría afirmar que, además de soldado de la revolución, fue el teórico de la revolución tercermundista, cuyas tesis son discutidas hasta ahora. Su producción intelectual excedió el campo de la teoría, abarcando terrenos como la poesía, la literatura y la historia. Una sucinta pero jugosa biografía de Marx y Engels puede encontrarse hoy en varias librerías del mundo, así como otro libro con sus apuntes filosóficos de juventud.

Como alguna vez dijo sobre él un conocido filósofo francés: “Se trataba de uno de los hombres más completos del siglo XX”, aseveración para nada exagerada.

Forjador de la consciencia latinoamericana

Debemos destacar su rico aporte al pensamiento político latinoamericano, a través de sus reflexiones, escritos y discursos. Algunos de los tópicos sobre los cuales trabajó, con rigurosidad propia de un estadista, giraron en torno a la concepción de lo que era verdaderamente el socialismo, el rol del individuo en una revolución, la necesidad de producir un hombre nuevo que fuera tanto causa como efecto de la transformación social, hasta otros asuntos de carácter más geopolítico e internacional, como la necesidad de una alianza entre los pueblos de lo que en aquella época se llamaba el Tercer Mundo en contra del imperialismo yanqui.

Partamos por lo último: el Che veía en el socialismo el único camino hacia la emancipación de Latinoamérica y todo el Tercer Mundo, encaminado en luchas de descolonización. En ello fue seguramente influido por otro gran pensador africano, Franz Fanón, con quien compartió la idea de un hombre nuevo. Uno de los documentos donde mejor plasma la idea de una unión entre los pueblos oprimidos del mundo es su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, destinado a África, Asia y América Latina, a propósito de la arremetida de los Estados Unidos en contra de Vietnam:

“El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartido por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, así, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista”.

Tal tercermundismo partía de la tesis de que la única forma de liberación de estos pueblos era el socialismo, que no era posible, al mismo tiempo, sin enfrentarse al imperialismo estadounidense, que sometía a la Región no solo con mecanismos militares y diplomáticos, sino también vía dependencia económica, por lo que se lo puede considerar como uno de los exponentes de la Teoría Marxista de la Dependencia, que de hecho se encontraba en pleno proceso de formación en esos años. Su tesis, sin embargo, era más política que académica, y sostenía una posición muy firme al respecto. Así lo podemos ver en el mismo texto de la Tricontinental:

“En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial. La finalidad estratégica de esa lucha debe ser la destrucción del imperialismo. La participación que nos toca a nosotros, los explotados y atrasados del mundo, es la de eliminar las bases de sustentación del imperialismo: nuestros pueblos oprimidos, de donde extraen capitales, materias primas, técnicos y obreros baratos y a donde exportan nuevos capitales –instrumentos de dominación–, armas y toda clase de artículos, sumiéndonos en una dependencia absoluta. El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá, a través de lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una revolución socialista”.

Pero junto a su toma de partido sin dubitación por una alianza socialista de los pueblos del mundo subdesarrollado, proponía otra idea que lo caracteriza hasta el día de hoy: el hombre nuevo y la formación de un nuevo tipo de moral comunista. De hecho, dijo en una ocasión: “El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación”. Sus palabras estaban referidas a la motivación que debía tener el individuo en una sociedad que se proponía superar el capitalismo. Su propuesta consideraba que el aislamiento del hombre en el capitalismo, su soledad, su alienación y no solo su explotación, eran características que se debían tratar de superar en la revolución como una gran escuela de la cual emergería un nuevo individuo, que encontraría su recompensa ya no en el enriquecimiento material, sino en otras formas de motivación. Era un individuo, no obstante, en proceso de construcción. O como él diría en uno de sus ensayos más célebres, “El socialismo y el hombre en Cuba”:

“Intentaré, ahora, definir al individuo, actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad (…) Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas (…) El proceso es doble, por un lado, actúa la sociedad con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación”.

Por todo ello, en este su 94 aniversario por su natalicio es bueno recordar que el legado del Che Guevara se mantiene vigente en América Latina, ahora embarcada en una nueva fase de su proceso de emancipación regional, iniciada a principios de este siglo en los mismos países por los que transitó en su entusiasta juventud.


  • Cientista político.

Sea el primero en opinar

Deja un comentario