abril 18, 2024

Procurador sospecha que Jeannine Áñez ocultó cifras reales de las muertes por Covid-19

El Alto (ABI). – Cadáveres en domicilios, calles y avenidas, plazas públicas, vehículos y afuera de los centros de salud. Cientos de entierros en cementerios clandestinos en todas las ciudades del país. Esa fue la situación que Bolivia vivió en la primera ola de Covid-19, durante el régimen de Jeannine Áñez.

El procurador general del Estado, Wilfredo Chávez, reveló que las estadísticas de fallecidos por el nuevo coronavirus entre marzo y noviembre de 2020 fueron mayores a las que reportó oficialmente la “dictadura” de Áñez.

“Las estadísticas que tenemos de personas fallecidas por el Covid-19 son mayores a las que ha manejado la dictadura para tratar de mimetizar y minimizar la muerte de bolivianos, en gran medida por falta de respiradores o de ventiladores que nunca se han usado, que no han servido y que ha sido un negociado asqueroso, ocasionando la muerte de miles de personas”, afirmó Chávez durante la rendición pública de cuentas inicial 2023 de la Procuraduría General del Estado que se cumplió ayer, viernes, en El Alto.

Chávez sospecha que la compra de respiradores inservibles y con sobreprecio para los pacientes covid en el régimen de Áñez, que fallecieron por falta de esos equipos, obligó al régimen a rebajar la cifra real de fallecidos.

The New York Times

En 2020 el influyente The New York Times, rotativo estadounidense de alcance y prestigio global, denunciaba: “El gobierno de transición de Jeanine Añez –que culpó a Evo Morales por su mal manejo del sistema de salud en sus 14 años en el poder– enfrentó la crisis sanitaria de forma caótica y el aumento de muertes que siguió fue uno de los peores del mundo”.

En la administración de facto de Áñez el sistema de salud fue desbordado en la amplia geografía nacional durante los meses más difíciles de la pandemia de Covid-19.

Conseguir una cama en un centro de salud o acceder a una unidad de terapia intensiva fue casi imposible en algunas regiones de Bolivia, abatida social y políticamente tras las crisis que obligó en noviembre de 2019 al entonces presidente Evo Morales a dimitir al cargo.

20.000 muertos

El aumento en muertes –entre junio, julio, agosto y septiembre de 2020– colapsó los hospitales bolivianos y obligó a las autoridades municipales a ampliar sus crematorios y a abrir nuevos cementerios.

La Policía recogió cadáveres por todo el país en domicilios, calles y avenidas, plazas públicas, vehículos y en alrededores de los centros de salud.

En la mayoría de los casos, las personas fallecieron luego de peregrinar por varios hospitales y que no pudieron internarse.

En un balance de abril a septiembre, la fuerza pública, encargada de atender fallecimientos extrahospitalarios, informó que entre el 85% y 90% de los “cuerpos recogidos eran con probabilidad sospechosos del nuevo coronavirus”.

Cerca de 9.000 muertos oficiales contabilizó el gobierno de Áñez. Sin embargo, la cifra, con los subregistros, que agregaba los casos extrahospitalarios, rondaba los 20.000.

Los 20.000 muertos lo señalaron puntualmente organizaciones no gubernamentales y funcionarios del Registro Civil a medios de prensa de La Paz y Cochabamba ya en septiembre de 2020.

Dignidad al difunto

El personal sanitario en Bolivia redobló esfuerzos ante el aumento de fallecimientos. Ana, que trabajaba en una discreta sala de hospital en Sucre, la capital del Estado, fue uno de ellos.

De suave voz y amplia sonrisa, en su mesa de trabajo resolvió sucesos violentos e identificó restos humanos envueltos en misterio.

Fue médico forense desde 2002 y en más de cinco mil autopsias que ha realizado en su vida profesional en los departamentos de La Paz y Chuquisaca ha llegado a una conclusión: “El cadáver tiene derechos de amor, de protección y de respeto”.

Al brote de la enfermedad infecciosa, en marzo de 2020, sucedieron escenas de pánico, gente asustada y preocupada, y los rumores sobre personas contagiadas y la información errada abundaron.

“En esos momentos fue importante mantener la serenidad para tratar con dignidad a los muertos y con mucho respeto y consideración a sus familiares”, señaló la experimentada profesional.

En junio de 2020, no obstante, un canal de televisión transmitió imágenes en vivo de la agonía y muerte de un paciente supuestamente con Covid-19, mientras los médicos intentaban salvarlo entre lamentos de dolor de uno de sus familiares.

Ética

La Defensoría del Pueblo consideró una “falta de ética” la decisión de la estación televisiva de transmitir en vivo el intenso padecimiento de una persona con síntomas de coronavirus y calificó la acción como morbosa y de franca violación de los derechos constitucionales.

“Las imágenes vulneraron los derechos a la privacidad, intimidad, honra, honor, y transgredieron la inviolabilidad de la dignidad”, opinó la entonces Defensora, Nadia Cruz.

Más tarde, la familia del difunto fue blanco de una peligrosa hostilidad en las redes sociales.

El fallecido fue despojado de su dignidad y se agravó el dolor de la familia.

En Sucre, Ana, como forense, la policía y un miembro del Servicio Departamental de Salud (Sedes) se encargaron de valorar a los fallecidos extrahospitalarios y elevar una certificación sobre un posible deceso por Covid-19.

Con esa acta de defunción, protocolo que rigió en todo el país, la familia accedía a la autorización para la cremación o el entierro del cuerpo.

Ante la urgencia por atender a los enfermos –recuerda la forense– no se dejó en segundo plano el manejo con dignidad y respeto a los cadáveres.

Los “extrahospitalarios” transitaron del lugar donde lo recogieron hasta el cementerio o crematorio sin estación intermedia para evitar contagio de familiares.

Manzanilla para la difunta

En un momento de crisis sanitaria, el miedo a la contaminación por los cuerpos sin sepultura se instaló en varias ciudades del país.

”Anoche han venido los vecinos y han querido sacar el cajón y botarlo afuera de mi casa, han venido con palos, he tenido que rogar para que lo entierren ahora, pero no hay solución”, relató una familiar de un difunto en la ciudad de Cochabamba.

Testimonios desesperados con el mismo tono se multiplicaron en las urbes más golpeadas por el virus.

En algunos casos los velatorios se instalaron en las puertas de los cementerios a la espera de que se autorice su cremación.

La Asociación de Funerarias se declaró en emergencia por la acumulación de cadáveres. “Los fallecidos van en aumento cada día y por ejemplo el horno crematorio del Cementerio General de Cochabamba llegó a su límite”, dijo a nombre del gremio su máximo ejecutivo, Franklin Zegarra.

En el Cementerio General de La Paz, famoso por su Arco del Triunfo, vehículos funerarios hicieron fila en la entrada del gigantesco camposanto hasta casi diez días para sepultar los cuerpos.

De luto riguroso, sin asomo ya de entereza, familias enteras aguardaron en medio de frías madrugadas invernales hasta que alguien abriera las puertas de metal de la ciudadela funeraria.

Allí, una solitaria anciana, apoyada en el muro de la entrada, se deslizó lentamente hasta caer sentada en sus polleras mientras las manos entumecidas por el frío sostenían un amarro de manzanilla con el que quería adornar la tumba de su hermana fallecida en su domicilio por una neumonía viral.

La mujer prefería el aromático arbusto que destilaba en infusiones para calmar las molestias durante la larga agonía de su hermana enferma, a un ramo de flores.

Mientras el viento andino se deslizaba por las laderas y en el horizonte, en la cima de la hondonada paceña, los primeros rayos del sol alcanzaban a las cuatro cumbres de nieves perpetuas del Illimani, a cuyos faldas discurría la ciudad en aparente calma, la anciana decía a los periodistas que, al ser su única familia, sólo quería “visitar a su hermanita menor”.

Cirios de Dolores

En El Alto, la segunda ciudad más poblada de Bolivia con casi un millón de habitantes, se reportaron entre siete a diez levantamientos de cadáveres por día con sintomatología de Covid-19.

Las juntas vecinales evitaron que se entierren cuerpos “sospechosos con el virus” en los cementerios más populares de la urbe como Villa Ingenio o Mercedario.

Sin horno crematorio ni morgue, la Secretaria de Desarrollo Humano del municipio alteño, Ana Saavedra, dijo por ese entonces que la situación obligó a la comuna a trabajar en un acuerdo con un cementerio particular en la ciudad vecina de La Paz para habilitar un área destinada a “cuerpos Covid”.

Mientras llegó el acuerdo, muchos cuerpos permanecieron en sus ataúdes en las funerarias, con todas las medidas de bioseguridad, sin velorios en red o cartas de pésame por WhatsApp.

El aislamiento social impuesto impedía el duelo.

Carmen Rosa, empleada de limpieza de una de esas empresas, cuenta que a solas oraba por los cuerpos solitarios e insepultos, encendía un cirio y quemaba un trozo de planta de incienso, en su profunda fe católica, por el alma de aquellos difuntos anónimos y desconocidos para ella.

“Los familiares no tenían esa oportunidad final de despedida con una oración y yo lo hice por ellos”.

Epitafios de Ramona

En los momentos más críticos de la pandemia, en que los muertos se contaban por cientos a la semana en todo el país, se multiplicaron las informaciones acerca de fosas comunes en las que las autoridades buscaban sepultar de urgencia a las víctimas fatales de la Covid -19 o habilitar terrenos alejados de la ciudad para evitar protestas vecinales.

El Cementerio General paceño, con casi dos siglos de antigüedad y 100.000 nichos, fue uno de los pocos que no colapsó ante la gran demanda de decesos por el nuevo coronavirus.

A contramano, en la amazónica ciudad de Trinidad, en el departamento de Beni, el municipio habilitó de urgencia un campo a las afueras de la ciudad y con maquinaria pesada se deshizo de matorrales, hierba y abundantes árboles que crecen espontáneamente en terrenos no cultivados.

Lo bautizaron como el “nuevo cementerio Covid-19 de Trinidad”. En el camposanto, al mediodía de finales de mayo de 2020, fue sepultado un famoso cantante y compositor local víctima del virus.

Un grupo de personas, amigos y familiares, despidieron al difunto. Mientras alguien lloraba amargamente, un hombre joven cantó el tema El que te ama, cuyo autor había cerrado los ojos para siempre.

“Regálame una sonrisa cuando mis ojos te busquen por ahí, dale aliento a mi vida llena de heridas de tanto sufrir”, decía una estrofa de la famosa canción.

Por una modesta paga de los familiares, cinco sepultureros abrieron a pico y pala la fosa para el entierro. Uno de ellos, callado y tranquilo, lo hizo con la ayuda de su hermana menor, Ramona.

Fue Ramona quien escribió por unas monedas de poco valor el nombre del difunto cantante en la cruz que le entregaron sus familiares.

Con elegante letra escribió también epitafios para otros deudos. Un ingreso económico extra en su débil economía familiar.

“Además de cavar tumbas y escribir las letras, también armamos lomitas de tierra para que se vea bonita la sepultura”, contaba la joven a la prensa.

A 35 grados de temperatura y bajo un ardiente sol, más de 300 cruces, algunas sin nombre ni fecha de entierro, fueron hundidas en poco tiempo en la tierra del improvisado cementerio.

Con más cuerpos que llegaron al camposanto, apenas protegido su perímetro por estacas y alambres de púas, llegó también una máquina retroexcavadora para facilitar su sepultura.

Espérame

Son los primeros días de noviembre de 2020 y un tibio sol ilumina la cima del Arco del Triunfo, obra de estilo neoclásico que desde los años cincuenta del siglo XIX da la bienvenida a los visitantes del Cementerio General de La Paz.

Desde la segunda semana de octubre, después de 203 días de pandemia, la ciudadela funeraria abrió sus puertas con aforo limitado por el carné de identidad, tiempo controlado y estrictas medidas de bioseguridad para evitar contagios.

Cientos de personas –con guirnaldas en mano, rosas, pensamientos o margaritas para adornar las tumbas familiares– llegaron al camposanto.

La apertura del cementerio paceño reactivó el comercio de venta de flores y lápidas artesanales.

Dentro del Panteón –entre álamos de corteza gris y pino silvestre, glorietas con verdes jardines y olor a rosas, mausoleos y bellas esculturas, tumbas y altares fúnebres, elegantes y lujosos unos, sencillos los otros– un anciano de profundas arrugas y piel cobriza cobraba tanto como los rezos de los ciegos por el alma del “difunto Covid”, mientras niños y jóvenes aguateros ofrecían sus servicios para buscar nichos y cuarteles.

Un hombre, por pequeños donativos como paga, rasgaba con tristeza su guitarra y cantaba, para quien quiera contratarlo al oírlo, El minero, de Savia Andina.

“Sombríos días de socavón, noches de tragedia, desesperanza y desilusión se sienten en mi alma…predestinado a vivir estoy en el santo cielo, por eso a Dios le pido morir como buen minero…”

Flores de primavera en las tumbas, y en los jardines que adornan gigantescos mausoleos de bellas esculturas, le brindaban color a la colosal arquitectura funeraria paceña.

Una joven mujer cantaba discretamente una canción mientras recogía hojas marchitas que los vientos de temporada habían dejado desparramadas en el suelo cerca a una hilera de nichos recién construidos. Era el área Covid.

Un albañil tapaba con estuco el hueco en un muro donde descansaba un cadáver y la familia de la joven escribía en la masa húmeda el nombre de un varón.

Ella se acercó a la tumba, suspiró y escribió con el dedo sobre la masa aún blanda del yeso: “Espérame”.

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