marzo 4, 2024

Gabriel Mamani: “Ser lector es un modo de ser espectador de la vida, por lo que leer te predispone a mirar el mundo con más atención”

Hace unos meses me presentaron, con bombos y platillos, a Gabriel. Confieso que no lo había leído. Por causas y azares de la vida nos tocó compartir, entre amigos, en tres oportunidades: Primero, unas cervezas frías, luego un buen cerdo ahumado y, finalmente, un bailoteo –yo sin mayor talento– en una discoteca paceña. La norma de esas veladas fue, ante todo, reír con anécdotas reales o inventadas.

A los pocos días me fui de tour por unas librerías, haciéndome de sus obras Seúl, São Paulo (Dum Dum, 2019) y El rehén (Dum Dum, 2019). En viaje urgente a Chile devoré cada una de las páginas de estos libros, mientras observaba, con alegría, una pluma pulcra, exquisita, abundante en ironías y relatos de un cotidiano también muy particular de Bolivia.

A fin de conocer un poquito más a este joven y talentoso escritor, sus estudios y preferencias literarias y mundanas, su percepción sobre el artista y su obra, inclusive sobre las políticas culturales del país, conversamos con Gabriel.

Javier Larraín (JL).- Al leer tu reseña biográfica en la solapa de tus libros me llama la atención, además de los preciados y profusos lauros, una parte que dice: “Estudió Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), pero nunca ejerció –ni ejercerá– la abogacía”. ¿A qué se debe esta última afirmación, ese “ni ejercerá…”?

Gabriel Mamani (GM).- Estudiar Derecho en la UMSA ha sido una experiencia brutal, tanto por lo bueno como por lo negativo. He aprendido mucho en esa facultad, que por su composición social y sus diferentes dilemas es como una Bolivia en miniatura. No podría evitar mencionar mi paso por esas aulas, pero tampoco puedo decir que ejercí o ejerceré la abogacía. Le pongo un candado a esa opción en mi biografía como una forma de protesta ante tanta inmundicia en la que está sumergido el mundo abogadil, sea en su faceta de formación –como la universidad– o en su cara más conocida –los tribunales, las extorsiones, la corrupción, la burocracia infinita–. He visto muy de cerca cómo esa quimera llamada justicia empieza a deteriorarse desde los cursos prefacultativos en Derecho, así que de ningún modo puedo obviar esa experiencia.

JL.- Entrando en terreno, ¿cómo te describirías entonces, quién es Gabriel Mamani?

GM.- Ante todo, me describiría como un lector. De esa ocupación nacen otras, como la de escritor, profesor, traductor, fanático del fútbol, de la cerveza, de caminar. Ser lector es un modo de ser espectador de la vida, por lo que leer te predispone a mirar el mundo con más atención, como cuando ves un partido de fútbol de una liga barrial y te maravillas con una jugada.

JL.- En tu más reciente novela, El rehén, el personaje central, el hermano mayor del autosecuestro, literalmente a veces mata el tiempo con sus cavilaciones lectoras, anhela sumergirse y evadirse entre libros… ¿Cuánto de ti hay en ese personaje en particular? ¿Y con qué personaje de tus obras te sientes identificado?

GM.- El protagonista de El rehén me ha generado varios malentendidos. Hace poco una amiga que vive en Ecuador me dijo que “no sabía que me habían secuestrado de niño”. Es divertido cuando los lectores creen que los personajes son una suerte de fotocopia de la vida del autor. Ojalá mi vida fuese tan interesante como las de Cristian o Tayson. Creo que todos los personajes que uno crea, desde los principales hasta los secundarios, toman elementos del autor, pero no de forma directa. Por ejemplo, el protagonista de El rehén tiene harto de un amigo de la primaria.

Los personajes de las obras de ficción toman muchas cosas de la realidad, pero no son una reconstrucción ficcional de lo real, de ningún modo; son apenas retazos que, junto a otros, imaginarios o tomados de la vida real, crean eso que entendemos como ficción.

JL.- En tus textos hay temas y recursos recurrentes, y quisiera destacar dos: El fútbol y el humor –a veces condimentado con algo de malicia–. ¿Qué lugar ocupan ambos en tu vida?

GM.- Como muchos de mi generación, yo quería ser futbolista profesional. Nunca pude. Mejor dicho: Ni siquiera lo intenté. Pero la pasión por la pelota, que va más allá del amor por una camiseta, siempre ha estado ahí. Miro partidos, colecciono camisetas, veo partidos viejos en YouTube, voy a estadios… No importa en qué ciudad esté ni qué equipos estén jugando, siempre tengo que mirar un partido desde la grada. Así que es natural que esa pasión se traslade a las páginas de un libro.

Para un escritor de un país cuya selección de fútbol nunca va al Mundial, este amor pelotero puede aproximarse a una suerte de masoquismo o a un chiste pésimamente contado y pésimamente escuchado.

Es curioso eso que dices del humor, porque jamás he puesto de forma deliberada un párrafo con la intención de que el lector sonría; mis personajes hablan como hablan mis amigos. Así que creo que todo ese humor del que unos cuantos críticos hablan son total y absoluto crédito de mis amigos y de la gente a la que escucho en la calle. En lo personal, siempre busco encontrarle el lado humorístico a la vida, así que quizás eso influye en la forma en la que escribo… no sé.

JL.- ¿Cuándo y cómo descubriste que querías ser escritor?

GM.- Leo desde que tengo uso de memoria. Más que leer, me recuerdo hojeando libros, en especial de Geografía. Mirar esos mapas y pensar en historias era una forma de hacer literatura, ahora que lo reflexiono.

Desde niño nunca me ha gustado estar donde estoy, por lo que siempre me he imaginado vidas alternativas. Ahí encuentro el primer rastro del Gabriel novelista. Con los años, esas sospechas narrativas tomaban forma y se convirtieron en una certeza: La de querer leer y escribir para siempre. Supe que quería ser escritor en la medida que entendía que jamás sería abogado (eso debió ser cuando tenía 21 o 22 años). Luego todo se fue armando. Intenté organizar mi vida en función de la literatura, y creo que ha funcionado.

JL.- Una pregunta quizás trillada pero no menos importante, ¿cuáles son tus influencias literarias?

GM.- ¿Qué autores son mis influencias? Son varios, y la lista crece cada mes, cada año. Pensando así a la rápida, amo la temporalidad y las oraciones de García Márquez; me gusta mucho la intensidad y la concisión de Coetzee; siempre vuelvo a los cuentos de Jhumpa Lahiri, que parece escribir en clave bengalí todo lo que yo alguna vez hubiese querido decir. Tomo bastante del cómic: El ritmo de las obras de Daniel Clowes o Jason me parecen fundamentales cuando bosquejo una historia.

Ahí te nombré solo unos de los pocos autores a los que regreso siempre, aunque hay más: Wilmer Urrelo, Clarice Lispector, John Williams, Susan Sontag, Eduardo Mitre, Craig Thompson, Junot Díaz, Tatiana Salem Levy… demasiados nombres.

JL.- Entiendo que cursaste estudios de postgrado en Literatura Comparada en la Universidad de Río de Janeiro, ¿cómo evalúas esa experiencia para tu propio desarrollo profesional? ¿Qué estás leyendo hoy? Y, ¿qué te retiene en Brasil?

GM.- Mi relación con Brasil, en un inicio, fue apenas financiera: Ya que tenía una beca de maestría me convenía quedarme aquí. Ahora que hago un doctorado, el tema financiero otra vez me atornilla. Pero en todo eso igual encuentro otros elementos que me aferran al Brasil.

JL.- ¿Cómo cuáles?

GM.- Contrastar el portugués con el español me ha revuelto la lengua, lo cual me ha hecho despertar en el poder del lenguaje. Al carajo la gente que dice que las palabras no importan, que una oración no puede hacer daño. El lenguaje lo es todo, es nuestra herramienta para comunicarnos con el mundo. Las palabras viajan, se incrustan de acentos, de temperatura, de amor u odio, nacen en un corazón o en una cabeza y salen por una lengua entrenada con ciertos sonidos. Hasta ahora me sorprenden los variados sonidos que una letra puede tener dependiendo la ubicación.

El Brasil me ha dado todo eso, lo cual ha repercutido en mi manera de entender la literatura. También está la cuestión política: Aquí la efervescencia por las luchas sociales es diferente a la boliviana. Al menos en el ambiente cultural o académico hay un debate intenso sobre varios temas. Aprender a problematizar el mundo es una de las cosas que más le agradezco a Brasil.

JL.- Hace poco tiempo Quya Reyna revolvió el mercado editorial local con Los hijos de Goni, mientras que paralelamente uno observa cómo año a año se consolidan emprendimientos editoriales como Sobras Selectas, junto a otros tantos autofinanciados e independientes. ¿Cómo evalúas el panorama literario actual en Bolivia? Lo bueno, lo malo y lo feo…

GM.- Si bien ando siempre con un pie en Bolivia, no he tenido la oportunidad de leer el libro de Quya. Sí he leído algunos de sus artículos, que me han gustado mucho, y he estado al tanto de todo el ruido alrededor de la obra. Presentar un libro en un cholet es un gesto político interesante. Es importante que editoriales alejadas del centralismo paceño, como Dum Dum en Santa Cruz o Sobras Selectas en El Alto, publiquen libros y fomenten circuitos librescos distintos a los tradicionales. Siempre ha habido pluralidad de voces en las letras bolivianas, el lío está en que muchas voces han estado silenciadas. Hay numerosos autores atractivos en el panorama boliviano actual: Guillermo Ruíz Plaza, Claudia Michel, Ariadne Ávila, Paola Senseve, Iván Gutiérrez, Rodrigo Urquiola, por nombrar algunos.

Un problema que últimamente veo es el hecho de que lo virtual muchas veces se fagocita a la realidad. Pienso que, gracias a las redes sociales, todos tenemos un capital virtual que explotamos de una forma u otras. Sin embargo, pasa que unas cuantas gentes se fijan más en la versión virtual de un autor y dejan de aterrizar en la obra. En un juego inverso, hay proyectos de matoncitos que se dedican a echar lodo a cualquiera que les caiga mal en lugar de trabajar en sus propias novelas. ¿Qué queda? Un montón de tira y afloja en función de los dichos de equis escritor, dejando la obra a la sombra.

Si Bourdieu decía que ya no importaba la obra de arte, sino el artista; ahora diríamos que ya no importa el escritor ni su obra, sino sus redes sociales.

JL.- En sintonía con la anterior pregunta, hace unos días reclamaste públicamente en tu Facebook por la interrupción de antiguos premios del Estado destinados a la literatura, que servían para la difusión de obras e ingresos para los escritores. Te quiero poner virtualmente en el papel de autoridad gubernamental en la materia: ¿Hacia dónde crees que debiera caminar una promoción cultural genuina y útil de parte de las autoridades del país? (Pienso en algo que contribuya a reconocer y apuntalar a creadores como a fomentar el hábito lector en la población).

GM.- Creo que es importante que la gestión cultural y las autoridades en la materia tomen en cuenta al gremio, es decir, que escuchen las necesidades del sector. Los premios nacionales eran importantísimos, pues daban al autor un apoyo económico y un reflector que de ninguna manera pudiesen tener de no haber podido hacerse con un galardón. De igual forma, otros premios, como el Franz Tamayo de Literatura, han reducido el monto de sus reconocimientos, rematando una escena literaria ya de por sí precarizada.

Ahora bien, pienso que es necesario que existan premios que reconozcan el trabajo hecho, pero igual deberían establecerse fondos de creación, como en otros países. Me parece chistoso lo que hace el Gobierno con ciertos incentivos: En unos juegos olímpicos o panamericanos un ministro dijo que premiaría con un alto monto de plata a aquellos atletas que ganaran una medalla. Obvio que nadie obtuvo el dinero, porque nadie ganó nada. ¿Cómo ser medallista olímpico si un atleta debe hacer una kermesse para ir a competir a un torneo internacional, si nadie patrocina su carrera, si no se alimenta correctamente?

Lo mismo pasa en la literatura, ¿cómo se espera que haya obras importantes si no existen las condiciones materiales para por lo menos comprar un libro original? Un buen camino sería, quizás, fomentar fondos de creación a obras en proceso o dar becas de residencia, de ese modo los autores tendrían el tiempo necesario para dedicarse a sus obras sin tener que repartirse en actividades muy alejadas a la literatura. Un camino interesante que vi en Chile fue el de cooperaciones para madres artistas, me pareció una idea genial, pues muchas veces cuando pensamos en arte nos imaginamos a alguien exento de los dilemas diarios, como la maternidad. Las autoridades deberían ver la realidad en la que viven sus artistas, que además de artistas son padres, madres, pagan cuentas, se enferman…

JL.- No puedo dejar de preguntarte por esa “cuotita de vanidad” que toda persona lleva en su interior. ¿Cómo te sientes cuando te informan que tus libros se agotan una y otra vez o que están siendo traducidos al inglés, portugués, francés o hebreo?

GM.- Se siente muy bien, pero es circunstancial. Siempre llega una nueva sequía, por lo que momentos como este deben ser disfrutados.

JL.- Finalmente, ¿cuáles son las actuales andanzas de Gabriel Mamani? ¿En qué nuevo proyecto estás concentrado?

GM.- He puesto el punto final a un libro de cuentos hace un par de semanas. Son relatos que hablan sobre la pérdida, las separaciones, el cuerpo, el amor. Asimismo, trabajo, en paralelo, dos proyectos de literatura para niños. Tengo algunos guiones de cómic a medio hacer; mi esperanza es materializarlos en ilustraciones a inicios del año que viene.

Por otra parte, un corto en cuyo guion trabajé ya está listo, con cartel y todo, para ser presentado en festivales o plataformas digitales.


*       Cortesía de la revista Correo del Alba https://correodelalba.org

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