julio 24, 2024

El gonismo agazapado

Son muy pocos las bolivianas y los bolivianos que guardan un buen recuerdo de Gonzalo Sánchez de Lozada, fuera de los que estuvieron directamente relacionados con alguno de sus dos gobiernos. Más allá de esa élite verdaderamente marginal, el expresidente de acento extranjero será recordado como el principal responsable por la Masacre de Octubre de 2003 y sus 69 víctimas fatales.

Aquel acontecimiento marcó el principio del fin de un sistema de partidos tan ajeno como corrupto, por lo que su última intervención pública no podía provocar otra cosa que un predecible sentimiento de rechazo que se extendió más allá de los sectores populares que sufrieron las consecuencias de su mandato, alcanzando también a quienes pueden ser considerados como sus dignos sucesores espirituales, obligados por las circunstancias a renegar públicamente de alguien a quien en secreto añoran. Debemos quedar advertidos: todavía quedan gonistas en Bolivia.

El mensajero

No es una exageración. El gonismo ya significaba algo mucho antes de que su epónimo perpetrara un delito de lesa humanidad y huyera del país. Antes de ordenar el despliegue del Ejército y el uso de la fuerza militar en contra de una población desarmada Gonzalo Sánchez de Lozada era el rostro bajo con el cual se presentaba el sector más progresista de la derecha, aunque no en un sentido filosófico del término, sino más bien como una alternativa a las prosaicas élites políticas tradicionales, apegadas a la Doctrina de Seguridad Nacional, el Estado burocrático autoritario y la democracia militarmente tutelada.

Es así como llegó Goni a la política. Proveniente de una familia acomodada, descendiente de expresidentes y diplomáticos autoexiliados en los Estados Unidos y con conexiones en el mundo empresarial. No le fue difícil al joven formado en Harvard (aunque con discutible éxito académico) ascender entre las filas del partido de masas hasta entonces más importante de la historia, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), primero como diputado y luego como ministro de Planificación de Víctor Paz Estenssoro, encargado de aplicar las rigurosas medidas de ajuste estructural impuestas en toda Latinoamérica después de las dictaduras cívico-militares, sin desatender sus ya jugosos negocios en la minería como dueño de la Compañía Minera del Sur (Comsur).

En 1993 fue elegido presidente de la República y emprendió la fase más acelerada de transformaciones orientadas a institucionalizar el Estado neoliberal, a través de un intenso proceso de privatizaciones publicitadas bajo el eufemismo de “proceso de capitalización”, que desmantelaron las principales fuentes de ingresos del país. Seguido de otras reformas políticas y administrativas cuyo fin era dar funcionalidad al nuevo orden político y económico que sería recordado por alienar los recursos naturales y concentrar la riqueza en manos de unas cuantas familias, entre las que se encontraba la suya, por supuesto, con Comsur adjudicándose yacimientos de minerales a lo largo y ancho de Bolivia, un acto evidentemente ilegal al ser la cabeza del gobierno que otorgaba tales permisos a su propia empresa. Por cierto, un hecho que la Contraloría nunca se molestó en objetar, al estar dirigida por su hermano.

Sus partidarios aún reivindican su primer gobierno señalando la Ley de Participación Popular como su reforma más trascendental, que le dio vida al municipalismo contemporáneo y la distribución de recursos fiscales bajo criterios demográficos y territoriales. Sistemas similares de asignación presupuestaria ya existían en otras partes del mundo, pero por alguna razón esa política fue presentada casi como un acto revolucionario. Haber creado alcaldías es, para sus seguidores, el legado más apreciable del gonismo. Otros, empero, acusan la apropiación anticonstitucional e ilegal de empresas estratégicas del Estado en favor de una reducida élite endogámica, entre cuyos principales beneficiarios están varios de los actuales detractores del Movimiento Al Socialismo (MAS), como Samuel Doria Medina, quien compró, a precios irrisorios, la empresa cementera que lo convirtió en uno de los hombres más ricos del país.

En todo caso, Gonzalo Sánchez de Lozada ya había dejado huella en la historia antes de ser recordado como un genocida, cuando podía hablarse incluso de gonistas, muchos de ellos todavía lejos de cualquier arrepentimiento.

El mensaje

Goni nunca dejó de estar presente en el corazón de las bolivianas y los bolivianos, aunque fuera mediante los más dolorosos recuerdos, con heridas que se abrían cada vez que se frustraba un intento de repatriación suyo o de sus exautoridades para que ser juzgados por la masacre de 2003 o la situación de casi guerra civil de febrero de ese mismo año. No fueron pocos los reclamos de Cancillería a su par estadunidense en ese sentido, e incluso hubo una multitudinaria marcha frente a la Embajada este país en Bolivia en 2009, demandando que se devuelva al expresidente.

Similarmente, a mediados de 2018, los bolivianos sufrieron una nueva frustración cuando por un momento pareció posible la condena de Goni en nada menos que los tribunales de los Estados Unidos, solo para que fuera absuelto tras una curiosa apelación que hasta el día de hoy queda por explicar.

Tampoco guardó silencio después del derrocamiento de Evo Morales en 2019. Ahora, tras casi dos años de silencio, aparece frente a la opinión pública con una propuesta constitucional tan impertinente como trasnochada. Propone refundar la República bajo un nuevo esquema de gobierno parlamentario en el que la sede de gobierno y la capital, por si fuera poco, estarían localizadas en regiones distintas; y un régimen de propiedad sobre los recursos naturales donde se excluiría la figura del Estado, ya limitado a simplemente un rol de garante de los derechos de propiedad. Y más insólito aún, plantea retroceder al antiguo régimen de designación centralizada de autoridades departamentales, a pesar de los avances autonómicos de la última década. Fuera de ese detalle desconcertante, la “Constitución de Todos”, expuesta en un documento de aproximadamente 60 páginas, no se diferencia de lo que vienen proponiendo cada uno de los rivales políticos y electorales del oficialismo en las últimas dos décadas.

Un mensaje ya muy repetido: un liberalismo político y económico que defiende las bondades de la libre empresa mientras reclama la protección coercitiva del Estado sobre la propiedad privada de unos pocos; un individualismo libertario aparentemente al alcance de todos, mientras se justifica la violación sistemática de los Derechos Humanos de la población indígena y campesina; un noción abstracta de ciudadanía que en los hechos reafirma los privilegios de clases urbanas que creen que pertenecer a un colegio profesional es más digno que estar afiliado a un sindicato. Una propuesta envuelta bajo papel republicano que, por si fuera poco, se reivindica como un pasado ideal, opuesto al populismo de masas plebeyas que condenan los miembros de la oposición.

La propuesta constitucional cuenta con el patrocinio del Centro de Derecho Nacional Kozolchyk, afiliado a la Universidad de Arizona y dedicado a la difusión de los principios del libre comercio y la libre empresa, muy al estilo de la Heritage Fountation o el Freedom Institute, solo que con menos trayectoria. Lo dirige Boris Kozolchyk, académico cubano americano.

El gonismo y sus seguidores

Más importante que recordarle al pueblo y a sus nuevas generaciones quiénes son los que alguna vez votaron y defendieron a este personaje a pesar de las catastróficas consecuencias de sus decisiones, lo es desenmascarar a los que guardan convicciones que siguen la misma política de este infame personaje. Se puede reconocer a un gonista por los siguientes rasgos: un indisimulado desprecio por todo lo propio; una inexplicable admiración por lo que provenga de los Estados Unidos; una frenética compulsión por entregar al país en manos del capital estadounidense; y un racismo tan internalizado que normaliza hasta el genocidio de indígenas y campesinos.

Todos esos rasgos, tan bien ejemplarizados por el presidente que hablaba mejor el inglés que su propia lengua, continúan siendo el patrimonio más inconfundible del gonismo y sus hijos, aunque muchos de ellos se encuentren agazapados debido al desprestigio heredado de su líder. Tal como intuyó el periodista Rubén Atahuichi en su última columna de opinión publicada en el periódico La Razón, aunque ni Carlos Mesa ni Luis Fernando Camacho ni Samuel Doria Medina emitieron criterio alguno sobre la impertinente propuesta constitucional de Sánchez de Lozada, es de suponer que concuerdan con la letra y el espíritu del documento, que apoyarían de buena gana si es que el nombre del autor no fuera una suerte de improperio para la mayor parte de la población.

Tanto así que tradicionales figuras opositoras de bajo relieve, como el constitucionalista Williams Bascopé o el periodista Rafael Archondo, se apresuraron en marcar distancias con el expresidente, con el último incluso llegando a criticar el texto que, en todo caso, no hace más que repetir la trillada arenga opositora de refundar la República y abolir el Estado Plurinacional. De hecho, los únicos que aplaudieron públicamente el proyecto, que nadie pidió, fueron su exministro de Gobierno, Carlos Sánchez Berzaín, también prófugo de la justicia por el genocidio de 2003, y alguno que otro exfuncionario de su administración; todos, como era de esperar, residentes en el exterior.

Es innegable que el gonismo sigue vivo a través del incansable trabajo de élites políticas, económicas y académicas que perdieron el control del gobierno central y una buena parte del Estado, pero que conservan su influencia en los negocios, los medios de comunicación, el ámbito académico y, claro, los gobiernos subnacionales. En ese sentido, el exmandatario sabía que sus palabras no caerían en oídos sordos, aunque sí en cabezas agachadas. A pesar de ello, la impronta de su discurso rima con las principales consignas de la derecha: una supuesta defensa de la libertad, la democracia y el Estado de Derecho, bajo una envoltura aparentemente liberal en lo filosófico y libertaria en lo económico.

Reconocemos dicha propaganda no solo en el activismo de plataformas como Ríos de Pie o la Fundación Milenio, sino igualmente en medios de comunicación como Página Siete, El Deber, Los Tiempos; y en organizaciones como Bunker Cabildeo Digital, el ejército de periodistas a sueldo de la extrema derecha y los infatigables columnistas y opinadores de todos estos espacios, siempre dispuestos a defenestrar al gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) y a los que lo acompañen. El gonismo no ha muerto, solo está agazapado.

El casual contexto opositor

Como alguien alguna vez notó, en política no existen las coincidencias, y cada declaración, cada tuit, cada comentario realizado en otras redes sociales debe ser evaluado según la fuente y las circunstancias. En este caso, bajo un contexto de franco retroceso opositor en casi todas las dimensiones del escenario político nacional, sin líder político alguno con el prestigio como para convocar un proceso de reunificación que le permita a los descontentos con el Gobierno presentar una alternativa electoral para las cada vez más cercanas Elecciones Generales de 2025, sin obviar por ello el hecho de que el oficialismo se encuentra atravesando su propia crisis, aunque no de magnitudes existenciales como sucede con los sectores conservadores de la sociedad y sus expresiones político partidarias.

En otras palabras, que un expresidente como Goni, apodo con el cual solía presentarse electoralmente, se exprese abiertamente sobre los asuntos de un país que lo recuerda bajo términos criminales, en un momento de repliegue opositor, no debería ser considerado como un acto de demencia senil o delirio de grandeza, sino como una acción política premeditada y orientada a alcanzar determinados resultados. Aunque, por otro lado, nos referimos aquí a una derecha absolutamente trasnochada y primitiva, por lo que tampoco podemos descartar un acto de mera estupidez. No obstante, es mejor suponer lo primero, sobre todo cuando el mensaje fue emitido desde los Estados Unidos.

Puede que Goni no sea más que un cadáver político, pero su impronta neocolonial y elitista cuenta aún con numerosos adeptos, quienes seguramente recibieron con alegría la propuesta constitucional del expresidente que prefirió sacar al Ejército que inaugurar una Asamblea Constituyente, pero que no se atreven a pronunciar su nombre en público porque sería una causa directa de desprestigio. El pueblo, finalmente, debe advertir la similitud entre lo que propone este hombre y lo que viene prometiendo la oposición en su conjunto, que no es otra cosa que la heredera espiritual y política del gonismo.

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