junio 16, 2024

La larga lucha del feminismo contra el capitalismo

Por José Galindo *-.


La celebración 8M es un buen momento para ensayar una cartografía más precisa del plano cartesiano ideológico en Bolivia y a nivel mundial. Aunque en términos concretos tanto partidos conservadores como progresistas comparten casi siempre prejuicios machistas en su práctica política cotidiana, no escapa a la atención de nadie que las nuevas derechas radicales que se extienden por el mundo entero tienen ciertos rasgos comunes en cuanto a su posición sobre temas como la emancipación de los sexos, el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo o la abolición de los roles de género heteronormativos: un rechazo acrítico y taxativo de todas estas discusiones y otras similares bajo el difuso rótulo de “ideología de género”, que condenan en la misma medida que profesan un racismo fundamentalista y un anticomunismo militante.

El misógino promedio suele ser un simpatizante y seguidor activo de la ultraderecha. Cree en las mismas conspiraciones y comparte iguales mitos, si no es que asiste a la misma iglesia que los partidarios del trumpismo en cualquiera de sus versiones, incluyendo las criollas. Por ello, no es casual que su comportamiento político y sus acciones en general coincidan en Washington como en Brasilia o en La Paz. Tal vez un efecto inevitable del adoctrinamiento de masas que hoy hacen posibles las redes sociales mucho más de lo que hubieran temido los orwellianos más distópicos del siglo pasado. No es que todos se hayan descargado equis manual de instrucciones para ensayar sus respuestas frente a los micrófonos de los reporteros, sino que concurren, atraídos por quién sabe qué fuerzas, a las mismas comunidades virtuales en la red, para luego coincidir en las manifestaciones que rechazan el uso de vacunas o el derecho al aborto.

Y probablemente aquello es lo más preocupante. Ante la ausencia de estructuras partidarias que se encarguen de formar políticamente a sus seguidores, pero en observación de ciertos dogmas propios de formalidad democrática burguesa, los actuales miembros del movimiento reaccionario a nivel global no necesitan del mismo proceso de socialización que permite cultivar lazos de compañerismo y solidaridad que sí son necesarios en el ámbito de la izquierda, que no puede siquiera organizarse sin sólidas estructuras partidarias, sindicales o, en suma, de acción colectiva directa. Pero las redes sociales no pueden ser responsables de la actual manifestación de racismo, chauvinismo y machismo extremo, que coinciden como si fueran parte de un algoritmo diseñado por las transnacionales de la economía digital. En realidad, son una reacción natural al desarrollo que ha ido teniendo la lucha de clases en las últimas décadas, que han visto el desgaste tanto del capitalismo como del imperialismo estadounidense a causa de los estragos producidos por el dogma neoliberal.

Por ello, los derechistas de hoy rechazan todo proyecto orientado hacia la igualdad de la especie humana, en cualquiera de sus campos, desde el feminismo más light hasta el multiculturalismo más tímido, como si su sola mención provocara una reacción alérgica para el sistema de dominación en general. Aquello hace que feministas, descolonizadores y anticapitalistas sean parte de un mismo frente, así estos no quieran admitir que forman parte de un solo campo, como sí se dan cuenta en el lado enemigo.

Los seguidores de Donald Trump, Jair Bolsonaro y Luis Fernando Camacho tienen la capacidad de percibir al enemigo a partir de realidades muy distintas, como si compartieran los mismos ojos, cruzando fronteras no solo geográficas, sino también de clase. Los más desheredados y pobres entre los pobres, a los que se suele llamar lumpen proletariado, terminan creyendo que forman parte, o que podrían llegar a hacerlo, de las filas de las burguesías transnacionales más poderosas, olvidando no solo que no viven en los Estados Unidos, sino que habitan justamente al otro lado de sus sueños: en el Tercer Mundo.

Por ello la reacción a cualquier medida mínimamente progresista es de absoluto rechazo no solo por parte de los partidos políticos de la derecha, sino además de los gremios de profesionales de la salud, la educación y la justicia. De la misma forma que todos los trumpistas comparten las mismas fobias; la Justicia, la Escuela y la Iglesia comparten el mismo libro. Así, una reforma de la malla curricular choca con el pudor de profesores y padres de familia que consideran que hablarles a los niños sobre los riesgos del abuso sexual equivale a promoverlo, aunque sin atención alguna de evitarlo. Como los doctores y doctoras creen que una mujer mayor de edad y en pleno ejercicio de su consciencia no tiene derecho a decidir no ya si aborta o no, sino de extirparse la matriz porque está segura de que no quiere ser madre. En tales circunstancias, hasta introducir cambios en el Código Penal es percibido por jueces, fiscales y abogados como una amenaza al ejercicio de su profesión. Como si todos compartieran tal negocio.

Es mucho más triste cuando estos prejuicios son compartidos en el campo popular, a través de desafortunadas declaraciones de líderes que, más bien, deberían combatir estas líneas de pensamiento conservadoras en lugar de fortalecerlas. Su orfandad doctrinaria, sin embargo, es la condición que la izquierda ha heredado tras la disolución del Unión Soviética y la abolición de las utopías. El proceso de recuperación al parecer será más largo. Ahí reside el valor de tejer lazos de solidaridad y convivencia cotidiana. Esa fue la forma en la que se organizó el movimiento obrero desde el principio: mediante la discusión entusiasta y colectiva que los llevó a la crítica de su realidad desde diferentes puntos de vista, no siempre convergentes, pero honestos y transparentes. Es desde esas discusiones que figuras como Clara Zetkin promovieron luchas específicas dentro del propio proletariado mundial.

Las conquistas del movimiento obrero fueron paralelas a los logros alcanzados en el camino de la liberación de la mujer. El movimiento sufragista y la demanda de las ocho horas laborales se dieron en el mismo periodo temporal, y no muy lejos de las luchas por abolir la esclavitud: hablamos de casi todo el siglo XIX, en el que, casualmente, se consolidaba la independencia de nuestras naciones del yugo español. La celebración del 8M es impensable sin el impulso del movimiento comunista, en el que la participación de hombres y mujeres era de las más horizontales que había en esa época. La derecha era cavernaria en aquel entonces, aunque posiblemente de forma algo más sofisticada que la de ahora.

Hoy los desafíos de aquel movimiento van más allá de conquistar los mismos derechos políticos que de los hombres, e incluso más allá de los intereses de las propias mujeres. El movimiento feminista tiene en frente la responsabilidad de emancipar a una multitud de identidades sexuales que reclaman salir de los estrechos parámetros de lo binario, sin descuidar la intersección que existe entre formas de dominación sexual con otras en razón de raza o identidad cultural. Es decir, debe ir más allá de la propia abolición del patriarcado. Una lucha más urgente en países del Tercer Mundo que arrastran un pasado colonial, donde los prejuicios de género conviven con los estereotipos raciales y culturales. Porque, como lo dijo la revolucionaria Angela Davis durante los años 70, con palabras que podrían pronunciarse con la misma fuerza hoy en día: “Ser mujer, negra y comunista. ¡Qué aberración!”.

Dicho rechazo a esa intersección de identidades subalternizadas fue plenamente visible en los días del golpe de Estado de 2019, en los que verdaderas hordas de jóvenes fascistas tomaron las calles para agredir físicamente a mujeres de pollera que se veían como partidarias naturales del masismo, máxima sublimación del desprecio a lo indio en Bolivia. Por aquel entonces la figura de la chola, en cualquiera de sus versiones regionales, era el símbolo de la indígena insubordinada que ciertas clases medias buscan conjurar de su pasado, presente y futuro como si se tratara de un demonio que las persiguiera por generaciones. Tal es el entrelazamiento entre lo femenino, lo indio y lo plebeyo en nuestro país, en franca contradicción con lo masculino, blanco y acomodado, quintaesencia de lo que algunos llaman “lo señorial” en nuestras tierras.

Como sucedía con Davis en los años 70, en Bolivia las luchas populares se entrecruzaron de forma inadvertida en la figura de una peculiar mujer de las minas de Potosí llamada Domitila Barrios, que sufrió las consecuencias de sintetizar lo que se consideraba como subalterno durante el auge del macartismo. Era una mujer, obrera y comunista, que formó parte de los primeros comités femeninos de la clase trabajadora en Bolivia, protagonizando muchos de los principales episodios de la lucha de clase en la segunda mitad del siglo XX. Por ello, sufrió tal vez en peor medida que muchos hombres de su generación lo peor de la persecución dictatorial de esos tiempos, perdiendo a dos de sus hijos por su labor de dirigente sindical, uno de ellos en un horripilante episodio de tortura que no debe ser olvidado a pesar de los horribles recuerdos que evoca.

Como Davis o Barrios, las mujeres estuvieron al frente de las batallas por la soberanía de Bolivia, y como parte de un movimiento cocalero bajo el ataque de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos y su guerra contra las drogas, que criminalizó a los campesinos del valle cochabambino por más de dos décadas. En ese contexto, quedan grabadas todavía en las pupilas de muchos las imágenes que transmitían los noticieros de las mujeres productoras de hoja de coca del trópico chapareño que llegaban a la ciudad de La Paz despertando la algarabía de multitudes que las recibían con los brazos abiertos y los ojos humedecidos por su demostración de valor, hecho que sucedió un 16 de enero de 1996. Cientos de mujeres que llegaban a la sede de gobierno para reunirse con la esposa del Presidente en reclamo de las violaciones a los Derechos Humanos a las que estaban sometidas en sus comunidades de origen a manos de la Policía y El ejército. Una reunión, sobra decirlo, infructuosa debido a la gélida indiferencia de las clases dominantes y la esposa del mandatario, que nos debe recordar las palabras de Domitila en el Congreso de Mujeres de las Naciones Unidas en 1975: “No somos iguales”, palabras que utilizadas para marcar la distancia que se establecía entre mujeres a través de la clase, que las hacía tan distintas a sus congéneres como a los hombres.

Este 8M no basta con reconocer el aporte de las mujeres a la economía nacional, como si el máximo rol al que pudieran aspirar fuera el de buenos agentes del capitalismo, como en su momento significó ser madres, fábricas resignadas a reproducir fuerza de trabajo aún en contra de su voluntad. Las mujeres siempre han sido la base de todas las economías de explotación del ser humano por el ser humano, sin las cuales no sería posible la generación de plusvalía al no ser remuneradas por su rol fundamental en este modo de producción. En realidad, la verdadera importancia de las mujeres y del movimiento feminista en general reside en que se encuentran entre los principales sujetos de resistencia y subversión al capitalismo neoliberal, a través de, justamente, la negación de los roles asignados por este modo de producción que ha hecho del sexo y del género herramientas de dominación y disciplinamiento para la explotación. El feminismo es, sin dudas, parte de la vanguardia anticapitalista.


  • Cientista político.

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