febrero 20, 2024

¿Por qué Israel? (Segunda parte)

En un primer momento el Estado de Israel no jugó el papel que actualmente se le conoce; por el contrario, trató de mantener una política de neutralidad entre los bloques de poder. Pero ello duró poco y para comienzos de los años 50 comienza a alinearse con una de las potencias que libraban la Guerra Fría: los Estados Unidos, y la doctrina de la neutralidad es desechada. En 1951 el premier israelí David Ben-Gurión propuso secretamente enviar tropas de su país a Corea del Sur como ayuda a la guerra librada por Washington contra la prosoviética Corea del Norte. Pero durante la década de 1950 los Estados Unidos no estaban interesados en fomentar la inestabilidad del Medio Oriente, cuyas principales zonas de interés coincidían con los intereses inmediatos del mayor grupo petrolero norteamericano en el Golfo Pérsico y en la Península Arábiga. Por eso en esa época los aliados estratégicos del militarismo israelí fueron Francia y Gran Bretaña.

Luego de la Guerra del Sinaí de 1956 la situación regional empezó a preocupar a la administración de Washington, con Eisenhower a la cabeza. Para ese entonces comienzan a caer los regímenes monárquicos apoyados por Gran Bretaña, y en su lugar se da el ascenso de proyectos militares antioccidentales que acudieron a la ayuda militar soviética. Kennedy fue el primer presidente estadounidense que le vendió armas a Israel, y a partir de 1963 comenzó a forjarse una alianza no oficial entre el Pentágono y los altos mandos del Ejército israelí. Esta supeditación de los intereses nacionales a la lógica del enfrentamiento entre las por ese entonces dos superpotencias globales por zonas de influencia y control en el Medio Oriente no solo reprodujo la lógica del conflicto árabe-israelí, sino que echa mano –sin saberlo seguramente– de esa trágica historia del paso de víctima a victimario: “ahora que tenemos poder los trataremos como se merecen”, así como fuimos tratados nosotros en la Shoa. Si se quiere –la psicología lo dice y la Historia lo confirma–, es muy fácil encontrar enemigos y fantasmas a la vuelta de la esquina (he ahí nuestra trágica condición humana: “el Infierno es el otro”, dirá Sartre). Desde ese momento el joven Estado de Israel pasa a ser la vanguardia estadounidense en esa convulsa región, importantísima para los intereses estratégicos de la Casa Blanca (reserva petrolera y zona de contención de su archirrival, la Unión Soviética).

Para inicios de los años 70 del siglo pasado en los Estados Unidos se calculaba que ya había alcanzado su techo de producción petrolera doméstica (el pico, en realidad, se alcanzó en 2006), por lo que las reservas de Medio Oriente pasan a ser, cada vez con mayor empeño, de importancia vital para su proyecto hegemónico. En esa lógica –lamentable para los judíos, importante para la estrategia expansionista del Estado de Israel, que no es lo mismo– Tel Aviv entrará a desempeñar un papel decisivo en el plan estadounidense. Tanto, que comienza a ser –y lo sigue siendo hasta la fecha– su “niño mimado”.

No es ninguna novedad que Israel vive, en muy buena medida, de la “cooperación” estadounidense: tres mil millones de dólares al año (el 17% de la ayuda externa mundial entregada por Washington). Por un complejo anudamiento de intereses, el lobby hebreo de la superpotencia –con un gran poder de cabildeo, sin lugar a dudas– ha conseguido que tanto la administración federal como importantes sectores de la iniciativa privada, destinen ingentes recursos al país asiático. La inversión, por supuesto, no es gratuita. Israel, más allá de sectores pacifistas de los que también hay, como Estado nacional cumple a la perfección su mandato, no muy oculto por cierto, de defender intereses extrarregionales: es el gendarme armado hasta los dientes que la geoestrategia estadounidense destina a la Región (algo así como lo es Colombia en Latinoamérica, el reaseguro militar del Pentágono, aún con Petro en la Presidencia). Esta operación militar-policial en gran escala que las fuerzas israelíes efectúan con la más campante impunidad no tiene por objeto –como pomposamente se declara– impedir atentados terroristas (de hecho, de ser ése su objetivo, ha fracasado estrepitosamente, y lo sucedido días pasados lo muestra), sino aniquilar la militancia palestina –“todos los palestinos son sospechosos de terrorismo”– como paso necesario para disciplinar a este pueblo, al que se pretende seguir ocupando y controlando, y a toda la Región en definitiva. En otros términos: sirve como mensaje. Las potencias europeas, cada vez más un triste furgón de cola de los Estados Unidos, hacen el coro a Washington y condenan con vehemencia al fundamentalismo islámico, poniendo a Israel como la gran víctima.

La inestabilidad, los conflictos y las guerras periódicas son el medio funcional para el florecimiento de los negocios de las corporaciones de la industria de armamentos y de las grandes empresas petroleras. Lo trágico en este anudamiento de intereses complejo es el papel al que se destina a un pueblo tan sufrido históricamente como el judío. Por supuesto que la generalización a que nos invita Saramago puede ser peligrosa: no todos los judíos son el epígrafe de Ariel Sharon, ni el actual Netanyahu. Pero no hay dudas que los preceptos de la psicología obligan a seguir la reflexión: dadas las circunstancias todos podemos pasar del Dr. Jekyll a Mr. Hyde. El Estado de Israel nos lo recuerda patéticamente.

¿Por qué el Estado de Israel se ha transformado en una potencia agresora, militarista, invasora? ¿Por qué esa guerra perpetua que mantiene con sus vecinos árabes? ¿Por qué está armado hasta los dientes, y siempre dispuesto a utilizar ese armamento? Dicho sea de paso: con un potencial nuclear –oficialmente negado y siempre imprecisamente conocido– que lo coloca como la cuarta o quinta potencia atómica del mundo, con alrededor de 400 cabezas atómicas.

¿Qué ha pasado ahí que el colectivo judío, de víctima de una segregación histórica milenaria, y víctima de las peores atrocidades durante el período nazi en la Alemania de los años 30 del siglo pasado, pasó a ser ahora un azote para sus vecinos árabes del Medio Oriente? ¿Cómo y por qué ha pasado de víctima a victimario? Su posición de potencia militar regional, su alta belicosidad, el martirio a que somete al pueblo palestino, ¿tiene que ver con un real derecho a defenderse, o hay algo más? ¿Es legítima defensa contra el “monstruoso terrorismo” al que se ve sometido?

Dicho sea de paso, más allá de la insidiosa campaña mediática que ha transformado al siempre mal definido terrorismo en una nueva plaga bíblica, los datos duros indican que debido a acciones que podrían llamarse “terroristas” muere un promedio de 12 personas diarias en el mundo, el 0,1% de los que mueren de hambre (¡en un mundo donde la comida sobra y muchas veces se bota a la basura!).

IV

La prensa occidental de las grandes corporaciones mediáticas nos tiene acostumbrados a presentar la convulsa situación del Medio Oriente como producto del terrorismo islámico del que es víctima el Estado de Israel. Pero como dijo Adrián Salbuchi: “Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel han declarado a Hamas y Hezbollah como ‘organizaciones terroristas’. Conviene recordar, sin embargo, que el origen de las Fuerzas de Defensa Israelíes (el Ejército de Israel) surge de la fusión en 1948 de tres grandes organizaciones terroristas: los grupos Stern, Irgun y Zvai Leumi, que previo al surgimiento del Estado de Israel perpetraron crímenes terroristas como el asesinato del mediador de las Naciones Unidas en Palestina, Conde Bernadotte (organizado por la guerrilla a cargo de Ytzakh Shamir, luego primer ministro israelí), y el ataque terrorista con bombas en 1947 contra el Hotel Rey David de Jerusalén, sede de la comandancia militar británica (perpetrado por la guerrilla de Menahem Beghin, luego también primer ministro israelí). Una de dos: o todos estos grupos –Hamás, Hezbollah y Ejército Israelí– son catalogados como ‘fuerzas de defensa’; o son todos catalogados como ‘grupos terroristas’”.

Conviene recordar también que las voces más racionales surgidas entre judíos, como la de Ytzakh Rabin, exprimer ministro que buscaba un entendimiento con sus vecinos árabes, fueron silenciadas por los fundamentalistas guerreristas que tienen secuestrado el Estado israelí. Rabin –como dijo Saluchi– “fue acribillado a balazos en Israel no por un terrorista musulmán, no por un neonazi, sino por Ygal Amir, un joven militante sionista israelí estrechamente vinculado al movimiento ultraderechista de los colonos, y próximo al Shin-Beth, el servicio de seguridad interna israelí”. Si alguien no quiere la paz en esta zona, parece ser el Gobierno israelí precisamente.

No todos los judíos avalan esta política agresiva y proestadounidense. Hay voces, como la de Ytzakh Rabin, como la del soldado Sergei Gornostayev citado más arriba, y la de tantos otros, que no comparten el sionismo ultraderechista que busca ser el gendarme nuclear de la Región, haciéndole el juego a los intereses petroleros estadounidenses y británicos.

“Toda la Humanidad se encuentra horrorizada ante el terrible sufrimiento en el Medio Oriente. Inocentes de ambos lados están siendo barridos en un espiral de al parecer interminable derramamiento de sangre. El mundo busca una solución. El reclamo de Israel de representar a los judíos del mundo vincula a todo nuestro pueblo a los actos de violencia del Estado en contra del pueblo Palestino. Esta es una frustrante y vergonzosa mentira. Nada puede estar más alejado de la realidad. No hay necesidad para los judíos de ser vistos como los enemigos del mundo islámico”, dice la ONG Judíos contra el Sionismo. De todos modos, esas voces quedan silenciadas dentro del mismo Estado de Israel, y opacadas en el concierto internacional. El discurso oficial dominante es que Israel es víctima del ataque indiscriminado del fundamentalismo musulmán, siempre sanguinario y visceralmente antijudío.

¿Qué es el terrorismo finalmente? ¿Poner una bomba en un lugar público? ¿Atacar un país en nombre de la libertad para robarle sus recursos? ¿Hacer de la fabricación de las armas el principal negocio del mundo? Si Israel está enclavado en esta problemática zona como baluarte del antiterrorismo, evidentemente su función no se cumple muy bien que digamos, porque los grupos integristas en vez de disminuir, crecen a diario. Se podría llegar a decir que el capitalismo occidental necesita del siempre mal definido “terrorismo”, mediáticamente vinculado al “fundamentalismo islámico”.

Como dijera el politólogo pakistaní Lal Khan: “este virulento fundamentalismo es la culminación reaccionaria de las tendencias que, en la época moderna, caracterizada por la política y la economía mundiales, intentan recuperar el islamismo. En los años 50, 60 y 70 en el mundo musulmán existían corrientes de izquierda bastante importantes. En Siria, Yemen, Somalia, Etiopía y otros países islámicos se produjeron golpes de Estado de izquierdas, y el derrocamiento de los regímenes capitalistas-feudales corruptos llevó a la creación del bonapartismo proletario o Estados obreros deformados. En los demás países también hubo movimientos de masas importantes encabezados por dirigentes populistas de izquierda. En el clima de la Guerra Fría algunos de estos dirigentes, como Gamal Abdel Nasser, incluso desafiaron al imperialismo occidental y llevaron a cabo nacionalizaciones y reformas radicales. A partir de ese momento, una de las piedras angulares de la política exterior estadounidense fue organizar, armar y fomentar el fundamentalismo islámico moderno como un arma reaccionaria contra la insurrección de las masas y las revoluciones sociales. (…) Después de la derrota de Suez los imperialistas dieron prioridad a esta política. Gastaron ingentes sumas de dinero en operaciones especiales dirigidas por la CIA y el Pentágono. Suministraron ayuda, estrategia y entrenamiento a estos fanáticos religiosos. La mayor operación encubierta de la CIA en la que ha estado implicado el fundamentalismo islámico ha sido en Afganistán”. El siempre mal definido terrorismo es un “monstruo” que ataca la libertad y la democracia, así como el narcotráfico representa el cáncer a combatir en Latinoamérica. Parecen más creaciones mediáticas que otra cosa: la industria bélica necesita enemigos y, casualmente, ahí están ellos siempre listos para ser combatidos.

Junto a ello es de destacar lo perverso de las religiones, acrecentado en forma exponencial por el uso “malintencionado” que se puede hacer de ellas cuando se las transforma en meras estrategias políticas, alimentando fundamentalismos que lo único que logran es obnubilar –más aún– el espíritu crítico en las masas, tanto en las escuelas coránicas de los integristas musulmanes como en el ultraortodoxo sionismo judío. O también en cualquier otra religión, como puede apreciarse en el neopentecostalismo evangélico que adormece a las masas latinoamericanas.

El sistema capitalista, y en especial el imperialismo estadounidense, su indudable vanguardia, necesitan la guerra. Ello es negocio (70 mil dólares por segundo a nivel mundial produce este business). Un Medio Oriente en llamas es buen negocio para el complejo militar-industrial norteamericano, que es quien fija la política exterior del país. Eso tiene implicancias geopolíticas: control de las reservas petroleras, posibilidad de desestabilizar los suministros hacia China, negocio para los fabricantes de armas. Israel cumple una misión histórica para el sistema capitalista occidental, por eso los “amos del mundo” le toleran impunemente todas estas infames tropelías.

Los judíos, pueblo históricamente marginado y aborrecido, se merecen algo más que un Estado como el que manejan los genocidas sionistas hoy en el poder, tanto en Tel Aviv como, en buena medida, en Washington. El grito de ¡Palestina libre! es un llamado a la justicia universal.

 

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