abril 14, 2024

Un golpe de Estado heterodoxo: que se vaya Lucho

Por Jhonny Peralta Espinoza -. 


La artimaña de la nueva derecha puede traer su contrafinalidad

Sobre el Gobierno se ciernen diversas amenazas, la Embajada norteamericana y la derecha reaccionaria internacional, con el triunfo de Milei, apuestan que la derrota del gobierno boliviano no tendría muchos problemas; el suprapoder judicial hace rato que juega con el futuro político del país, y sus decisiones siempre estarán sometidas a intereses subalternos; la nueva derecha, Evo-Camacho-Mesa, declaran que el Gobierno con la prórroga de los magistrados lanza una “provocación a los que defienden la democracia y la Constitución”, “herir de muerte a la democracia” y “poner en riesgo la democracia”, respectivamente; y, como el Gobierno no cuenta con una fuerza política real, puede ser derrotado con una convulsión social de varios flancos, cuyo centro de ingobernabilidad es el Legislativo, que nunca fue un poder deliberativo, pero lo grave ahora es que es utilizado por la nueva derecha para provocar un vaciamiento democrático, donde los legisladores camachistas-evistas-mesistas no aprueban créditos que benefician al país. El Gobierno debe salir del hoyo donde la estatalidad eclosiona, y es ridículo creer que con todo lo que está sucediendo y bajo la compleja coyuntura que el Gobierno está enfrentando no haya generado dudas, preguntas, reflexiones y cuestionamientos por parte del Presidente y su gabinete.

Por esta razón, cae la pregunta clave: ¿qué hace que un gobierno indiscutiblemente con fuertes lazos con el movimiento popular-indígena abandone aspectos centrales de sus propuestas sociales y quede atrapado en los límites del reformismo, del tacticismo reaccionario y de la guerra de espejos? Es previsible que la reacción siga avanzando, ya lo dijo el dirigente cocalero H. Claros: “hasta que se vaya Lucho”, y ante esto el Gobierno no cuenta con las herramientas para hacer frente a un golpe de Estado heterodoxo, que es una mezcla de impugnaciones difamatorias; bloqueos de caminos para asfixiar la economía; ingobernabilidad desde el Legislativo y crear la idea de Estado inviable; marchas y paros de los médicos; “preocupaciones” de la Policía porque no se aprueba los ascensos de coroneles; los militares en abierta deliberación; los Valverde, Espinoza, Gómez, las Talavera, Lema y Bellido anunciando el acabose del Proceso de Cambio. Todas estas acciones con la idea de que se produzca la convulsión social o el acorralamiento del Gobierno a través del Poder Legislativo autónomo e insubordinado que recurra a los dos tercios para poner contra la pared al Presidente y obligarle a que se vaya.

Enfrentar esto requiere un gobierno capaz de combinar un despliegue institucional de sus ministerios con una amplia participación de los movimientos y organizaciones sociales en el proceso político, lo que se expresaría como una organización capaz de hablar con el pueblo más allá de las declaraciones vacías y los supuestos liderazgos de sus ministros y legisladores, con trabajo político en los puestos de trabajo, en los bloques y las regionales y en el campo. Pero enfrentar un escenario como el descrito implica no solo recuperar la iniciativa política, sino también un giro programático que, a partir de la participación activa de esta nueva fuerza social y política, ponga su eje en la profundización de la democracia y la reconducción del Proceso de Cambio.

Así, el futuro del país se va a definir si el Gobierno se compromete en serio con un proyecto de país que sea capaz de terminar con esa política convencional que nos ha conducido a esta situación; que ese proyecto siga teniendo como piedra angular la lucha contra la desigualdad, porque sigue habiendo un reparto desigual de las políticas sociales (salud, vivienda, educación, ingresos, subvención a los hidrocarburos). Cualquier declaración de cualquier autoridad del Gobierno hoy cae en el vacío, por no decir en ridículo, porque no movilizan a nadie, ni politizan el conflicto; la democracia ha ido perdiendo paulatinamente, por responsabilidad de todos los actores políticos, sus potencias de transformación, y si el Gobierno o alguna autoridad llama a defender la democracia o al mismo Gobierno, tal y como esta existen hoy, no notan que el monstruo, llámese Evo Morales, Camacho, Tuto, etcétera, que tiene bajo sitio al Gobierno, se parece mucho a ellos por su corresponsabilidad en esta deriva política. Si el Gobierno no tiene cosas mucho más radicales que proponer como alternativa, convertido en proyecto y programa de gobierno, y que la identidad política nacida con la Guerra del Agua y la Guerra del Gas lo ha extraviado, lo más recomendable es que lo diga y deje el lugar a los sectores que aspiran y desean radicalizar la democracia.

La unidad de los contrarios es una ilusión; no hay política sin enemigo

Interpretar y actuar bien en las coyunturas críticas es una de las claves de la política, porque se puede perder en poco tiempo lo poco que se ha construido durante años o bien dar un salto de calidad y avanzar política y orgánicamente. Esto no es una mera evocación sentimental, o una nostalgia de tiempos pasados, sino que se trata de reivindicar una enseñanza válida de los errores cometidos, en beneficio de las nuevas generaciones. Los atajos y las astucias que hoy aparentemente solucionan la coyuntura no valen, es necesario la tenacidad, la constancia y la voluntad política; el Gobierno ante a los complejos dilemas y problemas políticos y económicos que enfrenta, plantea propuestas, acciones y declaraciones tacticistas, no asume la gravedad y la novedad radical de los desafíos, los mismos que definen una ruptura, una discontinuidad radical y que exigen cambios sustanciales en lo que se hace, cómo se hace y, sobre todo, a dónde se va y con quién. En los años 2000, la nacionalización, la Asamblea Constituyente y la lucha contra la desigualdad conformaban el imaginario que iba a desembocar en la victoria política de los movimientos sociales; por esto es importante entender las victorias culturales para entender las victorias políticas. Hoy la tesis para lograr una victoria política es entender qué tiene que ser el Gobierno: obrerista, reformista, internacionalista, socialista o indigenista, donde la clave de su discurso político es la definición clara y precisa del enemigo. No hay política sin enemigo.

El Gobierno tiene por delante el debate de cuatro cuestiones planteadas como tesis políticas: 1) la reconstrucción del bloque político y social indígena-popular; 2) la necesidad de una revolución interna en el Proceso de Cambio; 3) la reconstitución del gabinete; 4) construir un programa para la acción consciente, ni programa máximo, ni programa mínimo, que mueva a las mayorías, que genere compromiso e ilusión. Esto significa un giro radical, sustancial, que exigirán cambios profundos en los modos de hacer y practicar la política, nuevas relaciones entre los movimientos sociales, militancia y servidores públicos, y, lo más fundamental, formas de organización diferentes a las tradicionales. El Gobierno no tiene otra salida, porque la gente ya sabe en este país que hay otra forma de gobernar, de situarse frente al poder, y de hacer protagonista a quienes siempre estuvieron en los márgenes sociales. En este país ya se sabe que existe una forma de hacer política a favor de los movimientos populares-indígenas. Y si el Gobierno no toma esas decisiones su desamparo como gobierno y la soledad de la democracia será la última etapa de una decadencia irremediable.

Todo esto nos muestra la deriva en la que ha caído el país y que arrastra al Gobierno, donde el Gobierno es responsable porque no logra conectar con el sentido común de la gente, en especial de los jóvenes, y es resultado de sus propios errores. Mientras el Gobierno no responda a la guerra política el viento sigue a favor de la nueva derecha; en esta situación nadie tiene una idea del destino del discurso del Gobierno, si quiere conquistar el centro o consolidar el voto duro indígena o ser competitivo electoralmente en la clase media. Seguir aferrado, como lo hace el Gobierno, a su marca identidad “somos el Gobierno de la industrialización”, es insuficiente para ganar elecciones y/o afrontar la guerra política planteada por el evismo. La despolitización que se arrastra desde hace 17 años y que se ahonda, donde el peso ideológico de los movimientos y organizaciones sociales es bajo, y todo porque, como lo dijo el Presidente, a esas organizaciones se les ha dejado al margen, se las ha excluido de la gestión de su propio instrumento.

Solo el conflicto ensancha la democracia y los derechos

Lo reiteramos, la política no es consenso, es conflicto, y este abre el cauce para llegar al consenso, y en las actuales circunstancias es la movilización popular-indígena la única energía que realmente hará avanzar al Gobierno. La victoria del kirchnerismo solo fue posible por el estallido social de 2001; Boric es presidente por el estallido social de 2019; Petro triunfa por el estallido social de 2021; y Evo Morales accede a la Presidencia por las rebeliones del agua y del gas. Cuando esa energía social se desmoviliza y se retira la correlación de fuerzas mediáticas copa la política, como sucedió en los años 2012 al 2019, y se impone de forma determinante para el destino ideológico de un país, tal como ocurrió con el marco de interpretación derechista del 2018 al 2019: “fraude electoral y dictadura”.

La política es conflicto y esto exige reinventar lo que es luchar. El Presidente, al conocer la victoria electoral de 2020, se comprometió a reconducir el Proceso de Cambio y en el Cabildo de octubre, al recibir el Manifiesto, se comprometió a cumplirlo. Estos dos hechos podemos asumirlos como una oportunidad, o sea como la oportunidad de cambiar mediante la lucha política la realidad del país. Pero una situación de lucha no es ningún camino de salvación, es una trama o una conspiración enormemente frágil, muy difícil de sostener y avivar. Pero esta oportunidad de transformar el país mediante la lucha política tampoco no es un regalo, es la ocasión de aprender junto a los movimientos sociales, de qué está hecho el mundo que habitamos, de tensarlo y tensarnos, de probarlo y probarnos, para no vivir y morir como alienados, como decía Zavaleta Mercado, entregando nuestra alma a otra realidad.

El Gobierno durante toda su gestión ha repetido un evismo sociológico: crecer para redistribuir, y esto ha ido absorbiendo al Proceso de Cambio, transformándolo en un proceso socialdemócrata, donde la fuerza política ya no es transformar el país en el marco del capitalismo, sino gestionar el capitalismo neoliberal. Esto está convirtiéndose en un caso emblemático de contrafinalidad, porque expresa una terrible derrota histórica para el pueblo boliviano, quien engendró con sus luchas un proceso político que debía dirigirse a la emancipación del país.

El Gobierno es el responsable de lo que está sucediendo, y una tarea inmediata para salir de esta situación es hacer el balance retrospectivo para reconocer las derrotas pasadas y las actuales, porque el Proceso de Cambio agoniza por los ataques del evismo o de la derecha reaccionaria, y también porque se está produciendo una revisión ideológica o estratégica en hombres y mujeres del Gobierno que implica la disolución de la historia del Instrumento Político, de la memoria del Proceso de Cambio y del proyecto de lucha contra la desigualdad, la descolonización y la despatriarcalización. Ahora se ve a un Gobierno priorizando la economía, la gestión institucional, evismo sociológico puro y duro; antes que la organización partidaria, la politización y la movilización. La victoria electoral de 2020 contó con el apoyo de los movimientos sociales, este acontecimiento lejos de fortalecer la relación entre el Gobierno y el Pacto de Unidad concluyó con la síntesis no orgánica y fragmentaria del vínculo.

Es importante que el Gobierno deje de identificarse con lo establecido, como es la industrialización, que es como identificarse con el statu quo, porque el litio y sus efectos no serán a corto plazo; si el Gobierno se atrinchera en la economía está expresando una política defensiva y reactiva, porque la nueva derecha (evismo-camachismo-mesismo) sigue produciendo hechos políticos, y al Gobierno lo único que hace es regular esos hechos. La vía estatal o la gestión estatal no puede ser la principal ni la única vía para transformar un país, porque es insuficiente; y esto revela que hay poquísima reflexión política y estratégica en el Gobierno, que refleja una progresiva moderación de su discurso que no marca diferencias con el discurso del evismo, lo que genera tensiones y confusión entre los militantes y los movimientos sociales.

Los profesionales de la política eluden la guerra política

Desde hace mucho tiempo se ha construido una profesionalización de la política, la misma que no ha sido tocada, al contrario, ha sido fortalecida, nos referimos a la apropiación del poder mediante derechos feudales indestructibles, y es lo que sucede en el Poder Legislativo, en el Poder Judicial y el Poder Ejecutivo, donde se han instalado derechos y poderes feudales que impiden la regeneración de ideas y la confrontación de propuestas. Por esto el Gobierno hasta ahora no ha logrado una dinámica política con los movimientos sociales, los mismos que se han quedado en la entrega del mandato popular, que permitan augurar elementos rupturistas o transformadores, y se caiga en una realpolitik que también implica una desorientación ideológica estratégica como la que cultiva el evismo. Como diría Lenin: “la democracia es solo una forma de Estado, pero, para ambos, lo que hay que pensar no es tanto la objetividad de esta forma como su impacto subjetivo”. El impacto subjetivo que la democracia y el Estado crean en la gente no tiene nada que ver con la identidad y el orgullo que puede provocar la profundización de la democracia y la presencia de un gobierno popular-indígena enraizado en el Estado.

La dura oposición de la nueva derecha (evismo-camachismo-mesismo), acompañado de todos los activos desestabilizadores:

Legislativo, aparato mediático, plataformas ciudadanas, aliados internacionales, embajada norteamericana, con el objetivo de seguir socavando la legitimidad del Gobierno hasta que se produzca el punto de ruptura, o que también es probable la continuidad del Gobierno hasta que acabe su mandato, la pregunta es ¿en qué condiciones?, porque las incertidumbres internas, sociopolíticas y geopolíticas dan a entender que ambas situaciones continúan con la fase que se resume en una consigna: desestabilización-sedición caída del Gobierno.

Hasta ahora el Gobierno esta fase no la ha combatido a cara de perro y ha seguido sobreviviendo y resistiendo, sin comprender que es importante hacer una inversión estratégica, porque si el periodo 2006-2020 el Movimiento Al Socialismo (MAS) era la máquina electoral que llevaba las demandas de los movimientos sociales; ahora en 2024 ante esa guerra política solamente el contrapoder o poder popular-indígena, a través de la ocupación de las calles, los caminos, y las comunidades permitirá abrir otra fase política, caso contrario el Gobierno continuará en su nicho de guerra. El quid de la guerra política es cómo generar guerrillas parlamentarias, escaramuzas en las calles, para que en pocos meses se pueda materializar un reequilibrio en el Legislativo, una reorientación política de las fuerzas políticas y sociales a favor del Gobierno y la primacía de la democracia como actor político, mediante el ejercicio del Gobierno para recuperar legitimidad política y social, y consolidar un electorado popular-indígena y centrista, y contener a la nueva derecha (evismo-camachismo-mesismo), todo esto en el marco de la activación del golpe de Estado heterodoxo.

No hay victoria sin estrategia para la salvajada de la nueva derecha

Entonces, la coyuntura de 2024 exige esas tareas y que se llegue a unas elecciones con un nuevo panorama político, enclaustrando a la nueva derecha con su consigna antidemocrática, pero en una situación de debilidad política; con una renovada fuerza electoral donde se incorpora el centrismo; y una hegemonía no reactiva ni defensiva, sino crítica y transformadora. Estaríamos en una nueva fase de profundización del Proceso de Cambio, porque lo popular-indígena y el centrismo plantearán nuevas demandas y la neutralización de una fuerza sociopolítica reaccionaria. En ese marco de la coyuntura 2024 el Gobierno tiene grandes desafíos en la perspectiva de las elecciones generales, dentro de un año y medio, o menos si son anticipadas, está ante la encrucijada de construir un proyecto, no una máquina, electoral: ganar a las derechas y garantizar un gobierno popular-indígena siguiendo una senda democratizadora y transformadora, realidad que consolida la tarea invariable de seguir con el Proceso de Cambio.

En este contexto, la lógica de la restauración estará determinada por cómo y cuál será la transición; la desviación ideológica estratégica del evismo está cambiando los elementos de los clivajes de ruptura: campo-ciudad, arriba-abajo; izquierda-derecha. Y esto el Gobierno no puede seguir dando cuerda, para esto es importante el consejo de Lenin: “el objetivo orienta al movimiento, la estrategia prima sobre la táctica, la política sobre la historia”. Dicho de otra forma, la lucha política es “mucho más amplia y compleja que la lucha de los chapareños contra el Gobierno”. El ejercicio del poder, mediante el Estado, debe poner fin a esta ridícula estrategia de dar aire a una nueva derecha asalvajada que trabaja día y noche para destruir al Gobierno, porque esa estrategia es uno de los factores que nos ha llevado hasta la situación actual. El Gobierno debe superar su doble debilidad, ideológica ante el evismo, y parlamentaria ante la nueva derecha, que trae como consecuencia directa que la nueva derecha esté en condiciones de arrancar al Gobierno concesiones en favor de sus intereses. Si un sector del gabinete está dispuesto a transar con el evismo a cambio de “un arreglo de mayor alcance” es imprescindible cambiarlos. De forma indirecta, la agenda mediática de la derecha antinacional, está fomentando el avance de posiciones por parte de la nueva derecha (evismo-camachismo-mesismo) que, más pronto que tarde, se traducirá en una mayoría reaccionaria en las urnas. La única forma de evitar este desenlace y de conseguir, en el camino, que el Gobierno acceda a llevar a cabo conquistas sociales que mejoren la vida y los derechos de los movimientos sociales, y avances democráticos que permitan reducir la capacidad de acción política de los elementos reaccionarios que siguen controlando los aparatos del Estado, es que la fuerza del Pacto de Unidad haga valer su legitimidad política y su fuerza política. No hay victoria sin estrategia.


  • Exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka.

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