julio 19, 2024

El Pacto de Unidad y su Manifiesto en medio de la política pervertida

Por Jhonny Peralta Espinoza *-.


Hay momentos en la vida de los individuos que atraviesan “un suceso emergente que es un planteamiento psicosocial pragmatista que expresa el retraimiento individual producto de una experiencia y que crea una barrera entre el pasado y el futuro”.

En este caso al planteamiento de suceso emergente le resignificamos añadiendo el término histórico, para comprender que el tiempo colectivo social fue interrumpido por un suceso emergente histórico que crea una barrera entre el pasado y el futuro… así lo que se construía en un momento determinado fue interrumpido, aclarando que cuando se produce el suceso emergente histórico no puede haber una valoración positiva o negativa a priori de ese suceso, porque los efectos de esa disarmonía del tiempo colectivo social se producen al transcurrir el tiempo, ya que esa interrupción puede dar lugar a tres situaciones: 1) Opción por construir un proyecto social ajeno; 2) Elegir un proyecto propio enriquecido con las nuevas formas sociales; y 3) Seguir instalados en las formas sociales abigarradas (Itxaso Arias).

El golpe de Estado del 2019 provocó en la dirigencia del Movimiento Al Socialismo (MAS) un suceso emergente histórico, que les impidió asimilar el golpe y reconducir el Proceso de Cambio con las experiencias asumidas para evitar lo que ahora se está viendo: una simple y triste pelea por el poder per se.

Con este artículo vamos a tratar de reflexionar si el Manifiesto planteado por el Pacto de unidad, el Gobierno es capaz de interpretarlo para renovar y regenerar el Proceso de Cambio, superando y asimilando el suceso emergente histórico o, por el contrario, seguir apegándose al “conformismo de la tradición” para evocar y repetir el pasado, o sea esta política oportunista, pervertida y retorcida.

 “No somos ni cobardes, ni traidores, vamos a hacerlo cumplir” (Luis Arce Catacora)

Una vieja idea anarquista dice que nunca se toma el poder, que el poder siempre toma a las personas que creen haber tomado el poder. Agustín García Calvo lo sintetiza cuando declaraba que “el enemigo está inscrito en la forma misma de sus armas, tomar sus armas es transformarse ya en el enemigo”.

Durante 17 años del llamado Proceso de Cambio cualquier burócrata que llegó a las altas esferas del Estado compró las armas del enemigo, y mientras desde el poder estatal pensaban que desde arriba cambiaban el país, sus sensibilidades, sus modos de ser, sus ideas de felicidad, su forma de vestir y de caminar, sus gestos y sus conductas cambiaban. Es lo que Pier Paolo Pasolini llamaba una “mutación antropológica”, cumpliéndose a rajatabla la afirmación de Marx: “el ser social es lo que determina su conciencia”.

Entonces lo que la experiencia está demostrando de forma apabullante es que aquellos que pretendieron tomar el poder para cambiar el país, se sirvieron del poder como si fuera un instrumento neutro y terminaron por convertirse en engranajes de ese poder de Estado convertido en un fin en sí mismo, o sea en el reforzamiento y perpetuación del sistema. Y ahora el pueblo tiene que ser espectador de una “lucha política” de chismes, grabaciones, dimes y diretes, guerras de espejos, difamaciones, injurias, que nos demuestran a qué pasiones obedecían estos hombres y mujeres que durante 17 años creyeron manejar el poder y solo fueron funcionales al sistema. Esta lucha política pervertida, sin indicios de hacer un balance de la derrota política del golpe de 2019, sin debates de proyectos, desnuda una crisis de pensamiento que también es una crisis del sentido y la significación de la acción política, situación que lleva a la crisis de la credibilidad de lo que hacen y de sus liderazgos.

Esa crisis de pensamiento es tan evidente que las cosas que dicen son repetitivas, inconsistentes, incoherentes: lucha contra el narcotráfico y la corrupción, salvar a Bolivia, somos el Gobierno de la industrialización, el revolucionario no miente, etcétera. Pero también la crisis de pensamiento surge por la enorme distancia que hay entre lo que se dice y lo que se hace, por ejemplo, cuando se dice gobernar obedeciendo al pueblo, Patria o Muerte, la lucha es antiimperialista, etcétera. Esta crisis de pensamiento nace por la ausencia de crítica y autocrítica, por la burocratización del pensamiento, o sea por la repetición cómoda de ideas, provocando en última instancia que convivamos con un pensamiento que solo produce medias verdades, convicciones débiles y con tendencia a mentir y manipular. En concreto es un pensamiento que no producirá jamás la relación entre la creencia y la práctica.

Luis Arce en el Cabildo ha afirmado que “no somos ni cobardes ni traidores, vamos hacerlo cumplir”. En otras circunstancias, Evo Morales gritó más de una vez: “Patria o Muerte”. Horacio Tarcus señalaba que “Marx habría intuido la eficacia de los significantes vacíos cuando escribió que Luis Bonaparte, justamente porque no era nada, podía significarlo todo, así Bonaparte mismo era la personificación del significante vacío”. Luis Arce y Evo Morales, en relación a lo que estamos tratando, se constituían en significantes vacíos, que luego de instalados deben conectarse con la mayor cantidad de gente, más allá de sus propios votantes; y después habrá que dotarles de contenido, para en última instancia hacerlos tangibles y convertirlos en emoción política. Aquí estamos hablando del vínculo entre creencia y práctica; en otras, cuando hablamos de procesos políticos de transformación o de revoluciones, la gente vinculada a la izquierda tiende por tradición a reivindicarse como comunista, guevarista, leninista, etcétera, pero esto es una creencia, y a la creencia hay que darle contenido, y la única manera de darle contenido son las prácticas de ser comunista, guevarista, leninista, etcétera, en los hechos, en las prácticas culturales, en las relaciones sociales. Si no es así todo se queda en la demagogia, en la charlatanería. Este vínculo imprescindible entre creencia y práctica en la política, pero también en la vida cotidiana, tiene que ver con los afectos, los valores, los apegos, todo esto es lo que nos mueve, lo que nos importa, lo que hace que la vida merezca la pena, es ese “plus” capaz de desequilibrar las relaciones cuantitativas de fuerza, de provocar lo imprevisto, el “milagro”. Eso es lo que en el pensamiento estratégico y militar se denomina el “elemento moral de la guerra”, decisivo para poner los cuerpos en movimiento, y que los líderes tienen que saber cultivar, cuidar y compartir. Ahora Luis Arce tiene la oportunidad de darle contenido a su afirmación: “No somos cobardes, ni traidores”. El tiempo tiene la última palabra.

“Está aquí tu pueblo, y así también tienes que atender” (Lucio Quispe, ejecutivo Csutcb)

Los 19 puntos planteados por el Cabildo colocan al Presidente en una verdadera elección: ¿seguir practicando el juego paternalista de dar beneficios, bonos, canchas, etcétera, a los sectores más desfavorecidos; o abordar la tarea mucho más complicada de profundizar la democracia y reconducir el Proceso de Cambio? Si el Presidente no hace este cambio, la situación del Gobierno y del país será cada vez más crítica, y para que pueda orientarse en medio de este dilema debe ser consciente de la fatídica limitación de la política de intereses, porque esos intereses no se pueden reducir a intereses de su entorno, como ocurrió con Evo y como ocurre ahora con Lucho, por más que se llame gobierno.

En la hoja de ruta política planteada en 19 puntos, los movimientos y organizaciones sociales le dan una oportunidad al Gobierno, la que debe materializarse en la idea de una nueva política. Son 19 puntos que responden a la tradicional pregunta ¿qué hacer? Ahora al Gobierno le corresponde traducir la energía de los 19 puntos al plano de lo institucional, sin borrar los ingredientes de la fuerza política que contienen esos puntos y no traducirlos a un código más convencional, como se hizo con Evo Morales, donde el Pacto de Unidad era un invitado de piedra en el Proceso de Cambio.

Aquí se abre una cuestión compleja para el Gobierno, ¿en qué medida la forma del discurso del “poderoso Gobierno” traducirá esos puntos solo para instrumentalizar las propuestas populares-indígenas mediante el prebendalismo y buscar así el apoyo y el asentimiento de los movimientos y organizaciones sociales; o, por el contrario, desde el Gobierno, y en un sentido preciso, se fortalece a los movimientos y organizaciones sociales movilizándoles, creando condiciones para su protagonismo político, construyendo junto a ellos y ellas una estrategia que responda a la pregunta de cómo materializar las propuestas del Pacto de Unidad? En síntesis, el Presidente tiene la oportunidad de estar en sintonía con las demandas del pacto de unidad, y, quizás, de la ciudadanía, porque en última instancia será la demanda política la que condicionará todo.

El Pacto de Unidad con sus propuestas plantea otro reto al Presidente que tiene que ver con la problemática de la representación, porque no aborda la cuestión de la representación política en su sentido tradicional:

representantes y representados, sino también porque pone en juego la dimensión imaginaria de cómo la resistencia movilizada, el gabinete social y la dirección conjunta del Instrumento –tres propuestas del cabildo– pueden ayudar en los procesos de construcción de las identidades políticas. Entonces lo que el Pacto de Unidad está planteando no es incorporarse a una dirección política o gabinete político para plantear propuestas, sino que el gabinete sea social, conformado por hombres y mujeres salidos de los movimientos y organizaciones sociales, por eso la idea de una dirección compartida en el Instrumento, y no dirigida por un caudillo. Lo plantean así porque en la política profesional o convencional los representantes causan que haya ausencia de sus representados, donde los movimientos sociales delegan (se ausentan) su poder en sus representantes. Ahora, el gabinete social y la dirección compartida en el Instrumento son formas de incluir la participación de las organizaciones sociales en la política, y esto puede sonar novedoso e incluso disruptivo, porque a nivel del Poder Ejecutivo se puede estar hablando de un poder dual en ciernes. Caso contrario, el Gobierno transitará el camino clásico de una revolución pasiva, donde los gobernantes reaccionan a presiones que vienen de los movimientos sociales y acaban aceptando una cierta parte de sus reivindicaciones, para modificar algo la realidad, y continuar con una compleja dialéctica de restauración, conservación y reforma.

El éxito del Cabildo no se mide por la cantidad de gente, sino por los cambios que produce

Cuando se realizan cabildos o concentraciones políticas, el aspecto más visible es la “presencia popular-indígena”, que da pie a una importante cuestión que se tiene que resolver, donde el Gobierno tendrá que reaccionar frente a esa presencia/presión de lo popular-indígena. Entonces el Cabildo con su fuerza le exige al Gobierno que se divorcie de la idea que dice que hay que esperar la situación donde se cumplan las condiciones subjetivas y objetivas para provocar los cambios estructurales; en las actuales condiciones, no tiene sentido esperar el momento justo, porque este nunca llegará, al Gobierno le queda arriesgarse e intervenir, aun cuando conseguir los fines parezca imposible; pero solo actuando así se puede transformar la situación de manera que lo imposible se vuelva posible, de un modo siempre impredecible.

Otro aspecto de los 19 puntos planteados por el Pacto de Unidad, no tienen nada que ver con la palabra “hegemonía”, entendida en el sentido clásico gramsciano, es decir, como dirección política y económica del país sustentada en un dominio en los ámbitos cultural y moral; este objetivo es totalmente inalcanzable a corto plazo. Lo que plantea el Pacto de Unidad es un problema de tipo metodológico: que el Gobierno junto a los movimientos y organizaciones sociales necesitan un tiempo para recuperar la musculatura política, organizativa y cultural. Y esta tarea es compleja y exigente, en la medida en que requiere de hombres y mujeres politizados, comprometidos y capaces. El Gobierno no cuenta con esa gente que tenga esas características, como tampoco lo tuvo Evo Morales, porque el espacio político que crea el Pacto de Unidad mediante sus 19 puntos se materializará en un campo de fuerzas y un juego de relaciones, donde el Presidente junto a los movimientos sociales determinarán qué gente se requiere, para qué lugares, qué objetivos alcanzar, qué centros de decisión ocupar, cuestión que implica una ordenación de las prioridades políticas, de los tiempos de intervención, de las consignas, de gente que salga de su posición espectadora y sean capaces de pensar y actuar, capaces de crear espacios de pensamiento y acción a partir de un problema concreto, creando momentos donde la gente esté implicada en una “situación de lucha”; donde esas situaciones de lucha son las que crean nuevos planteamientos, nuevos posibles y ponen al país en movimiento.

“No hay duda de que la revolución nos enseñará a nosotros y enseñará a las masas populares” (Lenin)

La crisis que soporta el Proceso de Cambio, el Movimiento Al Socialismo (MAS), el Gobierno y el país, frustra todo intento de regreso a la normalidad pasada, pero es clave para pensar el futuro y la esperanza, es decir, para pensar los tiempos que vienen; y si el Gobierno quiere que esos tiempos sean de transformación debe ejercer la destitución. Destituir la idea de poder centralizado para elaborar una idea de poder social; destituir el mito de que solo un indígena tiene que dirigir el Gobierno y el Proceso de Cambio por la idea de un gobierno-gabinete social; destituir la idea de la universalización de la democracia liberal, porque esta democracia ya no es capaz de defenderse del postfacismo, por la idea de una profundización de la democracia con movilización y participación real de los movimientos y organizaciones sociales. El Gobierno, con la propuesta hecha por el Pacto de Unidad, tiene que salir de los límites de las políticas convencionales; asumir que una presencia permanente del pueblo significa un estado permanente de emergencia, tal como lo plantea el Pacto de Unidad; para esto hacen falta periódicos, televisiones, radios, escuelas, editoriales, es decir, dispositivos culturales que empujen determinados valores que encarnen una visión social y una visión de cómo debería de ser el país, así como cuál debería de ser el camino de la transformación.

“El trabajo de abrir trincheras es un trabajo permanente. La Iglesia lo ha entendido de maravilla y por eso tiene una historia de miles de años, tiene radio, televisiones, periódicos, una estructura de partido mundial, que es básicamente la Iglesia católica”, apunta J. C. Monedero.

Lo que propone el Pacto de Unidad en sus 19 puntos es que el Instrumento, con una dirección política compartida, tenga miles de cuadros políticos que difundan sus mensajes y sus valores en todo el país, financiado por los aportes de los servidores públicos. En este sentido, la importancia que plantea el Pacto de Unidad es una “hipótesis estratégica”, porque no es un modelo el que propone, con sus instrucciones para ser cumplidas. Es una hipótesis estratégica, como una guía para la acción, enriquecida por las experiencias pasadas, pero abierta y modificable a la luz de las experiencias nuevas y de circunstancias inéditas. No se trata de especulaciones, sino de las conclusiones que se puede sacar de las experiencias pasadas (que son el único material disponible), sabiendo que el futuro no es nunca su mera repetición; pero también implica decir que la democracia requiere ahora su “profundización revolucionaria”, que supone pensar los términos de la estrategia, la táctica, la organización, donde el Gobierno y los movimientos sociales definan un campo donde reconocer adversarios, enemigos, aliados.


  • Exmilitante Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka.

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