junio 13, 2024

Claves para entender las divisiones en el MAS

En 2007 se publicó en Buenos Aires, Argentina, el libro Bolivia: memoria, insurgencia y movimientos sociales. Un esfuerzo colectivo por comprender la irrupción de lo nacional popular en nuestro país a principios de este siglo. Compilado por Maristella Svampa y Pablo Stefanoni, bajo los auspicios de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), el Observatorio Social de América Latina y la Editorial El Colectivo.

El texto en cuestión me parece un excelente punto de partida para reflexionar acerca de los acontecimientos que se dan ahora, a casi 16 años de su publicación, cuando el sujeto indígena originario campesino atraviesa uno de sus momentos más críticos de los últimos tiempos, sin ser, a mi juicio, ni terminal ni definitivo.

La escisión del movimiento popular es obvia, con tres grandes polos momentáneamente distanciados: el movimiento cocalero del Trópico chapareño, por un lado; y la ciudad aymara de El Alto junto a las comunidades campesinas de la Provincia Omasuyos, por el otro. Un desencuentro de consecuencias inciertas que no nos deben llamar al fatalismo, sino a la acción.

Las primeras páginas del libro destacan el concepto de “abigarrado” de René Zavaleta, reelaborado por Luis Tapia como un concepto que intenta describir las muchas Bolivia que hay dentro de Bolivia.

Herbert Do Alto se dedica al surgimiento del movimiento katarista y el movimiento cocalero en su camino de construcción del Movimiento Al Socialismo (MAS). Patricia Chávez y Dunia Mokrani estudian a los movimientos sociales en el nuevo ciclo de acción colectiva que va de la Guerra del Agua a la Guerra del Gas, hasta una evaluación del proceso constituyente. Mientras que Stefanoni se concentra en el gobierno de Evo Morales, su relación con las organizaciones sociales y su agenda desarrollista para el Estado, es decir, el gobierno que emerge de los movimientos sociales y lo nacional popular.

Puente y Longa estudian la identidad política de la ciudad de El Alto, sus organizaciones vecinales o Fejuves y lo aymara en ese contexto. Finalizan con un par de entrevistas a dos jóvenes raperos que cantan en lengua originaria acerca de aquel periodo.

La segunda parte del libro contiene ensayos de Álvaro García Linera y Tapia sobre el indianismo, el marxismo y su relación con lo nacional popular como tradición política del país. El texto del exvicepresidente analiza la conflictiva relación y el desencuentro entre lo que consideraba en ese entonces dos razones revolucionarias: el marxismo y el katarismo; mientras que el texto Tapia estudia los ciclos y estructuras de rebelión en la historia de Bolivia, a través de sus conocidas categorías de forma comunidad, forma sindicato y forma partido.

La tercera parte del libro contiene extractos del documento de fundación del Pacto de Unidad, elaborado y publicado en diciembre de 2006; así como algunos discursos de Evo Morales antes y después de asumir el poder.

Un clásico para revisitar en una coyuntura en la que constatamos que todo lo que vivimos hoy no es más que una construcción histórica, contingente y transitoria, cuyos orígenes no pueden olvidarse si es que se quiere pensar su futuro. Sin más preámbulo, acá está mi reseña del texto de Hervé Do Alto.

“Cuando el nacionalismo se pone el poncho”. Una mirada retrospectiva a la etnicidad y la clase en el movimiento popular boliviano (1952-2007)

El MAS se define por un discurso político esencialmente nacionalista, indianista y en defensa de la hoja de coca, criticado por los obreristas por un hecho tal vez ya lejano, pero aún presente en la memoria colectiva: el Pacto Militar Campesino –que de hecho fue durante un tiempo un enemigo más de lo nacional popular en Bolivia, entonces encarnado por lo minero–.

Para entender lo campesino, nueva esencia de lo nacional popular, debemos remontarnos a la situación del indio despreciado por las élites desde la fundación de la República, cuya primera forma de organización fue la del ayllu andino, reemplazada por la forma del sindicato, superpuesta por el “socialismo militar” en la década de 1940 e instrumentalizado por el Movimiento Nacionalista revolucionario (MNR) como una base de poder de la que se sirvió de múltiples formas, a partir de la creación del “campesino” moderno con la Reforma Agraria, sin despojarlo nunca de su identidad indígena o su yo indio.

El autor apunta a la Reforma Agraria, al Sufragio Universal y a la Reforma Educativa como las principales acciones que abrieron nuevos canales de ascenso social para los campesinos después de la Revolución de 1952, con la última medida tendiente a su castellanización, en consonancia con la visión mestiza de Bolivia.

La primera confederación nacional de campesinos la creó el gobierno del MNR con la Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Cntcb) en 1954. Ni bien se hicieron patentes las desavenencias entre los liderazgos de Juan Lechín en la Central Obrera Boliviana (COB) y Víctor Paz Estenssoro en el gobierno del MNR, el sindicato se convirtió en una fuente de poder en el mundo rural, instrumentalizada, claro, por diferentes gobiernos –tanto por Estenssoro, como por Siles y, sobre todo, por Barrientos– mediante una de las conquistas de la Revolución: la Reforma Agraria.

Pero el Pacto Militar Campesino entra en decadencia tan pronto como se da la muerte de Barrientos en 1969, instante a partir del cual varias corrientes de izquierda provenientes de migrantes campesinos a las ciudades comienzan a influir sobre los sindicatos rurales, muchas veces frustrados por el trato recibido en las ciudades. De ellos emerge el movimiento katarista, que reivindica la figura de Tupaj Katari y su rebelión señera.

Es con la llegada al poder de Juan José Torres que esta corriente universitaria campesina cosecha los frutos de su siembra de liderazgos a lo largo de casi media década, con la elección de Genaro Flores como nuevo secretario ejecutivo de la Cntcb, que termina publicando el “Manifiesto de Tiawanaku” en 1973, con el que llama al movimiento campesino a rebelarse contra Hugo Banzer.

En 1974 se da la masacre de Tolata, perpetrada por Banzer tras promulgar una serie de medidas impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), terminando así el Pacto Militar Campesino de una vez por todas.

Eso acaba acercando al movimiento campesino hacia el lado obrero, y en 1979 la Cntcb se refunda como la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb) y Flores asume la presidencia de la COB, por primera vez delegada a un campesino en 1981.

No obstante, la solidificación del katarismo como movimiento ideológico dentro del campesinado no se traduce en una consolidación a nivel organizacional ni en una expresión electoral unívoca. A medida que la democracia se hace más difícil, el movimiento katarista se divide en dos organizaciones: la primera, el Movimiento Revolucionario Túpac Katari (MRTK), dirigida por Genaro Flores y que se circunscribe dentro de los límites del Estado nacional boliviano; y el Movimiento Indio Túpac Katari (Mitka), que apuesta por una ruptura con el Estado-nación boliviano y aboga por un nacionalismo aymara, dirigido por Luciano Tapia.

Mientras el MRTK termina acomodándose a la democracia pactada, con uno de sus representantes siendo Vicepresidente de un gobierno del MNR, el Mitka se muestra inviable electoralmente, por lo que una de sus facciones funda el Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), desmantelado en 1992. De acá saldrían líderes como García Linera y Felipe Quispe.

Dicha dispersión del katarismo campesino coincide con la derrota del movimiento minero en la Marcha por la Vida en 1986, que se traduce en una migración masiva de los mineros a la ciudad de El Alto y la región del Chapare, donde se comienzan a dedicar prioritariamente a la producción de hoja de coca, penalizada en 1988, momento a partir del cual empiezan a sufrir una fuerte represión dirigida por la Administración de Control de Drogas (DEA) de los Estados Unidos.

La influencia del movimiento cocalero no se hace patente hasta después de la relocalización de los mineros hacia la región del Chapare, cuando comienzan a convertirse en un actor privilegiado dentro de la Csutcb, en cuyo interior se reformula el clivaje nación/antinación, pero orientado en contra del imperialismo estadounidense y su fuerte hostilidad anticocalera. Nace entonces el movimiento cocalero, que se convierte en el más numeroso dentro del sindicalismo campesino, en demanda de la defensa de hoja de coca.

Paralelamente, una red de ONGs empezaron a organizar al movimiento indígena, pero no bajo parámetros sindicales, sino de otro tipo, orientados no a la defensa de un sector de productores, sino en la defensa de su territorio vinculado a la del medio ambiente. Nace la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) en 1982, que organiza diversas marchas desde el Oriente, demandando ante todo el respeto a la territorialidad de sus pueblos.

Ambos movimientos se encontrarían bajo los auspicios de la Red Unitas, en 1992, en ocasión de la conmemoración de los 500 años de resistencia, dando paso al surgimiento del movimiento “indígena-campesino”, expresado, entre otras cosas, en el censo de 2001.

La reivindicación de la hoja de coca une al movimiento otra vez en 1994, con la realización de la Marcha por la Vida, la Coca y la Soberanía. Acá surge la demanda de una Asamblea Constituyente.

Paralelamente, los cocaleros de los Yungas y el Chapare tratan de organizarse electoralmente en el partido Izquierda Unida (IU), que fracasa en las elecciones de 1989; y posteriormente en las elecciones de 1993, cuando la Csutcb intenta impulsar la alianza Eje Pachakuti.

La construcción de un instrumento político se consensua recién en 1994, en el VI Congreso de la Csutcb, concretado en el Congreso de Tierra, Territorio e Instrumento Político, celebrado en Santa Cruz en 1995. En este último participan la Csutcb, la Confederación Sindical de Colonizadores de Bolivia (CSCB), la Federación de Mujeres Campesinas de Bolivia – “Bartolina Sisa” (FMCB-BS) y la Cidob. Primer nombre: Asamblea por la Soberanía de los Pueblos (ASP). Primer dirigente: Alejo Veliz.

La ASP se convierte en una imponente maquinaria social que aglutina a miles de personas, cuyos liderazgos se disputan constantemente espacios de poder. A partir de 1996, la consolidación de Evo Morales a la cabeza del movimiento cocalero abre un periodo de competencia entre este y Veliz. Las elecciones de 1997, nuevamente bajo la sigla IU, permite la elección de cuatro diputados, entre ellos Evo Morales, quien en 1998 opera una ruptura al interior de la Csutcb y la ASP, creando el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP).

Ese mismo año, la rivalidad pasa de ser entre Veliz y Morales, a Morales contra Felipe Quispe, recién salido de la cárcel, llegando rápidamente a la cabeza de la Csutcb. Al año siguiente Morales compra la sigla Movimiento Al Socialismo (MAS) de un tal Pedraza, y crea el MAS-IPSP en 1999. Quispe, por su lado, crea el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP) el año 2000.

El MAS-IPSP conquista sus primeros espacios en las elecciones municipales de 1999, con nueve alcaldías. Poder que no nace con el espacio municipal, sino que se expresa en él.

Un cambio importante, sin embargo, se da antes de 2002, cuando Morales invita a intelectuales de clase media a ser parte del Instrumento Político, muchos de los cuales llegan a la “bancada parlamentaria”, y de alguna manera desplazan a los líderes de origen sindical provenientes de las organizaciones matrices del MAS-IPSP.

Estos actores de clase media tienden a dialogar más con la oposición que a trabajar junto con los liderazgos sindicales, quienes ven cómo los invitados se apoderan del Instrumento Político. Se reproduce, de forma perversa, la relación de dominación de criollos sobre indios, lo que se refleja en el primer gabinete de Morales, donde solo tres ministros se llaman a sí mismos indios: David Choquehuanca, Félix Patzi y Casimira Rodríguez.

El capítulo concluye con la diversidad de posiciones ideológicas y corrientes de pensamiento al interior del MAS, en el que conviven el Che con Tupaj Katari y Marcelo Quiroga Santa Cruz. Una reivindicación de la izquierda en general que no evita que ya entonces, cuando se escribió este libro, se noten fracturas y distanciamientos entre el MAS urbano y rural, en el Parlamento, o entre organizaciones campesinas contra organizaciones indígenas, como la que luego se dio entre la Csutcb con el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq) y la Cidob.

 

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