abril 14, 2024

Creación de las bibliotecas públicas en la República (siglo XIX)

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


Luego de una guerra sin cuartel contra los poderosos ejércitos de España, en la época de la Independencia fueron creadas las bibliotecas públicas, siendo la primera en el sur de América la que ordenó instalar la Junta de Mayo por intermedio del secretario Mariano Moreno, en Buenos Aires (1810), inaugurada por Bernardino Rivadavia con 12 mil ejemplares en 1812. Manuel, hermano de Mariano Moreno, fue designado primer director de la Biblioteca Pública, quien, en el plano de la esfera privada, cultivó una de las mayores bibliotecas privadas de su tiempo, reputada como la biblioteca particular “más grande de la época”.

La Biblioteca Pública pasó a depender del Gobierno Nacional el 9 de septiembre de 1884, tomando la denominación de Biblioteca Nacional, siendo director Antonio Wilde. A su muerte asumió el célebre director Paul Groussac, quien fue nombrado director en 1885 y permaneció en el cargo 44 años, en los que desempeñó “labor incansable, (cuya) destacada personalidad e inteligencia profunda e implacable, produjeron un avance digno de destacar”. Fundó La Biblioteca, revista de la Biblioteca Nacional, en 1896, que continúa editándose. En 1955 ocupó ese alto cargo Jorge Luis Borges.

Le siguió la Biblioteca Pública de Montevideo (1816), la de Santiago de Chile y la de Lima, fundada por el general José de San Martín en 1821. La Biblioteca Nacional del Perú se fortaleció con 11 mil 256 volúmenes que pertenecieron a las bibliotecas de la Universidad Mayor de San Marcos, de la Orden de los Jesuitas, las donaciones de Bernardo Monteagudo, José Hipólito Unanue y los 762 volúmenes y 86 cartas geográficas de la biblioteca particular del propio San Martín. Como otras de su género, la Biblioteca Nacional sufrió los embates de la guerra con España, siendo saqueada en dos ocasiones por tropas realistas, en 1823 y 1824, y, posteriormente, como consecuencia de la ocupación de tropas chilenas en 1881 y 1883, que la trasladaron prácticamente en su integridad hasta Santiago, como informó Ricardo Palma al Ministro de Justicia, en noviembre de 1883: “Biblioteca no existe; pues de los cincuenta seis mil volúmenes que ella contuvo solo he encontrado setecientos treinta y ocho”.

En Bolivia la historia tiene sus rasgos propios. Poco antes de la declaratoria de Independencia por los doctores de Charcas el mariscal Antonio José de Sucre, en su calidad de gobernador del territorio delegado por el general Simón Bolívar, designó al mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana presidente del Departamento de Chuquisaca. Santa Cruz, célebre por su labor cultural en la historia patria, decidió establecer una biblioteca en el territorio a su mando, informando de su decisión al mariscal Antonio José de Sucre, el 23 de abril de 1825: “para el establecimiento de la biblioteca pública en esta capital, he buscado un sujeto que por sus luces, patriotismo y amor al país pueda consagrarse a tan interesante fin, y hallándole en el señor prebendado doctor don Agustín Fernández de Córdova, le he nombrado director y primer bibliotecario, creando además tres oficiales para que la sirvan, cuyas dotaciones pienso hacer pasar (sic) sobre los cinco curatos de la población proporcionalmente a sus rentas”.

Con esa acción se concretó la creación de la primera biblioteca pública, el 5 de agosto de ese año, aunque Sucre, optó “por el único medio posible: los tres curatos rectorales de la ciudad” que poseían “rentas que exceden a lo que un eclesiástico necesita para un decente pasar”, lo que le reportaría la suma de mil pesos anuales. Sobre aquella primigenia “librería” se erigirá la Biblioteca Nacional en 1884.

El mariscal Antonio José de Sucre fue un convencido de la importancia de las bibliotecas y por ello apoyó la iniciativa de Santa Cruz de formar una biblioteca pública. En 1826 mandó traer de Buenos Aires, con don Martín Santa Cruz, varios libros a los que sumó los ejemplares procedentes de los conventos extinguidos que habían sido depositados en una casa particular donde estaban en franco estado de deterioro (Paz, 1914), además de los que entregó el doctor José Mariano Serrano con los que se formó la Biblioteca Pública, que se incrementó 10 años más tarde con los libros adquiridos por Casimiro Olañeta, a la sazón Ministro Plenipotenciario de Bolivia en Francia. Sin embargo, hay que aclarar que, a diferencia de la actitud altruista de aquellos, el de Olañeta no fue un acto de desprendimiento, sino de carácter mercantil, pues remitió el lote de libros a su esposa “para que los presentara al señor Mariano Enrique Calvo, que se encontraba ejerciendo la Presidencia de la República, a efecto de que los comprara para formar una biblioteca pública”.

Otros ilustres personajes de esa época apoyaron a la incipiente biblioteca pública, entre ellos José Mariano Serrano, prefecto de Chuquisaca, quien “hizo arreglar e inventariar la biblioteca pagando de su peculio cien pesos al eminente patriota doctor Mariano Toro”, al que le secundó Manuel Sánchez de Velasco, “quien recogió del vecindario una suscripción de 692 pesos, e hizo refaccionar un local en el actual Palacio Legislativo y mandó comprar los estantes que hasta hoy existen”, pasado lo cual nombró como primer director al ya mencionado Martín Santa Cruz, disponiéndola al servicio público en mayo de 1838, “bajo la vigilancia del doctor Casimiro Corro”.

La lista de suscriptores de la biblioteca pública que enviaron sus donaciones fue publicada en la Gaceta de Chuquisaca, en su edición del 24 de septiembre de 1825: “el Presidente de la Asamblea Jeneral, José Mariano Serrano: Actas y resoluciones de los Congresos de Norte América (nueve tomos); Diccionario del Ciudadano o del Comercio (2 tomos); Juan Luis Miranda, Presbítero: Biblia (un tomo folio, pergamino), Historia General de los Viajes por Prevost; Melchor Higueras, Escribano público: España Sagrada por Enrique Flores (35 tomos); Pedro José Funes, cura y vicario de Andamarca: Biblia, Las obras de Solórsano (seis tomos); Gregorio Alarcón, del comercio de esta ciudad: Diccionario de ocho lenguas y Las aventuras de Telémaco; Manuel Ferrer, Comentario de las ordenanzas de minas: Mariano Domingo Gumucio: Viaje alrededor del mundo, por Gentil; José Cabero, secretario interino: Historia de las descubiertas hechas por diversos viajeros”.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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