julio 13, 2024

El mundo va hacia la derecha (primera parte)

«La masa de los seres humanos abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego solo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después solo la revuelta popular podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego solo un motín podrá derrocar». Antonio Gramsci


Acaban de tener lugar las elecciones para la elección del Parlamento Europeo. La victoria de la ultraderecha fue contundente en los 27 países que componen la Unión. La población votante, aun sabiendo que se van a reducir los ya menguados derechos socioeconómicos, aun sabiendo que el continente entrará cada vez más en una lógica belicista con la posibilidad cierta de verse envuelta en una fabulosa guerra contra Rusia (¿quizá con armas atómicas?), aun viendo cómo se deteriora en forma creciente su nivel de vida y como todo el “Viejo Mundo” pasa a ser crecientemente el furgón de cola de la política estadounidense, tanto en lo económico como en lo militar, aun sabiendo todo eso votó por sus verdugos. El supremacismo blanco, la xenofobia y un conservador terror anticomunista triunfaron.

Algo similar ocurre en otras latitudes: la semana anterior culminó en India el proceso electoral –la democracia más populosa del mundo, con cerca de mil millones de electores–, donde ganó por tercera vez consecutiva Narendra Modi, quien exalta sin tapujos el mito nacionalista Hindutva, en búsqueda de una pretendida India “pura”, solo hindú, excluyendo tajantemente a cualquier minoría, heredero orgulloso de Subhash Chandra Bose, nacionalista admirador de Hitler y Mussolini. El espíritu supremacista y conservador se impone; el fundamentalismo manda.

En los Estados Unidos, supuesta cuna de la democracia y la libertad (¿alguien en su sano juicio podrá creerse tamaña bobada, tamaño repugnante insulto a la inteligencia?), se avecinan elecciones. Nada está dicho todavía, pero es sintomático que Donald Trump –quien habló de “países de mierda” refiriéndose a aquellos desde donde llegan tantos migrantes a suelo estadounidense– se prefigure como posible ganador (“si no gano, puede empezar la Tercera Guerra Mundial”, expresó). El juicio que se le siguió y en el que fue declarado culpable –lo cual no le impide seguir en la carrera por la presidencia– sirvió para catapultar más aún su figura, logrando que buena parte de la élite económica le mostrara su total apoyo luego del veredicto, con cuantiosas donaciones para su campaña. El racista supremacismo WASP (blanco, anglosajón y protestante) se impone, y la derechización no cesa, con grupos de civiles cazando inmigrantes indocumentados en la frontera, con el silencio cómplice de las autoridades.

En diversas partes de Latinoamérica la población elige a sus verdugos (Javier Milei en Argentina, casi nuevamente a Jair Bolsonaro en Brasil) o vota contra una imprescindible nueva Constitución en Chile, apoyando así una Carta Magna legada por la dictadura de Pinochet. Si bien en el subcontinente hay expresiones de centro-izquierda (Colombia, México), las fuerzas de la ultraderecha hacen lo imposible para revertir esos procesos: “el comunismo no se ha erradicado en Latinoamérica y confío en que se transite a regímenes con políticos que realmente representen la voluntad popular, y tenemos esperanza de que un día las cosas van a cambiar”, expresó Eduardo Bolsonaro, hijo del expresidente carioca, en el marco de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), gran cumbre política organizada por la Unión Conservadora Estadounidense celebrada el año pasado en México.

En términos generales podría decirse que la misma población elige alegremente, casi irresponsablemente, en los términos que las raquíticas democracias del sistema capitalista permiten –es decir: se cumple con el insustancial rito de poner un voto cada cierto tiempo para que no cambie nada de fondo–, a quienes habrán de aplastarlos; eligen a sus verdugos, se ponen la soga al cuello.

En todos los casos de estas ultraderechas se trata de planteos conservadores, siempre ligados a posiciones supremacistas, racistas, patriarcales y homofóbicas, excluyentes de cualquier tipo de diversidad; pero fundamentalmente: defensoras acérrimas del capitalismo. Más aún: defensoras de un capitalismo salvaje que se ha venido imponiendo con los planes neoliberales desde hace ya casi cinco décadas. Se elige, quizá sin saberlo claramente, la entronización del mercado, de la supremacía absoluta de los capitales sobre la masa trabajadora, se elige la pulverización de la protesta social y el endiosamiento del “sálvese quien pueda” individualista que se ha venido imponiendo estas décadas, con una adoración absoluta de la iniciativa privada sobre el Estado, al que se considera inservible, sobrante. “El Estado únicamente sabe crear pobreza, la riqueza la generamos los ciudadanos a pesar del Estado, no gracias a él. El Estado constituye el monopolio legal del robo y el saqueo, con un bonito envoltorio de retórica social”, expresó el ultraderechista español Manuel Fernández Ordóñez.

¿Por qué ese giro creciente hacia posiciones de ultraderecha, neonazis, absolutamente antipopulares pero, curiosamente, apoyadas por las grandes mayorías? Ya se ha escrito mucho al respecto. Hay varias interpretaciones; la que aquí propongo quizá no dice nada nuevo. Lo que sí es alarmante es que desde las izquierdas estamos atónitos ante el fenómeno y no sabemos bien cómo reaccionar. Si aparece un escrito más sobre el asunto, quizá sin aportar nada novedoso en términos de análisis, espero que sirva al menos para movilizarnos. ¿Qué nos está pasando que aceptamos alegremente a quienes habrán de sepultarnos?

¿La gente es idiota y por eso vota por estos candidatos? Plantearlo así encierra un doble error: por un lado, se desconoce por completo la dinámica humana, que va muchísimo más allá de la posibilidad de entender nuestras reacciones como “idioteces”. ¿Quién juzga lo que sería “idiota” entonces? ¿Desde qué posición? Las relaciones sociales no pueden explicarse por apelativos descalificantes, son infinitamente más complejas. Por otro lado, y en articulación con lo anterior, en términos éticos esa visión es insostenible. Por algún motivo las grandes masas populares cometen estas conductas en apariencia incomprensibles. ¿Qué las producen? Sería como decir que la gente, por “idiota” fuma, aun sabiendo que eso puede ser nocivo para la salud; o conduce un vehículo en estado de ebriedad, aun sabiendo que eso puede ocasionarle un accidente fatal. La “psicología de las masas” a que dio lugar el psicoanálisis parece más fecunda para analizar estas cuestiones. Los fenómenos colectivos (moda, porras en los estadios, linchamientos, patriotismo exacerbado, etcétera) no son “idioteces”. Tampoco esta tendencia cuasi suicida de votar por candidatos extremistas.

Por ser comportamientos tan complejos, no podemos atribuirlos a una sola causa (la presunta idiotez, por ejemplo). Estamos así ante complicados anudamientos multicausales. Partamos de la base de considerar, quizá en términos algo esquemáticos, que el ámbito político se divide en dos: derecha (conservadora, que intenta mantener el sistema vigente) e izquierda (visión transformadora, que propone superar el capitalismo). Por supuesto que esta es una división simplificada, pues dentro de cada una de ellas tenemos diversos matices, a veces contrapuestos. De todos modos, nos sirve para comenzar el análisis. El mundo, salvo los países donde encontramos planteos socialistas (China con su peculiar “socialismo de mercado” o “socialismo a la china”, y algunos pocos bolsones que resisten por allí: Cuba, Norcorea, Vietnam), diríamos “de izquierda”, la casi totalidad del mundo es capitalista. Como tal, el sistema tiende a perpetuarse, es conservador. Por tanto, es de derecha. La socialdemocracia (planteos de centro-izquierda, de capitalismo con rostro humano, o capitalismo “serio”, como se ha dicho), en definitiva no deja de ser capitalista: explotación de la masa trabajadora por los propietarios de los medios de producción, lucha de clases mediante. El mundo es, mayoritariamente, de derecha; la gran masa votante, manejada cada vez con técnicas más sofisticadas, es de derecha (Homero Simpson es su fiel representante). El sistema se autoperpetúa, y votar en las elecciones de la institucionalidad capitalista no permite ningún cambio real. Pero ahora asistimos a algo llamativo: ganan en las urnas –y se empiezan a difundir por las sociedades con organizaciones civiles muy activas– planteos ultras. Triunfa el odio contra el diferente y se entroniza un discurso patronal: “los pobres son pobres por vagos”, “los inmigrantes son un peligro para los nacionales”, “los diferentes –diversidad sexual y todo tipo de diferencia posible– son una escoria”, “ateos y proaborto son una ofensa a las tradiciones”. ¿Por qué la gran masa popular del mundo, en vez de reaccionar contra un sistema crecientemente injusto, despiadado y mortífero como es el capitalismo, que oprime y excluye, lo termina avalando? Definitivamente no es por “idiota”, inciden allí otros factores:

  1. El auge del neoliberalismo en décadas recientes.
  2. La derrota actual de los planteos socialistas.
  3. Un clima de derechización creciente que tiende a repetirse imitativamente.

El auge del neoliberalismo en décadas recientes

“La esencia del neoliberalismo: un proyecto exitoso que emergió para cambiar la relación de fuerzas entre las clases dominantes y las organizaciones obreras en los años 70 en Europa occidental y los Estados Unidos”, lo definió correctamente Jaén Urueña. ¿Por qué surge el neoliberalismo en la década de los 70 del siglo pasado?

El sistema capitalista, como dijimos, es conservador; tiende a perpetuarse, y por nada del mundo tolera cambios. Cambios cosméticos que no cambian nada (gatopardismo), sí; cambios profundos: imposible. Desde inicios de la gran era industrial y el crecimiento del proletariado urbano entre los siglos XVIII y XIX –primeramente en Europa, luego en países del Sur, combinándose eso con grandes masas campesinas en el ámbito agrario– el sistema fue adversado, enfrentado. En principio la lucha sindical, luego los primeros atisbos de pensamiento anarquista y socialista utópico, hasta llegar al socialismo científico con Marx y Engels en la segunda mitad del siglo XIX, el ideario anticapitalista fue creciendo. Entrado el siglo XX mostró una gran fortaleza, con un poderoso movimiento sindical contestatario y las primeras experiencias socialistas. Ahí están Rusia, China, Cuba, Vietnam; Nicaragua cerró el ciclo de revoluciones socialistas en 1979. Si esa primera mitad del pasado siglo dio como resultado el crecimiento del movimiento socialista, con sonados triunfos y fenomenales avances para su población, a partir de los 70 el sistema reaccionó violentamente, deteniendo la protesta social y cualquier posibilidad de cambio revolucionario. Surge ahí lo que llamamos neoliberalismo.

“Si por neoliberalismo entendemos ‘la imposición de una lógica normativa global’ (Laval y Dardot) que se viene ejecutando desde hace más de cuatro décadas (al menos desde el 11 de septiembre de 1973 con el golpe militar en Chile, que destituyó el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende) habrá que decir que para estos momentos, dicho programa asociado a la reversión de conquistas sociales y al retraimiento de las acciones de gobierno (cuando estas amenazan al capital y su rentabilidad), se halla ya más extendido, por el mundo entero, de lo que el fascismo mismo pudo imaginar, ni en su momento de mayor esplendor”, comenta Gandarilla Salgado. Esas políticas, que en Latinoamérica se erigieron a partir de feroces y sangrientas dictaduras militares, para los 80 y 90 se esparcieron por todo el mundo de la mano de lo que se dio en llamar “globalización”. Los organismos crediticios internacionales (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial, brazos operativos de la gran banca privada capitalista, fundamentalmente la estadounidense) fueron los actores claves.

Con esos planteos neoliberales (capitalismo salvaje sin la anestesia de la socialdemocracia) los ricos devinieron más ricos, y los históricamente pobres se hundieron más en la pobreza. Pero, en realidad, como lo apuntan Jaén Urueña y Gandarilla Salgado, el núcleo de estas políticas no es solo económico, sino que tiene un valor político histórico: postrar a la clase trabajadora mundial, evitar su organización y la protesta, desactivar la lucha por el cambio social. En definitiva: quitar abruptamente de la historia la perspectiva del socialismo como propuesta anticapitalista.

Sumado eso a los mecanismos de control social en lo ideológico-cultural cada vez más sofisticados y eficientes –y a la represión brutal con armas y mucha sangre cuando el sistema lo considera necesario– las posibilidades de transformación radical fueron quedando en la historia. Luego de la histórica Revolución sandinista de 1979 en Nicaragua, ya no se vivió nunca más un proceso popular de cambio. El sistema pudo permitir –a lo sumo– los progresismos que vemos aún en Latinoamérica, sin cambios sustanciales en la estructura. Cambios importantes, pero que no abren una dimensión anticapitalista (¿capitalismo con rostro humano, en todo caso?).

Los esquemas fondomonetaristas marcaron la dinámica global por años –y la siguen marcando: ¡el neoliberalismo no ha terminado!–, dejando así una desarticulación de las luchas sociales. Eso pasa factura. “Al hacer de la competencia el principio universal de las relaciones interhumanas, el neoliberalismo ha ridiculizado la empatía por el sufrimiento de los demás, erosionado los cimientos de la solidaridad y, por tanto, destruido la civilización social”, razona Bifo Berardi. Ese sistemático ataque a los valores solidarios, a la organización social, a la consciencia de clase de las y los trabajadores, abre las puertas a la ultraderechización que vemos actualmente, con un desprecio por el otro distinto. “A diferencia del nazifascismo histórico que practicó una economía estatista, la ola supremacista fusiona los clichés del racismo y el conservadurismo cultural con un énfasis histérico en el liberalismo económico: la libertad de ser brutal”, concluye Berardi.

El “sálvese quien pueda” que trajeron estas políticas reforzaron de un modo espectacular las nociones individualistas, egoístas, incluso hedonistas, que anidan escondidas en cada Homero Simpson (en cada una de nosotras y nosotros, más correctamente dicho: el enano fascista que todo el mundo lleva adentro). El actual auge de las ultraderechas no hace sino potenciar lo que décadas de destrucción de la solidaridad fueron cimentando. ¿Quién habla hoy de “internacionalismo proletario”? Junto a marchas antiguerra (por las de Ucrania, o la de Palestina), muchas personas se alistan como mercenarios para ir a pelear allí. El otro, de “compañero”, rápidamente puede ir pasando a la categoría de “enemigo”. Si ese otro es muy distinto (otro color de piel, otra etnia, otra identidad sexual, otra cultura, cualquier otredad, en definitiva) la exclusión y el odio se disparan exponencialmente.

 

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