febrero 21, 2024

Henry Kissinger: qué hay detrás de su papel al servicio del imperialismo yanqui

El exsecretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, acaba de morir y por mucho que la prensa conservadora trate de excusarlo con las credenciales de un “hombre controversial”, lo cierto es que no hay ni nunca hubo mucho que admirar en este personaje de triste memoria, aunque figura importante.Para algunos genio diplomático, para otros uno más de los cientos de profesionales del poder que pululan por los pasillos de la Casa Blanca, dispuestos a mancharse las manos de sangre con tal de seguir asistiendo a sus fiestas. Una mirada rápida a su historia de vida permite, sin embargo, ser conscientes de las limitaciones de uno de los productos mejor promocionados de la academia política estadounidense. Aun cuando debe considerarse que Kissinger no fue el primero ni el último de los monstruos que ha producido la política exterior de dicho país.

Ambición

Heinz Kissinger nació en Alemania en 1920 y migró junto a su familia a los Estados Unidos en 1938, poco después de la “noche de los cristales rotos” (la arremetida nazi contra comerciantes judíos). Pronto se enlistaría voluntariamente en el Ejército de su nueva patria para pelear en la Segunda Guerra Mundial, siendo recordado por varios de sus camaradas como el “más americano de aquellas filas americanas”, a tal punto que ya era conocido como Henry, una anglificación de su nombre germano original. Sobrevivió a su campaña por Alemania occidental, llegando a tomar parte en la liberación de un campo de concentración nazi, tal vez lo más preciado que hizo en la vida.

Tras regresar a los Estados Unidos aprovechó una beca que el Gobierno estaba otorgando a los jóvenes veteranos con aspiraciones universitarias, ingresando nada menos que a Harvard, donde se graduaría como politólogo. Un gran salto para un joven que en su adolescencia soñó con no ser más que un contador. En sus tiempos de estudio, en todo caso, sería recordado por ser un ágil organizador de proyectos en busca de reconocimiento social, abriendo una revista pretenciosamente titulada Confluencia, a la que invitó a escribir a varios de sus compatriotas migrados a los Estados Unidos, entre ellos nada menos que Hannah Arendt, quien jamás lo tuvo en la mayor de las estimas, pero con quien, lamentablemente, coincidió en cuanto a su desconfianza respecto al rumbo que estaban tomando los movimientos nacionalistas del Tercer Mundo. El hecho es que se trataba de un hombre que quería sobresalir, con o sin ideas, un rasgo de su personalidad que lo acompañaría toda la vida.

Dispuesto a jugarse el todo por el todo para atraer la atención de los demás, postuló la idea de que las armas nucleares debían ser algo más que un instrumento de disuasión en contra de la URSS, para usarse efectivamente a una escala limitada, en términos geográficos pero no demográficos, siendo lo más recomendable dejar una gran cantidad de muertos para demostrar determinación, como algunos interpretan en su libro Armas nucleares y relaciones exteriores. Sin duda, ya era prometedor para esos años.

Pragmatismo

A lo largo de su vida Kissinger tuvo varios mentores, desde un académico del área social con el que compartió trinchera en Europa hasta un compañero de aulas con el que debatía ocasionalmente acerca de política internacional. Su mayor influencia, a diferencia de lo que muchos piensan, no fueron los padres de la Real Politik, como Carl von Clausewitz u Otto Bon Bismarck, sino existencialistas como Juan Paul Sartre, muy de moda en las aulas de casi todo el mundo, además de Kant y Spengler.

Aquella mezcla de pensadores que problematizaron asuntos como el escepticismo y la ausencia de sentido en la vida humana llegarían a explicar su forma de pensar madura, en la que la Historia no se revelaba por el progreso liberal ni la lucha de clases ni los ciclos, sino como “una sucesión de incidentes insignificantes que van dando forma a la voluntad humana”, como relata una sobria biografía sobre él titulada La inevitabilidad de la tragedia, de Barry Gewen. En todo caso, queda claro que a nuestro personaje le sobraba el relativismo moral necesario en su camino a las cumbres del poder.

Después de su tesis doctoral dedicada a los acuerdos de Viena y la frustración de su sueño de convertirse en docente, Kissinger pasó los siguientes años trabajando en la Fundación Ford o impartiendo charlas en la RAND Corporation, centros de lobbismo tradicional para llegar al hogar del Poder Ejecutivo. Fue en esos años que cultivó amistad con otro alemán nacionalizado en los Estados Unidos llamado Hanz Morguenthau, con quien compartía un punto de vista quizá no muy polémico para su tiempo: la idea de que la Guerra de Vietnam era un callejón sin salida. Y sí, hablamos del mismo Kissinger que de todos modos promovió una de las campañas más sangrientas de aquel conflicto en contra de civiles de Vietnam del Norte.

Realismo

Fue a partir de ahí donde comienza el registro de las peores atrocidades de las que formó parte, pero sin llegar a ser lo que muchos piensan que fue: la mano que mece la cuna. Pues si bien estaba en contra de la Guerra de Vietnam, hasta el punto de perder su empleo en la administración de Jonhson, lo estaba solo en la medida de que no fuera él quien formara parte de la coalición guerrerista. Eso cambió cuando conoció a Richard Nixon, considerado por muchos como “un hombre sencillo”, sin duda asombrado por las credenciales académicas del Dr. Kissinger.

La historia es conocida: en lo último de su campaña, Nixon y él sabotearon las charlas de paz que su rival Jonhson impulsaba en París entre Vietnam del Sur y el Vietnam del Norte, convenciendo a los primeros de no asistir, con tal de evitar una reelección demócrata. Funcionó y la guerra continuó para que fueran ellos quienes le pusieran un fin “honorable”, no sin antes iniciar una campaña de cuatro años sobre Cambodia, en la que se lanzaron más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial, ocasionando cientos de miles de muertos civiles. Lo destacable acá es la flexibilidad de sus principios, siempre negociables dependiendo del lado que ocupaba de la mesa.

La Guerra Fría estaba en su etapa de apogeo, luego del triunfo de la Revolución cubana y la Crisis de los Misiles de 1962, con ejércitos de liberación nacional multiplicándose por todo el continente, y la capacidad de adaptación ya no era suficiente para mantenerse en el círculo de los asesores privilegiados de Nixon, por lo que su posición se fue haciendo cada vez más radical, acorde al temperamento republicano de esos años. Apoyó la campaña genocida del presidente pakistaní Yahya Khan en contra del pueblo del Este de su país en 1971, para seguidamente apuntalar otro genocidio en Timor del Este, esta vez perpetrado por el dictador indonesio Suharto, primero para intimidar a los soviéticos y luego para confirmar que todo asesinato de comunistas sería recompensado por la Casa Blanca. Su punto culminante fue el derrocamiento de Salvador Allende en el Chile de 1973, dando inicio a uno de los periodos más sangrientos de América Latina, en el marco del Plan Condor, orquestado más por la CIA que por la Casa Blanca, pero de todos modos tributario de la aventura de Nixon y Kissinger.

Suerte

Es por esos años que los hitos más importantes de su carrera se escriben, como la Détente con la URSS, la reapertura de relaciones con China y la contención de la Guerra de los Seis Días, en la que se reunió con los líderes del sionismo israelí para asesorarlos en “aislar a Palestina” hasta de sus propios aliados, con acercamientos a algunos regímenes árabes como el saudí a la parque se promovía una política de asfixia al pueblo palestino. Una consecuencia inesperada, al menos para él, fue la transformación de Israel en un socio estratégico en el Medio Este. No obstante, es de notarse todos logros algo disonantes con la beligerancia que se acumulaba a ambos lados de la Cortina de Hierro. Una movida audaz que difícilmente puede compensar las más de un millón de muertes a las que había contribuido a cometer desde el Despacho Oval.

Este fue el periodo estelar de su vida, que se extendió hasta la presidencia de Ford, para luego alejarse en los años de Carter, quien no era tan entusiasta con las carnicerías. Con Reagan fue quizá el último momento de esplendor en su carrera, para pasar la mayor parte de su tiempo en conferencias universitarias o como celebridad conservadora. En todo caso, no cabe duda de que se trata de un hombre que fue obsecuente con cada lineamiento de poder duro que se haya ensayado en Washington mientras estuvo vivo, y es esto lo que debe tomarse en cuenta cuando uno evalúa el peso de su figura: por muy original, pragmático y hasta maquiavélico que pueda parecer Kissinger, no fue ni el inicio ni el final de la política atrocidades con las cuales los Estados Unidos llegaron a coronarse como la potencia imperial más grande de la Historia.

El marco referencial de la política exterior de los Estados Unidos

Si bien se le puede reconocer audacia en casi todas las actuaciones de su vida, la originalidad ciertamente no fue su principal virtud. Antes de los genocidios con los que los Estados Unidos contuvieron la ola de levantamientos nacionalistas a lo largo del Tercer Mundo, ya habían desembarcado marines por todo el Caribe y una parte del sudeste asiático para derrocar presidentes, siendo Jacobo Árbenz solo uno de los ejemplos más conocidos, sin contar la invasión de territorios como el sur de Canadá y el Norte de México, con los cuales llegó a extenderse a niveles continentales, guiado por las líneas del Destino Manifiesto y su promesa civilizatoria cargada de racismo, y que le dio el enfoque inicial a la política de “cooperación militar” con América Latina y el Caribe, construyendo una oficialidad blanca donde fuera que sus marines desembarcaran.

Kissinger, en realidad, tuvo la cuestionable fortuna de haber llegado a suelo estadounidense cuando un esquema mucho más grande que todo lo que pensó a lo largo de su vida ya venía cobrando impulso y cumpliendo un siglo después de su nacimiento: la Doctrina Monroe, presentada por primera vez en 1823: Estados Unidos tiene el derecho de intervenir en cualquier parte del hemisferio donde Europa pretenda recolonizar territorio o donde peligren sus intereses, y que luego se consolidó con el Corolario Roosevelt y su “América para los americanos”, haciendo de América Latina, en principio, su primera “área de influencia”, que luego se extendería por todo el planeta tras la emergencia de los Estados Unidos como el principal ganador de la Segunda Guerra Mundial. Se levantó un orden mundial a imagen y semejanza de Washington, con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como sus principales pilares, con los cuales su influencia se hizo casi irresistible, a pesar del límite que por un instante pudo imponer la URSS.

Ese fue el contexto de Kissinger, en el que además de ser el tiempo de esplendor del sueño americano también fue el momento en que el Departamento de Estado reemplazó a Washington como principal centro de formulación de la política internacional de los Estados Unidos, asentando su poder sobre el Complejo Militar Industrial y, consecuentemente, en la guerra y la violencia como principal recurso de intervención en el mundo, aupado todo por la intensidad de la Guerra Fría. Tiempos crueles y violentos que requerían hombres pragmáticos y sin ataduras morales, pero sí de gran ambición de poder, dispuestos a mantener en funcionamiento la máquina de intervención imperial que se levantó con la derrota de la Alemania Nazi y el Eje.

He ahí el verdadero monstruo, frente al cual Kissinger actuó como un sirviente más que como consejero. Como lo señala Thomas Meaney en un artículo que inspira el presente, titulado “El mito de Henrry Kissinger”, publicado en The New Yorker: “si todos los pecados del estado de seguridad estadounidense pueden ser culpados en solo un hombre, todas las partes tienen lo que necesitan: el estatus de Kissinger como figura mundial es asegurado, y sus críticos pueden considerar su política exterior como una excepción más que como la regla…”.

En todo caso, el miércoles 29 de noviembre marca una fecha en la que si bien no se ganó la guerra, tampoco hay nada que lamentar.

 

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