julio 21, 2024

Hitos en la construcción de la bibliografía nacional

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


La tarea de construir la Bibliografía Nacional fue una hazaña emprendida por José Rosendo Gutiérrez y Gabriel René Moreno, en ese orden. Ambos libraron una batalla sin cuartel para ostentar el primer lugar en el podio de la sistematización de la producción intelectual de Bolivia, contabilizada generalmente a partir del 6 de agosto de 1825, histórico error que fue enmendado por Josep M. Barnadas a través de su Biblioteca Antiqva, que le permitió identificar la producción intelectual producida por intelectuales charquenses, aunque sus escritos hubieran sido impresos en imprentas de la Corona española.

Los dos ilustres papelistas sufrieron la pérdida de sus acervos, tan esforzadamente reunidos. De esa manera, el fuego dio fin a décadas de trabajo esforzado. Sin embargo, esas vicisitudes no mellaron su fortaleza y emprendieron nuevamente la labor de acopiar manuscritos, impresos, hojas sueltas, periódicos y una vasta folletería, cuya utilidad crece cada día que pasa, a pesar de su antigüedad. Emplearon con ese fin todas las estrategias de adquisición a su alcance: rogar, implorar, comprar a cualquier precio, incluso sustraerlos, sin pudor. La guerra intestina desatada entre los dos gigantes, derivó en acusaciones y difamaciones y ambos sufrieron el escarnio de la sociedad.

Quizá esos incidentes expliquen los vacíos en su compilación bibliográfica, pues es evidente que no lograron “allegar” todo lo que se publicó en las imprentas, lo que abrió paso a avezados bibliógrafos que asumieron el desafío autoimpuesto de llenar los vacíos, recibiendo por ello el adjetivo poco noble de “adicionadores”, es decir, una especie de bibliógrafos de segunda categoría. En este artículo reivindicamos los nombres de “adicionadores” que por diversas razones fueron sepultados por la historia o invisibilizados.

José Rosendo Gutiérrez tuvo como seguidor –y adicionador– a Ricardo Ugarte, quien por su cuenta publicó sus propios Datos para la Bibliografía Boliviana, en la Imprenta de La Libertad de Ezequiel S. Arzadum (1878), opúsculo dedicado al Dr. José Rosendo Gutiérrez “iniciador de este jénero en Bolivia (…) en prueba de cariño y respeto, su atento discípulo”. Al final de su trabajo, siguiendo el “método” de Gutiérrez, levanta una tabla comparativa de los 171 impresos que consigna, en las imprentas que les dieron luz, en las ciudades de La Paz (cinco), Sucre (cinco), Cochabamba (cuatro), Potosí, Santa Cruz, Antofagasta y Tarata (una en cada región), aspecto revelador para el estudio de las imprentas en Bolivia en el siglo XIX.

El mismo año del Primer Suplemento de la Biblioteca Boliviana de Gabriel René Moreno (1899) sorprende Valentín Abecia con sus Adiciones a la Biblioteca Boliviana de Gabriel René Moreno, con 350 citas bibliográficas de libros y folletos comprendidos como tales incluso “impresos de más de cuatro páginas”, que cubren el arco temporal de 1602 a 1879, extraídas de los originales, pues asegura el bibliógrafo que “todas las piezas han pasado por mis manos”, adiciones que alcanzarán, sin embargo, a 571, expuestas en el Apéndice a las Adiciones de Abecia, que incluyen en muchos casos, esta vez, “indicaciones comunicadas”. Ambas forman parte del segundo volumen de la edición impresa por encargo de la Fundación Humberto Vázquez Machicado.

Tercia en el duelo bibliográfico Emilio Finot, con su osada Biblioteca Boliviana. Sección de Libros y Folletos. Adiciones a tres catálogos de René Moreno y a las Adiciones de Abecia, que cubren el arco temporal de 1604 a 1908, con 120 referencias. Se regocija el autor de este opúsculo, haciendo notar su valía, pues los 120 títulos de sus Adiciones formaban parte de su selecta biblioteca “que adiciona a la vez los catálogos nutridos del padre de la bibliografía boliviana y señala títulos que el doctor Abecia no consiguió atrapar”. Seguro de sí mismo, este joven profesor de la Escuela Normal Mixta de Sucre afirma triunfante: “¡Adicionar adiciones! Colmo de prolijidad que tal vez sea marcado con el estigma de lo ridículo”, sabiendo que enfrentaba a gigantes, pero seguro de sí, considera a su trabajo “harto árido, quizá útil; revelador”. Pero, el colmo del adicionador es que ya impresa su obrilla, adiciona 10 títulos de obras de su propiedad inexistentes en la Biblioteca Nacional “ni en la copiosa colección del Dr. Agustín Iturricha” y uno extraído de la Bibliografía Hispano Americana de José Toribio Medina.

En el plano de las publicaciones periódicas, el joven Emilio Finot publica sus Adiciones al “Ensayo de una bibliografía general de los periódicos de Bolivia, 1825-1905” de G. René Moreno, luego de haber notado: “omisiones de bastante importancia en la meritoria obra del Sr. Moreno”, lo que le motivó a escribir “algunas notas referentes a los periódicos aparecidos en esta ciudad y otras de la República y casi todos de corta existencia y escasa importancia”. A fin de no provocar la reacción negativa de Moreno, aclara que el hecho de las omisiones de esos títulos en el Ensayo de una bibliografía general de los periódicos de Bolivia: “se justifican perfectamente en un libro redactado por persona que se halla lejos de la patria y que no puede informarse minuciosamente de cuanto órgano de prensa se da a luz en el país, donde nacen cada día hojas efímeras, y donde el problema del periódico con vida propia es dificilísimo de resolver”.

Las adiciones resultaron ser cinco valiosas ediciones periódicas, impresas una en Cochabamba y cuatro en Santa Cruz de la Sierra. Como meditada estrategia para evitar la ira de Moreno, advierte “no mencionar hojas insignificantes por su contenido o duración, a fin de no fatigar la atención de mis ilustrados oyentes (SIC)”, pero no deja la oportunidad para aludirlas en listado adicional, reiterando que “vieron la luz en Santa Cruz, y poco dignos de considerarse”: El Católico y La Crónica (1875), El Centinela del Pueblo; El Progreso (1876), La Estrella del Oriente (1880); El Lábaro Oriental (1880); Lechuza (1882); El Ruiseñor (órgano de aprendices literarios), El Bien Social; La Palabra Libre; La Aurora; El Eco Juvenil (1902); El Progreso Intelectual (1903); El Puritano¸ El Látigo y El Zorro (1904); El Oriente de Bolivia (1904), El Mentor (1904); El Eco del Oriente; Manchas de Tinta; Mimí y El Aspirante (1905); La Abeja, El Ciudadano; Horizontes y El Trabajo (1905).

Solo la temprana muerte de este bibliófilo impidió que continuara con sus “adiciones a las adiciones del adicionador”.

La figura de Gabriel René Moreno cautivó a propios y extraños, provocando numerosas bio-bibliografías, entre estas las de Armando Alba, Guillermo Feliú Cruz, Enrique Kempff Mercado, Hernando Sanabria Fernández, Juan Siles Guevara; Ismael Sotomayor, Ramiro Condarco Morales, Guillermo Ovando Sanz y Josep M. Barnadas.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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