agosto 10, 2022

¿Es toda persona de clase media racista?

Por José Galindo *-.


Después de noviembre de 2019, seguramente muchos integrantes de los sectores sociales y del movimiento popular guardarán resentimiento con ese difuso pero omnipresente personaje que una parte de la academia y la opinión pública boliviana ha llegado a conocer bajo el nombre de “clases medias”. Razones no les faltan: evidentemente aquellos que derrocaron al gobierno de Evo Morales, por exclusión, no eran ni indígenas, ni campesinos, ni obreros. Eran personas que habitaban en su mayor parte las principales ciudades de Bolivia, es decir, poblaciones urbanas. Eran también, a juzgar por su discurso y acciones, no indígenas. Más aún, rechazaban esta última identidad como el agua resiste al aceite.

De alguna manera, se podría decir que construían su identidad a partir de la negación del otro, y ese otro era el “masista”, estigmatizado por algún vulgar caricaturista como un indígena de poncho rojo, piel cobriza y facciones andinas: su imaginario social del militante promedio del Movimiento Al Socialismo (MAS). Pero, además, se consideraban predominantemente como eso, clases medias.

No queremos decir por eso que todo sector urbano es de clase media, lo cual sería equivocado, pero sí auscultamos la posibilidad de que todo clasemediero, así lo sea solo en cuanto a su forma de pensar, es un eventual fascista. Puede que no todos los movilizados durante el golpe de Estado de noviembre de 2019 hayan sido de clase media, pero es seguro decir que casi todos estaban movilizados por ideas fascistas.

¿Es toda persona de clase media necesariamente un racista? Pensémoslo. No solo se movilizaron bajo consignas aparentemente democráticas durante aquellos días de octubre, sino que lo hicieron mientras asaltaban físicamente a personas de pollera o rasgos fenotípicos indígenas. Y no solo eso, sino que guardaron silencio frente a las víctimas de las masacres de Senkata y Sacaba, de proveniencia mayoritariamente rural, cuando meses antes proclamaban a los cuatro vientos sus convicciones liberal democráticas, entre las cuales suponemos se encontraban los Derechos Humanos.

Entonces, ¿son todos los clasemedieros de este país unos irredimibles racistas?

No podría atestiguar que toda persona de “clase media” es un potencial fascista esperando a descargar su ira sobre algún indefenso indígena. De hecho, tampoco podría afirmar que si quiera exista la clase media, al menos en Bolivia; pero sí puedo aseverar lo siguiente: después de noviembre de 2019 toda persona que se considere ante todo como clase media es muy probablemente un racista.

Y me baso en un pequeño pero importante hallazgo de una investigación conjunta entre el Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia (CIS) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) titulado “Movilidad Socioeconómica y Consumo en Bolivia: Patrones de Consumo de Sectores Emergentes”. En dicho trabajo se señala que, a pesar de que muchas de las personas que se autoidentificaban como de clase media aceptaban que un indígena podía pertenecer a este sector de nuestra sociedad, “paradójicamente, se percibe un rechazo implícito de los consultados hacia las raíces indígenas. Mientras que el 26% de la muestra se identificó con parte de una nación o de un pueblo indígena, originario o campesino, la mayoría (74%) no lo hizo, lo que podría estar indicando que, a pesar de la inclusión formal producida en el gobierno del MAS, aún quedan huellas del pasado colonial y discriminador que subordinaba o calificaba las raíces indígenas como ‘inferiores’”.

Otro dato interesante: según Daniel Moreno Morales, en “Los bolivianos y sus identidades”, la encuesta del Barómetro de las Américas de 2012, “la gran mayoría de los entrevistados, alrededor de seis de cada 10, se definen como de clase media”, aunque esto no quiera decir, de acuerdo al autor, “que la clase media boliviana sea la más grande en las Américas, sino que a los bolivianos se les hace más fácil identificarse como parte de este grupo relativamente neutro antes que como parte de las clases ‘alta’ o ‘baja’”.

No obstante, a la hipótesis tan amablemente sugerida por este autor, que explica la inclinación de bastantes bolivianos a considerarse de clase media por una suerte de pereza o indecisión, yo propongo otra: quieren llamarse de clase media porque consideran denigrante reconocerse parte de otras clases consideradas como inferiores, sobre todo en un país como Bolivia, donde pobre suele querer decir también indígena. Después de todo, no son pocos los casos, y seguramente muchos conocemos uno, de personas que se han cambiado el apellido con el objetivo de “blanquear” su origen y facilitar su identificación como de clase media. Un ejemplo así se da en la investigación CIS-PNUD respecto a un joven cuyo tío lejano tuvo que cambiarse su nombre no muy “blanco” por otro más occidental que le permitiera ingresar a trabajar en el Congreso.

Entonces, tenemos como primer rasgo de estas “clases medias” el que han hecho de lo indígena su mayor fobia, su rechazo más íntimo, su antivalor más esencial. Como segunda característica constatamos el hecho de que generalmente se sienten superiores por su capital cultural o educativo, reclamando siempre, casi cómicamente, que se los llame por su título profesional: “¿Cómo está licenciado Tito?”, “¿Todo bien ingeniero Pepito?”. O, el más gracioso, “disculpe, doctor Locotito”… “Doctor”. ¡¿Doctor?! Hasta ahora no sé porque se llama doctor a los abogados en Bolivia. Hasta donde recuerdo se les decía así durante los años de la Colonia, cuando se formaban “doctores en leyes”. Pero, eran otros tiempos, ¿no?

Pero bueno… lo que quiero remarcar acá es que para esta clase, o los que creen ser de esta clase o quieren ser de esta clase, además de no tener ninguna pollera en los roperos viejos de la familia, es también significativo contar con un título profesional.

Y hacen de aquel título su más grande logro, aun cuando no lo ejerzan. Y no se equivocan, pues su supervivencia como clase media, en los casos que sí lo son, depende mucho de la defensa de aquel papelito universitario, pues de la misma forma que sucede con las clases populares en Bolivia no hay cómo sobrevivir si no es corporativamente. Así, mientras obreros y campesinos tienen sus correspondientes sindicatos, los doctores, ingenieros, arquitectos, abogados y demás tienen sus corporaciones gremiales como el Colegio Médico, el Colegio de Abogados e incluso, vaya uno a saber, el Colegio de Barberos. Eso sí, se preocupan de no ser confundidos por sindicalistas populares, pues son “profesionales”.

Que sientan orgullo por los años de estudio invertidos para lograr un título no es condenable ni racista (aunque no son pocos los que han falsificado dichos reconocimientos para ingresar a trabajar en el Estado y muchos más lo que estudiaron carreras equivalentes a no estudiar nada, como Ciencia Política), pero sí es reprochable que hagan de la educación un motivo de diferenciación social jerárquica. Afortunadamente los comerciantes populares de algunas zonas de nuestro país ya se han encargado de demostrar a las clases medias que el título no siempre va acompañado de mayores ingresos.

Su tercer rasgo es que estas clases generalmente trabajan en el Estado y han acumulado lo que tienen principalmente gracias a eso, y no a su genio inversor. Esto no sería problemático si no fuera por el hecho de que en Bolivia el acceso a la administración pública siempre estuvo obstaculizado por una serie de filtros, entre los cuales destacan el racismo institucionalizado del Estado, que permitía el ingreso solo a personas provenientes de escuelas de renombre y apellidos bien occidentales. Un desprecio por lo indígena, tanto en términos culturales como étnicos, que se extendió hasta los primeros años de este siglo. Lo cual tiene sentido en un país que lo primero que hizo una vez conquistada su independencia fue restituir el tributo indigenal, para luego confiscar las tierras comunitarias a esos mismos indígenas. En una sociedad como la boliviana, cuyo Estado depende tanto de las rentas producidas por la venta de sus recursos naturales, existen pocas posibilidades de acumulación fuera del Estado.

La administración pública es el mayor baluarte de esta clase, que seguramente ve con malos ojos el ingreso de personas provenientes de las áreas rurales, como sucede bajo el MAS, así estas contasen con un título o con más compromiso social. De todos modos, lo central acá es que el Estado ha sido casi siempre una fuente de ingresos monopolizada por los sectores urbanos, de clase media y alta, excluyendo de dicha administración a personas provenientes de áreas rurales, con apellidos considerados “muy indígenas” y rasgos fenotípicos no ajustados a los de Occidente. Y dentro del Estado los más racistas entre los racistas, los más conservadores entre los conservadores, son los policías y militares, quienes fueron, a la postre, los que verdaderamente ejecutaron el golpe de Estado de noviembre y masacraron, sin pensarlo dos veces, a las víctimas de Senkata y Sacaba.

Con todo esto queremos decir que en Bolivia la misma existencia de la clase media implicó el funcionamiento de una serie de instituciones intrínsecamente racistas que el gobierno de Morales no pudo o no quiso desmontar. Su existencia misma es un acto de racismo, pues implicó, desde el principio del país como Estado independiente, la exclusión y explotación de indígenas. Las elucubraciones del exvicepresidente Álvaro García Linera respecto a una supuesta “nueva” clase media de origen popular no eran más que, en el mejor de los casos, una ingenuidad deseosa de suplantar los hechos por aspiraciones.

Incluso aceptando la existencia de una “nueva” clase media, esta no sería menos racista que su par “tradicional”. Su racismo es tan explícito, tan vulgar y tan obsceno que no pierde oportunidad alguna para mostrarse descarnadamente. En 2004 una modelo boliviana que concursaba en miss universo aclaraba a sus jurados que en Bolivia no todos eran morenos y bajitos, sino que también había otra Bolivia donde la gente era alta, blanca y hablaba inglés. A pocos días de iniciada la cuarentena otra modelo (no es de sorprender) ofrecía dinero a la familia que demostrara ser más pobre: ¡Un concurso de pobreza! Y hace un par de años un personero del gobierno de Áñez, cuyo primer acto simbólico fue quemar la whipala y meter la Biblia en el Palacio de Gobierno, como si fuera un sagrado supositorio, aclaraba a los medios que él no podía ser masista porque era “churco y de ojos verdes”. Si el gobierno de Áñez fue producto de una movilización de clase media, por favor, alguien explíqueme cómo es que esos actos no revelan que fuera un gobierno racista impuesto por una tropa aún más descaradamente racista.

Un racismo que, no me canso de remarcar, radica en la negación de lo indígena y la fetichización de lo blanco. No importa si muy blanco o un poco blanco, pero blanco. Son tan racistas que de hecho miden su superioridad frente a otros bolivianos por el grado de melanina en el cuerpo de los otros. A mayor nivel de melanina, más indígena, por lo tanto “inferior”; y a la inversa, a menor nivel de melanina menos indígena, por lo tanto superior. Un degradé de jerarquías que muy bien se podría ajustar a los días de la Colonia.

En efecto, si uno se cruza con una persona que lo primero que haga sea destacar su lugar como clase media recomiendo hacer lo siguiente: asentir con un movimiento de cabeza claramente afirmativo, mientras cierra los ojos como si se hubiera señalado algo estúpidamente obvio, y seguir caminando. Si esa persona hace alguna referencia a su fisonomía resaltando algún rasgo fenotípico “occidental”, hágase a un lado y camine más rápido, pues puede que se acabe de topar con un racista de convicciones hitlerianas.


  • Cientista político.

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