julio 19, 2024

El terrorismo contra misiones diplomáticas cubanas

Por Carlos Alzugaray Treto  (Exdiplomático cubano)-.


El lanzamiento de dos cócteles molotov contra el edificio de la Cancillería de la Embajada de Cuba en Washington el 24 de septiembre, me hizo recordar las numerosas ocasiones en que el terrorismo contra nuestros diplomáticos me afectó personalmente en los 35 años que trabajé en el Servicio Exterior.

Fue algo que se hizo normal para muchos de nosotros, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980. Amenazas, lanzamientos de bombas, amigos asesinados y todo eso en condiciones en que a veces nuestros hijos también corrieron peligro.

Era común acuartelarnos durante semanas. Cada salida a la calle podía convertirse en un calvario. Pero debo decir que siempre vi a los diplomáticos cubanos comportarse con entereza, dispuestos a correr todos los riesgos necesarios para que se realizara un trabajo que considerábamos muy importante.

Quizás a algunos cubanos les sorprenda saber que una de las científicas que trabajó denodadamente para crear las vacunas que nos ayudaron a superar el Covid-19 pudo no haber nacido o haber perdido a su madre cuando era todavía una niñita. En una campaña de bombas enviadas por correo a Embajadas cubanas en 1975-76, uno de los artefactos casi explota cuando su madre, entonces secretaria de un embajador cubano en un país de América Latina, abría un paquete que supuestamente llevaba un libro. Por suerte, solo explotó el fulminante, pero eso bastó para que se quemara toda la cara.

Por eso me afectó tanto un hecho que ocurrió un 11 de septiembre, fecha fatídica para mí por el golpe de estado en Chile en 1973 y por los atentados a las Torres Gemelas en el 2001, pero de 1980. Ese día fue asesinado Félix García en Nueva York. Nuestro vínculo en el Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex) fue más que el de colegas, fuimos amigos muy hermanados. En 1970-1973 era visita asidua de la casa que compartía con mi esposa, María Teresa Rodríguez, en Calzada entre E y F, a unas cuadras del nombrado Ministerio.

Su misión en Nueva York, que consistía fundamentalmente en ocuparse de las relaciones públicas de la Misión, coincidió con la mía al frente del Consulado General de Cuba en Montreal, ciudad de tránsito obligatorio para los funcionarios cubanos en los Estados Unidos –tanto en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York como en la Sección de Intereses en Washington–. En esos tránsitos, Félix se quedaba en mi apartamento del 1212 Avenue des Pines. Muchas veces hablamos de los peligros que corría. Yo sabía de su intensa actividad pública en la Gran Manzana. Pero para Félix trabajar era una fiesta –como dijo Carlos Rafael Rodríguez en su homilía el día de su entierro– y no le importaban los riesgos. Su asesinato fue no solo terrorismo, sino un cobarde acto de barbarie contra una persona decente e inocente.

La mano del terrorismo cubanoamericano, instigado a partir de la década del 60 por las agencias de inteligencia norteamericanas, había andado “suelto y sin vacunar” desde mucho antes. Aunque ya se habían abandonado las prácticas presentes en las operaciones específicas de la CIA contra Cuba como el Plan de Acciones Encubiertas para Derrocar al Régimen de Castro en Cuba (Bahía de Cochinos o Playa Girón) o Mangosta, los terroristas cubanoamericanos, que se habían entrenado en el marco de esos programas, actuaban bajo la idea, prevaleciente incluso en sectores gubernamentales del Norte, de que against Cuba anything goes (“contra Cuba todo vale”).

La década de 1970 fue particularmente terrible. Estos asesinos actuaron confiados en su impunidad y produjeron actos tales como el atentado terrorista contra el vuelo de Cubana de Aviación en Barbados en 1976 o las bombas contra la Embajada de Cuba en Portugal (ese mismo año) o el Consulado General en Montreal (1972), por mencionar solo los más connotados que causaron numerosas víctimas entre cubanos inocentes.

Hubo decenas de ataques, algunos fallidos, como los acaecidos contra embajadores cubanos Emilio Aragonés en Buenos Aires en 1975, o Raúl Roa Kourí en Nueva York en 1980, o inoperantes como dos nuevas bombas contra el Consulado de Cuba en Montreal en 1980. Sin embargo, en 1976 dos funcionarios de la Embajada en Buenos Aires fueron secuestrados, desaparecidos y asesinados en una acción terrorista realizada en contubernio entre terroristas cubanoamericanos y escuadrones de la muerte argentinos.

Los terroristas cubanoamericanos, basándose en su inexplicable impunidad, alentada por la pasividad de las autoridades norteamericanas ante sus crímenes, los llevaron incluso a colaborar con agentes de la DINA chilena, bestial instrumento de la represión pinochetista, en el impúdico asesinato del exministro de Defensa del presidente Allende, Orlando Letenier, y de su asistente norteamericana, Ronnie Moffitt, en el famoso Sheridan Circle, cerca de Embassy Row –en plena capital norteamericana–, el 21 de septiembre de 1976. Era el terrorismo cubanoamericano al servicio del Plan Cóndor.

No solo estuve cerca de muchos asesinatos como estos –por ejemplo, conocí a la viuda de Letelier en un acto de solidaridad con Chile en Montreal–, sino que en 1977 las autoridades canadienses me avisaron de sospechas de intentos de asesinato contra mi persona y tuve que estar varios días bajo protección personal de agentes de la Real Policía Montada de Canadá (RCMP).

Pero lo que realmente me espantaba era que lanzaran una bomba contra uno de los flancos más vulnerables del Consulado, un jardín del tamaño de un terreno de voleibol que estaba detrás del edificio, situado en el 1415 de la Avenue des Pins, pero a unos cuatro o cinco metros por debajo del nivel de la calle. Este patio se utilizaba como área de juegos para los 20-30 hijos de funcionarios que asistían a una escuela cubana existente dentro de los locales.

Esa aprehensión resultó justificada: un día los custodios del Consulado me avisaron que precisamente en la calle posterior se habían estacionado dos vehículos con placas de Nueva York, de los cuales se bajaron varias personas que indudablemente tenían aspecto de cubanos. Inmediatamente varios funcionarios armados con pistolas –que a propósito mostramos– salimos al patio y logramos ahuyentarlos.

Efectivamente, unos días después en horas de la noche lanzaron una bomba desde una motocicleta que pasó a toda velocidad por el frente. No hubo que lamentar muertes o heridas, no sólo porque ya el personal se había retirado, sino porque toda la parte de abajo del Consulado y la Oficina Comercial aledaña tenían puertas y ventanas blindadas y estaban 5 o 6 metros por sobre el nivel de la calle.

En la década de 1970, como parte de un esfuerzo por crear condiciones que preservaran la vida de sus funcionarios en las misiones diplomáticas más vulnerables, se había hecho un esfuerzo financiero sustancial para darle más seguridad a los edificios que ocupábamos.

En Montreal, después del atentado terrorista de 1972 en que murió uno de los custodios y varios funcionarios resultaron heridos, el Gobierno cubano decidió instalar todas las oficinas que tenía en esa ciudad (Consulado, Oficina Comercial, Plan Ganado, Cuflet, Ministerio del Turismo, Ministerio de Inversiones Extranjeras y Cooperación) en una sola edificación con el máximo de seguridad posible.

Para ello se compró un inmueble en las faldas del Mont Royal, en el 1415 de la Avenue des Pins, a una cuadra del Hospital General de Montreal y frente por frente a una mansión estilo art déco que mantenía el entonces primer ministro, Pierre Elliot Trudeau, en su ciudad natal. Ese local eventualmente se vendió debido a la constante reducción del personal y a la desaparición del peligro de nuevos atentados. Hoy el Consulado está en una propiedad más modesta, en el 4542 Décarie Boulevard.

Comprendo muy bien lo que significa para cualquier diplomático enfrentar las acciones terroristas. También comprendo que estas no suceden en un vacío.

En su campaña contra Cuba, el Gobierno de los Estados Unidos ha creado la mentalidad de que “contra los diplomáticos cubanos todo vale”. Y, al mismo tiempo, ha colocado a Cuba en la lista de Estados promotores del terrorismo, con lo que ofrecen una excusa adicional para realizar actividades como las del 11 de septiembre de 1980 y del 24 de septiembre de 2023. Esa conducta irresponsable tiene que cesar.

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