septiembre 28, 2022

Rompe el mapa el filo del machete: el internacionalismo de los Sin Tierra (Segunda parte)

Por  João Pedro Stedile *-.


De la Alianza Bolivariana a la Asamblea Internacional de los Pueblos

Hay un hilo conductor que va desde la Campaña de los 500 años, pasa por la campaña del “No al ALCA” y abreva luego en lo que hoy es la Articulación de Movimientos Sociales hacia el ALBA. Fue por esos tiempos que varios compañeros sostuvieron una reunión histórica con Hugo Chávez en Barquisimeto, en donde comenzó a tomar cuerpo esa metamorfosis desde el rechazo al ALCA hacia la construcción de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA).

En su generosidad, Chávez quería contemplar nuestra articulación de movimientos populares dentro del organigrama formal del ALBA, para que tuvieran más protagonismo, de igual a igual con los gobiernos. De hecho, la propuesta original incluía tres consejos: uno de presidentes, uno de ministros y uno de dirigentes de movimientos populares. Pero luego de un año nos dimos cuenta que eso era inviable. Nicolás Maduro, que por entonces era canciller, nos ayudó a ver los problemas que eso traería: ¿Qué pasaría si movimientos de la articulación iniciaban acciones de fuerza contra gobiernos que el ALBA quería incorporar en su alianza? Esto podría generar tensiones, sobre todo en donde los movimientos son muy dependientes de las estructuras estatales y gubernamentales. Decidimos aprender de los errores del pasado y no transigir aquella autonomía para luchar. De ahí surgió entonces el ALBA-TCP como articulación estatal y comercial, mientras que las organizaciones populares conformamos ALBA Movimientos: fue una suerte de divorcio necesario, mutuamente provechoso.

Además, Chávez quería conformar una Quinta Internacional. Pero en aquellas conversaciones insistimos en que diferentes sectores, los partidos comunistas, la Tercera Internacional, los trotskistas, los estalinistas, todo el mundo se sublevaría. Finalmente, Chávez se convenció de dejar de lado el nombre y los movimientos seguimos las conversaciones para crear lo que hoy es la Asamblea Internacional de los Pueblos (AIP). Esta nació de la confluencia del cauce de muchos ríos y de la sabiduría colectiva de ir construyendo un mapa. Hasta entonces teníamos la radiografía completa de las Américas y de buena parte de Europa, pero aquella estaba aún muy cerrada: sindicatos que se encontraban con sindicatos, partidos con partidos, jóvenes con jóvenes, etcétera.

Otro tanto provino de las relaciones de La Vía Campesina, de su secretariado internacional, que conocía muchas organizaciones y manejaba numerosos contactos. También existía como plafón un conocimiento personal de las dirigencias, lo que influye y mucho; tienes que tener una confianza personal, saber si el otro dirigente es representativo de sus bases, si no es un charlatán, si va en serio. Nunca se trató de una articulación de membretes, de siglas. Era necesario construir una identidad común: la plataforma es importante, pero no alcanza por sí misma.

El otro camino fue la experiencia del Foro Social Mundial (FSM). Entre las ocho organizaciones que lo impulsaron estaban el Movimiento de los Sin Tierra (MST), la Central Única de Trabajadores de Brasil, las ONGs, los europeos, etcétera. Nosotros promovimos una asamblea mundial de movimientos populares y lanzamos la convocatoria a lo interno del Foro, pero no cuajó porque muchas personas no eran militantes, tenían una lógica oenegeísta, y porque las asambleas, sin criterios de delegación ni agenda definida, resultaron algo anárquicas, sobre todo después de 2009. Y sin embargo el FSM fue un antecedente importante que amplió nuestro mapa y fue sedimentando ciertas confianzas políticas. También fueron importantes las conferencias sobre “Dilemas de la Humanidad”, organizadas como un espacio para compartir visiones y propuestas estratégicas sobre el futuro.

Los caminos que confluyeron en la AIP fueron múltiples, y a través de ellos fuimos forjando alianzas que nos llevaron hasta Asia y sobre todo hacia regiones de África, de la que lo ignorábamos casi todo, salvo en el caso de algunos países de lengua portuguesa. En todo este proceso se fue fraguando una identidad política, una unidad programática y una confianza humana.

Una cuestión de principios

Los campesinos somos iguales en todo el mundo. También los trabajadores. ¿No decía ya el Manifiesto Comunista que debíamos unirnos? El internacionalismo no es para nosotros caridad, ni tampoco propaganda. Es un principio, y en él se enmarcan todas las acciones prácticas del MST. Así emergieron las campañas de solidaridad con los que quizás sean los dos pueblos más resistentes del mundo: el cubano y el palestino. Luego sobrevino la Revolución bolivariana de Venezuela e intentamos practicar con estos países un internacionalismo de doble vía, de dar y recibir, de aprender y enseñar. Luego insertamos estas preocupaciones en nuestras publicaciones, en la formación de nuestros militantes y en la creación de un Colectivo de Relaciones Internacionales que pudiera dar organicidad a esas ideas.

En general, en la tradición de izquierda se nombraba secretario de Relaciones Internacionales a un tipo que se pasaba toda la vida volando de un país a otro. Recuerdo a un dirigente al que el pasaporte solo le duraba un año, porque en ese tiempo llenaba de sellos todas sus hojas. Solo él era un “internacionalista”. De esos errores aprendimos e impulsamos la estricta división de tareas, la rotación de militantes y dirigentes en las tareas internacionales, la paridad de género, la diversidad generacional: sin demoras y sin excusas. Todo esto nutre al movimiento de la práctica y la experiencia del internacionalismo, y no solo a dos o tres elegidos.

También dimos un carácter internacional a la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF). Siempre hemos dicho que el MST es solo su celador, quien custodia la llave. Pero los programas, los estudiantes, los profesores, todo es patrimonio de la clase trabajadora internacional. La ENFF siguió el mismo recorrido: al principio venían solo campesinos y se fueron sumando otras articulaciones y numerosos países, en cursos en español, portugués, inglés y, antes de la pandemia, con un curso internacional en francés para la formación de formadores y formadoras.

Luego surgieron las experiencias de las brigadas internacionales, algo que por supuesto no fue un invento nuestro. Nosotros solo retomamos una experiencia histórica y la multiplicamos a solicitud de diversos países y organizaciones. Siempre procuramos recordar a los militantes que preparamos para estas experiencias que deben abrir los ojos y los oídos, que no van a enseñar nada, sino a aprender muchísimo. Además de que la presencia física y el desarrollo de tareas es ya una demostración de solidaridad concreta, las brigadas son un curso intensivo de formación de cuadros. Quien pase años en Haití, Venezuela, Cuba, Sudáfrica o Zambia ya no volverá a ser el mismo. Contará ahora con la experiencia de otro idioma, de otra cultura, con una visión más plural de la realidad. Se tornará a su regreso más comprometido, más flexible, más reflexivo y menos sectario.

Llegamos a tener una brigada en Timor Oriental, un país al otro lado del mundo que pocos podrían señalar en el mapa, compartiendo una metodología de alfabetización de adultos. Podríamos mencionar también la experiencia de nuestra editora Expressão Popular, que siempre sostuvo una colección de temas internacionales. Y cómo no evocar la experiencia cubana de la Escuela Latinoamericana de Medicina y de la Operación Milagro, herencias alentadoras de Fidel Castro que siempre alumbraron el camino.

Lo importante es que en todos estos procesos, que hacen parte ya de la historia larga del internacionalismo, siempre sostuvimos la voluntad política de encontrarnos, de tejer alianzas, de practicar un internacionalismo concreto, fraterno, solidario, militante, sin iluminismos ni sectarismos. Nuestra divisa siempre fue jugarnos, no tener miedo de crear y, sobre todo, nunca dejar de conspirar.


  • Fundador del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil (MST).

*       Este texto es un adelanto del libro Internacionalistas, coordinado por Gonzalo Armúa y Lautaro Rivara y editado en 2022 por Batalla de Ideas y el Instituto Tricontinental de Investigación Social.

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