abril 20, 2024

José Martí, nuestra América y el equilibrio del mundo en el siglo XXI

Por Julio A. Muriente Pérez -.


Compatriotas:

Agradezco el privilegio que me ha sido concedido de poder dirigirme a ustedes en esta V Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo “Con todos y para el bien de todos” [1].

Quiero dedicar estas palabras a una compatriota que ha encarnado el espíritu martiano en su dimensión más trascendental y comprometida; quien ha creído de veras que –como bien nos dice la poetisa Lola Rodríguez de Tio– “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”; quien tuvo la osadía de penetrar en lo más profundo de las entrañas del monstruo para defender por muchos años la dignidad y el decoro de la Revolución cubana; quien ha pasado más de dos décadas en las cárceles imperiales, sometida a imperdonables vejámenes, con la frente en alto y los principios bien plantados; quien, para alegría nuestra, acaba de salir de prisión el pasado 8 de enero y quien requiere de nosotros y nosotras la solidaridad mayor, el cariño mayor, el reconocimiento mayor. Me refiero a la puertorriqueña Ana Belén Montes, quien con su ejemplo extraordinario nos inspira hoy a continuar la lucha por la libertad y la justicia.

A ti, querida Ana Belén, dedico estas palabras.

Asimismo, dedico estas palabras a quienes luchan por la independencia y la justicia social en Palestina, Las Malvinas y la Patria Saharaui.

Compañeras y compañeros, me encontraba aquí, en este mismo lugar, el 28 de enero de 1983; hace exactamente 40 años. Ese día se conmemoraba el aniversario 130 del natalicio del Apóstol, José Martí. Había llegado a La Habana varios meses antes, designado por el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) como delegado de la Misión de Puerto Rico en Cuba.

Recibí una invitación del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) para participar en el evento que se efectuaría en homenaje a Martí. Para mi sorpresa, se me pidió que presentara una ponencia. Me asignaron un asesor, el querido y recordado compañero y amigo Ramón de Armas, escritor e historiador distinguido. Con la ayuda y el rigor de Ramón, escribí unas cuartillas atrevidas y las leí ante la multitud; confieso que con el rubor del iniciado en asuntos mayores.

He regresado a este lugar, 40 años después; como quien visita altares, a rendir honores y a reafirmar principios y convicciones. Convencido de que Martí sigue siendo fuente inagotable de ideas y propósitos para quienes seguimos dando la batalla en el siglo XXI, con el mismo entusiasmo. Y con más entusiasmo.

Hermanas y hermanos, el Artículo primero de las Bases del Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado por José Martí el 10 de abril de 1892, establecía que este se constituía, “…para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

Cuba y Puerto Rico eran entonces las dos últimas colonias que poseía España en América. A pesar de los esfuerzos del Libertador Simón Bolívar en el frustrado Congreso Anfictiónico de Panamá, celebrado del 22 junio al 15 de julio de 1826 y concebido por este para la creación de una confederación de los nuevos países nuestroamericanos, intereses particulares de diverso signo impidieron que, entre otras cosas, se coordinara una expedición naval para expulsar a España de esas islas antillanas.

Hace varios años el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, llamaba la atención de que en nuestra América no estábamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Que lo que acontecía en nuestros pueblos implicaba transformaciones profundas y radicales que dejarían atrás la situación reinante. Que no eran eventos circunstanciales o pasajeros. De igual manera y en un momento precedente, Martí hablaba de una época nueva, que se forjaba progresivamente.

En efecto, tras la victoria militar de las 13 colonias norteamericanas contra el Imperio británico en la guerra de 1776 a 1783; y, años más tarde, tras la victoria del pueblo haitiano contra el Imperio napoleónico el 1 de enero de 1804, se inició en América un cambio de época: la del nacimiento de nuevos países independientes que irían dejando atrás varios siglos de colonialismo.

El 9 de diciembre de 1824 las fuerzas independentistas al mando del general Antonio José Sucre derrotaron definitivamente a los ocupantes españoles en Ayacucho. Esa gran batalla, concebida bajo la egida del Libertador Simón Bolívar, representaría el fin casi total de la presencia del Imperio español en América.

Tanta trascendencia tendría aquel hecho para el Libertador, que anticipándose a la victoria definitiva convocó al Congreso de Panamá dos días antes, el 7 de diciembre de 1824, en su afán de avanzar hacia la unidad de las naciones latinoamericanas.

Sobre la gran victoria de Ayacucho diría el Libertador: “La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza”.

En ese mismo momento histórico se dio un hecho cuyas consecuencias duran hasta nuestros días.

Casi exactamente un año antes de Ayacucho, el 2 de diciembre de 1823 –este año se cumplen dos siglos– el entonces presidente de los Estados Unidos, James Monroe, ofreció un mensaje al Congreso de su país, en el que esbozó la política exterior de su gobierno. Los Estados Unidos, que habían surgido de la lucha anticolonial, iban degenerando en un país expansionista y agresivo, según ellos legitimado por el “destino manifiesto”, es decir, por la gracia divina. A aquella política exterior se le denominó Doctrina Monroe. En un principio presentaba una fachada anticolonialista, de enfrentamiento a las pretensiones europeas de reconquistar sus colonias en América. La consigna de “América para los americanos” encubría, como hemos podido constatar durante los pasados 200 años, sus verdaderas intenciones de engullir todo un continente y el planeta entero.

“El hemisferio todo nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, por la virtud de la superioridad de nuestra raza”, afirmaba sin ruborizarse el entonces presidente de los Estados Unidos, William Taft, en 1912, ya en pleno expansionismo imperialista.

Siendo así que durante las primeras tres décadas del siglo XIX avanzó con fuerza el cambio de época del colonialismo a la primera independencia y, a la misma vez, se sentaron las bases para ese otro cambio de época, regresivo y amenazante, el del surgimiento del imperialismo moderno y la dominación neocolonial.

Desde las colonias antillanas que no habían alcanzado su independencia surgirían personajes con extraordinaria capacidad interpretativa y compromiso revolucionario, para entender plenamente y advertir sobre el proceso que se había ido dando durante ese siglo; para enjuiciar el rumbo demasiadas veces errático de los países independientes de nuestra América, así como para denunciar con fuerza las intenciones cada vez más evidentes y desenfadadas de la otra América. Primero que todos, José Martí.

Un acercamiento a la vida y obra de Martí, a su intenso trabajo propagandístico, a su capacidad como estratega político, como ideólogo, pensador y organizador, como independentista, republicano –no la república de 1776, 1789 o 1830, sino la república nueva de los albores del siglo XX– y revolucionario, nos permitirá comprender la trascendencia de esa gran coyuntura que acaecía en las postrimerías del siglo XIX, que representa un esfuerzo enorme en el cambio de época iniciado en las postrimerías del siglo XVIII –la del fin progresivo del colonialismo– y a la vez la consolidación del otro cambio de época que nos ha tocado enfrentar a los pueblos del Tercer Mundo durante los siglos XX y XXI, el del desarrollo del imperialismo moderno encabezado por los Estados Unidos.

Le correspondería ser a Martí, como bien ha indicado el distinguido martiano don Pedro Pablo Rodríguez, “…un hombre del mundo colonial y subdesarrollado en una coyuntura de tránsito notable del sistema capitalista”.

Al triunfar la Revolución cubana el 1 de enero de 1959 se inició otro cambio de época, que se plantea como gran objetivo la segunda y definitiva independencia de nuestros pueblos, la misma que había preconizado el Apóstol ya en 1889. Esta a su vez estuvo precedida históricamente por el triunfo de la Revolución rusa –primera revolución socialista– en 1917. Se trata, en esencia, de forjar una república nueva, decididamente antiimperialista. Una república en la que se va haciendo realidad la máxima cimera: “Con todos y para el bien de todos”.

No debe pasar inadvertido que el principal antecedente de la lucha revolucionaria en Cuba antes del triunfo del 1 de enero de 1959 fue el ataque al Cuartel Moncada; y que, en palabras de nuestro inolvidable Fidel, aquella osada acción fue protagonizada por quienes él llamó la “Generación del Centenario”. Es decir, la generación del centenario del natalicio de José Martí.

Aquella acción –militarmente fracasada, políticamente victoriosa– se dio por sobre todas las cosas inspirada en la vida y el ejemplo del Apóstol, como continuidad directa del Grito de Baire del 24 de febrero de 1895, cuando dio inició la Guerra Necesaria; y aun desde antes, desde el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868. Guerras que, como sabemos, tampoco alcanzaron su objetivo libertario.

Mientras tanto, Puerto Rico se mantiene como un remanente anacrónico del cambio de época independentista iniciado en las postrimerías del siglo XVIII y en los primeros años del siglo XIX. Por su parte, Haití, que hace más de dos siglos abrió la brecha libertaria nuestramericana, ha sido conducida a la miseria y la desesperación, pagando el precio terrible de ser vanguardia histórica; como también lo ha pagado Cuba revolucionaria para prevalecer durante los pasados 64 años.

Puerto Rico asume a Martí, como pocos pueblos, en primera persona, con la intimidad inevitable de una de aquellas dos Antillas españolas con cuya independencia se abriría camino al equilibrio del mundo y que eran el primer muro de contención frente al imperialismo que amenazaba ayer como amenaza hoy en nuestra América. Le asumimos de la misma manera, con el mismo amor y compromiso con que Martí asumía a Puerto Rico. No por casualidad son similares nuestras banderas. No por casualidad los creadores de la nuestra, el 22 de diciembre de 1895, marcharon luego presurosos a la lucha y a la muerte gloriosas en la manigua, por la independencia –el gran denominador de nuestros sueños– de las dos islas, que para Martí como para Betances eran una sola.

Hoy Puerto Rico y Cuba siguen siendo ese muro de contención, enfrentando desde la Revolución y desde la lucha anticolonial al enemigo del Norte. Seguimos siendo la utopía del porvenir que se va haciendo carne. Porque en nuestras islas y en nuestro Caribe se sigue decidiendo la independencia nuestramericana, solidaria y antiimperialista, y ha de abrirse palmo a palmo un proceso equilibrador en América y el mundo.

Coinciden en pugna irreconciliable el cambio de época que arranca con la Revolución cubana y se va esparciendo por nuestra América, el anacronismo colonial de la nación caribeña y latinoamericana que es Puerto Rico –más de 529 años sin un instante de libertad– y el cambio de época imperialista iniciado a finales del siglo XIX, contra el cual luchamos hoy y que muestra señales históricas de decadencia en el siglo XXI.

En el siglo XXI le ha correspondido a América Latina y el Caribe ser el escenario principal de luchas diversas, complejas y contradictorias, todas ellas enfrentando desde sus singularidades la pretensión imperialista de que prevalezca el desequilibrio del mundo. La gran inspiración ha sido Cuba. Y con Cuba, Martí.

Vamos descubriendo una suerte de presente continuo, de eslabones que se van juntando influenciados por una misma fuerza inspiradora; que ayer es hoy, y hoy es el porvenir.

Desde la dimensión nuestramericana, 1892, 1895, 1898, 1953 y 1959 constituyen una gran aportación hacia la gran utopía, el equilibrio del mundo. Como lo constituyen también los procesos políticos, sociales y humanos que van ocurriendo en esta región del planeta desde hace un cuarto de siglo. Sobre todo a partir de la victoria electoral del querido presidente Hugo Chávez Frías en Venezuela en 1998 y la fundación de la República Bolivariana de Venezuela.

Ha de ser el equilibrio que forjen la solidaridad, la libertad, el respeto a la autodeterminación e independencia, la paz, el amor a la vida y la hermandad entre nuestros pueblos; que dé fin al desequilibrio existente entre los débiles, los pequeños y los explotados de una parte, y los grandes, poderosos y explotadores de otra.

Somos conscientes de que al igual que en 1898 y siempre, las fuerzas retardatarias de la historia intentarán impedir que ese proceso avance. Sabemos que el quiebre del desequilibrio planetario prevaleciente significa el enfrentamiento a muerte contra fuerzas fabulosas, agresivas y promotoras de la guerra y la explotación.

Somos conscientes también de que el avance de los grandes valores y propósitos que han de distinguir en el futuro –que va siendo presente–, ese equilibrio americano y mundial que incansablemente nos predica Martí, es extraordinariamente accidentado. Que nuestras luchas en el siglo XXI arrastran las consecuencias nefastas de la Revolución Industrial y el desarrollo del capitalismo con el calentamiento global y el cambio climático, que ya golpea a muchos pueblos. Que las fuerzas del fascismo y la guerra se reagrupan y atacan sin piedad, con el afán de retrotraer a la Humanidad a tiempos tenebrosos que se pensaban superados. Que los tambores de guerra no dejan de sonar y la explotación y el saqueo planetario campean por sus respetos.

En muchos sentidos Martí representó para nuestros pueblos en las postrimerías del siglo XIX lo que Bolívar representó en las primeras tres décadas de ese mismo siglo. Ambos, con sus muertes prematuras y sus vidas trascendentales, merecen el título de Libertadores y Apóstoles.

Por eso, nosotros y nosotras nos proclamamos hoy martianos y bolivarianos. Porque ahí están ambos hoy… vigilantes y ceñudos… calzados aun las botas de campaña en el siglo XXI. Porque Martí y Bolívar tienen mucho que hacer en esta América nuestra y en el mundo. Porque son el presente y el futuro.

Somos optimistas. Tenemos la capacidad, la voluntad y la necesidad de edificar un mundo mejor. Como el río que traza su ruta desde la escorrentía dispersa en la alta montaña hacia sus interminables sinuosidades en el llano hasta llegar al mar, nuestros pueblos trazan cauces diversos y también llegarán al mar de la libertad.

¿Cuándo? Cuando lleguemos. Pero, nadie lo dude. Llegaremos.


  • Copresidente Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

1   Ponencia pronunciada en la V Conferencia Internacional Por el Equilibrio del Mundo “Con todos y para el bien de todos”, realizada entre el 24 y 28 de enero de 2023 en La Habana, Cuba.

 

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