julio 24, 2024

En busca del “eslabón perdido” entre utopía y realidad (primera parte)

Por Roberto Regalado Álvarez (Politólogo, Doctor en Ciencias Filosóficas)-.


La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. Eduardo Galeano

A raíz de la implosión del sistema bipolar de relaciones internacionales construido en el “siglo corto” 1914-1991 [1], en una pared de una ciudad latinoamericana alguien escribió: “cuando creíamos tener las respuestas, cambiaron las preguntas”. Ingenioso modo de aludir a la necesidad de reemprender, una vez más, en aquel momento en condiciones ni siquiera mínimamente esclarecidas, el histórico peregrinaje de los pueblos en busca del “eslabón perdido” entre las utopías de los proyectos y las realidades de los procesos de emancipación social.

La metáfora del “eslabón perdido”

Según la cultura popular, es decir, según “un conocimiento no experto sobre las tesis evolucionistas”, el “eslabón perdido” es el “estadio intermedio en el registro fósil que todavía está por descubrirse”. Esa noción “implica pensar que las especies se desarrollan de forma lineal, y que van pasando de estadio en estadio, todos ellos más o menos definidos, de forma brusca y claramente delimitada”, lo que carece de base científica alguna. Por el contrario: “la evolución es un proceso gradual, el cual se lleva a cabo durante miles de años, en los que se introducen sutiles modificaciones en un conjunto de individuos, las cuales pasarán a las siguientes generaciones en función de lo adaptativas que sean con respecto a las demandas del medio en el que habita esa especie”, de modo que “no tiene sentido hablar de eslabones perdidos, pues existiría un número prácticamente indeterminable de ellos” [2].

Aunque el término “eslabón perdido” carezca de fundamento en la antropología biológica, no por ello deja de ser una metáfora muy poderosa y sugerente, utilizada en referencia a la desconexión entre dos elementos, el primero de los cuales “debería” tener un efecto positivo, directo y pleno sobre el segundo. Esto es válido porque: 1) las metáforas desempeñan un importante papel en la comunicación social; 2) para cumplir esa función las metáforas no necesitan tener una base científica; y 3) a las metáforas no se les debe atribuir la condición de síntesis ni de suplentes conceptos científicos.

En Nuestro Marx [3], Néstor Kohan analiza y refuta las principales vulgarizaciones, distorsiones y manipulaciones de la metáfora “base-superestructura” contenida en el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política: “El conjunto de estas relaciones de producción constituyen la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social” [4], esquematizada por unos para tildar a Marx de economicista y por otros para justificar su propio economicismo. En palabras de Kohan: “el problema de la cristalización de la metáfora del edificio, no atribuible en sí mismo al propio Marx, sino a sus divulgadores, consiste en que luego de tantos años de repetirla en diversas empresas pedagógicas, se cristalizó, se petrificó y comenzó a adquirir apariencia de categoría científica. Se formó el curioso hábito de pensarla como una imagen real, orgánica, estructural, ontológica, sustantivada y, sobre todo, como explicación científica que sustituiría las miles de páginas que Marx elaboró para explicar la sociedad capitalista y sus luchas”. [5]

La metáfora del “eslabón perdido” es apropiada para usarla con el marxismo-leninismo soviético construido sobre la base de la definición de “leninismo” impuesta por Stalin [6], porque asumir ese enfoque “implica pensar que las [sociedades] se desarrollan de forma lineal, y que van pasando de estadio en estadio, todos ellos más o menos definidos, de forma brusca y claramente delimitada”. Por muy rigurosas que hayan sido su concepción y su formulación, todo planteamiento teórico sobre cómo revolucionar o reformar a una sociedad, al ser sometido al veredicto inapelable de su realización práctica, choca con “un número prácticamente indeterminable” de metafóricos “eslabones perdidos”.

Quienes siguiendo a Galeano caminamos en pos de la utopía con plena conciencia de que nunca la alcanzaremos a plenitud, lo que debemos proponernos es un resultado parcial y/o diferente que tenga la mayor semejanza posible con ella, sin perder ni un ápice de radicalidad. Sin este incentivo no habrá razón para caminar. En este artículo se asume la metáfora “búsqueda del ‘eslabón perdido’” como la sucesión de ejercicios de prueba y error destinada a “cerrar la brecha” entre utopía y realidad: “cerrarla” en cuanto a acortar la distancia entre la cuota de utopía de todo proyecto revolucionario o reformador, y la cuota de realidad de todo proceso destinado a materializarla.

En esencia:

  1. Entre toda utopía y toda realidad hay un “eslabón perdido”.
  2. El “eslabón perdido” entre utopía y realidad abre una “brecha” entre el proyecto de transformación social revolucionaria o reforma social progresista, y el proceso transformador o reformador destinado a materializarla.
  3. No reconocer la existencia y el crecimiento acumulativo de la “brecha” entre utopía y realidad, y aferrarse a ella como fundamento de un proceso de transformación social revolucionaria o de reforma social progresista desconectado y desviado de ella: convierte a la utopía en dogma; fomenta la alienación social que todo socialismo está llamado a erradicar; provoca la bifurcación de intereses y de rumbo entre dirigentes y dirigidos; y encamina al proceso revolucionario o reformador hacia la desilusión y el fracaso.
  4. La utopía tiene que ser sistemáticamente atemperada a la realidad con participación protagónica, real y efectiva de la sociedad. Esto es lo único capaz de lograr que la utopía no solo sirva para caminar, sino que sirva para caminar por la senda que la convierta en realidad lo más cercana posible a ella misma.

¿Por qué “cambian las preguntas”?

En la búsqueda de respuestas a las cambiantes preguntas, las fuerzas de identidades socialistas diversas se enfrentan a problemas teórico-prácticos entre los que resaltan los relativos a los objetivos estratégicos y las metas históricas, y a los medios y métodos para conquistar y/o construir el poder popular. Aunque resultó ser una premisa falsa, “era más fácil” formular objetivos estratégicos y metas históricas a partir de una concepción de “sociedad de llegada” en dirección a la cual supuestamente la Humanidad sería conducida por leyes inexorables, gracias a las cuales los partidos socialistas solo tenían que “remar a favor de la corriente”, “encontrar los afluentes más cortos y rápidos del río” y “sortear los escollos” que complicaran el arribo al destino predeterminado.

A sus respectivas “sociedades de llegada” apostaron tanto las corrientes fabianas y marxistas de la socialdemocracia –a un capitalismo democrático y redistribuidor de riqueza, que incluso podría convertirse en socialismo–, como el marxismo-leninismo soviético –a la “construcción del socialismo” y el “avance hacia la sociedad comunista”, que era su versión del “fin de la Historia”–. A diferencia de estos u otros determinismos, hoy sabemos que la transformación social revolucionaria depende de la capacidad de las y los seres humanos, cohesionados en un gran bloque social, de elaborar proyectos y desarrollar procesos capaces de materializar utopías emancipadoras realizables acordes con las condiciones y las características de cada momento y cada lugar.

En las décadas de 1980 y 1990 “nos cambiaron las preguntas” por el agotamiento de la expansión económica de la segunda postguerra, el salto de la concentración nacional a la concentración transnacional del capital, la avalancha universal del neoliberalismo, el colapso del bloque socialista europeo, la neoliberalización de la socialdemocracia y la reapropiación por los Estados Unidos y sus aliados/subordinados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de los antes llamados segundo y tercer mundo, mediante guerras de colores y guerras de conquista, ocupación y depredación.

En busca de respuestas sobre cómo reencauzar y desarrollar las luchas emancipadoras, en América Latina se erigió una nueva arquitectura de los sectores, las fuerzas políticas y los movimientos sociales populares, que incluyó: la solución negociada de los conflictos armados y la conversión de la casi totalidad de las organizaciones insurgentes en organizaciones políticas; el auge de los movimientos sociales en combate contra el neoliberalismo y demás formas de opresión y discriminación; y el desarrollo de un traumático proceso de reestructuraciones, rupturas y fusiones, cuyo resultado fue el surgimiento de partidos, organizaciones, frentes y coaliciones multitendencias en los cuales convergieron líderes, lideresas, activistas, militantes y simpatizantes de organizaciones políticas, sindicales, indígenas, campesinas, comunitarias, ambientalistas, femeninas, LGTBI-plus y de otros sectores.

Las respuestas aportadas por esa búsqueda les posibilitaron a los movimientos sociales, a los movimientos social-políticos y a los partidos, frentes y/o coaliciones políticas de izquierda y progresistas latinoamericanas, atravesar por dos fases de acumulación de fuerza social y de fuerza política entre mediados de la década de 1980 y finales de la de 2000:

  • De 1985 a 1998 acumularon la fuerza social para derrocar a gobiernos neoliberales, y la fuerza política para ocupar espacios en gobiernos locales y legislaturas nacionales, pero insuficiente para ocupar el gobierno nacional.
  • De 1998 a 2009 lograron acumular fuerza social y política para elegir, y en varios países reelegir varias veces consecutivas, a gobiernos de izquierda o progresistas, sin sufrir reveses.

Sin embargo, por efecto de acción y reacción, creció la tendencia a la desacumulación de fuerza social y política:

  • De 2009 a 2012 no hubo derrotas electorales de gobiernos de izquierda o progresistas, pero sí golpes de Estado “de nuevo tipo” en los “eslabones más débiles de la cadena”: Honduras (2009) y Paraguay (2012).
  • De 2013 a 2014 no hubo derrotas electorales, pero sí mayor efectividad de la estrategia desestabilizadora, que redujo a la mínima expresión el margen de votos con que la izquierda conservó el gobierno en Venezuela (2013) y El Salvador (2014).
  • De 2015 a 2019 las derrotas electorales en Argentina, El Salvador y Uruguay, los golpes de Estado “de nuevo tipo” en Brasil y Bolivia, junto a la traición de Lenín Moreno en Ecuador, golpean a seis de los “eslabones más fuertes de la cadena”, al tiempo que se intensifica el asedio contra los dos restantes: Venezuela y Nicaragua, y también contra la Revolución cubana.

En 2018 comienza una fase de recuperación parcial de espacios institucionales, que no está acompañada por una recuperación equivalente de fuerza social y fuerza política. Esta recuperación parcial se concreta mediante la elección de los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador en México; Alberto Fernández en Argentina; Luis Arce en Bolivia; Xiomara Castro en Honduras: Gabriel Boric en Chile; Gustavo Petro en Colombia; y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. A ello se añade el triunfo de Bernardo Arévalo, del Movimiento Semilla en Guatemala, en la segunda vuelta de la elección presidencial efectuada en Guatemala el 20 de agosto de 2023, y el paso de Luisa González, del Movimiento Revolución Ciudadana, a la segunda vuelta electoral que se efectuará en Ecuador este domingo 15 de octubre.

La correspondencia entre la recuperación de espacios institucionales derivada de la conquista del gobierno en México, Honduras y Colombia, la reconquista del gobierno en Argentina, Bolivia, Chile y Brasil, y de la aún no concretada conquista del gobierno en Guatemala y de la posible reconquista del gobierno en Ecuador, está ensombrecida en unos casos, y gravemente afectada en otros, por los embates de la derecha y/o la ultraderecha, y por las contradicciones y divisiones que se producen en los movimientos sociales populares y las fuerzas políticas de izquierda y progresistas.

En Venezuela y Nicaragua, cuyos gobiernos son los únicos electos y reelectos en la fase de acumulación de fuerzas de 1998-2009 que no fueron derrotados o derrocados, la correlación de fuerzas les permitió ejercer el control de los tres poderes del Estado, pero no han logrado sustituir a la democracia burguesa imperante en ambos países por otras formas de democracia que sean compatibles con sus sistemas institucionales. A menos que esto se logre, ese sistema será objeto de creciente presión en un contexto mundial que no solo presupone la alternabilidad en su ejercicio, sino también que esa alternabilidad sea exclusivamente entre fuerzas neoliberales.

La situación actual nos coloca a quienes creímos en la existencia de leyes históricas del desarrollo social, y esa creencia dejó huellas en nuestro subconsciente, ante la necesidad de reconocer que periódicamente no solo “nos cambiarán las preguntas”, sino también aparecerán preguntas nuevas. A ese tema se dedica la segunda parte de este artículo.


1       El concepto de “siglo corto”, que Eric Hobsbawm acostumbraba a utilizar para referirse al período comprendido entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y el derrumbe de la Unión Soviética (1914-1991), lo tomó de Ivan Berend, antiguo presidente de la Academia Húngara de Ciencias. Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 2009, p. 10.

2       Nahúm Montagud Rubio: “¿Qué es el eslabón perdido, y por qué es un mito?“, en (https://psicologiaymente.com/cultura/eslabon-perdido), 15/1/2021. Consultado 13/8/2022.

3       Néstor Kohan: Nuestro Marx, Misión Conciencia, Caracas, 2011, p. 93.

4       Ver a Carlos Marx: Contribución a la crítica de la economía política [1859], Instituto del Libro, La Habana, 1975, p. 10.

5       Néstor Kohan: ob. cit., pp. 60-61.

6       Ver a José Stalin: Los fundamentos del leninismo (1924) y Cuestiones del leninismo (1926).

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