febrero 26, 2024

Democratización sin democracia en la socialdemocracia europea

Por Roberto Regalado Álvarez (Politólogo, Doctor en Ciencias Filosóficas)-.


“Democratización sin democracia en la socialdemocracia europea” es la primera parte de un artículo en dos partes, cuyo complemento será “Democratización sin democracia en el socialismo de Estado soviético”. La hipótesis planteada en ambos textos es que, si bien desde sus respectivos puntos de vista, en ciertos países, periodos y circunstancias, uno u otro de los grandes vectores del movimiento socialista del siglo XX pudo ser democratizador, ninguno fue democrático. Aquí se emplean los términos:

  • Poder: es la capacidad de una clase, un sector o un grupo social de imponer a otras clases, sectores o grupos sociales los fundamentos y las normas que rigen el funcionamiento de la sociedad, sobre la base de una acumulación de fuerza económica, política, social y/o militar, negativa o positiva. Negativa es la fuerza ejercida para dominar, explotar y discriminar a las mayorías y las minorías sociales populares. Positiva es la fuerza democráticamente consensuada y ejercida por las mayorías y las minorías sociales populares, para evitar que sus antiguos opresores recuperen el poder, o que nuevos opresores se apropien de él.
  • Democracia: es una forma de dominación y subordinación social. Es democracia para clase, el sector o el grupo social que, por sus medios y sus métodos, ejerce el poder; y es dominación y subordinación para el resto de las clases, sectores y grupos sociales. Todo concepto de democracia es una interpretación sobre los medios y métodos de participación social en el ejercicio de “el poder”. Las derivaciones del concepto democracia analizadas en este artículo son:
  • democratización, democratizador y democratizadora, en referencia a proyectos, procesos, programas, políticas, medidas y/o acciones que satisfacen reivindicaciones, necesidades e intereses políticos, económicos, sociales, culturales, medioambientales u otros de las mayorías y las minorías sociales populares; y,
  • democrático y democrática, en referencia a la participación protagónica, efectiva, tangible y sistemática de la sociedad en el ejercicio de “el poder”, que incluye el poder de tomar decisiones en general, y tomar las decisiones democratizadoras en particular, lo que encaja en la definición de utopía de Eduardo Galeano, en pos de la que se puede caminar pero nunca llegar.

Un proceso de reforma social progresista o de transformación social revolucionaria puede ser democratizador sin ser democrático, entendido por democrático el cumplimento de los requisitos de participación social antes mencionados. En todos los procesos reformadores y revolucionarios hasta hoy conocidos hay una mayor o menor “desconexión”, un mayor o menor “eslabón perdido”, entre democratización y democracia, porque en ninguno ha habido una participación protagónica, efectiva, tangible y sistemática de la sociedad en el ejercicio de “el poder”.

En la sociedad burguesa, la ampliación de los derechos políticos a otras clases y sectores sociales es un producto de dos procesos interrelacionados que llegan a la madurez a partir de la sexta década del siglo XIX:

  • uno es el desarrollo económico logrado por las potencias capitalistas, en primer término Inglaterra, debido a los avances en el sistema de producción resultantes de la II Revolución Industrial y al salto cualitativo en la explotación de las colonias y semicolonias que esa revolución posibilita y requiere; y,
  • el otro es el aumento de la organización y la combatividad de los movimientos obreros, socialistas y feministas, que logran aprovechar los medios y métodos de la democracia liberal y el sistema de partidos políticos que la clase dominante implantó en función de sus intereses exclusivos.

Engels explica que, en la medida en que la producción capitalista adquiere una determinada madurez, el gran industrial no necesita recurrir a “aquellas trampas mezquinas y pequeñas raterías que distinguen el período inicial de su desarrollo” y proyecta la apariencia de estar “más de acuerdo con los requerimientos de la moralidad” [1]. Donde existen condiciones para ello, y mientras prevalecen esas condiciones, la hegemonía desplaza a la coerción y la represión como mecanismo de dominación preferido por la burguesía.

La entrada de la lucha política legal en el movimiento obrero y socialista provoca cuatro tipos de divisiones entre:

  1. Quienes están a favor y en contra de ella, en este último caso los anarquistas;
  2. Quienes optan por participar en ella con la intención de reformar al capitalismo;
  3. Quienes lo hacen en función del algún tipo de revolución social; y,
  4. Quienes siguen optando por la revolución por ruptura tajante con el sistema social capitalista invocada en el Manifiesto Comunista, y quienes optan por la revolución mediante de rupturas parciales sucesivas con el sistema con la expectativa de desembocar en la construcción de un nuevo sistema social, a tono con la afirmación de Engels de que el sufragio universal abría la posibilidad de “aprovechar las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía” para luchar “contra esas mismas instituciones” [2].

La estrategia de “rupturas parciales” de la corriente marxista del movimiento socialista rechazaba la colaboración con los partidos burgueses con el criterio de que paliar las contradicciones del capitalismo malograba la creación de las condiciones necesarias para hacer una revolución. Sin embargo, la posibilidad de establecer alianzas con sectores liberales progresistas en función de conquistas políticas y sociales, combinada con la incertidumbre de si se produciría o no, y cuándo o cómo se produciría la revolución social, estimuló el surgimiento del reformismo y el revisionismo, cuyas principales corrientes eran el posibilismo francés, el fabianismo y el laborismo ingleses, y el reformismo y el revisionismo alemanes. Su contrapartida era el vector marxista opositor a las reformas y defensor de la revolución.

Hasta la Primera Guerra Mundial, cuando se presentó a los integrantes del movimiento socialista la disyuntiva de apoyar a sus respectivas burguesías nacionales o adoptar una posición revolucionaria e internacionalista cohesionada, en el seno de las corrientes marxistas opuestas a la reforma social progresistas y defensoras del concepto de revolución social no había estallado la contradicción entre quienes, ante la inminente necesidad de definirse hacia la revolución por ruptura tajante o decantarse hacia el vector reformista provocada por el comienzo de la Guerra Mundial, optaron por lo segundo. La más connotada expresión de la “definición reformista tardía” fue la de Karl Kautsky, por largo tiempo considerado el albacea del pensamiento de Marx en el Partido Socialdemócrata Alemán.

A la Primera Guerra Mundial y al triunfo de la Revolución de Octubre les sigue un período de crecimiento económico (19241929), en el que los partidos socialdemócratas asumen el gobierno o participan en coaliciones gubernamentales en Gran Bretaña y los países escandinavos, lo que facilita un mayor acercamiento entre la reforma liberal y la reforma socialdemócrata. Ningún partido socialdemócrata intentó cumplir los enunciados programáticos a favor de la socialización de los medios de producción, elemento fundamental de la revolución mediante rupturas parciales sucesivas con el sistema capitalista. Es notable que ante los primeros embates de la crisis de 1929 a 1933, el primer gobernante laborista del mundo, el primer ministro inglés Ramsay McDonald, se colocase “a la derecha” del liberal John Maynard Keynes, con una política conservadora que tiene pésimos resultados para el empleo, los salarios y la economía británicos en general. Es la Gran Depresión la que obliga al Partido Liberal y al Partido Laborista británicos a aceptar el keynesianismo.

La segunda postguerra es el periodo de convergencia definitiva, no solo práctica, sino también doctrinaria, entre la reforma socialdemócrata y la reforma burguesa. El ideólogo de la Tercera Vía británica, Anthony Giddens, afirma que “el Estado de bienestar fue una creación tanto de la derecha como de la izquierda, pero en el período de la postguerra los socialistas se lo atribuyeron como propio” [3]. No es casual que el sistema de democracia burguesa, combinado con el macartismo y la Guerra Fría, haya llegado a su máxima expresión en esos años en América del Norte (Estados Unidos y Canadá) y los países de Europa Occidental en los que funcionó el “Estado de Bienestar”.

En la segunda postguerra mundial, la mayoría de los partidos socialdemócratas que mantenían el apego a la tesis de transformar el capitalismo en socialismo mediante rupturas parciales sucesivas deciden abandonarla: la socialización de los medios de producción fue trocada por la defensa de la “democracia social”. En correspondencia con la orientación pluriclasista que se consolida en esa organización, en el congreso de renovación realizado en Frankfurt, en 1951, la Internacional Obrera y Socialista cambia su nombre por Internacional Socialista, es decir, elimina la palabra “obrera”. No obstante, en los países escandinavos se registra todavía un intento posterior de socialización progresiva de los medios de producción.

A mediados de los 70, los partidos socialdemócratas y los sindicatos suecos, daneses y holandeses presentan proposiciones que apuntan a la socialización gradual de la propiedad de los medios de producción mediante una compra de acciones dirigida a transferir los “paquetes de control” –y eventualmente el control absoluto– de las empresas, de los capitalistas a los sindicatos, práctica rechazada por la burguesía de esos países, por lo que estos partidos se ven obligados a reconocer el carácter infranqueable de la barrera que protege a la propiedad privada en la sociedad capitalista.

La década de 1960 marca un punto de inflexión en el reconocimiento y la justipreciación universal de las luchas sociales, incluidas aquellas que hasta entonces eran invisibilizadas. Las protestas ocurridas en los Estados Unidos y Europa Occidental catapultan a un primer plano a los movimientos que orientan su actividad a la lucha con relación a género, etnia, cultura, franja de edad, orientación sexual, medio ambiente, Derechos Humanos, contra las guerras y otros.

El ala izquierda del vector socialdemócrata de los movimientos socialistas del siglo XX asume como propias y se involucra en las nuevas luchas sociales que adquieren extraordinario auge en las décadas de 1960 y 1970, a diferencia del vector de matriz soviética que, con una visión dogmática de la lucha de clases, los rechaza como desviaciones pequeño burguesas, dogmatismo que es parte del simplismo y el triunfalismo de conceptos tales como “crisis general del capitalismo”, “leyes sociales de obligatorio cumplimiento y periodo histórico de construcción del socialismo”, que confundieron la capacidad que llegó a tener la URSS de establecer una paridad de armas nucleares con los Estados Unidos y de crecer en ciertos indicadores económicos cuantitativos como garantes de un seguro y cercano triunfo en la competencia entre capitalismo y socialismo. En este contexto, el eurocomunismo rompe con el socialismo de matriz soviética y se diluye en la matriz socialdemócrata.

Los nuevos temas, las nuevas causas, las nuevas luchas y los nuevos movimientos sociales populares brotan como expresión de contradicciones, opresiones, explotaciones y discriminaciones sociales de larga data. Son todos genuinos, y no hay por qué dudar que el ala izquierda de la socialdemocracia los haya abrazado con la mejor de las intenciones. Otra cosa es que el sistema liberal burgués dentro del cual se subsumió el vector socialdemócrata en su conjunto haya utilizado a su ala izquierda para desgastar el filo revolucionario de las luchas sociales. Otra cosa es también que el vector de matriz soviética no fuese capaz de reconocer que la solución de las contradicciones de clase no trae automáticamente aparejada la solución de las demás contradicciones sociales. Es más, no fue capaz de reconocer que sin la solución de todas las contradicciones sociales resulta imposible solucionar las de clase.

Con el estallido de la crisis estructural y funcional capitalista a finales de los años 70 los partidos socialdemócratas que controlan gobiernos o participan en coaliciones gubernamentales en Europa Occidental comienzan a revertir las políticas de redistribución de riqueza que sustentaban al Estado de Bienestar. En las nuevas condiciones, la socialdemocracia, que años antes lo había asumido, también asume su desmontaje.

Es innegable que en las primeras seis décadas del siglo XX y, en especial, en la segunda postguerra hubo una interacción entre el capitalismo desarrollado y la socialdemocracia, pero no fue la socialdemocracia la que reformó al capitalismo, sino el capitalismo el que reformó a la socialdemocracia. Eso es evidente porque, a finales de los años 70, esta última ya participaba en el desmontaje del Estado de Bienestar y actuaba como punta de lanza del imperialismo europeo en el Asia, África y América Latina.

La historia enseña que la reforma progresista del capitalismo solo prosperó en aquellos lugares y momentos en que fue compatible con el proceso de reproducción del capital. Esa compatibilidad no existe hoy ni en América Latina, ni en ninguna otra región del mundo. A raíz del agravamiento de las contradicciones del capitalismo es imposible que esa compatibilidad vuelva a presentarse.


1       Federico Engels: “Prefacio a la segunda edición alemana de 1892” de La situación de la clase obrera en Inglaterra, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas en tres tomos, t. III, Editora Política, La Habana, 1963, pp. 274275.

2       Federico Engels: “Introducción a la edición de 1895” de Las luchas de clase en Francia de 1848 a 1850, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1973, t. I, p. 201.

3       Anthony Giddens: The Third Way: The Renewal of Social Democracy, Polity Press, Cambridge, 1988, p. 4.

 

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